“MILAGROS SUELTOS” PRIMERA ENTREGA

30 07 2007

MILAGROS SUELTOS
AUTORES:
Dorelia Barahona- Paola
Pedro Pablo Viñuales- Dario
Floria Bertsch- Amelia
Janina Bonilla- Ana María
Víctor Valdelomar- Renato
Catalina Murillo- Greivin
Jaime Ordóñez- Rosario

I

Paola no puede creer que la hayan dejado sola con la abuela, mientras que Fabián, su hermano mayor solo por un año más de vida, y sus papás, siempre tan complacientes con él y no con ella, cierran la puerta principal, para dar inicio a su participación en la caminata anual de los peregrinos hasta la Ciudad de Cartago, hogar de la Virgen de Los Ángeles.
Por las calles de San José durante ese 1 de agosto desfilan toda suerte de romeros, que desde todos los rincones del país caminan con promesas por cumplir o favores por conceder. Ella lo sabe muy bien porque han salido en la tele y todo el mundo habla de eso, y tampoco hay que ser grande para reconocer que se trata de todas esa gentes que pasan en frente de su calle con mochilas y sombreros para el sol.
Pero las cosas no se van a quedar así, pensó Paola enrabiada de los pies a la cabeza, sintiendo como una corona de hormigas se le subía a la coronilla, como cada vez que montaba en cólera le sucedía. Hizo un nudo con la boca y levantó la barbilla, gesto que presidió la absoluta certeza de que también ella iría.
No le importaba ir sola, tampoco en ese momento cayó en cuenta de que acababan de sonar en el reloj de la sala las seis campanadas vespertinas.
Ciega de ira y resuelta a emprender la romería, tomó el suéter azul que usaba en la escuela como parte de su uniforme y, aprovechando que su abuela estaba en la cocina, se lanzó a la calle a toda prisa.
Paola camina y todavía no puede creer que no la hayan querido llevar a ella también a la romería. ¡Si ya tenía diez años! Ya no era ninguna bebé y se lo demostraría a sus papás y a su hermano. Ya verían, seguro que llegaba ella antes, ya verían…
Paola nunca había hecho semejante caminata, ni siquiera sabía como salir de la ciudad de San José en dirección a Cartago y mucho menos como llegar hasta la Basílica de nuestra Señora de Los Ángeles, madre de todos los patriarcas de Costa Rica y gran cumplidora de encargos, pero empezó a caminar con la energía de una niña de diez años en dirección a donde todos caminaban; el este, el lugar contrario a donde se estaba ocultando el sol justo en ese momento.
El mes de agosto en San José tenía la magia de dar respiros veraneros, alejando los aguaceros con intermitencia desconocida por todos los pronósticos del clima, radiales televisivos y escritos en la prensa.
La noche inició cálida su aparición en las calles repletas de gente que en parejas, en grupos y a solas, caminaban cantando, rezando, hablando, riendo o respirando en silencio.
El espíritu de Paola se fue amansando conforme las avenidas dejaban los barrios para adentrarse en otra suerte de calles más angostas y alejadas de todo su mundo conocido. A ambos lados de estas calles empezó a ver ventas de comida, de refrescos y agua, de recuerdos de la virgen en forma de muñequitas de piedra oscura, cubiertas con un manto que parecía bordado con oro. También vio baterías de baños justo en el momento en que recordó que no llevaba dinero y tampoco el celular, que le habían regalado para el cumpleaños por cualquier emergencia. Todavía no tenía ganas de ir al baño pero ¿si le daban? No importa. Aguantaría. Aguantaría con tal de ver la cara que hacía Fabián cuando la viera a ella, su disque hermanita menor, frente al altar de la virgen.
Paola dejó de ver los cientos de zapatos que se movían delante de ella, porque la oscuridad de la noche le pedía ver hacia lo lejos. El viento de los cerros del Ochomogo empezó a rondar a los romeros moviendo con suavidad los árboles que bordeaban esa parte del camino. Se cerró el suéter hasta el cuello. Un par de muchachos pasaron a su lado corriendo y casi la botan. Qué raro pensó, ¿porque corren si esto es una romería? ¿No debería ir todo el mundo prometiendo ser mejor, como le había dicho su abuela?
¿Es que no me voy a encontrar ninguna cara conocida en toda esta caminata, ninguna amiga o compañera de la escuela?

Conforme la calle se empinaba empezó a sentir sed, pero allí, ya estaba segura que entre ese montón de gente no había tubos de agua como en su escuela, así que empezó a buscar a la cruz roja. Por la conversación en el almuerzo en su casa, cuando todavía no sabía que ella no iría, supo que tendrían puestos de socorro.
No tardó mucho en ver la bandera y luego la tienda. Se acercó a pedir agua. Un hombre con un casco y una gabacha blanca le preguntó que con quien venía y ella sin pensarlo dos veces dijo que sola, pero que sus papás iban adelante. Le regalaron agua embotellada y unos sobrecitos con ungüento para los dolores musculares. ¿Falta mucho, preguntó? El hombre se sonrío y le tocó con cariño la cabeza mirando con complicidad a otro joven que también vestía con gabacha y que, en ese momento pasaba una tira de hule rojo muy apretada por el brazo descubierto de una señora. – Solo subir esta montaña, – le contestaron, – del otro lado está Cartago.
Miró la cuesta que se alargaba a un lado de la autopista, iluminada por múltiples líneas fosforescentes por el continuo tránsito nocturno. La corona de hormigas de su cabeza de pronto desaparece y más que retar a sus padres ahora piensa que lo más bonito que le podía ocurrir, sería verlos entre las primeras filas de gente que va topando. Un sudor frío avanzó por su cuerpo cubriéndola desde la espalda hasta las manos. Ese abrazo dado por su mamá, y que ahora recordaba, en ese momento podría darle mucho ánimo. Se puso la capucha sobre la cabeza para que nadie la viera con los ojos mojados y tomó un sorbo de agua de la botella.
Desde atrás su silueta pequeña se confunde con la muchedumbre. Es tan solo una niña pequeña con coraje; una prueba grande para la virgen esa noche tan solicitada por todos.

Detrás de la niña que no va de la mano de nadie un adulto empieza a caminar. No adelanta, no atrasa, no se desvía. Quiere seguir detrás de ese cuerpo menudo que observa desde hace rato. Sus manos están dando vueltas dentro de los bolsillos de la chaqueta. Los dedos buscan y encuentran varios chocolates.

2

Cuando Doña Cloti, a pesar de las innegables atenciones con que agasajaba a sus huéspedes, de las que eran ejemplo elocuente los caseros desayunos pantagruélicos que ella misma preparaba, tomó la iniciativa de anunciar que desde esa noche y hasta pasada la celebración de la Virgen quedaban clausuradas las bebidas alcohólicas en la pensión, Darío no pudo evitar su sorpresa y en un tono displicente y seco exclamó: – ¡Sinceramente me parece que usted exagera, señora!.

No se hubiera añadido nada más si no hubiera sido porque también a Doña Cloti hacía días que le cosquilleaban en la lengua las ganas de reprender al inquilino por su extraño comportamiento. Hasta le había preparado un te de hierbas escogidas pensando que su aire taciturno era fruto de alguna debilidad física. Pero era engaño de ella, que lo había creído, por su lindura y la apatía que mostraba por las cosas, más delicado y frágil de lo que era. Estaba claro que no sólo no había tal, que bien que le sobraba fuerza y mala intención para regresar cada noche a las tantas, con los ojos que a ella se le figuraban como de poseído, abusando de su paciencia para abrir la cancela a cualquier hora, sino que aquella respuesta era inadmisible. Su casa había sido siempre algo más que un lugar donde dormir y ella se jactaba de dar un trato acogedor y familiar a todo el mundo, como lo reflejaban las postales y fotografías que numerosos huéspedes le enviaban a menudo, y a los que únicamente había pedido cumplir con las normas del decoro Y si no le gustaba aceptar las tradiciones locales y qué pena para un español, pues que podía ir a buscar la bebida a otra parte, porque, desde luego, las cervezas que había mandado guardar en la nevera estaban requisadas.
– Mire, Doña Cloti – quiso atemperar Darío, incorporándose de la silla donde había pretendido ojear la prensa- parece que no me queda más remedio que someter mi libertad a la tiranía de sus creencias, pero –y acabó echando más leña al fuego al darle la espalda para entrar en su cuarto y proseguir- si este país quiere avanzar, algún día tendrá que separar las cosas de Dios de las del César.
Rebufó la buena señora, más por lo que sintió como un gesto de desprecio hacia sus argumentos que por las palabras dichas, e inclinando su cabeza contra la puerta del dormitorio, para que el joven la pudiera oir, sentenció:
– Mejor haría usted si fuera menos grosero, muchacho, y defendiera valores con mayor provecho. Más le valdría ir de peregrino, que aún está a tiempo, conocer las cosas buenas de este país y no andar quién sabe con qué malas compañías. Que mientras otros turistas vienen sanamente a disfrutar de la naturaleza y de nuestro patrimonio quién sabe en qué está usted metido. Ande y vaya a conocer a nuestra patrona, a ver si con suerte le ilumina…
En tanto hablaba, Darío había comenzado a liarse un cigarro de marihuana. Al poco, molesto consigo mismo por no saber cómo hacer frente a la situación pero sin poder evitar seguir dándole cuerda, interrumpió:
– A las estatuas hay que guardarlas en los museos y dejarse de pamplinas, señora, que lo que sobran en este planeta son los adoradores de imágenes y los ritos inútiles…
Y después silencio. Doña Cloti ha quedado muda, encerrada en el ojo de un huracán de ideas a las que un sutil olor a marihuana imprime más y más velocidad.

Era cierto que no había conocido prácticamente nada del país y ni siquiera de la ciudad. Sólo por casualidad había visitado, además de la galería de arte Casa 5 que acababan de inaugurar en una antigua vivienda de dos plantas próxima a la pensión, el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo, del que admiró más las paredes que las obras expuestas, y el Museo del Oro, cuyos pasillos recorrió con la rapidez de un corredor de marcha murmurando para sí algo como “más-de-lo-mismo”- Y sobre todo había callejeado, sin rumbo concreto y sin recordar, a la fecha, gran cosa de lo visto: casas bajas, algunas con un toque modernista, otras de madera con un lejano aire a Caribe, pocas de adobe con auténtica solera, las más cubiertas de rejas y alambres hasta el tejado, con muchas planchas de cinz, colores de herrumbre y anodinas para él… Pero no era su intención hacer aquel tipo de turismo, cámara en ristre, mapa en mano, repertoriando la memoria impresa en las guías para repetir “sí, yo lo ví… y esto y aquello también… muy interesante”… Su viaje era otro, más al centro de sí mismo, tal vez al extrarradio de ninguna parte, y poco parecía importarle el lugar donde estuviera. Pero el solo hecho de acercarse a esa conclusión le ponía nervioso de nuevo, porque lo enfrentaba de plano ante un nihilismo que súbitamente quería materializarse en su cabeza como una trepanación. Agarró su mochila y la petaca de ron que tuvo la previsión de llenar el día anterior, dentro del propio cuarto y fuera de la vista de la casera, se enfundó su cazadora de cuerina y una gorra y salió a la calle.

Los efectos de la droga habían conseguido al menos desacelerar sus latidos, bañarlo en una marea de olas que venían cargadas de sensaciones felices y se marchaban limpiándolo de autoengaños. Sin querer pensar demasiado, las frases fugaces que de cuando en cuando desfilaban por su cerebro, le hacían creerse más lúcido de lo que estaba. Posiblemente debía dejar de ser tan descreído, no de asuntos religiosos ni místicos, sino del mundo en general, de la gente. Se daba cuenta de que había acumulado tantos amigos y amigas, con los que nunca había llegado a nada profundo, que no podía llamarse realmente verdadero amigo de nadie- ¿Por quién iría él a hacer el menor sacrificio gustoso? ¿No habría llegado ya el momento de darse?, ¿dar su yo?, y se hacía cábalas con su propio nombre, a modo de profecía, que enseguida desestimaba al considerar que el amor sería siempre algo incognoscible y desde luego, nada que tuviera olor a sacrificio.

La noche se veía más agradable que otras pasadas. Se sentía acompañado de un cierto bullicio sordo en torno suyo y en ningún momento llegó a advertir que aquellas calles no suficientemente iluminadas por las que caminaba albergaran ni la menor sombra de una amenaza. Posiblemente comenzaba en ese momento a abrir los ojos a aquel espacio josefino que había conscientemente ignorado. Y ubicarse de pronto en aquel entorno le hizo advertir que iba a contracorriente. Todos subían y él bajaba. Mejor era detenerse y ver a la gente pasar, ir a sentarse en el parque y mirar. Aquellos árboles enormes le causaban admiración. Y el templete jónico en mitad de la plaza le parecía lo bastante teatral como buscar un lugar donde acomodarse a observar y, esto sin confesárselo, poder ser observado.

Un traguito de ron y volvió a guardar la petaca. Hacía incluso calor, más que otras noches, y se quitó la gorra, alborotándose el pelo, y luego la chaqueta. Al dejarla caer a su lado, percibió que un pedazo de papel muy fino sobresalía al punto de caer de uno de los bolsillos, que había quedado abierto en exceso. Lo extrajo pensando que sería papel para fumar y descifró a la luz de las farolas la boca de carmín que allí se imprimía. Sonrió al recordar. Era el contenido del sobre que alguien le había entregado, entre un ir y venir de personas ajenas, cuando acudió a la inauguración de la galería de arte Casa 5, un sobre con trazos oblicuos rojos y azules alternando con blanco en los bordes, orla que él había identificado siempre con las misivas destinadas al extranjero, cartas de largo recorrido que, necesariamente, multiplicaban las emociones en una aritmética proporcional a la distancia. Pero fue un sobre entregado en mano, “para vos” decía, por alguien que no reconoció, aunque posiblemente sí lo había identificado a él como extranjero. Y si en aquel entonces no pudo descifrar su sentido, eso no descartaba la posibilidad de que sí que tuviera un mensaje: ¿sería el beso de su amor verdadero?, ¿el zapatobeso perdido de su Cenicienta que tendría que ir probando en la boca de todas las jóvenes casaderas de la pequeña Tiquicia?…

Rimando con esta consideración, la mirada de Darío comenzó a recaer con ahínco progresivo en la de una mujer que se dirigía hacia donde él estaba, como si ya se conocieran. Buscando nombres al azar se preguntaba si acaso sería aquélla la autora del beso anónimo. Lo cierto es que su sonrisa, generosa y sincera, se perfilaba en ella con la sinuosidad de un horizonte que debía visitar.

3

Amelia sale de su condominio en Llorente de Tibás tan resuelta como cuando, vestida completamente de mezclilla y con un casco en su cabeza, da las órdenes a los operarios que instalan la estructura de “perlin” en el edificio de tres pisos que está a su cargo. Se puso su buzo de siempre, cómodo pero elegante, una pañoleta de flores acostumbrada a servir de bufanda alrededor de su larga cabellera, y se echó a la espalda un pequeño salveque con agua, uvas, galletas dulces y saladas, la llave, y en su billetera, la cédula y las consabidas Santalucías junto a la plata. Son como las 8 de una oscura noche del primer día de agosto. Muchos van en la misma ruta, en grupos casi todos, pero ella se siente a gusto haciéndolo a su manera. Ya cumplió 37 años, sabe que su prestigio como arquitecta de estructuras modernas no está en discusión, pero arrastra, desde muy joven, el deseo insatisfecho de compartir su vida con un compañero permanente. Se ha entusiasmado varias veces, pero las cosas no pasaron de allí. No le incomoda estar sola, no, más bien muchas veces lo disfruta, pero siempre creyó que había nacido para compartir sus aventuras con alguien. Sin embargo, ese compañero no parece llegar nunca y a estas alturas empieza a añorar la realidad de sus deseos.

Con su familia, un grupo unido de clase media creció respetando las tradiciones religiosas; los acompañaba a misa los domingos, rezaba el rosario en enero, durante los viernes de cuaresma solo comía pescado y ponía el portalito en diciembre. Sin embargo, cuando se fue a vivir sola comprendió que todo eso lo hacía más por respetar a sus padres que porque verdaderamente creyera. En realidad no le hacían falta esas costumbres, y casi sin darse cuenta, dejó de practicarlas.

Pero con la virgencita de Los Ángeles, esa pequeña negrita que se dejó encerrar en un gran vestido de oro, la cosa era diferente. No sabía ni por qué, a ella le tenía voluntad, y siempre le había llamado la atención que tanta gente le dedicara toda su fe. Alguna vez había ido con sus padres a la Basílica de Cartago a ver los “exvotos” de piernas, brazos, ojos y corazones que guindan de todas las paredes y sorprendida reconoció que uno por uno habían sido llevados allí por la fuerte devoción de alguien…
Recientemente, la romería había comenzado a intrigarle como un fenómeno social. ¿Cómo podía ser que más de una cuarta parte de la población del país, esto es, más de un millón de personas, se movilizara hacia el mismo sitio en un mismo día?
Sin embargo, ella nunca había participado.

En general, no creía en los milagros sino en los esfuerzos, y en lo que respecta a conseguir pareja más bien se burlaba de las creencias de la gente, porque ya ella había atrapado varias veces el florido ramo de la novia, y hasta había ido a tocarle la cola al pez que carga San Rafael en la iglesia grande que queda en la montañas de Heredia…, y nada. Sin embargo, esta vez, quiso poner a prueba a La Negrita y se lanzó a la caminata combinando la osadía liberal de hacer sola el recorrido de noche, con la conservadora esperanza de lograr que su deseo le fuera concedido. Aunque en el fondo le asustaba la idea que el motivo de su promesa se hiciera repentinamente realidad. ¿Qué pensaría en adelante de los milagros?

Es cuando cruza por debajo del puente de Cinco Esquinas, uno de esos lugares “suaves” de la ciudad de San José, cuando comienza a percibir que las cosas tomarían rumbo suelto esa noche….

Un carro que pasa en sentido contrario por el mismo sitio, toca el pito justo debajo del puente, de la misma manera como lo hace alguna gente cuando quiere pedir que un deseo se le haga realidad. Una sensación de inminencia se apodera de Amelia y la certeza de que algo importante va a pasar durante la noche no la abandona nunca más.

Cruza la intrincada Urbanización Tournon, junto a la gente que camina, -porque esa noche hay gente que camina por todos lados-, y por instinto, busca adentrarse en el Barrio Amón a través del puente antiguo y angosto que pasa sobre el Río Torres y que a principios del siglo pasado era el que le ponía límite a la alta sociedad de San José.

Hace unos años las alargadas ventanas rectangulares de las casas viejas de ese barrio habían sido incorporadas por Amelia en sus diseños. Hoy la obsesionan los corredores. Esas áreas afuera o adentro de las casas que no son parte del interior, pero que tampoco pertenecen al exterior. Ella cree que los corredores pertenecen al mundo de los lugares “suaves” de las casas. Sitios que cuando existen, es donde transcurren y ocurren las magias de la vida.

Al ver la casa del los maestros Obregón Loría, recordó ese tipo de corredores internos frente a un patio que, detrás de las puertas de dos hojas como las de esta casa, siempre existen al final del zaguán. Después, observa el corredor externo pero con muro que tiene la casa de los Lehmann y en seguida, aparecen los corredores abiertos de la casa que hace rato se convirtió en la Alianza Francesa. Tendrá que añadir este concepto en su próximo trabajo, piensa. Finalmente, en diagonal, por la puerta entreabierta que hay cerca de la esquina, curiosea por dentro la estructura de aquella residencia con azulejos en cada una de sus ventanas, que tanto tiempo fue la Casa de Cultura Hispana.

Al llegar al Parque Morazán por la esquina noroeste, vuelve a sentir el encanto de los lugares abiertos. En ellos todo se expone, se torna translúcido, aunque sea de noche.
Sentado desparramadamente en una de las banquetas alargadas que se ubican cerca del Templo de la Música divisa desde lejos, lo que más tarde creería que solo fue una visión que inventó su mente. Lo empieza a ver desde que inicia el parque e inmediatamente se da cuenta que él tampoco le quita los ojos de encima. La gente pasa -porque esa noche hay gente que pasa por todos lados- pero él está ahí, sentado, más bien, pareciera que esperándola.

Cuando la cercanía es suficiente para que las voces se oigan, una sonrisa amplia y generosa de labios carnosos, aunque con el ceño fruncido y extrañado, le pregunta:
-Y tú vas también?
-Voy- contesta Amelia resuelta, aunque se ha detenido al llegar junto a él, como casi instintivamente se detiene también su respiración mientras comprende que el acento castellano del muchacho no cuadra con su dorada apariencia.
-¿Alguna promesa?, y en seguida, como si renunciara a entrar tan pronto en el misterio de ella, -¿Y vas sola?
-Voy- vuelve a contestar Amelia. Y para sus adentros piensa por un momento en su deseo, su promesa y los milagros. ¿Será que la virgencita está jugando de ejecutiva hoy?

-¿No te importa que te acompañe?- dice Darío quien dándolo por un hecho, recoge su chaqueta, guarda la gorra en la mochila y, sin dejar de mirarla, sonríe mientras sostiene el papelito del beso y lo contrasta con los labios de Amelia. Como anillo al dedo, piensa, y deshaciéndose luego del fino papel, cuyo mensaje según su instinto ya ha sido descifrado, Darío le tiende la mano y Amelia la toma sin reparos.

Se coloca de frente a ella y comienza a caminar para atrás como si conociera todas las rutas del mundo, y mientras mueve su mano suelta como un maromero, y habla, y pregunta, Amelia tampoco puede dejar de mirarlo y sonreír como si hubiera sufrido un encantamiento. El torrente de hormonas que se precipitó por sus venas avasalló cualquier otro mensaje y todo lo inverosímil comenzó a revestirse de la más completa realidad.

-Luces muy bella- dice Darío, y, decidido finalmente pregunta, -¿puedo saber por qué vas?

Darío entiende que la católica y no muy agraciada dueña de la pensión del barrio Aranjuez donde se aloja no haga otra cosa más que encomendarse a la Virgen y hablar de promesas y romerías que justifiquen su rancia soltería, pero que esta mujer de cabello espeso y largo, de ojos oscuros y grandes como siempre imaginó que sería una mujer deseable, vaya sola en la noche a mendigar favores divinos, eso no le resulta para nada comprensible. Y quiere explorar con calma sus motivos y también, ya ni lo duda, las suavidades que intuye debajo de aquel buzo.

Amelia, aunque con una voz que consume el doble de su aire habitual, contesta con decisión a las miles de preguntas de Darío:
-Lo hago porque quiero.
-Me llamo Amelia. ¿Y vos?
-Darío, y…
– No, soltera y sin compromiso- y sonríe ella también. Y claro que me gustaría tomar algo con vos, pero hoy está todo cerrado.
Darío se abre la chaqueta y le muestra la bota de cuero y la más triunfal de sus miradas.
-No, no importaría si me retraso un poco. Lo único es que a alguna hora tengo que ir a Cartago a pie, porque me lo prometí. Y claro que accedería a entrar en algún lugar…- mientras la gente sigue alrededor de ellos, porque esa noche hay gente que sigue por todos lados.

Entonces, no resultó sorprendente que apenas unas cuadras más adelante, a la altura de donde antes estuvo la botica La Primavera, entre todos los piropos existentes y aquellas preguntas cuyas respuestas no urgían más de lo que urgía el abrazo, ante el primer letrero que con tenue luz indicaba “Abierto 24 horas”, ambos se precipitaran escaleras arriba.

Amelia ve a Darío sacar un fajo de billetes más grande de la cuenta para pagar el local y por un segundo se pregunta sobre el origen de ese extranjero y su dinero. Pero ya para ese momento el baile de los deseos está desbocado y corre agitado e irresistible por las venas de ambos cuerpos. No hay lugar para dudas cuando el deseo es transparente.

Prenden la luz porque la estancia está totalmente oscura y silenciosa. Los vidrios que dan a la calle están pintados de oscuro para ofrecer privacidad. Ninguno se interesa por la escasa decoración de la habitación. Ya a solas, Darío se coloca de nuevo frente a ella tomando sus dos manos y entonces Amelia lo recorre con sus ojos detenidamente como si quisiera almacenarlo para siempre en su memoria y por ahora, vestirlo con una desnudez anticipada. Deja el salveque encima de la mesa mientras Darío rebusca la bota de cuero que trae metida entre su chaqueta, bebe un sorbo y, acercándole el recipiente a la boca sedienta de Amelia, efectúa la pregunta que sobra:
-¿Quieres?

Con los labios aún mojados, ambos se entregan al primer beso, y a otro diferente después, y otro más allá, y otro, y otro, como solo ocurre en noches extrañas como esa, en que de pronto pareciese que dos desconocidos acaban de estrenar su propia boca…

Cuando Amelia despierta son las seis de la mañana.
Contrariamente a la mayoría de las veces que ha dormido acompañada en las que al final cada uno acaba conquistando su propio pedazo de cama, esta vez descubre que aún se halla abrazada, diríase que con ternura. Disfruta un segundo más las recientes delicias nocturnas, pero reacciona rápidamente. Recuerda que tiene aún como 22 km por recorrer y si a algo tiene devoción es a sus propias promesas. Ella tiene la decisión de caminar hasta Cartago.

Con cuidado se deshace de los brazos que la rodean. Rearma las partes dispersas de su buzo sobre su piel aún caliente, sin hacer ruido, y esta vez desliza la bufanda por debajo del cabello para amarrarlo de alguna manera. Encuentra las medias, los tenis, toma el salveque, deja unas uvas dulces sobre la almohada, y con la misma seguridad con que le dijo a ese extranjero de un mundo lejano voy, vuelve con una sonrisa satisfecha a decirse para sus adentros: voy.

¡Ella sabe de sobra la forma de hacer eternos los buenos momentos como esos…! Después de vivirlos a plenitud, hay que dejarlos allí, donde aún no se han pegado a las necesidades cotidianas de mañana. Le encanta la idea de que esas magias que conmueven las rutinas y las alocan, queden por siempre atrapada detrás de alguna puerta.

Sale con rapidez y toma la calle paralela a la Avenida Central, por donde curiosamente no camina nadie, y se dirige con dirección a Chelles. Necesita un café.

4

“Llamamos milagro a aquello cuya explicación racional no hemos encontrado aún”, resuena la frase en la memoria de Greivin, mientras ve distraído las imágenes de la romería en la tele. Cuántas veces –recuerda- en su adolescencia fue caminando a Cartago para pedirle a la Virgen un milagro: que se le quitaran las espinillas, aumentar de estatura, echar un poco de pelo y poder comprarse una buena moto. Pero el milagro nunca se dio.
-¿Matamoros? -la voz de su jefe al teléfono lo sacó de esos recuerdos.
-A la orden.
-Mirá, necesito que me saqués de un apuro. Es que se desapareció la chiquita de mi concuña… está histérica, no hace ni dos horas y está como loca, vieja necia, pero yo le debo plata a mi cuñado… y en fin… que le dije que iba a mandar al mejor investigador a mis órdenes porque yo no podía y nada iba a hacer ahí, vos tampoco, pero bueno, apuntá que te doy la dirección.
-Yo sé donde es.
-¿Cómo?
-Diay sí, ¿no se acuerda?, el año pasado, con el pleito que tuvieron con los vecinos, usté me mandó a mí, ¿se acuerda?
-A la puta, sí es cierto –su jefe chasquea la lengua, preocupado. Pero en eso suelta una risilla burlona-: Mirá, ponete anteojos oscuros, quitate ese bigotillo de rata y andá a ver si la podés dejar más tranquila, que yo no me quiero aparecer por esa casa. Bueno, mañana hablamos. Vieja loca… -aún escucha Greivin que masculla su jefe antes de colgar.
“Porque ahora que me dieron el pasaporte tico –está diciendo en la tele una joven con fuerte acento nicaragüense- la Virgencita de los Ángeles es también patrona mía, lo que no entiendo es por qué los colombianos vienen y dicen que…”.
Greivin apaga la tele de mal humor. El infeliz de su jefe. La estupidez humana. “La salvaje indiferencia y el feroz silencio de Dios”, recordó la frase mientras se cambiaba para salir.
Se fue andando, entre los ríos de gente que llevaban la misma dirección que él. Hermosa noche, como para creer en los milagros.

-¿Quién? –una voz de anciana al otro lado de la puerta se niega a abrir.
-Greivin Matamoros, de Inspecciones del OIJ.
La puerta se abre y Greivin nota cómo unos ojos lo miran despectivos de arriba abajo.
-El del OIJ –le dice la anciana a alguien en el interior, sin invitarlo a pasar, y está a punto de cerrarle la puerta en la cara.
-Que pase, que pase –dice una voz femenina y cansada.
Entra Greivin y antes de girar a la derecha aún tiene tiempo de mirar su bigotillo en un espejo puesto en la entrada. Qué mal gusto… los espejos en las entradas. Y tener que mirar la propia imagen al entrar a una casa como si…
De nuevo sus cavilaciones quedaron truncadas. Ahí estaba la histérica, muy distinta a como la imaginaba y a como le anunció su jefe que la encontraría. Estaba rígida, casi esculpida en el sofá de la sala, con la mirada luminosa de tanto llorar. “¡Qué hermosa puede volver a una mujer el sufrimiento!”, piensa Greivin acercándose. Y le da la impresión de que cuando llegue a su lado ella se va a echar hacia atrás para que él se acueste sobre ella y la proteja, la resguarde del dolor. Le pareció estar a punto de hacerlo y, avergonzado, se rascó la nariz.
La recordaba gritona, grosera, insultando a través de la cerca a los vecinos y haciéndoles gestos obscenos con las manos, mientras que él y su jefe trataban de sujetarla. Ahora el dolor la había envuelto en un aura mística; pelazo y ojazos negros rodeando la cara de una mujer ya madura, ya parida. Una mujer que sabe que esta vez la cosa es en serio.
-Vea, muchacho, le agradezco mucho que viniera, pero…
Con suavidad, mirándolo con la misma indiferencia con que uno mira a un camarero para pedirle la cuenta, la diosa madre le dice que no sé qué malentendido, que no se preocupe (¿él?), que ya buscarán ellos a un profesional pues evidentemente el cuñado de su marido no entiende la dimensión del problema y nunca se la ha tomado a ella en serio y cree que estoy loca, y gracias, muchacho, le agradezco mucho que haya venido, pero por favor déjenos, ya tenemos bastante con lo que está pasando, sólo nos faltaría ponernos a responder preguntas y a hacer café para cuanto patas vueltas nos manden del OIJ…
Dijo esto último y se interrumpió, pero tampoco se inmutó demasiado, no estaba ella para protocolos.
-Creo que su hija está en peligro, un peligro verdadero –fue la respuesta de Greivin. No se lo explicó a la mujer, pero había visto la verdad del peligro en los ojos de ella. Confiaba en su intuición pero sobre todo en la intuición de una madre. Era una histérica, gritona y vulgar, pero esta vez algo muy profundo le decía que su hija estaba en peligro, y esa comunicación llegaba hasta Greivin. Era parte de sus habilidades percibir esos mensajes; era parte de un oficio que Greivin había cultivado desde muy jovencito, antes de saber que un día sería una de sus herramientas de trabajo.
-¿Ustedes cuántos son? –preguntó Greivin, mientras echaba una ojeada a su alrededor, y aprovechando el silencio algo respetuoso de ella ante la frase de él de que creía en la gravedad de la situación.
-Cuatro.
-¿A quién no está contando?
-¿Cómo?
-¿La abuela no vive con ustedes?
-Claro… ¡Ah, bueno, sí!… Cinco.
-¿Nunca ven tele todos juntos?
-¿Cómo? –la mujer lo miró con verdadero hartazgo.
-Que si nunca se sientan a ver tele todos juntos, los cinco.
-Bueno, a veces, yo qué sé…
-Porque sólo hay sitio para cuatro personas… Parece que siempre se queda alguien por fuera…
La mujer lo miró molesta, pero impresionada. Greivin cambió de tema, quitándole importancia a todas sus anteriores observaciones.
-Entonces dice la abuela que nadie entró, que no oyó nada, ni gritos ni mucho menos… -medio preguntó, medio afirmó, Greivin. La madre niega cansada. Él continuó-: La chiquita se fue porque quiso…
La madre lo mira molesta, a punto de mandarlo al carajo, pero desiste y afirma cuando dice:
-Es lo que yo creo. Creo que Paola se escapó.
-Ah, por eso usté está tan afectada. Paola se escapó porque se había peleado con usté… Diay, estará harta de que nunca la tengan en cuenta…
Ahora sí parece que la madre se va a abalanzar al cuello de Greivin. Él sigue, prepotente:
-Sólo hay cuatro sitios para ver tele… Sólo hay cuatro sillas en el comedor… Me parece que siempre hay alguien que tiene que estar jalando una silla y no creo que sea la abuela ni ése –dice Greivin señalando una gran foto del hijo mayor que preside la sala.
-Saber por qué se escapó Paola no va a hacer que aparezca –dice la madre y sólo le faltó añadir “pedazo de imbécil”.
Greivin la mira, sonríe y sin levantar la voz le dice:
-Cómo se nota que usted nunca ha tenido que usar la cabeza… Ventajas de no tener las patas vueltas, supongo.
Lo de “patas vueltas” había dolido; en efecto, era bajito y con las piernas algo torcidas, como los indios mapuches.
-¡Pero usted quién se cree que es! ¡Hortensia, Hortensia! –llama a la abuela y se pone de pie-. Ya mismo llamo al cuñado de mi marido a poner una queja. ¡Ya puede ir buscándose otro trabajo!
-Eso iba a hacer… -dijo Greivin pero la otra no lo oyó, porque en ese momento entró la abuela gritando alarmada “¿qué pasa, qué pasa?”, rosario en mano, con cuidado de no perder la cuenta de la plegaria.
La madre se pone a llorar y en su cara empieza a aflorar la histérica gritona que Greivin recordaba.
-Paola se fue porque en esta casa nadie le pone atención. Porque en esta casa ella es mantequilla –le dice Greivin rotundo, a la cara.
-¿Pero cómo puede ser esto? ¡Venir a decirle eso a una familia que está pasando por lo que nosotros estamos pasando! ¡Váyase de mi casa!
-Sí, sí, ya me voy. Y por favor ponga esa queja al OIJ. Ojalá me echen y así me pagan más que si renuncio.
-¡María Santísima! –exclama la abuela.
-Sí, sí, recen, recen. Si no tienen un buen detective van a necesitar un milagro.
Greivin se disponía a marcharse cuando ve a Paola en una foto familiar. Coge la foto en sus manos y se queda en silencio, conmovido. Aunque sabe que no va a servir de nada, le dice convencido a la madre:
-Creo que Paola se fue para llamar la atención. Creo que en este momento no hay nada que esté deseando más que estar con usted. Donde sea que esté escondida, está deseando que la encuentren. De eso estoy seguro.
Estas palabras parecen llenar de esperanzas a la madre. Pero entonces Greivin añade:
-Habría que salir a buscarla ya mismo, pero yo no lo pienso hacer y el OIJ menos, porque se esperan a que pasen cuarenta y ocho horas… Por eso siempre encuentran a la gente cuando ya es demasiado tarde: usted me entiende.
Greivin se encamina a la puerta. Pero se detiene para decir:
-Por cierto, si a usted le diera la gana contar cuál fue el último pleito que tuvo con su hija sería de gran ayuda. Eso y tener dinero para pagar un buen detective.
-¡Yo nunca me peleo con mi chiquita! –grita la madre, furiosa.
Greivin se encoge de hombros, indicando la más absoluta indiferencia. Antes de salir, dice:
-Me extraña. Se nota que es una carajilla con carácter. Como usted.

5

Renato hundió las manos en los bolsillos del pantalón y sus dedos atravesaron un hueco, …dos huecos,…tres huecos,…hasta que atraparon una moneda de cien pesos: sobreviviente invicta de mejores tiempos.
-Otro trago doble, Beto-pidió Renato peinando su melena que le caía en la cara.
-Con este ya me debés tres mil pesos. ¿Tenés con qué pagar?-indagó Beto.
-Me extraña, Betico ¿Cuándo te he dejado un perro amarrado?- dijo Renato abriendo sus ojotes de comadreja al acecho.
Beto arrugó la cara como no queriendo entrar en detalles y siguió con otros clientes.
Renato miró alrededor buscando una víctima: necesitaba pescar a un samaritano idiota que le pagara la cuenta. El chinchorro estaba lleno de borrachos. ¡Y cómo no! La ley seca por el dos de agosto le dio a Beto la gran idea de vender guaro de contrabando a escondidas en el galerón de su patio. Entre horcones podridos que sostenían un techo de tejas mal acomodadas, bebían contrabando a más no poder, carteristas, tachadores, vendedores de crack, proxenetas, putas y demás crema y nata de San Benito del Bajo. Remojaban su desesperanza en alcohol.
Definitivamente, pensó Renato, aquí no hay cara en qué persignarse…y lamentó no haber acompañado a su amigo Richard a vender birras en la romería. Algo de plata tendría en la bolsa; o por lo menos, las birras serían gratis.
¡Qué jodedera eso de la romería!, pensó Renato. Toda esa gente caminando no sé cuántos kilómetros de kilómetros por una promesa.
Esa carajada debe ser como jugar lotería: pueden ir tres millones en romería pero sólo unos pocos son favorecidos con un milagro.
Eso es justo lo que necesito yo en este momento, siguió cavilando, un milagro para pagar estos tragos. ¡A ver, Virgencita de Los Ángeles, repárame para pagar esta cuentilla y me voy trotando descalzo de aquí hasta Cartago.
Renato bailoteó sus ojos con una sonrisa incrédula y empujó el trago doble hasta el fondo de su garganta…y en ese mismo instante… ¡una idea milagrosa!
Empezó a tambalearse hasta parecer que perdía el equilibrio y se fue de espaldas contra uno de los horcones que se partió en dos. Un pedazo del techo se vino abajo.
Cayó Renato y la gente caminaba de un lado a otro como hormiguero alborotado. Algunos se tocaban una herida en la cabeza que les dejó la lluvia de tejas. Otros lanzaban maldiciones contra Renato.
-Ya este carajo está muy borracho- sentenció Beto- que pague y que alguien lo saque de aquí.
Dos ayudantes de Beto lo alzaron y lo sentaron en un rincón hasta que se le pasara la borrachera. Pero Renato aprovechó el momento y empezó a decir a voces: ¡Se me apareció la Virgen de los Ángeles! ¡Se me apareció la Virgen! Está muy enojada con todo este despelote. ¡Arrepiéntanse!
Renato pensó que en unos cuantos minutos su plan daría resultado: molestaría tanto con esa majadería que, finalmente, lo mandarían a sacar sin pagar la cuenta.
-La virgencita está muy enojada, partida de vagos, buenos para nada. Quiere su arrepentimiento, hoy, primero de agosto. Quiere que todos vayan de rodillas hasta Cartago.
Los dos ayudantes de Beto lo agarraron de los brazos para sacarlo pero en la puerta se encontraron de frente con la esposa de Beto que venía entrando.
-Desapareció la Virgen de Los Ángeles. Acaban de avisar por la televisión. ¡Desapareció! Nadie sabe dónde está-dijo la esposa de Beto con su cara desencajada.
Todos en el galerón voltearon a mirar a Renato como si miraran un ángel caído del Cielo.
Renato pensó, ¡Aquí está mi milagro! y miró alrededor las caras de asombro de todos. Con voz retumbante de profeta, dijo: ¡Se los dije!

6

Llegó como siempre más temprano de la cuenta a la boca de la sabana, faltando quince minutos para las cinco de la mañana Ana María se para junto a la estatua de León Cortés en espera de las otras compañeras para iniciar la romería del 2 de agosto. Todo empezó a principios de marzo cuando recibió un telefonazo de Margarita Bermúdez, amiga de juventud y a quien había dejado de ver por muchos años; era una entusiasta organizadora de actividades para “conocer muchachos” como ella decía. Su casa fue el centro de reunión obligatorio para todos los jóvenes recién graduados que regresaban al país o de extranjeros que venían en busca de fortuna. Por supuesto también llegaban todas las muchachas de buen ver. De ahí salieron bastantes matrimonios, fue inolvidable el de un músico español que vino con un conjunto llamado Los Churumbeles y que hizo furor aquí en Costa Rica, la serenata que le llevó a su novia con toda la orquesta fue algo espectacular. Sin embargo, Ana María no tuvo tanta suerte, aunque conoció algunos buenos prospectos, como decían, ninguno la pidió en matrimonio. Total, Margarita volvió a aparecer con una oferta tentadora: -Ana María –le dijo- te llamo porque estoy organizando un grupo de veteranas para volver a hacer la romería como aquellas a las que íbamos todos los años en agosto para visitar a La Negrita. No me digas que no, estamos desde ahora entrenando caminata en las instalaciones de la Universidad.
Ana María no supo cómo negarse a pesar de la edad y decidió ir todos los días a las seis de la mañana para entrenarse y le gustó, porque no sólo encontró, sino también un grupo de la tercera edad muy agradable. Y ahí está parada junto a los leones de León Cortés para emprender la caminata que llevara a cinco muchachas de 60 para arriba hasta la basílica de Los Ángeles, porque las demás fueron desertando.
Esta vez no se hizo el conjunto de pantalón y chaqueta como solía hacerlo en aquellos años. Viene de blue jeans, sudadera, tenis, sombrero de ala ancha, pañuelo anudado al cuello, salveque a la espalda, además de 67 años, cabello blanco y una cuantas arrugas.
Antes de iniciar la caminata, el grupo se toma de las manos en círculo y oran en silencio pidiéndole a la Virgencita que las proteja, porque ahora no va el carro con las mamás detrás para cuidarlas.
Ana María observa Paseo Colón y piensa que es otra cosa, lleno de edificios disparejos en su modernidad perdiéndose por su culpa todas aquellas casas con los grandes y hermosos jardines, los árboles a cada lado de las aceras y el obelisco en medio le daba un aire señorial y majestuoso. Y recuerdo ¡Cómo lo caminó! para economizarse los quince céntimos del camión y poder comprar helados Pinto frente al costado de la Catedral. En un galerón de piso de tierra donde vendían los más deliciosos helados de mora, natilla y los capuchinos de crema bañados de chocolate. Éstos eran un lujo para los domingos después de misa.
Vienen caminando a buen ritmo, todavía está un poco oscuro cuando llegan cerca del hospital San Juan de Dios. Sintieron un frío intenso que sube por las piernas y un escalofrío que les recorre todo el cuerpo poniéndoles la piel de gallina, tanto así que se quedan paradas para dejar pasar a una monja que viene caminando despacio casi sin tocar el suelo, de hábito blanco con azul y un enorme sombrero de pico adorna su cabeza, en sus manos trae una imagen de La negrita brillante como si fuera una luz. Se vuelven para verla y ya no está. Asustadas se miran sin poder hablar.
-Qué raro –dice Ana María con voz temblorosa- no sabía que habían vuelto esas monjas al hospital.
-Estoy helada y no es para menos a esas monjas no las veo desde hace miles de años, sigamos porque se nos hace tarde –responde Margarita.
Las cinco continúan sin querer decir que están bien asustadas.
La Macha McCormick toma a Ana María del brazo y le dice: -¡Qué diferente está todo! ¿Verdad? Tenía años de no venir por el mercado Central, aquí no ha cambiado mucho sólo que ahora te pueden asaltar y matar, antes sólo te tocaban la nalga o soltaban un piropo.
-Oigan muchachas lo que están diciendo por radio –grita Margarita, que como siempre va delante de todas –dicen que desapareció la Virgen.
Corren hasta un chinamo donde tienen la radio a todo volumen y escuchan la noticia así como a la gente contando lo sucedido.
-Vamos a ver las pizarras de Monumental –Acata decir Ana María- ante tanta conmoción.
¿Cómo no se habían enterado antes de semejante noticia? En el caso de Ana María, no escuchó las noticias de la noche porque se acostó temprano para salir de madrugada y por el camino tampoco oyeron nada. Es extraño que no sonaran las sirenas de los principales diarios, comentan entre ellas, como se acostumbraba para dar noticias importantes, ¡Todo es tan distinto ahora!
– ¿Y si la monja que topamos quería decir algo? ¿Por qué llevaba una imagen de la Virgen o era una lámpara en sus manos? –se dice Ana María muy asustada como para responderse.
Apuran el paso y ahí estamos con caras de locas, pues ninguna sabía que la radio Monumental la habían quitado y por supuesto desaparecieron las pizarras, sin embargo, al igual que ellas, se había acercado gente en busca de noticias. En los periódicos pudieron leer que desde la noche anterior La Negrita estaba perdida. Anonadadas se hacemos un puño en la esquina del Banco Central preguntánde se qué van hacer ahora.
-Nos devolvemos o continuamos –Indica Ana María- e inmediatamente ella misma dice –Yo voy a seguir. Las demás están de acuerdo.
Y esa gente que caminaba con un fin y esa otra que andaba por ahí se arremolinan en los ventanales de un comercio para escuchar las noticias que dan por televisión y no saben qué hacer, por un instante todo se queda inmóvil: la vendedora de chances con la boca abierta, el ciego del acordeón pela los ojos y se agarra las orejas para escuchar, el tilichero enmudeció, el carterista dejó su mano quieta junto a la cartera de la mujer que cayó desmayada.
De repente se oye a un hombre que grita: -vamos, vamos todos a buscar a la negrita, no la podemos perder.
Y la masa entera de gente empieza a caminar hermanada, sin importar para dónde iba antes, ahora toditos van para Cartago. Alguien empieza a rezar el rosario y todos responden a una sola voz.
Los propósitos de Ana María y sus compañeras han cambiado, ella venía pidiéndole a la Virgencita ayuda para que mis hijas dejen de ser tan indiferentes y que hagan a un lado sus resentimientos, pero ahora, le pide también para que aparezca su imagen. Recuerda con lágrimas en los ojos aquella otra vez, cuando la habían robado, el estómago se le encoge del miedo, revive aquellos días cuando las monjas del colegio las hicieron sentir culpables como si fueran ellas, las ladronas.
De repente, La Macha McCormick completamente desmadejada se cuelga fuertemente de Ana María diciendo que se siente muy mal. Entre todas la llevan a Chelles para sentarla y darle algo de beber. Pero, se agarra el pecho fuertemente. En eso, se acerca una muchacha para ayudar y con su celular pide una ambulancia resulta ser Amelia, la sobrina de Mencha.

7

El chocolate que recibe del hombre Paola se lo come sin malicia, el le ha dicho que esta cumpliendo una promesa, porque su hijita, allá en Guápiles, había sido operada recientemente con éxito y las promesas siempre se debían cumplir. Paola se le queda viendo un segundo, le da las gracias y continúa caminando, pero el hombre sigue al lado, camina a su mismo ritmo con una sonrisa quieta. No deja de atilintar una larga bufanda negra con las manos hechas un puño y eso empieza a ponerla incómoda, Paola camina entonces más rápido y el hombre también lo hace.
-¿Quiere que la acompañe chiquita? No esta bien que alguien tan pequeñita y bonita ande sola entre tanta gente extraña- le dice, mientras se agacha acercándole la boca a la nuca lo más posible. El aliento del hombre, mezcla de tabaco y chicharrón, le da asco y el pánico empieza a apoderarse de su mente. Ese hombre es… un malo. Uno como los que su mamá le había dicho que podía acercársele cualquier día, y del que tenía que salir corriendo.
Ya arriba del cerro del Ochomogo Paola tiene frío y empieza a buscar con desesperación alguna cara conocida. En ese momento ya no camina, trota, corretea, finalmente corre, hasta dar con las patas blancas de un caballo altísimo estacionado a un lado de la calle. Se detiene y mira hacia arriba. Sobre el lomo del animal, veteado de café con leche, un hombre con botas brillantes de cepillo con betún, sombrero de pita blanco y chaqueta de cuero cerrada hasta el pescuezo, toma de una botella y habla por un celular. Un segundo es suficiente para que decida pedirle al caballista que la encamine porque, como le explica lo más rápido que puede, sus papas van más adelante, y ella quedó rezagada por ir al baño, Paola señala la larga fila de gente por entrar a las baterias sanitarias. El caballista la mira y mueve la cabeza negativamente.
–Por favor- le dice Paola, sin querer ver para atrás.
-Ya no me jodas más- le dice el caballista al interlocutor del celular -ya se que tengo que entregar el exboto apenas llegue, que vieja más necia, no ves que también es hijo mío. Jumas, si ¿y que? Pero estoy aquí arreándome el culo desde Liberia y arriesgando la salud de mi yegua más fina, así que vaya cerrando la boquita.
El caballista pulsó una tecla del aparato dando por terminada la comunicación y le dijo a Paola que se subiera. Guardó la botella, la agarró del brazo y la sentó en las enormes ancas del animal, detrás de el. El caballo reanudó el paso.
–Vamos, ya falta poco, Candy,- le dijo al animal acariciándole la crin.
Paola respiró con calma porque pensó estar a salvo, mientras era encaminada por el caballista sobre ese pony de oro, que ojalá la llevara volando en ese momento hasta donde estaban sus papás, pero todo lo contrario a volar, duraron una eternidad subiendo las últimas cuestas, sin decirse cruzarse una palabra en todo el trayecto. Del otro lado estaba el valle del Guarco con sus luces encendidas y derramadas hacia el volcán Irazú y hacia el río Reventazón. Allá está La Basílica- pensó Paola -y mi familia. Ya casi llego.
Nunca había visto a un hombre borracho pero se imaginó, por como se movía el caballista sobre el animal, que el lo estaba y que en realidad era el caballo el que lo llevaba , pero supuso que eso a La Virgen no debía importarle.
El caballo relinchó de pronto meneando la larga cola de pony de juguete y el caballista como respuesta y como si le leyera el pensamiento dijo:
-¿Necesitamos una parada técnica verdad Candy? El caballo se fue ladeando hasta conseguir, cerca de las márgenes de lo que quedó del río Reventado, después de la erupción del 63 y el baño de ceniza, encontrar un lugar con árboles suficientes para agarrar ramas con el hocico y masticarlas, mientras vaciaba sus riñones; como también empezó a hacer su dueño, quien se había apeado y buscaba con prisa un tronco sobre el que orinar de espaldas a la gente, que ha esas alturas era muchísima. Paola pensó que era un buen momento para que ella también se bajara y continuara más rápido sola, de seguro que el hombre que le había ofrecido los chocolates ya no se lo toparía más, y Cartago se encontraba solo a unas cuantas cuadras.
– Ah! Yo creo que allí esta mi papá, si, es aquel que va allá! Le dice al caballista emocionada, bájeme, bájeme por favor para que me de tiempo de… – el caballista termina de hacer lo suyo, se asegura la posición de la enorme hebilla debajo de la panza y la baja. Suena de nuevo su celular. Sin decir nada deja que la niña se vaya como llegó. Mueve de nuevo la cabeza negativamente y saca la botella de la mochila. Toma varios tragos y contesta:
-Alóóó, jumialma, pero que vieja más necia!!!

Paola de verdad cree haber visto a su padre. Corre entusiasmada y llega al molote
de gente, donde una cabeza similar a la pelona de su papi, grita algo sobre La Virgen de los Ángeles. Todos gritan pero ella no entiende lo que dicen… ¿Qué le pasó algo a la virgen?.. la figura de su padre alza los brazos y da media vuelta en dirección a donde ella se encuentra. ¡Papi, Papi! Grita Paola. Pero ya le ha visto la cara al hombre y no es su padre ni su papi. Solo un extraño más. Son miles las personas que se encuentran en ese lugar. Unos siguen la marcha y otros se detienen haciéndose preguntas entre sí. El alboroto es enorme y es en ese momento que Paola siente sobre su cara una bufanda negra que le cae encima y la cubre por completo. No puede ver y le cuesta respirar.

–Te vas a morir de frío, chiquita, no ves que así tan enfermita ni la Virgen de Los Ángeles te va a poder salvar. Venga con papi que aquí tengo otro chocolate para calentarla…, – dice el hombre que la abraza a la fuerza, y habla en voz alta, como para explicarle a alguien, porque lleva en ese momento y casi a rastras, a una niña con la cara cubierta en medio de una multitud que ni los vuelve a ver.

-¡Está perdida!, ¡está perdida!- grita el hombre que Paola confundió con su padre a lo lejos.

8

“Como dijo Osama Bin Laden: corran ahora como pollos sin cabeza”, resuena el recuerdo dentro de Greivin, sentado en la Plaza de la Cultura, viendo a la gente ir de un lado para otro comentando la desaparición de la Virgen. Apenas se le está empezando a bajar la rabia con que salió de la casa de la niña desaparecida. “El destino es el carácter” dice un viejo dicho, y el carácter de Greivin podría resumirse en una palabra: orgullo.
Es la cuarta vez que se roban a la Virgen en ciento cincuenta años. Pero esta vez no cree Greivin que sea un robo por dinero. Nadie se roba la figurita de piedra rodeada de oros en plena romería por codicia, ni mucho menos por necesidad. Sólo un verdadero sociópata se deleita en robarse el ícono más querido de la gente el mismo día de la multitudinaria romería. De hecho –cavila Greivin- el ícono debe estar a muy buen resguardo, no hay que temer que le arranquen los oros para fundirlos; quien sea que haya robado la imagen en esta fecha debe de estar acariciándola con sus manos mientras disfruta mirando las imágenes del desconcierto en la televisión.
Y muy probablemente es un hombre. Los psicópatas, los violadores, los asesinos en serie, suelen ser hombres. Las mujeres tienen otras maneras de volverse locas. Ellas más bien se auto laceran, vociferan, se desnudan por las calles… Hasta la fecha…
-¿Matamoros? –otra vez el celular lo sacó de sus divagaciones. Otra vez era su jefe. Pero esta vez Greivin no respondió “a la orden”.
Su jefe llamaba a decirle que “idiay, güevón”, que en lugar de tranquilizar a la loca la había alborotado, que cómo se le ocurría, que qué era aquello y que ahora había que abrirle a Greivin una inspección interna por las quejas de la vieja.
-La cosa va a ser más complicada que eso –respondió Greivin.
-¿Cómo, qué pasó? –preguntó su jefe alarmado.
-La loca va a tener que poner una denuncia directamente contra el OIJ, porque Greivin Miguel Matamoros renunció. Está renunciando en este instante.
-Seás necio, güevón… -aún oye que dice su jefe, con su altanería de siempre. Pero Greivin le cuelga dejándolo con la palabra en la boca.
Fue una de las acciones más catárticas de su vida; ésa y la que sucedería unos días después. La catarsis trae buenas rachas. Uno debería vivir siempre imitando al héroe de uno mismo; imitando la propia vida soñada, ésa que todos llevamos en paralelo y en secreto y que…
Teléfono, otra vez, llamando a Greivin a tierra.
-¿Aló?
¡La loca! Era la loca, ahora con tonito dócil y arrepentido. Se podría decir que llamaba “a pedirle cacao”. Había llamado a su concuño que, en efecto y como pronosticara Greivin, no le había hecho caso y poco le faltó para recetarle un tranquilizante y echarse a dormir.
Pero una loca desesperada puede ser muy intuitiva. Así que a pesar de la pinta de Greivin, de sus piernas cortas y algo torcidas, de su bigotillo incipiente, de sus medias blancas embutidas en mocasines negros, la loca había entendido que Greivin conocía su oficio, que era un muchacho listo y que era su única esperanza.
Llamaba a pedirle dos cosas: disculpas, por un lado, y su ayuda, por otro. Le confesó que sí había peleado con su hijita, no sabía por qué no había querido decírselo, pero sí había peleado y no la había dejado ir a la romería con ellos, con su marido y su hijo mayor.
-O sea que Paola se fue a la romería –dijo Greivin como lo más obvio.
-Sí… Eso creemos… -dijo la madre sin atreverse a ser tan enfática como él. Pero le confesó que, de hecho, su marido se había puesto a hacer la romería al revés, convencido de que encontraría a Paola de camino.
¡Qué voz tenía!, se deleitaba Greivin escuchándola al teléfono. ¡Cómo le gustaban las mujeres hechas y derechas! Quién sabe qué atavismos tendría él por ahí, quizás demasiadas películas porno baratas en su adolescencia, pero su cúspide erótica era una mujer que pasara de los cuarenta, una madraza con las carnes ya maduras. Mientras ella hablaba la recordó hierática, en el sofá, cual escultura de madre sufriente, aquellos ojos negros, aquellas nalgotas en las que Greivin con facilidad desaparecería…
Pero su ensoñación se ve truncada de golpe por lo que ella está diciendo. Cuidando hábilmente sus palabras, la madraza erótica de sus sueños le está dando por donde más le duele y le está diciendo que con la pinta que él tiene quién va a confiar en él, pero que ahora es su única esperanza.
-De viaje se ve que usted es un muchacho inteligente y más bien gracias a Dios nosotros tenemos patas en el OIJ, porque si no imagínese que…
-Señora, ya no trabajo en el OIJ –la interrumpe Greivin.
-¿Cómo? Ay, Dios mío, ¡no me diga! ¿Qué pasó? ¿Lo echaron? ¡Fue culpa mía!
-No, no, no. Yo mismito renuncié. Y no fue por culpa suya, ¡fue gracias a usted! –y tuvo ganas de añadir con desprecio, para humillarla: “Si se acuesta conmigo le encuentro a su hija”, pero en lugar de eso le dijo-: Trate de aprovechar el robo de la Virgen. Ésa sí es su única esperanza. Vaya a La Extra y dígales que la Virgen le dijo que sólo va a volver a su sitio cuando aparezca su hija.
Pero la madre no entendió en ese momento ni nunca la genialidad de esa propuesta. Pensó que Greivin, resentido, se estaba burlando de ella.
Pero no. Greivin, herido, cuando terminó de hablar con ella se hizo un juramento a sí mismo: encontraría a esa niña, viva o muerta.

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