“MILAGROS SUELTOS” SEGUNDA ENTREGA

24 08 2007

MILAGROS SUELTOS
AUTORES:
Dorelia Barahona- Paola
Pedro Pablo Viñuales- Dario
Floria Bertsch- Amelia
Janina Bonilla- Ana María
Víctor Valdelomar- Renato
Catalina Murillo- Greivin
Jaime Ordóñez- Rosario

9

A las tres de la mañana el silencio es tan grande en Cartago -sobre todo en esas calles que van de la Iglesia de los Capuchinos al San Luis Gonzaga- que siempre parece que la noche va a ser eterna, pensó Rosario mientras cerraba con sigilo la puerta de su casa. Lo hizo con sumo cuidado, halando la puerta muy despacio, apenas respirando. No vaya a ser que Juan Fernando despierte y me pregunte porque estoy saliendo a esta hora, cuando ni siquiera los panaderos del taller de la otra cuadra, frente a la Iglesia, han sacado todo el pan de horno. Las tres de la mañana es una hora falsa, no pertenece a la noche ni tampoco a la madrugada, decía papá, y creo que tenía razón, reflexionó Rosario, apenas un momento, mientras el frío de la noche le pegaba en la cara y sus manos tocaban la llave de metal grande, en el fondo de su bolso. Afuera, la bruma era tan espesa que no le permitía ver diez pasos adelante. Justo como en los tiempos de antes, pensó.

Rosario apresuró el paso. Sólo tenía una hora, a lo más hora y media. A las cuatro y media Juan Fernando siempre despertaba y, además, algunas vecinas, las más viejas, encendían las luces para chorrear el café, y empezaban a asomarse de vez en cuando por las ventanas o a abrir la puerta de los amplios corredores para sentarse en alguna mecedora con el tazón hirviendo. Sí, tenía poco más de una hora, pero eso le bastaba. Le tomaría unos diez minutos de caminata llegar desde su casa hasta la Basílica, pero allí no habría problema. Los romeros más adelantados ya habían empezado a llegar desde los días anteriores y no iba a tener problema en mezclarse con ellos, además vestía como una romera más, y no sería llamativa para nadie. Después, le tomaría unos veinte minutos ir a la puerta de atrás, esconderse un segundo detrás de la cuarta columna de la basílica y abrir la puerta que lleva hasta los pasadizos de atrás que convergen con el altar. El resto sería fácil. Sólo caminar unos 20 o 25 pasos, y hacer lo que tenía que hacer. La noche era fría y solo oía sus pasos, resonando entre la niebla.

-¿Querés que cierre la cortina, Juan Fernando?
-No, dejála un poco abierta, que necesito aire. Vos sabés que me gusta dormir con las ventanas bien abiertas y es muy tarde, ya son casi las once de la noche. Necesito madrugar.
-Bien, ¿pero te gustaría un vaso de agua o un té?—insistió Rosario mientras se miraba al espejo del tocador de la habitación, apenas de reojo, y trataba de adivinar las formas de su propio cuerpo, detrás de la bata de dormir blanca.

Era una mujer morena, de enormes ojos negros, alta, ni delgada ni gruesa, de pechos grandes. Tenía un pequeño lunar debajo de los labios, y cuando sonreía la cara se iluminaba, a pesar de no que tenía los dientes perfectos. El cuarto diente lo tenía montado sobre el quinto, pero nadie lo sabía, sólo ella y un par de dentistas ocasionales. Sabía que no era nada fea. Desde que tenía quince años los hombres la miraban en forma insistente. Esa misma mañana, antes de tomar la ducha, hizoabía hecho algo inusual: se desnudó frente al espejo y observó cuidadosamente su cuerpo. Había pensado que, a sus 40 años, todavía era una mujer hermosa. Desde hace muchos días sentía como un hervor en el cuerpo, una mezcla de excitación apagada y de tristeza. Cerró el pestillo de la puerta y de pié, frente al espejo ovalado, empezó a acariciarse el cuello y los pechos, y a tocarse el halo de los pezones oscuros, hasta que, sobresaltada, retiró sus manos, asustada de lo que acaba de hacer. Ella lo tenía muy claro desde niña. Nadie podía tocar su cuerpo, absolutamente nadie, ni ella misma, sólo su esposo el día que se casara.

Pero ese era el problema: el día de casarse había llegado hace mucho, exactamente ocho años antes, cuando cumplió los 32, el 6 de junio de 1999. Las encomiendas a San Antonio habían funcionado después de varios años de esfuerzos y espera. No porque no le faltaran novios, no. Rosario Coto Fernández era un mujer bonita, pero todos los novios le habían salido informales, no tenían fundamento, como le decía su tía Mercedes, Mencha. Y Rosario los rechazaba, o los ahuyentaba. Vos sos una mujer buena, Rosario, le decía su tía, y lo que necesitás es un hombre formal, humilde y trabajador, ojalá de Cartago, ojalá de este mismo barrio. Esos de San José, como el tal Antonio, o aquel millonarito Montealegre, ¿cómo se llamaba?, Manuel, o Enrique, no, esos no valen la pena. Esos te quieren sólo para jugar con vos, Rosarito.

Quizá las admoniciones de la tía habían sido verdaderas. O quizá de tanto oírlo, ella se había creído el cuento de que cualquiera que no fuera de Cartago y del mismo barrio, iba a ser un bandido, un oportunista y que sólo se aprovecharía de ella y de su cuerpo. Lo cierto es que todo había fracasado y Juan Fernando fue su última opción. No estaba segura, porque todo era confuso, y la idea del cuerpo y del pecado le generó muchos problemas e indecisiones. No sólo su madre, sino también sus seis tías abuelas, le habían metido en la cabeza desde niña que “el cuerpo es un altar”, y que debía ser consagrado a su marido.

Y por consagrarlo, y esperar al marido, se le fue pasando la vida. Cuando cumplió treinta años, en 1997, todavía seguía soltera y un buen día, en una fiesta de familia, apareció Juan Fernando, un primo lejano que acababa de salir del Seminario Mayor, y que había renunciado a sus intenciones de hacerse sacerdote para dedicarse a trabajar como contador en La Mutual y, el resto del tiempo, hacer lo que más deseaba en el mundo: el estudio y la adoración de la Virgen María y la Vírgen de los Angeles. Juan Fernando era flaco, tímido, tenía espinillas en la cara y siempre estaba sonándose la nariz. Esa tarde apenas conversaron. Sin embargo, todas las tías abuelas coincidieron, era el candidato perfecto. Era un cartago, muy religioso, era del barrio de los Capuchinos, hijo de Chindo, el zapatero de toda la vida. De inmediato empezó la confabulación familiar y todas empezaron a rezarle a San Antonio y a tender celadas para que Rosario y Juan Fernando se encontraran. Que un té aquí, que un reunión en el City Garden allá. En fin, empezaron a conocerse y Rosario se encontró una mañana de domingo en el altar de la Basílica de los Angeles, ni más ni menos, a las once de la mañana, casándose con Juan Fernando. Esa mañana cantaron el Ave María de Schubert y Rosario pudo ver con el rabillo del ojo la cara de Juan Fernando, extasiado ante al altar, transido, con los ojos llorosos de alegría.

No hubo luna de miel ni noche nupcial. Juan Fernando le dijo que una noche especial como esa, ambos debían rezar y ofrendarle a la Virgen de los Angeles el matrimonio y la vida en común. Que ambos serían dos ciervos de la Virgen y que esa era la única forma de llegar a la divinidad. Pasó mucho tiempo, y sólo una vez, hacia el sexto o sétimo mes de matrimonio, una noche de sábado, tuvieron algo parecido al sexo. Ella decidió—poco después de acostarse—quitarse el camisón de dormir, y se acercó a Juan Fernando, y lo empezó a besar y acariciarlo. Juan Fernando empezó a temblar, y también la abrazó y se dieron algunos besos, tímidos y pequeños. Cuando Rosario consiguió excitarlo, se sentó encima de él para que la penetrara (más por intuición que por conocimiento, pues nunca nadie le había explicado mucho) y esos 40 desgarrantes segundos fueron el único sexo que hubo en esos diez años, y terminaron mal, muy mal, con Juan Fernando temblando y los ojos llorosos y en trance, con un ataque cercano a la epilepsia, y Rosario, desolada, sin saber aún sin continuaba virgen o no. A la semana siguiente ya dormía en camas separadas.

-Bien, pero querés un vaso de agua o un té antes de dormir—insistió Rosario, todavía frente al tocador de la habitación—quizá te ayude a conciliar el sueño.
-No, dejáme así. Sólo quiero dormir. Vos sabés que mañana tengo que madrugar porque empiezan las novenas marianas a las cinco de la mañana, y yo las dirijo. Somos quince personas y quiero que estemos todos listos y purificados para el próximo 2 de agosto, y sólo nos falta un mes. La Negrita quiere que estemos todos puros.
-Pero vos no tenés que purificarte más, Juan Fernando. Vos sos incapaz de hacerle daño a nadie.
-No, el diablo nos acecha todos los días, Rosario—le dijo Juan Fernando desde la cama, cubierto por su cobijas blancas, apenas iluminado por la luz oblícua que entraba del baño, justo al lado de la cama de Rosario—. Y la Virgen, la única que protegió a Jesús en Getsemaní, y luego en el Monte Calvario, es también la única que me puede salvar de no caer en el pecado y en el fuego eterno.

-Pero, Fernando, si vos sos bueno como un pan, nunca has tocado cinco centavos de nadie en la Mutual, vas a misa todas las mañanas y rezás dos rosarios por la noche, visitás a tu madre todos los días al final de la tarde. ¿Como podés decir que tenés que salvarte del fuego eterno?
-Siempre hay que protegerse, Rosario, uno nunca sabe.
Hubo un silencio largo. Pasado un par de minutos, Rosario le dijo—Juan Fernando, vos crees que mañana en la noche que es sábado, podamos dormir un rato abrazados, sólo media hora. Fijate que me hace falta sentirme abrazada.
Hubo otro silencio, un poco más corto—Imposible, vos sabés que en este próximo mes estoy en etapa de purificación y la Negrita nos quiere a todos limpios y transparentes.
-Pero vos y yo somos esposos, Juan Fernando. La propia Biblia dice que es bueno que los esposos estén juntos. Y además sólo te estoy pidiendo que nos abracemos una media hora, mientras vemos la televisión, o vemos el limonero que está junto a la ventana. Nada más, no te estoy pidiendo más.
-Imposible, Rosario. En este mes es imposible. Tengo que estar muy puro para nuestra Señora. Quizá más adelante, después del 2 de agosto.

Hubo otro silencio, mientras Rosario pensaba que tenía ocho años de oír lo mismo, siempre, quizá más adelante, después. Y se le estaba yendo la vida, le pasaban los años y, no sólo nadie la acariciaba ni la besaba sino, además, no tenía hijos. De esta manera nunca iba a tener un hijo y, un buen día, la vida le habría pasado.
-Buenas noches, Juan Fernando—le dijo quedamente, mientras cerraba la puerta de la habitación.
-Buenas noches.

Rosario caminó unos pocos pasos hacia el zaguán que da al pequeño patio interior de la casa y vio el limonero, y el pequeño árbol de acacias que está justo al lado. Luego miró al pedazo de cielo, por encima de los techos y las canoas, y pudo sentir el frío de la noche. Un pedazo de luna se recortaba sobre el azul oscuro. Rosario cerró los ojos y, de repente, empezó a llorar, lenta y silenciosamente, con una tristeza honda y antigua que le salía del alma, de la sangre, o de algún lado. Empezó a llorar como no había llorado desde niña.

10

Nadie se atrevió a hablar más en el bar clandestino de Beto. Ni el calor de la noche derretía ese algo helado que les paralizaba la lengua.
Ahí estaban, la crema y nata de San Benito del Bajo. Aunque nadie lo dijera, todos pensaban que un extraño designio los había agrupado, tal vez para llevárselos al infierno, tal vez para ser testigos de algo maravilloso.
Renato los miraba de reojo desde su rincón, con sus manos entrelazadas fingiendo rezar: Mandrake, el tachador de carros. Dicen que odia a las mujeres porque su madre lo dejó abandonado.
Viruela, la travesti. Tiene granos hasta en el culo. Eternamente enamorada de un hombre casado que le pega cuando quiere.
Carmela, la que prostituye jovencitas. Siempre solloza cada vez que entrega a una. Jupa ´e Tuerca, el jovencillo amante de Beto. Todos saben que él lo mantiene.
Dora, la esposa de Beto. Desde los siete años ayudaba a su mamá a vender marihuana. Ahora trabaja como conserje en el colegio y les vende a los estudiantes. Y por último, Rataseca: diestro como ninguno con su cuchillo.
Cercena tripas humanas por encargo, por venganza o por placer. Había otros esa noche en el bar clandestino, pero estos son los que podríamos llamar la primera división.
Y por supuesto, no podía faltar Renacuajo, el nombre de batalla de Renato. Conocía las yagas de todos y las suyas propias muy bien. En ese instante, mientras fingía rezar, se asemejaba a una mantis religiosa; ese insecto maravillosos que disfraza su ataque con una sublime plegaria al cielo.
Fue, finalmente, Rataseca el que decidió romper el silencio, Sacó su píco de lora y se acercó a Renato.
-¿Y vos creés que yo soy idiota?-le dijo en voz baja mientras presionaba su garganta con el cuchillo- Ni la Virgen ni ningún santo van a asomar su cara en esta sucursal del pizuicas. Y mucho menos aparecérsele a un bicho malo como vos.
-Dice la Virgen-le murmuró Renato- que vamos a partes iguales los tres.
Rataseca sintió el impulso de atravesarle el pescuezo, pero recordó que sus negocios no andaban bien. No entendía qué pasaba. Ya nadie manda a acuchillar a nadie. Los sicarios colombianos que han llegado a Costa Rica son mucha competencia. Trabajo de calidad, barato y sin complicaciones: una bala puede cobrar la deuda pendiente a veinte metros de distancia.
Rataseca no es el delincuente que ustedes piensan. Fue a la universidad. Quería ser médico, pero no soportó a aquellos hijitos de papi adoradores hasta de la mierda que cagaban. Un día encontró a sus compañeros sacándose mocos y pegándolos en la pared del baño. Ganaba el que se sacara el moco más grande. Entonces él cambió el juego al gargajo más grande y los escupió a todos en la cara.
Abandonó la universidad por principios y porque ya lo relacionaban con la carajilla que habían violado entre los bambúes.
Recordó la última vez que vio los edificios de la U como castillos de ensueño derritiéndose por su odio. Y recordó a su abuela que de niño lo llevó a visitar a la Virgen y lo bañó con agua bendita para que no cogiera el camino torcido. Y recordó que bebió de esa agua y le supo igual que cualquier otra. Y recordó aquel curita que le metía las manos entre el pantalón a cambio de darle una bolsa de arroz a su mamá.
Dejó en paz sus recuerdos; su cara de piel de lagarto se contrajo exprimiendo razones para dar el sí y miró las caras alrededor abotagadas de alcohol y crack esperando un veredicto. Boquiabiertos. Esperanzados en una ilusión que les devolviera la fe en sí mismos.
Rataseca tiró el puñal al centro del patio y cayó de rodillas junto a Renato.
-El cuchillo me quemó las manos-dijo con un tono dramático entre sollozos.
Las dudas se derritieron como se derretía el hielo en los vasos y fueron cayendo uno por uno: Viruela, Mandrake, Jupa ´e Tuerca, Beto, Moustro, Zampámela y Almuerzo.
Renato se puso de pie y dio la primera instrucción a los nuevos creyentes: la Virgen quería una gruta ahí mismo, en el patio de Beto.
Todos salieron a buscar piedras por el camino. Pequeñas piedras. Grandes piedras. Cualquier piedra. Entre más grande la culpa, más grande la piedra.
Viruela cargó una pequeña y la tiró por otra más grande. Se decidió a cargar dos: una por ella y otra por el macho de sus quebrantos.
Todas las manos de cartón se arrepujaron de tierra. Desde hacía muchos años esas manos no hacían otra cosa que acarrear desgracia.
Había que recoger dinero para las velas, para las flores, para la Virgen.
Ella es una dama acostumbrada a lo suntuoso: vestido de oro, piecitas de plata por las promesas, mantos de seda y altares de mármol.
Dora trajo sus dos manteles blancos de encaje para el altar improvisado…¡y quién sabe!, más adelante hasta un canal de televisión en San Benito del Bajo. La misión de gringos que ayuda a los pobres en el barrio a lo mejor podían conseguir los aparatos rebajados de precio.
Viruela recordó aquella tonada que cantaba en el corito de niñas antes que descubrieran que tenía pinga: ¡Dios te salve, salve María! ¡Llena eres de Gracia! No se acordaba de más pero la Virgen entendería.
Había que recoger dinero y dárselo a Renato
-¿Cómo es la Virgen, Renato?
-Es sonriente con naricita pequeña y morenita como un confite.
-¡Dios te salve, salve María! ¡Llena eres de Gracia!
Mandrake y Rataseca vaciaron sus bolsillos. Beto entregó la mitad de la venta del contrabando. Sólo hacía falta una cosa: la Virgen
Mandrake se ofreció a ir de casa en casa para conseguir una…por las buenas o por las malas. Caminó por las calles tocando puertas. Eran las doce de la noche. Algunas luces se encendieron como se encendía su alma.
Mientras Mandrake tocaba puertas, Viruela cantaba y Dora rezaba, Renato contaba en un rincón el dinero de la recolecta.

11

Paola desapareció de la romería como una pagina que se vuelve y se deja atrás para que sean otras las letras y los personajes de la historia que por delante se narra. Ella sigue ahora su propia romería personal sin que sepa nada del hombre que la lleva en alzas, cubierta por una bufanda negra que huele horrible y que la ahoga y que la hace patalear con fuerza primero, durante todo el tiempo que es capaz de hacerlo, y luego, como peso muerto que cuelga de un gancho desde que le amarrara los pies. Siente que su cabeza le va a estallar por la presión de la posición hacia abajo, y los golpes de los pasos del hombre, replicándole en el cerebro y en el corazón, palpitante y atormentado en ese momento por el miedo más profundo.
Hace rato se cansó de tratar de gritar. Cada vez que lo hace la tela se le mete en la garganta y la ahoga.
Cerró entonces la boca. No podía hacer nada. El olor de los eucaliptos y el pasto la hizo imaginar que atravesaban algún potrero. Poco a poco dejó de oír voces humanas y carros ¿Por allí no había luces o sería que con la bufanda no alcanzaba a adivinar ningún reflejo? Una vaca mugió repetidas veces. Después el silencio y la respiración del hombre que caminaba a toda prisa con su presa como premio, fue todo lo que oyó por un buen rato.
Si antes había empezado a caminar hasta La Virgen por pura rabia y para dejar callados a sus papás y a su hermano, ahora se arrepentía. Perdón, perdón, soy una tonta desobediente, una egoísta una…las lágrimas y los mocos goteaban por igual de la carita enrojecida de Paola. Papi, mami, no me abandonen, no me dejen aquí sola con este loco horrible… hagan algo, estoy tan arrepentida, encuéntrenme por favor, se los pido…
El hombre empezó a caminar más despacio, a ella se le hizo eterno el tiempo, mucho más de la hora que en realidad duraron, hasta llegar a aquel lugar oscuro y húmedo. Cuando la descargó contra el suelo, la hierba estaba mojada y solo se oía el refluir de un río montaña abajo.
Con la cara tapada y los pies amarrados, Paola oye como el hombre mueve una cadena y abre una puerta. Se acerca a ella, le quita la bufanda de la cara y le desamarra los pies sin dejar de tenerla del brazo por la fuerza.
– Entre chiquita, -le dice- adentro hay agua. Se me queda muy quietecita hasta que yo vuelva.
Antes de irse el hombre se quita los guantes de lana y se acerca.
– Quietecita mamita oyó. Le aprieta la cara con las manos. Paola está paralizada, quiere vomitar pero no puede. El aliento del hombre que ahora puede ver bien, tiene el mismo olor de la caca que pasa por el caño roto frente a su casa, y los dedos de las manos, sucios, parecen serpientes tatuadas con aros y escamas. Lo peor son las uñas, largas y esmaltadas de rojo que trata de meter en su boca. Ahora sí, el vómito le sale de la garganta como una fuente y el hombre se hace a un lado.
– Cochina, cochina, papi después le va a pegar por esto.
De pronto la cara del hombre cambia. Los ojos enrojecidos empiezan a salirse de las órbitas y saca la lengua para mostrarle un aro que guinda de la punta. Queda así unos segundos. Después se ríe y retrocede, saca una candela del saco, la enciende y luego una cuchara que empieza a calentar con la llama. De espaldas a la niña y de cuclillas hace algo que ella no puede ver. Cuando ha terminado se pone de nuevo los guantes de lana.

Paola termina de vomitar sintiendo que su cuerpo tirita como en los días en que había enfermado de sarampión. Una parte de ella sabe que el camino de regreso a su casa queda cada vez más perdido en medio de su corta vida. Ya no puede tenerse en pie. Cae como una pluma sobre el suelo terroso de lo que parece una bodega o gallinero abandonado. Cierra los ojos y se desvanece.

Fueron solo jirones las imágenes que pasaban por sus sueños. Soñó que se montaba en un barco muy grande y que su madre estaba en el muelle tratando de decirle algo que ella no podía oír porque el mar las separaba cada vez más.
A las horas la sed la despertó con el paladar pegado a la lengua. Miró alrededor y estaba sola. Se arrastró hasta donde estaba el agua y tomó toda la que pudo. La puerta tenía una cadena con un candado puesto.

Le dolía el cuerpo, le dolía la cabeza y el frío pasaba rápido la liviana suéter escolar, hasta dar con la piel, perforándola, para encontrar del otro lado de la carne, los desnudos huesos con todo su desamparo.
Primero en silencio con la frente pegada a uno de los tablones de la puerta, luego en vos alta, empieza a rezar. Por una rendija trata de ver sombras o perfiles entre la oscuridad. Solo unas luciérnagas rompen la negra noche con sus candelillas.
-Padre nuestro que estas en los cielos…Virgen María, Virgen de Los Ángeles, te pido por lo que más quieras que me perdones por la desobediencia y me ayudes, hoy que es tu día, hoy que estoy sola en este mundo, que solo te tengo a ti para hacerle frente a este horrible monstruo (Paola reza como le enseñaron en el catecismo y recuerda las manos y las uñas del hombre)…acuérdate de mi. No he sido tan mala, tu lo sabes, no miento, no robo no…- Paola llora pero no se mueve, sigue observando entre la rendija los bultos de los árboles y una pequeña estrella que se estaciona en el pedazo de cielo que puede ver.
– Dueña y Señora del universo y de la misericordia, porque así te nombra mi abuela, ayúdame y ruega por mí. Te prometo ser buena como nunca, ayudar en todo, no hablar mal de nadie, querer a mis papas y a mi hermano. ¡Sálvame! Acompáñame virgencita en esta oscuridad y en este terror que siento. ¡Te lo pido, te lo suplico, por favor!

Los ojos de Paola son como espejos vidriosos que miran a un tiempo detenido. Dilatados y empapados en lágrimas, buscan con toda el alma, no estar allí, ni ser de la niña que son, a la espera de lo peor sin que nadie esté ahí para defenderla. Las manos, aferradas a los tablones tampoco quieren estar ahí, encerradas indefinidamente a la espera de un verdugo que quite una cadena y entre.

Un imperceptible olor empezó a cambiar el aire de la bodega, de aguas podridas y humedad, a flores, a lavanda, a rosas. Conforme subía y tomaba las paredes y el techo, la luz también fue cambiando de oscuras sombras a tenue azul verdoso, cada vez más claro, hasta iluminar toda la estancia como si cuatro grandes sirios iluminaran las esquinas. Paola con la boca abierta estaba viendo lo que muy pocas personas en esta vida llegan a ver: la imagen, grande y luminosa le hablaba directo a su corazón.
–Aquí estoy mi princesita. Ya no llores. No vas a estar sola nunca más.
Paola sintió en ese momento que su corazón se abría para siempre en un abrazo agradecido. Cayó de rodillas con los brazos abiertos, dejándose atravesar por los rayos de luz inmaculada que lanzaba la hermosa aparición de la virgen morena.

12

Rosario llegó a la Plaza de la Basílica de los Ángeles de Cartago justo a las 3:21 de la madrugada del 31 de julio de 2007, la víspera de la celebración. Esa era la hora exacta que marcaba su pequeño reloj de pulsera. El aire era frío y lo sentía en los huesos. Rosario miró unos segundos hacia arriba, con la mirada indeterminada, antes de hacer lo que tenía que hacer. En lo alto, la noche era clara y no había nubes en el cielo, sólo un azul profundo que se mezclaba con la oscuridad. El universo parecía abierto, inmenso, y el color azul-noche, brillante, misterioso e intenso, le pareció el color que justo debería tener la eternidad. Al menos, así eran las noches de las estampitas religiosas de su infancia. En ese instante, Rosario pensó que, desde las inmarcesibles alturas, la ciudad de Cartago, su Basílica y su Plaza, deberían ser apenas un pequeño y diminuto punto en el universo, apenas un accidente, una nimiedad. Hay lugares más importantes en el mundo que esta ciudad y esta plaza, lugares donde hay guerras y hay gente que muere, y cosas tremendas suceden. Y en Cartago casi no sucede nada. Quizá esta noche Dios esté mirando para otro lado, se dijo Rosario a sí misma. Y, con todas sus fuerzas y todo su corazón, deseó que fuera así.

A pesar de faltar aún veinticuatro horas para la madrugada que conmemoraba la aparición de La Negrita de los Ángeles, el 1 de agosto de 1635, a aquella niña campesina llamada Juana Pereira, ya había muchos romeros adelantados frente al atrio de la Basílica, en los alrededores de la Iglesia, unos conversando, otros tomando café, otros arremolinados en pequeños grupos, otros acercándose al atrio del templo, algunos de hinojos en su marcha hasta el sagrario, persignándose, diciendo oraciones, rezando rosarios, haciendo peticiones a la Negrita, en muchos de los infinitos ritos que los años y las décadas han ido sumando.

Rosario era una más de la multitud. Vestía igual que muchos de los otros miles de romeros que venían por distintos caminos del país camino a la Basílica, con su pantalón de mezclilla azul, una sudadera de color negro, y una mochila gris. Al llegar al centro de la plaza, una acción refleja la hizo ver hacia atrás, como si alguien la estuviera siguiendo. El corazón le latía fuerte en el pecho, y tuvo que respirar hondo y serenarse. Después de mirar en derredor con calma, se percató que todo el mundo se parecía ella: todos eran romeros con chaquetas, pantalones de mezclilla y mochilas al hombro.

Poco a poco, su respiración empezó a pacificarse y se fue acercando a la parte de atrás de la Basílica, justo en la parte inversa a la fuente de agua bendita de la gruta en la cual la mismísima Virgen se le apareció a la niña Juanita. De esa manera, caminó hasta la quinta columna trasera de la Basílica, justo al lado de una pequeña puerta que conduce a la primera sacristía. Se trata de una puerta que pocos conocen, sólo los más allegados a la Basílica: los jardineros, los sacristanes y los asistentes de obras.

Rosario ya conocía bien los pasadizos del lugar porque desde hacía doce años era parte del Grupo de Vestidoras de la Virgen, ese orgulloso grupos de mujeres que desde hace muchos años hacía el cambio o la ¨muda¨de La Negrita. Y, justamente, esa mañana a ella le tocaría hacer la penúltima ¨muda¨, un vestido color amarillo y rojo preparado por la ¨vestidora oficial¨, nombrada hace algunos años para sustituir a las miles de ¨vestidoras¨y ¨vestidores¨ que le enviaban cientos de pequeños vestidos y túnicas desde todos los lugares del país e, incluso, del exterior.

Eran las 3:31 de la madrugada. Rosario rápidamente abrió y cerró la puerta y se dirigió a la entrecámara que está justo detrás del Sagrario, una pequeña habitación que se utiliza para guardar algunos objetos litúrgicos durante el año y que—en estos días—se lleva a La Negrita durante una media hora, cerca de las cinco de la mañana, para prepararla para el día que se inicia. Durante esa media hora, las ¨vestidoras¨ hacen el cambio del vestido y le cuelgan algunos adornos, pequeñas guirnadaldas de flores, que se reciben también como regalo de algunas floristerías de Cartago y otros lugares. Todavía faltaba mucho para las seis de la mañana, pero La Negrita ya estaba en la antecámara desde la media-noche, esperando su penúltima muda.

El procedimiento fue rápido. Rosario tomó la figura de La Negrita que estaba en una pequeña mesa de metal, cubierta por unos velos, y la guardó en su mochila de ¨romera¨. Nuevamente, salió por la puerta de metal negra, junto a la quinta columna trasera de la Basílica. Volvió a mirar su pequeño reloj de pulsera: eran apenas las 3:39 minutos de la madrugada y ya, prácticamente, todo estaba consumado. Al salir, sintió el aire frío de la madrugada golpeándole nuevamente las mejillas.

Rosario se confundió entre los romeros nocturnos que estaban junto a la fuente de agua, y todavía tuvo tiempo de acercarse a uno de los pozos y hundir su mano en el agua bendita y persignarse, cerrando los ojos. El corazón le latía fuertemente, y se le quería salir del pecho, justo como un caballo desbocado. Poco a poco, respiró con más calma y empezó a caminar por la acera, primero despacio, después un poco más rápido, de regreso a su casa en el Barrio de los Capuchinos. Mientras caminaba, empezó a llorar levemente, con lágrimas internas, con una mezcla indescriptible de rabia, de tristeza, pero también de miedo. En su mochila llevaba, ni más ni menos, que a la Virgen de los Los Angeles.

13

Amelia nota que la calle, con la claridad de la mañana, luce diferente a la noche anterior. Además, ella, más que avanzar, se devuelve, pero sabe que ese café caliente con un tanto de leche resulta imprescindible para amanecer, especialmente hoy.
Apenas se acerca a Chelles nota que el añejo bullicio de “luz prendida toda la noche” que caracteriza al lugar, está acompañado de algo más. Descubre de repente que no solo su noche estuvo llena de acontecimientos.
Desde que pone los pies en la puerta queda capturada por la pantalla de la televisión en la que un camarógrafo que corre con su lente hacia ella, anuncia los últimos avances en relación con la noticia del momento.
“Directamente desde el lugar de los hechos, les traemos los últimos informes sobre la desaparición de la imagen de la Virgen de los Ángeles en la Basílica de Cartago…”
“Como informamos desde las 11 de la noche de ayer, en el mismo momento en que acababan de ocurrir los acontecimientos y sobre los cuales hemos mantenido una cobertura constante en vivo, les confirmamos que ha desaparecido la imagen de la Virgen de Los Ángeles y hasta el momento nadie sabe dar explicaciones a este hecho. Las cámaras de Noticias Especiales se encontraban anoche en la Basílica cubriendo la llegada de los romeros que ingresaban a la iglesia, cuando de pronto, en el instante en que nuestro camarógrafo intentó llevar hasta sus hogares la vívida imagen de la virgen acercando su lente hasta las profundidades de su encierro de oro, descubrimos nosotros al mismos tiempo que ustedes, nuestros televidentes, la sorpresiva noticia de que allí no había nada! Y así, de primeros y en vivo, trasmitimos a ustedes en aquel momento, la inquietante realidad de que la virgencita de Los Ángeles nuevamente había desaparecido, justamente hoy, día en que tantos y tantos viajeros de todos los rincones del país acuden a su casa a rendirle homenaje, a cumplirle promesas, a hacerle peticiones”.
No obstante, los miles y miles de romeros continúan su marcha y siguen arribando a la iglesia. Oigamos lo que nos dicen algunos de ellos…”
El cerebro de Amelia aterriza tan abruptamente como su cuerpo sobre la primera silla que encuentra libre.
Mientras todas las miradas del lugar, incluso la de la salonera con delantal redondo de vuelos, estaban concentradas en la pantalla, las más diversas emociones comienzan a apropiarse de Amelia. Y entonces, ahora ¿quien irá a concederme mi deseo si ya no hay virgen? , fue la primera tontera que se le ocurrió pensar. ¿Qué caso tiene seguir la travesía? Aunque de inmediato, la tranquiliza la idea de que si algo de creencia existe dentro de ella está segura que va más allá de la simple figura de piedra colocada en aquel altar. De por sí que muchas veces ha oído decir que lo que tienen expuesto es una copia… Sin embargo se siente desconcertada. El rato parece decidido a sacarla de balance. Flota aún en las dimensiones “suaves” que los viajes a esos mundos placenteros de la compañía dejan sobre su piel. Sabe que persistirán por los momentos siguientes, y algunos, lo harán por toda la vida… Pero también razona que su decisión fue la correcta. ¿Qué otra eternidad podría tener ese mágico rato que pertenecer al mundo de los recuerdos? ¿Qué más que un buen sitio en su memoria podría ofrecerle a ese extranjero del que no supo nada más que era bueno para capturar el goce de la vida por una noche y compartirlo?
Siguen las noticias: “De diferentes rincones del país llegan informes que la Virgen está haciendo apariciones. Los romeros se niegan a suspender su viaje y la fe en los milagros parece haberse echado a la calle. Entrevistan a una mujer que dice creer más ahora que antes que su virgencita sabrá concederle el milagro que espera. Y que si todos van allá, a su casa, van a lograr el milagro de que en la misma manera que desapareció, aparezca.”
Amelia está clara que para ajustar la “inesperada demora” a sus planes por los eventos de la noche anterior no va a bastar con tomarse un café y seguir, que tendrá que digerir un poco tantas inusitadas emociones para volver a sentirse cómoda, pero de ahí a que el símbolo de su decisión para ese día haya desaparecido, hay un gran trecho. El abismo sobre el que habrá que tejer un puente se le figura monumental. Y además todavía está sin desayunar. Pide el deseado café con leche y un plato de pinto con huevos y tortilla.
Todo está revuelto dentro de su cabeza. Y si fuera que el Darío que acabo de dejar atrás era mi milagro? piensa Amelia. Y con esa soltura que lo dejé pasar? Qué será lo que en verdad le estoy pidiendo a la virgencita que me haga realidad?
De repente, un tumulto y un griterío que se produce en la mesa de a la par, interrumpe la elaborada confusión de Amelia.
-Que una señora se desmayó! Que dicen que vio una aparición de la Virgen!- gritan.
Más práctica de la cuenta al presentir la emergencia, Amelia reacciona como un resorte y corre hacia el grupo de gente prendiendo el celular que traía en la bolsa de su buzo. Ya con el 911 timbrando en su teléfono descubre que entre el grupo de asustadas señoras que rodean a la que se ha descompuesto se encuentra su tía Mencha.
-Qué pasó? ¿Qué pasó?- pregunta Amelia.
-M¨hijita, esto sí es un milagro que aparezcás vos aquí!- reacciona la tía Mencha al descubrir a Amelia. –Que veníamos caminando todas nosotras en grupo y de pronto La Macha McCormick se nos fue al suelo, y parece inconsciente.
-Acaba de ocurrir una emergencia aquí en Chelles. Una señora perdió el conocimiento. ¿Podría ayudarnos con una ambulancia?- reacciona Amelia ante la voz de su celular que contesta: Novecientos once…
-El puesto de la Cruz Roja está al pie de Cuesta de Moras. Ya le aviso para que vaya para allá.
Amelia trasmite el recado a las angustiadas señoras, abraza a su tía en señal de apoyo y decide pagar su café. Apura el último sorbo que quedaba en la taza, y ve el resto de “pinto” que se acabara enfriando sobre la mesa.
En la tele, de momento, entrevistan a alguien que, todo sofocado “afirma que la Virgen se acaba de aparecer en una gruta en “San Benito del Bajo”…, y que en pocos minutos trasmitirán desde el lugar de los hechos porque una móvil se está desplazando hacia el lugar.”
Se escucha la sirena, Mencha vuelve sus ojos a su sobrina y la próxima vez que se percata de su situación, Amelia va sentada en la ambulancia junto a su tía y otra de las señoras, acompañando a “La Macha McCormick” rumbo hacia el Calderón Guardia. Durante la atención, el joven doctor que venía en la ambulancia había dirigido todas sus preguntas sobre lo que había pasado a Amelia que parecía la única persona ecuánime del lugar. En el proceso sus miradas se encontraron y se detectaron mutuamente. Al recibir cuidados, rápidamente la señora desmayada comenzó a recuperar su lucidez e insistía en que había visto a la virgen. Desconcertado el doctor, que se había colocado en la ambulancia justo al lado de Amelia, acerca su cara al oído de ella y le comenta: Es la tercera persona en la noche que atiendo y me dice lo mismo… Será tan fuerte el efecto psicológico de una situación como ésta? Por mi parte, añade el doctor, más me preocupan los informes que nos han llegado del puesto de Tres Ríos donde dicen que quien de verdad ha desaparecido es una niña de 10 años.
Amelia respira profundo y con una sola mirada comparte el sentimiento del doctor. Cuatro millones de personas hacen drama por radio, televisión y en las calles por una virgen de piedra que ha desaparecido, y nadie repara en que una verdadera virgen de carne y hueso es la que ya no aparece.
Todo lo que ocurre después son las escenas típicas de un Hospital. Entrada apresurada, médicos y enfermeras atendiendo la situación, y una puerta que deja a los acompañantes completamente por fuera de la escena. Después del desconcierto natural, las presentaciones del caso que hace la tía Mencha y las preguntas del por qué y gracias a Dios (gracias a la virgencita, corrige Amelia) estabas allí, Amelia encuentra espacio para las tres. No acababan de sentarse cuando aparece ante la puerta el joven doctor buscando la cabellera larga de Amelia. Como ella tenía la atención fija en aquella misma puerta, rápidamente sus miradas se conectan de nuevo. Las tres mujeres acuden y el doctor les explica que la señora ya está estable, que fue un preinfarto asociado a una crisis nerviosa, por lo que debe permanecer en observación por las siguientes 24 horas. Sugiere que sus dos amigas, la tía Mencha y la otra señora ingresen al cuarto donde la han ubicado, avisen a sus familiares y se turnen para acompañarla por el resto del día. En cierta manera Amelia se siente aliviada de haber sido dejada por fuera, pero antes de que las señoras acaben de ingresar, despedirse y agradecer, el doctor se vuelve nuevamente hacia ella y le propone – salgo de inmediato camino hacia Tres Ríos en la misma ambulancia en que vinimos, ¿quiere que la encamine?

14

Entre tanto se armó un tumulto en la esquina de Chelles porque a alguien se le ocurrió decir que había una señora en éxtasis recibiendo un mensaje de la Virgen y por supuesto, todo el mundo quería verla. Cómo logra la gente inventar tantas cosas y tan rápido. Por fin llegó la ambulancia para llevarse a La Macha y se fueron con ella las otras compañeras y Amelia. Se quedaron Ana María y Berta para cumplir con la promesa que todas hicieron de continuar la romería para que la Virgen ayude a encontrar su imagen.
Parada en la esquina Ana María queda por unos momentos mirando esa avenida que prácticamente atraviesa la ciudad y piensa que la pobre cada vez tiene menos personalidad, no es que antes tuviera mucha, pero había edificios que la engalanaban un poco, aunque quedan algunos los han tapado o reformado en la parte de abajo con ventanales o añadidos que se suponen modernos sin rimar unos con otros, pero que la han convertido en un verdadero mamotreto. Ahora la calle es de adoquines y no circulan carros, pero las aceras continúan disparejas de losetas casi iguales a las que ella caminó de joven con altos tacones y las mejores galas en aquellas tardes cuando era casi una obligación social venir a dar vueltas a su alrededor. Las mujeres bajaban por la acera derecha viniendo de este a oeste y subían por la otra, una y otra vez, entre semana después de las cinco de la tarde y los domingos después del cine, esto se puso de moda cuando ya las vueltas en el parque Central perdieron novedad. Iban para ver a los muchachos que se paraban en su mayoría en las afueras del Petit Trianon, un café-bar en la esquina del cine Variedades o pasaban en sus carros para dar cuerda ¡Cuántos pestañeos y miradas lánguidas se lanzaban unos a las otras! ¡Qué palpitar de corazones al cruzarse las miradas!
-Ana María –Dice Berta- Tenemos que seguir.
Y ésta conforme avanza trata de rezar el rosario, pero empieza a repasar su vida. Suspira diciéndose: -Las locuras que se hacen cuando se está joven, ¿verdad Virgencita? A pesar de la insistencia de mamá, metí cabeza enamorándome con esa ilusión de chiquilla.
¿Cómo no lo iba a hacer? Roberto era el sueño de todas las muchachas en esa época. Llegó con su convertible blanco, como un muchacho Marlboro, así exactamente, vestido de vaquero gringo, venía de estudiar agronomía en una universidad de Texas, verlo en diciembre montado a caballo para el tope era algo así como de película.
-Total que caí redonda y recién salida de bachiller me casé –Continúa divagando Ana María- ¿Por qué cambió tanto? Bueno, lo sé sin tragos era amable, cortés, caballeroso, pero, en cuanto tomaba se convertía en un energúmeno. ¡Qué decepción en la luna de miel! Ahí recibí los primeros golpes y callé y lo perdone antes sus promesas. Que orgullo más tonto aguante tantos años, o tal vez temor de darle la razón a mamá. Allá en la finca donde vivimos toda una vida, las golpizas que recibía eran terribles y yo en silencio.
-¡Virgencita, mía! –Se dice- Sin tu ayuda no sé que hubiera hecho. A ver, voy a empezar a rezar para olvidarme y continuar caminando.
Esta romería no es como las otras, las personas avanzan como ovejas sin pastor, porque aunque unas vienen por el vacilón y otras por devoción el ambiente está raro.¡Se siente que falta algo!. Mucha gente se está devolviendo porque dicen que ya la Virgen no está en el lugar de siempre. Ana María desea gritarles que Ella no nos abandona, que es su imagen la que no se encuentra, pero por calla por temor de que no la entiendan.
Camina cabizbaja, a paso moderado para avanzar con la compañera que también viene calladita. Y se envuelve de nuevo en los recuerdos ahora le parece mentira que aguantara tanto tiempo al marido, veintitrés años de angustias, tapándole sus borracheras, infidelidades y groserías hasta que enviudó.
-¡Virgencita! –Murmura entre dientes- Intercede para que mis hijas entiendan que nunca las abandoné, ellas no me perdonan que las mandáramos tan chiquitas a vivir con los abuelos, justo cuando empezaron la escuela, nunca se dieron por aludidas de la indiferencia de su papá, quién siempre me cobró el no haberle dado un varón y por eso me trajo uno. Un día se apareció con un niñito y sin más explicaciones me dijo que teníamos que criarlo porque era su hijo Carlos Roberto. Después me enteré que era el fruto de sus amores con una mujer que tenía en la otra finca de la montaña donde yo tenía prohibido ir. Y me dio tanta lástima el chiquito que lo acepté, las criaturas no tienen la culpa de los errores de los mayores, pero por supuesto, eso también me lo reprochan las muchachas.
El timbre del celular interrumpe sus pensamientos, es una amiga que sabe que ella vendría a la romería para decirle que aquí anda perdida la hijita de unos vecinos y envía su foto para pedirle que ayude a buscarla. Inmediatamente lo comenta con Berta y siente una gran tristeza al ver esa gente que camina sin saber nada de esa pequeña. Y vuelve a golpearla el pasado cuando vino como loca a San José para buscar a Martita que se había escapado de la escuela, corrió por las calles para encontrarla acurrucada bajo un árbol del parque España, llorando porque una compañera le dijo que ella no la quería, había escuchado a la mamá comentar que pobres criaturitas abandonadas porque ella prefería estar con el sinvergüenza del marido y no con ellas. ¡Cómo le costó tranquilizarla! Reparo un poco el daño cuando las llevó a Disneylandia en las vacaciones donde pasaron felices y muy felices y unidas como nunca antes; pero de tonta al regreso a la finca con Roberto. Nunca encontró fuerzas para dejarlo.
De nuevo pone atención para buscar a la niñita y al ver a una llorando sentada a la orilla de la carretera corre pensando que es la perdida, cuando ve que una señora la llama para llevársela de la mano.
-¡Qué barbaridad! ¿En qué momento avanzó la mañana? -comenta en voz alta acercándose al parque de Tres Ríos donde se sienta para tomar un cafecito caliente en un chinamo de esos que ponen a la orilla del camino. Aprovecha para llamar preguntando por la Macha, la tienen en cuidados intensivos, sufrió un infarto leve, ya está toda la familia en el hospital. Se siente un poco más tranquila.
Reanuda la marcha, empieza el rosario de nuevo. Pero, otra vez sigue con el telele de los recuerdos. Trata de concentrase sin lograrlo. Ahí está Roberto en su caballo haciéndole señas para que monte a la grupa. De novios le encantaba ir bien abrazada de su cintura.
¡De repente! Alguien la empuja y la tira al suelo. La compañera grita despavorida y ven a un hombre que golpea a otro que sale huyendo.
¡Abuela! –le dice el hombre con fuerte acento español –es que ese chaval quería robarle, ¡Vamos arriba!.
Y extiende su mano para ayudarle mientras ésta aturdida trata de limpiar las posaderas. No le hizo nada de gracia que le dijera abuela, pero al mirarlo tan guapo se siente profundamente agradecida porque la salvo de ser robada y con cierta coquetería sosteniendo aún la mano del joven le dice: -¿Qué hace un español tan guapo en la romería? Soy Ana María y ella es Berta y casi agrega viudas sin compromiso, pero claro, lo de abuela la contiene. -¡Ay! muchacho, ¡Mil gracias!, ¡Qué la Virgencita me lo bendiga! Acaba de salvar mi vida, ¿Cómo se lo puedo agradecer? Soy abogada y sin pensarlo le extiende su tarjeta -continúa diciendo ésta, sin darse cuenta de la impaciencia del joven que parece no tener mucho interés en seguir en su papel del salvador.
Confundida Ana María lo escucha decir unos cuantos monosílabos ante su perorata y acepta la excusa del joven que se aleja, como molesto, en dirección contraria a la que llevan ellas.

15

San Benito del Bajo cuelga de una montaña al sur del valle central. Ese lugar cercano al San José de remiendos que no aparece en las guías turísticas ni en las estampas de almanaque.
Todavía algunas flores de itabo se arriman a los caminos y jardineras colgantes en las ventanas disimulan el herrumbre en la esperanza de los habitantes.
Con retazos de madera y hojalata los pioneros de San Benito levantaron sus ranchos. Apelmazaron con sus pies errantes la tierra y colgaron su desconsuelo en las paredes.
Si a alguien se le hubiera ocurrido antes aparecer a la Virgen por aquí, otra sería tal vez la historia de San Benito. No tenían santos, ni ángeles, ni vírgenes las dos veces que llegó la policía a desalojarlos. Resistieron y reclamaron a la Patria el trato de hijos bastardos. Corrieron mejor suerte que otros precarios porque la Patria estaba en vísperas de elecciones presidenciales. Para esas épocas todos los bastardos, mientras sean votantes, vuelven a ser hijos reconocidos y amados. Así llegaron un tendido eléctrico y tres pajillas de agua para todas las familias. Así llegó el lastre para los caminos torcidos y las primeras casa prefabricadas. Lo que nunca llegó fue su reconocimiento de ciudadanos y su deseo de pertenencia: las dos comunidades más cercanas se negaban a compartir sus servicios de autobuses con ellos. Reclamaron en las alcaldías y amenazaron con huelgas si los sanbeniteños se sentaban a su lado. Los de Aquí decían que San Benito del Bajo pertenecía a la jurisdicción de los de Allá; y los de Allá tiraban de vuelta la pelota y decían que era de Aquí. Algunos no soportaron el rechazo y se fueron; otros enraizaron en esa tierra como la mala hierva que se corta y vuelve a crecer. La desesperación agudiza el ingenio y las estrategias de sobrevivencia empezaron: vendieron los vidrios de las ventanas, los servicios sanitarios, la madera de las paredes divisorias. La pertenencia y el alivio del desconsuelo eran sólo un espejismo que se desvanecía en los platos vacíos. Frente a uno de esos platos vacíos creció Renato. Muy temprano aprendió que su plato y sus bolsillos se llenaban haciendo lo que fuera, vendiendo cualquier cosa que hubiera tomado de cualquier parte.
Alguna vez su abuela lo mandó a vender empanadas pero los más grandes se burlaban de él. Dejó de vender empanadas. ¿Quién quiere matarse caminando por cuatro pesos si se pueden hacer buenos negocios, como los grandes. En San Benito del Bajo se podía negociar con la misma facilidad una muchachita virgen, una plancha y una paca de marihuana. Fermentaron su desarraigo y lo trasmutaban en rencor todas las mañanas. Un rencor que, como el alcohol, suaviza su amargo conforme se mezcla con la sangre.
Pero ahora son noticia: La Virgen de los Ángeles los ha puesto en boca de locutores y en las páginas de los periódicos. Una promesa que las viejas negociaron en sus rezos miles de veces se había cumplido,…o eso creían. La gente de San Benito estaba tan contenta de ser buenos que quien se atreviera a cuestionar la aparición, era aplastado con una lluvia de insultos.
Llegaron los primeros periodistas y preguntaron a Renato: ¿qué fue lo que vio?
-Vi una luz entre las tejas del patio y la luz me dijo: arrepiéntanse y busquen el camino del bien.
Eso sí que sería un milagro, pensó el periodista, ver a todos estos desgraciados abandonando sus malas artes.
-¿Usted puede hablar con la Virgen?-preguntó el periodista todavía con la risilla sarcástica en sus labios.
-Sí. Ella me ha dicho que está aquí para oir todas las cosas que quieren pedirle.
Tres cámaras de televisión rodearon a Renato. El tumulto de gente se abalanzó sobre él.
-Dígale a la Virgen que me saque a mi hija del crack.
-Una cocina nueva, eso es todo lo que yo quiero.
-Que por favor me den la cita en el Seguro Social para este año.
-Que ese desgraciado de mi esposo deje a la otra.
El reflejo de la luz en los lentes de la cámara encandilaron a Renato; cerró sus ojos y algunos decían: está llorando. Seguro la Virgen le está hablando.
Nunca antes Renato había sentido eso; es como poseer un espejo tornasol en el que todo el que se mire, verá lo que él quiera que vea. Y él es dueño único de ese espejo mágico.

16

La sonrisa de Darío, como una mariposa alcoholizada, aún se prendía a sus labios con la forma del último beso que Amelia le diera. Antes de abrir los ojos buscó en las sábanas el olor de ella. Supuso que ya era de día. Los cristales pintados de la ventana dejaban apenas entrar una leve claridad rojiza que daba un aspecto dramático al cuarto en el que habían pasado la noche. Tras los tabiques oía el murmullo de una cisterna llenándose de agua e imaginó que su apasionada compañera de sueños, aquella deliciosa mujer, loca y misteriosa y que sin duda valdría la pena conocer mejor, se encontraba en el baño. Extendió su mano por encima de la almohada cómplice, aún sin voluntad de pensar, y unos granos de uva se deslizaron hasta sus dedos. Reconoció al tacto la fruta encontrada y perezosamente, sin extrañeza, se la llevó a la boca y la saboreó. Luego, las ganas de orinar lo impulsaron a levantarse. Optó sin embargo por aguardar un momento a que se desocupase el lavabo y se quedó sentado en un lado de la cama, de espaldas a la vidriera. Todos sus sentidos se habían despertado y se notaba con fuerzas para cambiar su estado de ánimo y con él el rumbo de los días que iban a seguir.

Al cesar el rumor de tuberías, su figura desnuda se recortaba como humo rosado en medio de un silencio que se iba acomodando familiarmente en todos los resquicios. Aunque los efectos de todo lo que había fumado y bebido la noche anterior se habían desvanecido, la fantasía de que podría intentar iniciar con Amelia una relación estable permanecía como un agua fresca en su nuca. Tal vez, se decía, no sea preciso regresar a España. ¿Y para qué? ¿Qué le iba a quedar allí una vez que su madre vendiera la casa familiar y se marchara a Estocolmo?

El excesivo silencio pesaba cada vez más en sus sienes. Y sin poderlo evitar la sospecha de que podía estar solo nació en un lento y progresivo dolor de parto. Con el corazón súbitamente encogido por el temor, se dirigió hacia la manilla de la puerta del baño que descendió sin resistencia a la presión de su puño. El espejo frente a él, algo roído por el óxido y que agrandaba lo vacío del espacio, reflejó la sorpresa de su rostro. No había cortinas en la ducha. -¡Coño! ¡Mecagüenlá…!– exclamó en voz alta sin poderlo evitar.

En efecto, Amelia se había marchado sin decirle nada: la primera mujer con la que había querido vivir un segundo día y la primera que lo dejaba. – ¿Por qué seré tan estúpido?- se reprochaba Darío echándose las manos a la cara, sin acabar de digerirlo. ¿Acaso pensaba que la vida iba a cambiar porque él decidiera, a todo esto sin mencionarlo ni por un momento, que este encuentro amoroso, a diferencia de todos los anteriores, iría más allá? Él siempre había dado por supuesto que el amor era un disfrute momentáneo que se justificaba sólo mientras hubiera deseo y había llegado a acumular tantas relaciones sexuales que ni se acordaba. Pero, en vanidad, se resistía a aceptar lo que por otra parte le parecía evidente: la romería era para Amelia más importante que lo que él, en unas horas de entrega física total, había podido ofrecerle. ¿Qué sería él? – se preguntaba, buscando excusas para no sufrir- ¿como diez años más joven? ¿Y por qué habría entonces de pensar ni por un instante más en aquella vieja? Una mezcla de rabia, frustración, auto-reproche, dolor, miedo y confusión agitaba su habitual escepticismo e indolencia.

Aquel lugar no ofrecía desayunos y, aunque de otra forma hubiera sido, Darío no tenía el estómago para nada. Se echó a la calle aún más perdido que el día en que decidió comprar el billete de avión para Costa Rica empujado por la convicción de que, si su madre llegaba a vender la casa familiar, tal y como les había anunciado a él y a sus dos hermanos mayores, no quedaría nada que lo vinculara afectivamente con parte alguna. Pero no se había atrevido a reclamarle nada. Su madre argumentaba que ya todos eran mayores y podían hacer de su vida lo que quisieran, por lo que, antes de encontrarse sola rodeada de recuerdos, prefería reclamar también para sí este derecho e invertir los réditos que le ofrecía su negocio de compraventa de antigüedades instalándose en una casa más a su medida en Dinamarca, viajando sólo cuando fuera necesario, o confiando la gestión a su socio. Pero ¿y él?, ¿no podía sentirse solo? ¿Acaso no había sido ella quien lo condicionara durante toda su vida para ser independiente? Necesitaba fumar, pero ya no le quedaba ningún cigarrillo. Ni tampoco ron. Se sentía impotente ¿Iba a llorar? ¿Sería tan gilipollas? Su madre nunca atendió a sus lágrimas, blanca, hermosa y fría como un invierno danés, su tierra natal. Tal vez por eso su padre se había suicidado cuando él apenas contaba tres años. O tal vez no, porque ¿qué sabía él de su padre? Que pintaba, y que pintaba poco. Nunca alcanzó a leer ninguna carta suya de las que la mamá conservaba a escondidas en el desván de la casa. Únicamente le pertenecía el retrato que le hiciera cuando comenzaba a dar sus primeros pasos: un niño desnudo, regordete y rubio como un querubín, apoyado en el quicio de una puerta imaginaria, de espaldas, entrando en un espacio desenfocado, sin objetos, sin camino… Ese era el mensaje de su padre, construir con sus propios pasos el camino, por más que eso significara tardar más tiempo en llegar a conclusiones banales para cualquier persona madura. ¿El camino para llegar a dónde? Los ojos de Darío brillaban más de lo habitual.

Dudó entre devolverse a la pensión, donde doña Cloti sin duda estaría haciéndose preguntas sobre su ausencia, o… buscar a Amelia en la romería y comprobar si sí o si no había razones para creer. Y optó por lo segundo, convenciéndose de que en circunstancias normales posiblemente la arquitecta no le hubiera dejado. Buscó un teléfono donde llamar a su casera, calmarla diciéndole que, después de todo, le había hecho caso y que estaba camino de Cartago. Pero no tuvo suerte. Más adelante le pediría a alguien que le regalara una llamada.

Estaba en el camino correcto. Sólo tenía que seguir a la gente con vestimenta deportiva, salveque, gorra y gafas de sol, que aún continuaba afluyendo. Sacó de su mochila y se colocó su gorra y sus gafas de sol para juntarse con los romeros. Al poco de caminar había conseguido acompasar su marcha a la de un grupo de muchachas que iba a buen ritmo delante de él. Sin el aliciente religioso, ni siquiera turístico, Darío se tomaba la caminata como una gimnasia necesaria para mantenerse en forma, después de que desde su llegada a San José no hubiera hecho ni lo más mínimo para recuperar el ritmo de ejercicio físico que acostumbraba realizar en Madrid. Y así muy pronto se enteró del rumor.

Al principio se extrañó, contagiado por la curiosidad que el fenómeno despertaba en todo el mundo. Luego por un momento hasta le pareció gracioso que fuera a suceder algo así después de la discusión que tuvo con doña Cloti. ¿Qué pensaría la buena señora? En todo caso ya no se acordaría de su ausencia, o mejor aún, seguro que se lo imaginaba detrás de la desaparición de la imagen. Este arranque de humor, sin embargo, duró sólo el tiempo que tardó en volver a resentirse por lo sucedido con Amelia, por la esperanza de que ella se le abalanzaría en brazos en cuanto lo viera, por el miedo a caer en la evidencia de su imparable soledad, por la constancia del recuerdo de una madre que le había facilitado todo menos el calor profundo de una caricia sin razón aparente…

No había abierto la boca en mucho rato. El grupo de muchachas quedó finalmente atrás. A la altura de un pequeño supermercado, que por suerte encontró abierto, pudo comprar una botella de yogur y un paquetito de galletas. Más adelante encontró un puesto de bebidas donde pudo completar su desayuno con un poco de café chorreado, -Un poco suave, pero rico. ¿Queda mucho para la Basílica de Cartago? – preguntó como un niño impaciente.

Procurando no pensar en nada, porque cada atisbo de reflexión le conducía sin remedio a un desolador paisaje en el que no siempre los matices conseguían alegrar el conjunto, reparó de pronto en el ceño fruncido de un muchacho joven y desgreñado que, con paso decidido, arrancaba a caminar deprisa hacia él, pero sin perder de vista a un par de señoras distraídas que caminaba con parsimonia delante suyo. Casi instintivamente, al tiempo que una de ellas caía al suelo como consecuencia del empujón recibido, extendió su pierna con la intención de detener al agresor. Y aunque éste pudo evitar tropezar con él, no así el golpe que le propinó en pleno tórax con el brazo y que casi le deja sin respiración, ni otros que en seguida se sumaron sin darle tregua. Viendo el ladronzuelo, asustado y nervioso, mientras se cubría la cabeza con las manos, que Darío era más fuerte que él, se echó a correr por entre unos matorrales cercanos y desapareció, como animal de montaña, ante las miradas atónitas de los que alcanzaron a ver la escena.

Darío, colocándose de nuevo las gafas que habían caído en la trifulca, se acercó aprisa para ayudar a la mujer que, sentada en el suelo y aturdida aún, lo miraba boquiabierta. Le tendió la mano y la interpeló –¿Se encuentra bien, abuela? Ese chaval le quería robar, vamos, ¡arriba!- Una vez pasado el susto, la señora y su amiga se presentaron. No sabían cómo agradecerle su gesto, que no por caballeroso encontraban menos arriesgado. Darío sólo sonreía. La agredida le contaba que era abogada y se enredó enseguida en un interrogatorio que, aunque bienintencionado, no era del agrado del español. Éste, más preocupado por otras cosas que por la hazaña que involuntariamente acababa de realizar, reparó en un puesto de la Cruz Roja que quedaba adelante y donde bien podrían atender a Ana María de sus rasguños en la rodilla. Allí, al fin, junto a un señor algo desgarbado y bajito, se encontraba Amelia.

Por un instante pensó que ya todo estaba resuelto. Amelia se giró un poco y se fijó en donde él estaba. Retuvo así la mirada un segundo y luego se devolvió a la posición inicial, como si al descubrirlo hubiera desechado la idea de entablar cualquier diálogo o tener que dar explicaciones. Le parecía otra, menos seductora, menos mujer, menos misteriosa. No hubo magia, ni le vino corriendo a abrazar por haberse empeñado en seguirla. Simplemente había actuado como si no se conocieran. Y mientras esto ocurría “la abuela” no se cansaba de esperar de él respuestas más allá de los monosílabos con que mantenía una aparente normalidad, extrañándose de ver la sonrisa del lindo muchacho transformarse en mueca.

Con una excusa insustancial dejó casi con la palabra en la boca a las señoras y salió en dirección opuesta a donde se encontraba Amelia, en quien había dejado de creer tan rápido como había decidido lo contrario poco antes. Una intersección próxima le sirvió para perderla de vista, obcecadamente, con la misma fácil espontaneidad con la que se habían encontrado, como si el azar hiciera y deshiciera a su antojo utilizándole a él de marioneta. Era la profecía de su padre.

17

Amelia se reacomoda el pelo trenzándolo de nuevo con su bufanda y sin pensarlo dos veces sigue al doctor. Ahora se montan en la parte delantera de la ambulancia.
-Gracias por el rescate-, comenta Amelia.
-Sus ojos fueron tremendamente claros de que no quería permanecer allí. Supongo que de tanto buscar diagnósticos acertados comienzo a entender de
primera entrada lo que quieren decir cada uno de los órganos.
Y ante el atrevimiento del doctor, Amelia se arriesga a preguntar:
-Y qué otra cosa más puede diagnosticar de mí con sólo verme doctor?
-Javier, contesta él.
-De acuerdo, Javier.
-Ah no, para eso tendría que auscultarte con más detalle…
-Qué qué!?
-Tranquila, tranquila, el maletín lo tengo atrás, me refería a los ojos!!
Y con un gesto de complicidad ambos se miran nuevamente y explotan a reír.
Con un tono solemne, Javier reincide: -Yo veo en tus ojos que estás de vacaciones y que lo que tenés deseos es de ….acompañarme a buscar a la chiquita allá en Tres Ríos.
-Espero no caer en tus manos como doctor cuando te levantés con ganas de operar un corazón…
-Y por qué no, con suerte te lo repararía…
-Qué metiche que sos, Javier, la salvada es que lo hacés con gracia, porque si no facilito te ganarías una cachetada. Acaso me tenés alguna confianza para hablarme así?
-No se preocupe señorita, siempre lo hace, así es él, interviene el chofer de la ambulancia. Le pasa lo de la Iglesia de San Isidro, no tiene cura. Ríen los tres y continúan el trayecto.
Al bajarse de la ambulancia en el puesto de Tres Ríos Amelia aún no sabe qué es lo que va a hacer, porque no ha tenido ni un minuto para pensar con la interminable habladera que se trae el doctor. Pero la verdad es que el rato ha sido muy relajante pues el juego de palabras que han desarrollado entre ambos resulta entretenido y cada vez acaba en risas. Mientras, la gente sigue a raudales caminando con rumbo a Cartago.
El doctor se acerca a la persona que lo está esperando y Amelia se queda mirándolo con detenimiento. No le caben dudas, esa persona no puede ser otro que Greivin, aquel filósofo soñador del que fue asistente en el curso de Repertorio de Historia del Arte unos años atrás. Instantáneamente comienza a acordarse de las largas conversadas que se pegaban ellos dos después de cada clase, tomándose a veces un café, a veces una cerveza, y sobre temas que a nadie más le interesaban en aquel momento. A ella le encantaba su compañía, le parecía alguien tremendamente original, sin embargo, al acabar el curso desapareció y nunca más había vuelto a saber de él. Lo reconoce pero a su vez lo nota diferente. No podría decirse que su físico ha cambiado, siempre menudo, con ese bigote que no pasa de ser una sombra… pero su expresión es fuerte ahora, ¿madura?. Qué ganas de hablarle, de saludarlo, pero parece tan concentrado en lo que tiene que decirle a Javier que aún no se ha percatado que ella está allí. Está segura de que la reconocerá de inmediato.
Amelia se acerca un poco más para oír de qué hablan y queda petrificada. Greivin requiere de la experiencia de Javier en aspectos forenses. Menciona algo de la niña perdida, y…..
Y mientras ellos conversan Amelia continúa su observación. Definitivamente Greivin trabaja en algo muy diferente a aquel gusto por analizar y descubrir la realidad en el que se ceñía durante sus conversaciones de aquellas épocas, bueno, aunque pensándolo bien, quizá tratar de analizar y descubrir el paradero de una niña perdida fuera la realidad inmediata que más merecía su dedicación.
Repentinamente, Greivin se percata de la presencia de alguien más atendiendo la conversación de ellos y dirige la mejor de sus sonrisas a Amelia.

18

“Amelia, Amelia”, paladea Greivin para sus adentros su nombre, mientras comparte un café con ella. “Una mujer que se llama así está destinada al amor… o a los amores, más bien, que no es para nada lo mismo”, sigue cavilando mientras la observa.
Pero como siempre, Greivin está pensando en varias cosas a la vez, pues es la única manera en que puede concentrarse; dejando su mente divagar y perderse en diversas direcciones es que llega a algún puerto. Así que mientras Amelia, con ojos chispeantes, habla con él, Greivin trata de digerir lo que le dijo el médico forense.
Tres niñas habían sido raptadas, violadas y asesinadas en los últimos cinco años por esa zona de Tres Ríos; las tres, víctimas del mismo verdugo, según todos los indicios y pruebas: huellas digitales, pruebas de adn, marcas de la mordida del agresor, restos de estupefacientes en los cadáveres de las niñas… Según le dijo el forense, esto era lo poco que sabían con certeza: era un hombre de unos 45 años a la fecha de hoy, de complexión fuerte, que llevaba las uñas largas, al menos en los momentos de sus tres agresiones. No llevaba armas de ningún tipo, o no se valía de ellas para sus asesinatos, que en los tres casos había ejecutado con sus manos, estrangulando a las víctimas.
Por su parte, como ex investigador del OIJ, había otra cosa que Greivin sabía: éste el tipo de crimen más difícil de resolver, el de los psicópatas. ¿Por qué?, porque no hay móvil, actúan por puro placer. Entonces puede ser cualquiera; es decir, nadie tiene motivos, no hay motivos que señalen a alguien.
Lo que sí queda descartado en el caso de un crimen psicopático, son los familiares cercanos, lo que en Costa Rica equivale a descartar a los “sospechosos habituales”: el noventa por ciento de los crímenes y actos de violencia son intrafamiliares. Bueno, parece que ése no fue el caso de la pequeña Paola… a la cual Greivin hubiera deseado encontrar con vida, pero ya casi no tiene esperanza en eso.
Amelia está animada. “Caray –piensa Greivin- qué maravillas puede hacer el paso de quince años sobre una jovencita creída y esnob”. Ella habla y habla, recordando viejos tiempos, mientras él aprovecha para pensar en sus asuntos y disfrutar de aquellos ojazos. Ah, qué diferentes de los de hace quince años: hay en ellos algo como un sosiego, una sensualidad tranquila y asumida…
-¿Qué te pasó ahí? –le pregunta Greivin de pronto, señalándole el cuello con la barbilla.
-¿Dónde? –dice Amelia desconcertada, tapándose con una mano ahí donde señaló Greivin.
-Ahí mismo –le responde él y deja salir una sonrisa maliciosa.
-¿Qué tengo?
-Bueno, en los tiempos de la U le decíamos “chupetazo”. No sé si ahora se le sigue diciendo así.
Ella rió, desenvuelta, aunque no pudo evitar un leve gesto de pudor. Greivin se decepcionó un poco: así que esa era la plácida sensualidad que leía en los ojos de ella: que acababa de tener una noche de pasión, de seguro hacía muy poco, pues no se había siquiera visto el moratón que le empezaba a surgir y que en unas horas sería más llamativo. “Bueno, al menos ya no es una calienta calzoncillos”, pensó Greivin.
Ésa era la imagen que tenía de Amelia en la U: una muchachilla capaz de coquetear hasta con los hombres pintados en los libros, pero que, hasta donde él sabía, no se acostaba con ninguno. Greivin recuerda algunos chistes que al respecto hacían los compañeros; no él, porque nunca fue suficientemente sociable o parte de ningún grupo como para bromear de ese modo.
Ah, sí, Amelia era además una muchachilla desdeñosa; se le notaban los viajes, la familia, los estudios, el mundo que tenía; se le notaba que para ella la universidad era como seguir en el colegio –recordó Greivin- mientras que él ahorraba cada céntimo para poder pagarse los estudios…
¿Le está coqueteando Amelia? Greivin no está seguro, pero le parece que mientras él se pierde en recuerdos de hace años, Amelia le está coqueteando. Pero no. Eso es imposible…
-¡Viejo asqueroso!
Una mujer, desde una mesa cercana, repite: “¡Viejo asqueroso!”, viendo la tele. Los clientes del café se han ido aglomerando alrededor del aparato. El camarero sube el volumen con el control remoto. En la pantalla hay un hombre, totalmente aturdido, diciendo que él estuvo con la niña desaparecida poco antes de que desapareciera. Dice que él la llevó un trecho de la romería en su caballo, pero que de repente, ahí por el Alto de Ochomogo, la niña gritó “allá va mi papá”, se bajó del caballo y se fue al encuentro de su familia.
Dicho esto, el hombre se pone a llorar ante las cámaras, en una mezcla etílica de remordimientos: ah, si el hubiera sabido que esa chiquita iba sola, que se había escapado… pensar que él era el último que la había visto…
La mujer que hacía un rato exclamara “viejo asqueroso” estaba ahora callada y arrepentida: la verdad era bastante obvio que ese romero caballista era un pobre hombre que más bien había pecado de buenazo.
La periodista de la tele está dandole una nota melodramática al momento, cuando Greivin se pone de pie de un salto. Tiene que marcharse de inmediato.
Amelia se queda extrañada. A Greivin le da la impresión de que quiere acompañarlo. Súbitamente la ve de nuevo como una muchachilla, pero ahora desamparada… Sí, como si Amelia siguiera siendo una chiquilla inmadura pero ahora no tiene el cuerpo ni la energía de una chiquilla, ahora ronda los cuarenta años…
Mientras Greivin rebusca en sus bolsillos para pagar la cuenta, Amelia saca un billete y dice que ella invita. Greivin se queda maravillado. Y agradecido. Se acerca a ella para despedirse con un beso (¡cómo lo intimidaba eso hace quince años!) y nota el maravilloso olor del perfume cuando no está recién puesto, cuando viene desde el día anterior… Así que la noche de pasión de Amelia había sido apenas hacía unas horas… y no en su casa… “Por eso me invita, piensa Greivin, por eso me ve con esos ojos sensuales: porque está feliz, satisfecha”.
-Adiós, y cualquier día te llamo –le dice Greivin antes de marcharse, por hacerse el fuerte, para fingirse seguro, pero saliendo a toda prisa del lugar, antes de que ella le recuerde que ya no tienen sus respectivos teléfonos.
En la calle lo invade cierta tristeza, una tristeza que hace años no saboreaba, una tristeza apagada, como la frustración que sintió durante toda su breve etapa universitaria.
“Soy un estúpido –piensa- Amelia no me estaba coqueteando. ¿Cómo pude siquiera pensarlo? Podríamos naufragar y caer juntos en una isla desierta, y aún así seguro que se sentaría a hablarme como amigo y pedirme consejo para conquistar al orangután dominante de la isla…”.
Cuando se subió a su viejo datsun destartalado, iba aún despechado pensando: “Mujeres como ella nunca serán mías”. Pero antes de naufragar en serio en la frustración y la nostalgia, Greivin volvió a pensar en aquello que lo tenía en movimiento: “Vamos a ver qué me cuenta el del caballo… Seguro que a él tampoco le hacen caso las mujeres…”.
Y se alejó a toda velocidad hacia Ochomogo.

Anuncios

Acciones

Information

2 responses

2 04 2014
ambulancia

hello there! , I love ones publishing therefore a great deal! proportion most people converse more close to your post in America online? My spouse and i involve a specialist in this field to resolve our difficulty. Possibly that is certainly anyone! Looking forward to search an individual.

14 09 2014
Johnd404

Once I initially commented I clicked the Notify me when new feedback are added checkbox and now each time a remark is added I get four emails with the same comment. Is there any way you possibly can remove me from that service? Thanks! aakebddkekca

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s




A %d blogueros les gusta esto: