“MILAGROS SUELTOS” TERCERA ENTREGA

30 10 2007

MILAGROS SUELTOS
AUTORES:
Dorelia Barahona- Paola
Pedro Pablo Viñuales- Dario
Floria Bertsch- Amelia
Janina Bonilla- Ana María
Víctor Valdelomar- Renato
Catalina Murillo- Greivin
Jaime Ordóñez- Rosario

19
Todavía medio confusa por el susto que recibió con eso de que la quisieron robar, Ana María sigue con su mirada al joven, que le ayudo meterse apresuradamente y como enojado por un camino vecinal y comenta con su compañera sobre la actitud de éste, se siente un poco defraudada porque esperaba poder pagarle de alguna manera su gentiliza -¿Qué vamos a hacer? Así son ahora la gente joven, viven como en otro mundo.¡Qué Dios lo bendiga! ¡Virgencita protéjelo de todo mal! Bueno, por lo menos tiene mi tarjeta por si necesita algo, la verdad es que cuando yo estuve en su país mucha gente me ayudo. ¡Qué tiempos! Sólo a mí se me ocurre irme a terminar los estudios de abogacía a España, fue una linda experiencia, pero cómo me criticaron mis hijas, para ellas yo estaba muy vieja para meterme a estudiar. Lo hice después de enviudar y verdaderamente ha sido un gran aliciente. -¡Si contará mis aventuras en Europa podría escribir un libro! ¿verdad Virgencita? –Se dice Ana María al tiempo de continuar la caminata agarrada del brazo de Berta. Poco a poco van saliendo de Tres Ríos para enfilarse hacia Ochomogo. Juntas empiezan a rezar el rosario, cuando las interrumpe el celular de Ana María, al contestarlo se empieza a quedar lívida y casi no atina a responder, es su hija, la que vive en Estados Unidos diciéndole: -¡Mamá! la llamé a la casa y Chepita me contó que usted anda de romería ¿Cómo se le ocurre, es una locura? ¿Cuidado le pasa algo?
-Desde cuando ésta tan preocupada por mí –piensa Ana María- y continúa escuchando a la otra, que le comunica que viene para Costa Rica el domingo y le pregunta si la puede recibir en su casa porque necesita hablar con ella.
Ana María sólo atina a responder: -Claro mi hijita aquí la espero.
Al cortarse la comunicación abruptamente porque no entra el celular, Ana María lo mira sin creer lo que acaba de escuchar y sin pensar, exclama: ¡Milagro! ¡Es un milagro! Y cae de rodillas para darle gracias a la Virgen por su intercesión, ¡La llamó su hija! y ¡Viene para su casa! Siente que es un verdadero milagro. Berta se queda muda, no entiende que está pasando porque empieza la gente a acercarse y todos dicen ¡Un milagro! ¡Hubo un milagro! Aunque nadie sabe qué fue lo que pasó, entonces empiezan las suposiciones “dicen que esa señora que cayó de rodillas fue curada de una terrible enfermedad”. “Esa señora de rodillas recibió por celular un llamado de la Virgen”. “No, parece que le sanaron al hijo que estaba muriendo y por eso ella vino a pedirle a la Virgen por él”. En fin, que se sueltan toda clase de rumores y por supuesto aparecen los medios.
-Aquí transmitiendo en directo desde el Alto de Ochomogo, como ustedes pueden ver a mis espaldas se encuentra una romera de rodillas, acaba de recibir un milagro, vamos a acercarnos para entrevistarla y escuchar de viva voz este acontecimiento.
-Mailen, Mailen, ¿me escucha? Aquí desde el estudio central.
-Si, la escucho.
-Trate de acercarse porque esta es una primicia, creo que es el primer milagro, por lo menos en la romería. Le doy el pase.
Y vemos enfocada por las cámaras a Ana María de rodillas con las manos tapando su cara. No se ha dado cuenta del alboroto que está ocasionando. Prácticamente paralizo el tránsito de romeros, todo el mundo quiere saber lo que está pasando.
-Estamos en vivo y en directo para darles a ustedes la noticia del milagro que aparentemente acaba de suceder aquí, en medio de la romería. –Señora, señora –le dice la periodista a Berta que está asustadísima- usted viene con la romera díganos que sucedió.
-No sé –atina a responder Berta con voz temblorosa –Veníamos rezando el rosario cuando sonó el celular de Ana María y ella contestó, se puso pálida y cayó de rodillas.
-Pero, ¿qué le dijeron?, usted escuchó algo.
-No, no escuche nada. No le puedo decir qué pasó.
-Parece que la romera padece de una enfermedad incurable, ¿Cree usted que fue sanada? ¿Qué la llamada que recibió es del médico informándole de su curación?
-Mailen, Mailen, me escucha –Desde el estudio central interrumpen a la periodista- traté de averiguar el apellido de la romera y el nombre del médico.
-Un momentito –Indica Berta- tengo entendido que Ana María no padece de ninguna enfermedad. Sus apellidos son Hotmann González.
-Tenemos el nombre completo de la romera que acaba de recibir un milagro Ana María Hotmann González, vamos ahora a acercarnos a ella para que nos cuente que sucedió.
-¡Ana María, Ana María!, estamos aquí en vivo para que nos cuente de esa maravillosa experiencia –le dice la periodista acercando el micrófono hasta casi metérselo entre las manos y tocándola en el hombro, Ana María no se inmuta parece que está en trance, como indica la periodista.
-La romera del milagro se encuentra en trance. Damos el pase al estudio central que tiene otras noticias que informar, nosotros continuaremos aquí para transmitir el momento en que la romera se recupere y llevarles sus impresiones en vivo y en directo.
-Gracias Mailen, estaremos en contacto. Es verdaderamente emocionante poder transmitirles a ustedes los primeros resultados de esta romería, parece que se ha dado un verdadero milagro.
Y Ana María sin enterarse de nada permanece arrodillada porque siente que
en verdad ha recibido el milagro que había pedido, porque además de que su hija le comunicó que vendría, la notó preocupada por ella.
-Gracias, Virgencita, no tengo cómo pagarte por esto, es un verdadero milagro, desde ahora te prometo que voy a dedicarme a extender tu devoción. Ahora, sólo me queda pedirte que nos ayudes a encontrar tu imagen –Diciendo esto en voz baja- Ana María se endereza para quedarse con la boca abierta ante el gentío que la rodea y los gritos y aplausos de todos. Ella no sabe lo que ha ocasionado cuando ve a una periodista que viene corriendo, mira a Berta que no tiene tiempo de explicarle.
-Ana María, Ana María –grita la periodista- Aló, estudio central, pido el pase, ya despertó la romera del milagro y voy a entrevistarla.
-¿Qué está pasando? –pregunta Ana María- ante la avalancha que se le viene encima, de repente se ve con un micrófono prácticamente incrustado en su nariz. Primero desconcertada y luego con gran aplomo toma el micrófono porque ve la oportunidad de empezar a difundir lo que acaba de prometer y dice: -efectivamente, recibí un milagro, no lo puedo negar, por eso recomiendo a todas las personas que me están escuchando que le pidan con fe a la Virgencita de Los Angeles, porque estoy segura que ella cuida de este pueblo y va a interceder antes Dios nuestro Señor por nosotros. Estoy segura que Ella nos ayudará a encontrar su imagen. Dicho esto, entrego el micrófono y empezó a caminar seguida de Berta y toda la gente que la volvió a aplaudir.
-Mailen, Mailen –se escucha- no la deje irse, pregúntele por el milagro. ¿Qué fue lo que le sucedió?
La periodista emprende carrera para alcanzar a Ana María, pero está se pierde entre la multitud.

20

Tras preguntar por dónde se regresaba más fácilmente a San José alguien le indicó que, un poco más adelante, podría cruzar hasta la pista, donde con seguridad tendría mayores posibilidades de encontrar un transporte de vuelta a la ciudad. Aprovechando la coyuntura evitó aproximarse al lugar donde Amelia, totalmente ajena a su presencia, seguía conversando. Darío se las ingenió para obtener un cigarrillo. Luego continuó con paso acelerado hasta llegar a la desviación. A la entrada del túnel que se abría bajo la carretera rasgó el papel del cigarro con la lengua y sacó de sus vaqueros los últimos hilos de marihuana que le quedaban. El lugar parecía lo suficientemente alejado del gentío y con discreción y célere habilidad se lió un purito.

Después de dos o tres haladas, no pudo menos que reparar en la figura voluminosa y extraña de un hombre que se apareció al otro lado del túnel intentando arrancar una vieja motocicleta. Como también fumaba, le llamó la atención que llevase guantes. A aquella hora lucía el sol y no había necesidad de abrigarse. Conforme se aproximaba hacia él, disimulando, reparó también con asombro en las pronunciadas ojeras, de un gris oscuro, que rodeaban su mirada. Cuando estuvo más cerca, con una media sonrisa, el tipo le soltó entre dientes: – Una mota rica ¿eh, gringuito? ¿No tenés para mí?

Sin que supiera a qué se había referido, pero intuyéndolo por la pregunta y porque no le estaba molestando el tufillo a marihuana que despedía, Darío se atrevió a mostrarle abiertamente la mano en la que escondía su porrito y se justificó:- Es bueno para el dolor de cabeza ¿verdad? – le dijo – pero no tengo más ¿Y usted no sabe dónde se puede encontrar algo de esto por aquí?

No había nada en aquel individuo que invitase a la confianza; sin embargo, o precisamente por ello, porque lo que Darío quería no era para buscarlo entre gente beata, se dejó llevar cuando el tipo se ofreció para acompañarlo. Él sabía dónde conseguir lo que pedía, a buen precio. Y, al poco se encontró subido en la parte trasera de la moto, agarrado al asiento para guardar el equilibrio e intentando no respirar por la nariz para no inhalar el olor hediondo que despedía su conductor y que antes no había reparado en toda su dimensión. Si bien su voluntad de aprovisionarse con algo de droga era lo bastante fuerte como para hacerle pasar un trago parecido, deseaba que aquel día durase lo menos posible. En cuanto tuviera lo que andaba buscando tomaría un taxi y se iría a la pensión a dormir. Después prepararía su maleta.
Habían comenzado a regresar por la pista. Muy pronto tomaron una salida hacia una vía secundaria, giraron a la derecha y luego a la izquierda y más adelante se acabó el asfalto. Entre paredes vegetales se adentraron por caminos ondulantes en los que no era fácil tomar puntos de referencia. Nada le indicaba al extranjero que iban dejando atrás las faldas de La Carpintera, que pasaban junto a San Vicente y después por Santiago y que se dirigían a San Benito del Bajo, cada vez por lugares menos transitados y más y más angostos. Todo para él era un mismo paisaje en torno a aquellos pueblitos, envueltos en brisas húmedas como en un mar de musgos. Las casuchas que aparecían a veces entre los árboles tenían al menos la suerte de gozar de un decorado exuberante y florido para ocultar su sencillez, cuando no su miseria. Tenía claro, en todo caso, que por allí no iban a llegar al centro de San José donde él, con sus propios recursos, habría podido obtener lo que necesitaba. Tal vez hubiera debido ser menos impulsivo – pensó-, pero ya se había embarcado y no quería parecer un miedoso yéndose a apear en mitad del viaje sin una razón clara. Se daba cuenta de que, desde que se acordaba, había seguido con obcecación sus impulsos, hábito que se instalaría en él conforme advirtió la facilidad con que alcanzaba a satisfacer la mayor parte de sus deseos más inmediatos.

Entre cafetales, potreros, fincas y descampados llegaron a un ensanchamiento del camino donde daban inicio los humildes cubículos de San Benito. El señor de los guantes frenó por fin y se detuvo al pie de unas gradas que subían artesanalmente entre dos filas de casas construidas en terrazas por la ladera de aquella colina. No era un lugar que frecuentara, porque no le gustaba que en ningún lado alguien fuera a familiarizarse con él, pero ya en un par de ocasiones había llegado hasta allí a aprovisionarse de crack y pastillas que luego él revendía.
– Dame cuatro rojos y esperá aquí gringuito.
Relacionando enseguida el color rojo con los billetes de mil colones, Darío sacó su cartera del bolsillo del pantalón mientras los ojos sombríos de su acompañante se entornaban para seguir con astucia de zorro sus movimientos.
..- Una libra está bueno, mae – le dijo, mientras adivinaba el contenido de la cartera a pesar de las precauciones del machito para no abrirla demasiado. Darío, de nuevo sin entender del todo, extrajo un billete de diez mil y se lo entregó sin convicción. Aquel puño cerrándose al agarrar el dinero y la media sonrisa que apenas esbozó el otro acentuaban la figura de un hombre realmente brutal, una imagen que cualquier director de cine hubiera descartado para el papel de un estrangulador o un violador de niñas, de puro cliché.
El extranjero siguió con desconfianza aquella espalda maloliente que lo tenía atarantado hasta que, al cabo de unos cuantos escalones de tierra prensada, se detuvieron un poco más arriba, frente a la puerta de un tugurio. A pesar de los golpes nadie atendió a su presencia. Con la mirada fija más abajo y sin dirigirle la palabra, el hombre regresó sobre sus pasos y se perdió de vista en una cuesta del camino. Considerando que había dejado allí su moto, Darío no creyó que existiera el riesgo de que fuera a desaparecer con el dinero y, sobre una piedra, se sentó a esperar frente a la casa.
Un poco más abajo el panorama era bien distinto. Parecía que no sólo todo el gentío de ocupación dudosa de San Benito, sino curiosos de la ciudad y hasta la prensa, se habían dado cita frente a la soda de la dizque plaza, por lo general desocupada. Una fila de rezanderas salía por la puerta de la bodeguita como si allí el agua se hubiera convertido en guaro y lo anduvieran regalando. Sin pedir permiso a nadie se personó en el interior y se fue directo a su negocio. Pero no consiguió nada. Ya fueran las leyes de Dios o las del mercado allí se había convertido el mal en bien y ya nadie pasaba géneros prohibidos, al menos no de la especie que él buscaba. – Y venir de tan lejos para nada, ¡jueputa! – rumió insatisfecho- eso sí que no.
Darío se levantó al verlo aparecer de nuevo como cuervo monumental. Enseguida podría largarse de allí.
– Hay un pichazo de gente allá abajo– le dijo suavizando la voz, como dándole a entender que para su negocio era mejor guardar un sigilo total y retirarse un poco de la vista de quien pudiera aparecer.
Encaminándose hacia la parte posterior de aquella casa, que era un remiendo de rejas, chapas y alambre, no había nada sino el zanjón que servía de botadero. El corazón de Darío comenzó a palpitar aceleradamente. Aunque no había sido demasiado prudente durante los pocos días que había estado conociendo la noche josefina, como si nada pudiera pasarle así se metiera donde fuese, aquello certificaba que se encontraba fuera de lugar. Y tan evidente como en efecto parecía, tras observar hipnotizado cómo el camello se quitaba uno de los guantes, no tardó en ver brillar, junto a unas llamativas uñas pintadas de un color oscuro, el filo de una navaja.
– Machito, jueputa, vos me vas a regalar esa harina ahoritica.
Nunca había sentido de forma tan intensa la necesidad de controlar el miedo. Ni tampoco nunca había tragado con mayor dificultad el aire que respiraba. Más pálido de lo que se veía habitualmente, Darío extendió su billetera. En el mismo gesto de ir a entregársela, en vez de medir hasta el menor gesto para salir ileso, tomó impulso y desplegó una fuerte patada con la que a duras penas llegó a la panzota de su asaltante. Estaba tan cagado que no se había aproximado lo suficiente. Y ya no se trataba aquí de aquel muchachito al que amedrentó horas antes en la romería. Ahora su jueguito de superhéroe le podía costar más caro de lo que podría pagar con dinero. El golpe apenas hizo recular un paso al atracador, a quien aquella posturita de kárate mal hilvanada le resultó más hilarante que molesta. Mientras se sujetaba la barriga de la risa que le entró, su pie fue a tropezar sobre una baldosa que sobresalía del piso de tierra batida, perdió el equilibrio y de la manera más disparatada cayó hacia atrás con la contundencia de un saco de papas.
Darío había quedado paralizado del susto y, como si no supiera bien lo que estaba pasando, se quedó mirándolo sin reaccionar. Oyó el chasquido seco, como de una nuez al partirse, que su cabeza produjo al chocar contra el suelo. Súbitamente helados, los ojos que enmarcaban aquellas ojeras de piel de sapo no hacían presagiar una buena caída. Advirtió que la tierra se teñía de un rojo más oscuro bajo su nuca y se aproximó con nerviosismo. No creyó necesario comprobar que estaba muerto.

21
Cuando por fin Amelia queda sola y decide dar el primer paso rumbo a Cartago la sensación de estar atravesando una “zona suave” la vuelve a inundar. La mañana está algo avanzada y comienza a hacer calor, y a pesar de que a estas alturas aún no se sabe nada de la Virgen, como se pudo enterar por la “tele” mientras tomaba café con Greivin, cada uno de los romeros sigue su camino.
Al principio el cerebro de Amelia, en correspondencia con la gran cantidad de eventos y gentes que han atravesado sus últimas horas, reacciona aturdido ante el entorno y se dedica a observar. Cruza uno de los puentes de los tres ríos que se supone que deben existir por allí para que el lugar merezca el nombre, y a ambos lados comienzan a aparecer casas viejas. Casas viejas con grandes jardines que indican que esa ruta no es nueva, que como conexión entre la capital y la antigua metrópoli ha existido desde hace mucho tiempo. Algunos de los chinameros que han pasado en vela, vendiendo agua y cajetas “mechudas” a los que hicieron la romería nocturna, comienzan a recoger sus toldos. Tristemente, Amelia también descubre que la irremediable basura se esparce por todo lado, como si constituyera una señal de existencia de los humanos…
Le impresiona la simple y práctica forma de las construcciones. Cemento o madera, puertas y ventanas simétricamente distribuidas. Tal vez lo que se puede recuperar de las casas de este sitio, nuevamente piensa Amelia, es la presencia de corredores en el frente de las puertas. Amplios, con plantas, pisos lustrosos y sillas de madera. Un espacio de ingreso, de descanso, de ver pasar. Los observa y se refuerza en Amelia la grata sensación que le producen.
Poquito a poco el exterior se va recogiendo, y camino a Ochomogo las orillas de la carretera se transforman en algo más verde y menos poblado. La Carpintera se apropia de la derecha, y corre, como todos los días, recortando el cielo con su borde de dos picos, uno alto y otro menor, con el potrero de pinos cerca de la cúspide y mucho bosque por todo el resto. Amelia la observa y regresa como por encanto al misterio y los secretos de la montaña donde de niña durmió en el campamento de las scouts. Y a través de su infancia y los recuerdos comienza a acercarse a ella misma.
Deja de ver el paisaje y se concentra en la gente. Ve que algunos van rezando el rosario. Una señora joven, más joven de lo esperable para que cargue el rosario de la abuela, va pasando cuentas entre sus dedos mientras sus labios murmuran algo. Podría imaginarla eficiente e invisible en el escritorio de alguna oficina, pero ahora va allí, con sus hijos, desde su intimidad y sus creencias, rezando. Y Amelia, no la comprende.
En el maltrecho pick-up lleno de pipas abiertas y vacías de agua, el muchacho que las bajó de la palmera, las peló y abrió con energía para ofrecer con qué saciar la sed nocturna, se ha quedado dormido. Profundamente dormido, entregando sus sueños al curioso colchón de cáscaras redondas.
De pronto se percata que a su lado va alguien comiendo. Viste uno de esos jeans que no son ni largos ni cortos, una camiseta floja que cubre ese “pasadito de bueno” que tiene alrededor de la cintura, y tenis. Al mismo ritmo que marca el paso, saborea la pieza de pollo envuelta en tortilla que acaba de comprar. Difícil es imaginar qué es lo que lo empuja a caminar, pero va. Junto a él, la señora a quien es obvio que ya le duelen los pies, también gruesa y algo más avejentada que él, camina casi de puntillas para que ni la oigan. También, va una pareja de jóvenes que empujan con cara de agradecimiento el coche de su pequeño nacido en el último año… Amelia los observa a todos. No le resultan claros los motivos de cada uno, y además, ¡le parecen tan distintos! Así que comienza a analizar la situación. Y como le ocurre con frecuencia, deja que sean los razonamientos y las explicaciones los que acaben de darle el toque final a los acontecimientos que le ocurren. Aunque algunas cosas sean sencillamente hechos que pasan, ella necesita llenar de sentido todos los momentos… Es la forma a la que se ha acostumbrado a vivir.
“Es interesante”, piensa. “A estas alturas ya todos sabemos que vamos caminando a encontrar una iglesia sin virgen. Y sin embargo todos seguimos. Supongo que es que en el fondo estamos convencidos de que eso que llamamos virgen es algo que está dentro nuestro, y no necesariamente en la imagen. Y ¿qué habrá pasado con esa niña de la que hablaban Greivin y Javier? Fue muy bueno ver a dos personas tan diferentes respondiendo a un evento de este tipo con tanta decisión, se le ocurre pensar. “No es importante encontrar una virgen de piedra o curar los desmayos que producen los milagros. Lo que vale es rescatar a una niña perdida. Los admiro a ambos por eso. ¿Por qué será que la vida ante unas cosas pareciera que tiene el guión preescrito para que la lección se caiga por su propio peso, y para otras lo que parece más bien es que nos deja “la tarea para llevar a la casa”?”
A través de sus reflexiones Amelia comienza a sumergirse en su espacio interno, hasta el punto que de pronto se descubre pensando afectuosamente en Greivin. En Greivin y en ella misma. ¿Qué reflejo de ella rescataba él con su cercanía? Porque los minutos que habían pasado hace un rato en Tres Ríos habían sido breves pero repentinamente se le figuraron hondos. Algo inesperado pareció asomarse entre tanta añoranza. Es cierto que en la U nunca lo consideró su posible pareja, porque en aquellos tiempos para ella eran fundamentales las “maripositas en el estómago” y de fijo que Greivin no era la fuente de ellas. En aquel entonces lo catalogaba como esa entrañable compañía con quien siempre “arreglaba el mundo”. Lo curioso fue que de pronto desapareció y ella no hizo nada para impedirlo ni buscarlo. Lo dejó alejarse. Sin embargo, estaba clara que ahora sus valoraciones eran diferentes. ¿Cómo se relacionaría ahora con él? Sabía bastante más de los capítulos siguientes a “las maripositas” y de lo efímero de las locuras como las vividas con el español guapo. Sí, porque de fijo que lo de anoche no podría calificarse de otra manera más que como locura, porque ¿a dónde más podría llegar algo así? Sin darse cuenta su cerebro había brincado a otro tema. Pero, ¿por qué pasó la historia con Darío? ¿Qué sentido tendrá en su vida? Y es que había que reconocer que ese encuentro tuvo ángel, como decía su mamá. ¡Fue tan lleno de magia! Es más, comienza Amelia casi a hablarse en voz alta a sí misma, “la verdad es que ¡todavía floto! Debo aceptar que me resultó imposible resistirme a invadir el cielo… Porque así fue. Darío. Suena poderoso ese nombre. Definitivamente no fue un rato común y corriente.” La intensidad de la reciente compañía, esa sensación de sentirse compartiendo el instante sin límite alguno se precipita en la escena nuevamente y la remueve. Piensa en la posible edad de Darío, ¿25, 30? Por ahí, no más. Su experiencia de conquistador daría para confundir, pero el peculiar afecto expresado durante la noche parecía nuevo, inventado por primera vez en ese momento. Cierra los ojos. Sus pasos siguen acompasados marcando la ruta hasta que por fin, el raciocinio acude diligente al rescate. ¡No se vale naufragar en el mar prohibido de las emociones!, se regaña a sí misma. Esas no duran, lo perdurable debe ser diferente. Y rápidamente ante ese miedo primitivo a comprometerse que la ha acompañado involuntariamente, regresa al puerto seguro que representa la distancia y, de esta manera, la huida de la mañana le queda totalmente justificada. Amelia respira, pero el camino sigue. De pronto debe reconocer que esta frente a una completa contradicción.
“A ver, a ver, a ver”, se reprende a sí misma Amelia. “Esto se está poniendo medio espeso. Como es eso de que las cosas que hago momento a momento son diferentes a las que a la larga deseo? ¿No es que estoy convencida de que solo en el tanto en que todos los instantes sean intensos e importantes, al compilarlos podré sentir que he tenido una vida plena? Pero ¿implicará esto eventos y gentes diferentes a cada momento? ¿No me va llegar nunca nada permanente?”
Ya para este momento el mundo exterior ha desaparecido completamente y Amelia desfila a sus anchas por sus adentros. La inmediatez y lo perdurable debaten con vehemencia. Las coincidencias y los esfuerzos se enfrentan cara a cara. Amelia revisa ejemplos, repasa situaciones, imagina otras realidades. “O sea, por un lado, decido hacer la romería hasta Cartago para pedirle a la Virgencita una pareja permanente, y por otro, paso una noche estupenda con un desconocido, pero sin el menor reparo me escabullo de cualquier posible relación posterior con él. ¿Por qué? Ni siquiera le dejé mi número ni le pregunté donde hallarlo. Y si se hubiera esperado a que Darío despertara, ¿qué habría pasado? ¿Por qué habré rechazado de plano su cercanía? ¿Por extranjero? ¿Por maravilloso? ¿De qué se tratan estas inconsistencias? Y por otro lado, no sería muy agradable compartir la vida con alguien como Javier, el doctor, por ejemplo? Siempre encontrándole el gusto al momento, riéndose, divirtiéndose… O Greivin, ¿por qué nunca pensó en él como compañero de esta aventura? Grandes ideales detrás de causas justas. ¿No sería interesante que su vida se viera enmarcada por un compañero así?
O sea, no es que las circunstancias no se han dado. Allí están. ¿Será más bien miedo a tomar la decisión de construir algo cotidiano lo que tengo?”, acaba por fin preguntándose Amelia.
El camino sigue y paso a paso Amelia descubre que hasta el tan ansiado afecto perdurable, comienza milagrosamente a pertenecer al mundo de sus decisiones. Hay unas cosas que pasan, es cierto, pero en su mayoría el vivir es un asunto de decisiones…
Sonríe sola y se percata que su milagro se ha hecho realidad. Entrar en contacto con su asustada intimidad es el milagro irrenunciable de su romería.

22

“Los cielos son preciosos virgencita y todo el mundo, si se amara así, sería un paraíso”- susurró Paola extasiada por la visión amorosa de la virgen que la envolvía en perfume y abrazo y abrazo y perfume. Cruzó las manos sobre el pecho y cerró los ojos deseando viajar de nuevo de la mano de la divina señora por el corazón del mundo. Ya no sentía frío alguno y el suelo terroso se había convertido en un mullido colchón donde descansar. Libre la mente del oscuro encierro, del tenebroso y solitario sitio donde se encontraba, sin mayor luz que sus ojos abiertos a los milagros y sin otra compañía que la negrita de Los Ángeles, para quien quisiera creerlo y tener la misma fe que tenía Paola.
El hombre que olía a caca se había ido en búsqueda de más piedra para el y de más tortura para la víctima, como parte del ritual de sus perversas movilizaciones psicológicas. Nada le gustaba más que causar espanto y dolor en los seres indefensos, así que unas horas de incertidumbre en la niña serían una delicia a su retorno.
Caminó hasta encontrar la motocicleta que tenía escondida a la vuelta del puente bajo la autopista. La sacó a la calle y se puso de nuevo los guantes. La bufanda la había dejado enrollada al cuerpo de Paola pero ya no la necesitaba. El calor que salía en ese momento de su cuerpo le hacía sudar terriblemente. Sacó un cigarro y lo encendió con ansias dispuesto a disfrutar esa noche como nunca. De pronto un clarísimo olor a marihuana lo hizo voltear la cara hacia el túnel, que aunque oscuro, dibujaba en el fondo a un hombre que caminaba en su dirección fumando la hierba.
Mientras, a oscuras, la niña bautizada con el nombre de Paola. Con el pálpito mínimo, con la sangre calma, soñaba y sonreía envuelta en la noche solitaria y helada de la finca Las Hortensias. El miedo y el terror del encierro se mantenían del otro lado de los tablones de la bodega como invisibles monstruos de la oscuridad, que acosaban a la espera de que el manto protector dejara de iluminar la mente de Paola.
Ni siquiera se dio cuenta cuando unas horas después, casi bordeando la madrugada, una sombra masculina con gorro y poncho plástico, se acercara sigilosamente y sacara de una mochila pequeña una bolsa, para dejarla caer entre el hueco de un viejo comedero para gallinas. La sombra se queda ahí unos instantes sin decir nada, de cuclillas, reza y se persigna varias veces sin dejar de ver el paquete, luego se va corriendo.
No es hasta que la luz de la mañana penetra las rendijas de la madera que Paola despierta y a pesar de lo adolorido del cuerpo por la humedad, el frío y el sufrimiento, que se pone en pie, y se da cuenta realmente de donde esta. La montaña huele a musgo y los árboles de eucalipto, altísimos, susurran a las nubes con el viento, que sigue su camino entre pastos y hortensias enormes. Nunca había oído tantos ruidos de pájaros, de patos, de… Paola camina alrededor de la bodega y en un cajón de madera ve una bolsa. Paola se acerca de prisa creyendo que es comida y la abre.
Una pequeña muñeca de piedra, vestida como una virgen cargando a un niño, le sonríe. Paola la toma como si fuera efectivamente una muñeca, una verdadera muñeca a quien cantarle canciones de cuna. Está feliz, ahora tiene con quien jugar y olvidar el hambre.

23

Renato cayó agotado sobre una silla. Aprovechó un momento en que la gente se distrajo viendo en la televisión los reportajes sobre la aparición de la Virgen en San Benito. Por primera vez llegaban reporteros no a cubrir una persecución o un allanamiento por drogas, sino a hablar del privilegio de ser escogidos por la Virgen para su nueva casa.
Las ojeras de Renato recordaban esa larga noche en que nadie durmió. Apilaron piedra tras piedra hasta levantar la gruta. Era un monumento a su esperanza que durmió muchos años en algún cajón de las abuelas.
El único a disgusto era Beto. Se sentía halagado de que la Virgen escogiera su patio para aparecerse, pero aún tenía tres garrafas de guaro que no se habían vendido. Hasta que entrada la mañana alguien gritó: Hay que celebrar. No todos los días se aparece una Virgen por aquí. Y la venta del contrabando se reanudó. ¡Claro! Mejor motivo de celebración no podía haber y seguramente el guaro ya estaría bendito, así que había que cobrarlo unos pesos más caro.
Renato, escondido detrás de la gruta escuchaba los sollozos de la gente hablándole a la Virgen. Quién podría imaginar que adentro de esas almas sin destino hubiera tantos anhelos. Anhelar ser también hijos del Cielo, eso era el fondo de todas sus peticiones. Renato se enterneció como pocas veces lo hacía. Si de verdad tuviera ese poder de hablar con la Virgen, le pediría hacer realidad los deseos de los niños que llegaban a rezar. Ellos son los únicos que realmente pueden ver con bondad a la Virgen.
Un hombre interrumpió las cavilaciones de Renato para comprarle droga. Le dijo que venía desde Tres Ríos con un cliente extranjero y que necesitaba algo de zoncha y piedra para matizar. A Renato le parecía conocido pero no lograba recordar su apodo. Alguna vez lo vio en los callejones oscuros de San Benito ofreciendo droga a las chiquillas.
Ese hombre no podía creer lo que estaba viendo en el patio de Beto: cantos, rezos y aleluyas en un lugar donde antes se vendía el pecado como baratijas de mercado persa.
-La Virgen me ha llamado a ser su mensajero, así que ya no estoy en el negocio- le dijo Renato. El hombre oscuro creyó que lo estaba vacilando. Insistió pero obtuvo la misma respuesta; así que no tendría más remedio que volver con las manos vacías donde su cliente lo esperaba.

Renato logró escabullirse de la multitud y de los periodistas y subía las gradas de tierra hasta su covacha. Aun resonaban en su cabeza las peticiones a la Virgen que le confió la muchedumbre. Harían falta siete vírgenes más para cumplir todas esas demandas. Si anotara las solicitudes, seguramente la lista empezaría en San Benito y recorrería los quince kilómetros hasta Cartago.
Ahora entendía por qué tantos predicadores se veían en las pantallas de televisión y se oían en las radios y en los parques: la gente tiene hambre de milagros o de cualquier cosa que los haga creer que esta vida se merece vivir, que hay algo más allá de la imperfección humana. Y lo más importante, están dispuestos a dar dinero a cambio.
Cada barrio en los alrededores de San Benito tenía por lo menos dos o tres iglesias milagrosas. Todas proclamaban milagros instantáneos: “El Faro de Luz” “Las Llagas de Cristo”, “La Fuente de Agua Viva”, “Milagros de Amor”.
Todas tienen nombres que impresionan. Pero ahora se jodieron- pensó -porque les cagué el negocio. La mía tiene el sello de calidad, es la legítima patroncita de los pobres, es la Mamá de los Tomates. Ningún faro ni ninguna agua viva la van a banquiar Donde quiera que esté, Virgencita, siguió cavilando Renato, quédese ahí. Péguese un buen raid. Dese unas vacaciones que las tiene bien merecidas.
Mientras saboreaba sus delirios recordó que necesitaba un nombre como las otras iglesias: ¿Qué tal “La Rosa de Renato”?; no, eso suena muy aplayado. Tal vez algo más de impacto: “El Dragón Come Pecados de Renato”; ese suena a película de karatecas chinos. No importa el nombre, concluyó, lo importante es que hay muchos fieles. Palpó en sus bolsillos el puño de monedas de la última recolecta y por fin, frente a su camón, se dejó caer.
Repentinamente, un ardor empezó a subirle por las piernas. Las monedas en su bolsillo eran metal candente que le quemaba la piel. El ardor le subió hasta la frente. Todo quemaba como hoguera en el centro del infierno.
-Devolvé toda esa plata, Renacuajo. Con la fe no se juega- oyó que le decían. Daba vueltas y vueltas en la cama buscando de dónde venía la voz.
-Por tu culpa estoy penando. No me hagás sufrir más- volvió a escuchar. Esta vez reconoció la voz: era su abuela. Él no sabía dónde estaba pero era su abuela.
No sentía miedo. Más bien le daba rabia oír su voz otra vez. ¿A qué venía esta regañada? ¿No estaba tranquila en su tumba? Siempre con sus habladitas de la honestidad y la resignación. Todavía viva, después de agarrarle a patadas la cocina, le gritó que de eso no se comía. Que los pobres que son honestos se mueren de hambre. Y ahora volvía con ese rosario de majaderías. Podía aparecerse con los siete demonios del infierno si le daba la gana y eso no iba a cambiarlo. Este mundo es de los vivos. Los tontos se pasan golpeándose el pecho frente a imágenes de piedra que nunca los oirán. Los milagros sólo son consuelo de pendejos.
Dos bestias, mitad demonios, mitad abuela, lo jalaban de las orejas y acercaban sus fauces hediondas a azufre. Vomitaban ceniza y piedras candentes. Renato gritaba desesperado pero nadie lo escuchaba. La sábana lo mecía. Era un muñequito de hojas secas a punto de consumirse en la hoguera.
-Sos un grandísimo huevón- oyó que le decía una voz cavernosa. Renato sacudió la cara y se palpó las monedas en el bolsillo que sintió frías como sus manos. Frente a él, de pie, Rataseca sonreía tratando de levantarlo. Para su alivio, la abuela se había esfumado en el humo de un sueño, aunque su corazón aun resentía la regañada en una palpitación trepidante
-Estuviste buenísimo con los de la televisión.- continuó Rataseca- Hasta yo casi me trago el cuento. Dividamos la harina y todo tuanis.
Renato ajustó sus ojos a la mañana y confrontó a Rataseca. Él sabía que su socio no tenía seso para los negocios. No podía mirar a futuro como él. Quiso hacerle entender que ese era su capital de inversión, que a un futuro cercano la iglesia de Renato sería la mezquita de los pobres de San José. Como aquellos profetas visionarios de la Biblia, él veía pueblos invocando su nombre.
Rataseca sólo quería una noche de parranda con su parte de la recolecta. ¿A quién le interesaba ser profeta o predicador?
-Yo creo que te la fumaste muy verde-dijo Rataseca.
-¿Esa jupota la tenés de adorno? No entendés que esto es un negociazo- dijo Renato.
-Yo quiero mi parte ya, sino, te echo al agua. Quiero ver cómo te guindan de los huevos ese montón de gente cabriada- dijo Rataseca.
-¿Y vos no estás también en la jugada? A vos también te guindan de los huevos -dijo Renato.
La cosa se puso más candente que la aprobación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Renato veía las perspectivas de enriquecimiento personal muy claras, y la inversión era poca: sólo había que convencer a los ingenuos. Rataseca se rascaba su cabezota tratando de entender pero no entendía; para él, esa devoción repentina a la Virgen era sólo una moda pasajera; cuando la gente se diera cuenta de que era un timo, realmente podrían colgarlos de los huevos.
Llegaron a un punto muerto de negociación y Rataseca decidió ir a echarse una miada en el caño de atrás.
Renato seguía sintiendo en el ambiente un olorcillo extraño; ese olor a flores de muerto que hay en las funerarias. La abuela se había ido pero había dejado su aroma. La abuela Chana era persistente y tozuda como pocas mujeres, cuando se le metía algo entre teta y teta, no descansaba hasta conseguirlo. Él sabía que iba a volver. Pero quien volvió fue Rataseca con la cara pálida y el pantalón todo miado.
-¡Hay un muerto ahí atrás! ¡Jueputa Renato! ¡Te echaste a un maje y lo dejaste tirado en el caño!
Ambos fueron a confirmar: un hombre con un golpe en la cabeza estaba tirado en la zanja. Lo examinaron y, efectivamente, no tenía señales de vida.
Renato lo reconoció: era el mismo tipo que quería comprarle droga hace un rato en la gruta.
-¡A la puta! ¡Ahora sí nos jodimos! Este muerto me lo van a clavar a mí y se acabó mi carrera de iluminado- gimió Renato.
-¿Nos jodimos?- protestó Rataseca- Ese muerto es tuyo, estaba en tu rancho.
Renato apeló a la ley de solidaridad entre maleantes: la bronca era de los dos o él lo acusaba ante la policía. Ante principios tan contundentes, Rataseca no tuvo más alternativa que asumir como suyo el problema.
Renato no podía explicarse cómo llegó ese cadáver ahí hasta que recordó el sueño con la abuela: ¡vieja hijueputa!, pensó, vos lo dejaste ahí para joderme por lo de la Virgen.
Un grupo de personas que habían llegado de otros barrios, enterados de la noticia de la aparición, querían ver a Renato y subían las escaleras de tierra, como quien sube las escaleras del Cielo, para encontrarse con la Gracia Divina; pero la Gracia estaba en desgracia. Rataseca, hombre experimentado en asuntos de cadáveres, resolvió cargar el muerto y sentarlo en un viejo sillón en la covacha de Renato… ¡Eso se llama ingenio! ¡Eso se llama inteligencia y sagacidad! Sólo sería un amigo que se quedó dormido después de una borrachera. Un pobre desgraciado a quien Renato, el iluminado, trataba de apartar del camino del mal.
A unos metros de la covacha de Renato, la gente venía cantando a la Virgen. Algunos de ellos pertenecían al equipo de fútbol del barrio. Querían que la Virgen los ayudara para llegar a segundas divisiones. Después de todo no sólo los futbolistas de la Selección Nacional tenían derecho a consagrarle sus patas a la virgencita.

24

Conforme avanza, Ana María recibe toda clase de demostraciones: las gentes se le acercan para verla y tomarle fotos, otras tratan de tocarla o darle la mano o pedirle que interceda por ellas mientras murmuran es “la señora del milagro”. Tanta atención la perturba bastante, no sabe qué hacer y sólo acata a apresurar el paso.
De repente, una jovencita viene corriendo y le entrega su bebé pidiéndole ayuda para que la Virgencita se lo cure. –Es que tiene días de estar malito, no quiere comer nada –le dice la muchacha llorando. Al recibirlo en sus brazos, Ana María exclama: -Pero, ¡Por Dios! Este chiquito está hirviendo en calentura y parece deshidratado, corramos al puesto de la Cruz Roja. Corrieron. Ahí coinciden con lo dicho por Ana María que aprovecha un rinconcito de la carpa para cambiarse la sudadera por una camiseta que trae en su salveque e intercambiar con la cruzrojista el sombrero, por una gorra azul. De esa manera podrá pasar desapercibida. Al salir busca a Berta pero no la ve por ninguna parte, aunque no le hace mucha gracia continuar sola, no se preocupa mucho porque ya habían planeado que en caso de perderse, se encontrarían en la casa de las primas por la calle principal de Cartago.
-¡Madrecita mía! Ya me hiciste un milagro y no debería hacerte más peticiones, pero por favor no desampares a ese bebecito y que aparezcan la chiquita que se perdió y tu imagen –murmura Ana María. Y continúa diciéndose: – Estoy segura que Martita viene para algo bueno. Sería lindo que también Ilse apareciera, pero, ¡Perdón Virgencita! Te estoy pidiendo mucho ¿Verdad? Entonces recuerda la vez que se le ocurrió visitar a esta otra hija. Al marido de Ilse lo habían trasladado a Frankfurt, y cuando arribo a esa ciudad desde Madrid, y fue a saludarlos, para su sorpresa la recibieron con una actitud bastante indiferente y fría, tanto así, que Ana María tomó la taza de té que le ofrecieron y se despidió rápidamente. Ni su hija ni el yerno, le pidieron que se quedara. Tampoco conoció a los nietos porque andaban en un campamento de verano. Llegó al hotel muy triste y pasó encerrada varios días con la esperanza de que la llamaran, pero fue en vano. Recapacitando, decidió aprovechar que se encontraba cerca del pueblo del abuelo para ir a conocer unos familiares. Allí fue muy bien acogida por una prima lejana y su familia. Insistieron en que pasara con ellos el resto del verano y viajaron por lugares muy lindos. – Nunca se me olvidara el paseo por la Selva Negra, qué belleza de recorrido hicimos pasando por toda la campiña, pueblos y ciudades de este país. ¡Cómo hablé en alemán! Por dicha papá siempre insistió en que aprendiera esa lengua. Virgencita pido para que intercedas por él, por su descanso eterno.
Ana María no puede detener una lágrima que baja por su mejilla, el recuerdo de su papá siempre la pone nostálgica. Recuerda cómo se opuso a su relación con Roberto, pero ante su cabezonada y enamoramiento no tuvo más opción que ceder, era la hijita de su corazón. Todo lo que tuvo que inventar después para que él no se diera cuenta de las barbaridades de su marido. Todavía se estremece al recordar cuando su papá se presentó de improviso en la finca, como si lo hubiera sabido, al día siguiente de una tremenda golpiza. Ella se lo ocultó diciendo que se había caído del caballo, pero siempre estuvo segura que él no le creyó. Se la trajo para San José cuidándola con inmensa ternura y rogándole que se quedara con ellos, pero tampoco le hizo caso, sabía que su marido era capaz de hacer un escándalo.
Pasaron varios años para que su papá le volviera a hablar, cuando ella venía a San José, se encerraba en su despacho o regresaba tarde del hospital. No fue hasta que su mamá enfermó de gravedad y entre los dos la cuidaron hasta su muerte, que él volvió a hablarle y nunca comentó nada de lo pasado. -¡Oh! papá –piensa –siempre entregado a los demás, ¡creo que no ha habido un médico que lo iguale! ¿Qué hubiera pasado, papito, de haberte hecho caso? ¿Vos crees que mis hijas se hubieran portado diferente conmigo? Tal vez ahora no estarían tan resentidas por haberlas traído tan chiquitas a tu casa. Yo sé –murmura entre dientes- que se agravó más cuando se enteraron que su papá había heredado todas las fincas a ese mierdoso, hijo putativo, cómo le decían con desprecio. Por más que traté de persuadirlas, se la emprendieron conmigo, a pesar de que ellas recibieron una buena herencia, otra vez fui la culpable. Yo nunca quise contarles de las cosas de su papá, de sus maltratos y golpes. Por más que trato de entender por qué permití todos esos abusos no encuentro respuesta o ¿Será que no quiero tenerla? … Nunca pude explicarles que para mí era mejor no tener esas tierras porque no hubiera podido administrarlas en aquel momento y ellas no creo que estuvieran dispuestas a hacerlo. Ese muchacho ha sabido manejar muy bien toda su herencia y al final de las cosechas me participa de las ganancias obtenidas por la venta del café. Vive más pendiente de mí que las verdaderas hijas.
Aunque nunca volvió a la finca sabe que Carlos Roberto mantiene impecable la casa vieja y siempre dice que se la va a llevar a vivir allí cuando esté viejita para cuidarla como ella lo hizo con él.
-Parece mentira pero ha sido mejor hijo que Martita e Ilse. ¡No quiero pensar así, Virgencita!, porque has intercedido para hacerme el milagro de traer a una de ellas, en su voz sentí que me quiere. ¡Gracias Madrecita! Ya no voy a pensar más, ahorita te prometo que me pongo a rezar en serio ese rosario que he venido interrumpiendo.
Por un instante detiene su caminar, se arrecuesta al muro de una casa y reacciona dándose cuenta que ya entró a Cartago. ¿En qué momento lo hizo? Venía ensimismada en sus pensamientos. Se queda mirando la calle que se le hace desconocida y se asusta, observa a los otros romeros que vienen por la misma ruta y decide seguirlos todavía algo desconcertada.
-¡No te digo! Virgencita, si seré despistada –dice en voz baja –estoy acostumbrada a entrar en carro por la otra calle, pero claro, está también lleva a la Basílica. Voy a sentarme un ratito en esa grada para tomar agua, hasta ahora no me doy cuenta de la sed y el hambre que traigo.
Abre el salveque y saca un sándwich bastante aplastado y caliente como el agua que bebe, ella tan meticulosa arruga la nariz pero se lo come con ganas, se acuerda que lo metió en la bolsa plática para evitar el peso si lo traía en una cajita. Y se dice: -¡Madrecita! ¿Qué ha pasado con tu imagen? Es capaz que ya está de vuelta en el altar y ni cuenta me he dado. Voy a apurarme para llegar a verla, porque espero que se encuentre allí, aunque sé que no es necesario, Ella estará allá y aquí y en todas partes. Acomoda el salveque en su espalda persignándose mientras se pone de pie con bastante dificultad, tanto que se sienta nuevamente para masejear sus piernas. Preocupada por el fuerte dolor de pantorrillas y cintura, decide volver a pararse para continuar antes que un calambre se lo impida. Sabe que no puede fallar, hay un milagro ya cumplido de por medio. Alza su mirada y ve al otro lado de la calle, entrando por un quicio de puerta oscuro, a una monja que se vuelve fijando sus ojos en los de ella y ambas sonríen. Decide cruzar la calle y pedirle que le permita usar un baño, no se había percatado de las ganas que tenía de orinar. Toca la puerta varias veces, pero no abren. Una señora vecina se asoma por su ventana y le explica que allí no vive nadie desde hace varios años y muy amable le ofrece el servicio. Ana María acepta y cuando está en el baño recuerda a la otra monja que vieron por el Paseo Colón y como llevaba en las manos una imagen de la virgen, y siente un escalofrío a pesar de estar sudando por el calor casi del mediodía. Perpleja se mira al espejo y dice en voz alta: -¡Madre mía! ¡Estoy alucinando! ¿Será el cansancio? Entonces se lava la cara con abundante agua fría, la seca y se pone filtro solar, por un instante se observa demacrada y vieja, pero reacciona pensando que ella no se siente así y sale rápidamente, agradece a la señora su ayuda y vuelve a la calle para avanzar con paso lento hacia la Basílica.

25

Greivin se entrevistó con el pobre caballista cuando los medios de comunicación y el molote general se lo permitieron. Una media hora, habrían hablado. El buen hombre estaba dispuesto a contarle su historia a cualquiera, ¡deseaba hacerlo!, como si con eso pudiera enmendar un poco el pasado. Ni siquiera le preguntó quién era ni con qué derecho se atrevía a interrogarlo. Greivin, por su parte, trató de seguir el consejo de los maestros: hacer preguntas aunque parezcan absurdas, escuchar los detalles que dicen los otros aunque parezcan irrelevantes o inconducentes.
Pero ahora Greivin estaba sentado en una piedra a la orilla de la carretera de Ochomogo, mirando los zapatos de los romeros, sintiéndose en un callejón sin salida. “De algún modo todo tiene sentido”, pensaba embotado. Pero esto no lograba sino ofuscarlo más: “Aquí y ahora todo tiene un sentido y yo no soy capaz de verlo”, pensó exasperado, recorriendo con la mirada los suaves montes de Ochomogo.
Qué feos le parecieron… Se quedó pensando en eso: ¿por qué le parecían tan feos de repente? Se detuvo a analizar lo que desde dentro hacía que le parecieran hasta siniestros… Éste era el último lugar en que Paola había sido vista con vida. Fotos de la niña estaban saliendo constantemente en la televisión y nadie decía haberla visto. Eso era lo horrible; quizás el criminal había pasado cerca de esa piedra en que él estaba sentado ahora, con la pequeña Paola secuestrada. A Cartago no la llevó, claro… sería meterse en la boca del lobo… ¿A San José…? Puede ser. El criminal pilló a Paola en Ochomogo y lo más sensato era sacarla de la multitud, alejarse con ella…
Greivin miró de nuevo los cerros de Ochomogo y se imaginó a un hombre grande huyendo por ahí con la niña. Por eso le parecían tan feos ahora esos montes. Pero claro: esto era una ensoñación, no una pista.
No resolvería el caso. No podría. Estaba lejos de las posibilidades de un simple humano. Tal vez si tuviera perros, helicópteros, cien hombres a su mando… O sea, si Paola fuera la hija del presidente de Estados Unidos y él, el jefe del FBI.
¿Qué hacer ahora? Estaba desempleado, recordó. Por un momento pensó en bajar a Cartago, siguiendo la corriente. Pero él mismo se rió de ese absurdo impulso. Deseaba huir de la gente. En eso se parecía él al psicópata que buscaba. Se puso de pie, tomó aire y decidió dar un paseo saliéndose de la carretera para alejarse de la gente, hacia las laderas de Ochomogo. Así echó a andar hacia los cerros, por un camino sin asfaltar montes arriba, más por deambular y pasear su desazón que por tener una idea en mente.
Cuando ya dejaba la carretera y el río de gente atrás, aún pensó: “Se me olvidó preguntarle al caballista por qué iba a Cartago, cuál era su petición por esta romería”. De repente sintió deseos de poder saber los favores que iba a pedir o a agradecer cada uno de los romeros. Recordó a una señora que había salido en la tele hacía unas horas, porque se le había hecho un milagro. ¿Qué sería, a qué llamaría ella “milagro”? Y estaba pensando “¿qué le estaría pidiendo Amelia a la Virgen?, cuando un objeto en el suelo llamó su atención. Era un reloj de hombre. Un reloj nada barato, no de lujo, pero de cierto precio. Lo curioso es que no parecía que se hubiera desprendido por rotura, sino que estaba en perfecto estado, ahí, en el suelo, a la orilla del camino. Greivin se lo echó en el bolsillo y siguió andando.
Un hombre mayor estaba sentado en el corredor de su casa, mirando hacia el camino de grava. Greivin se acercó a hablarle. Lo saludó y le preguntó si pasaba mucha gente por ahí. El hombre lo miró extrañado y su respuesta fue literalmente:
-No… Bueno, sí… Más o menos. Pasa gente. No mucha. Pero a veces.
Greivin le enseñó el reloj y le preguntó si no sabía de quién podría ser. El hombre miró a Greivin aún más extrañado.
-Diay… de alguien que iría muy precisado-, bromeó al fin. Pero se notaba que le incomodaba que Greivin extendiera el reloj ante sus ojos, como si le estuviera poniendo enfrente un fajo de billetes.
-¿Por aquí es tranquilo? –le preguntó Greivin. A lo que el hombre:
-Diay… más o menos… ya no como antes… Sí, tranquilo.
Greivin se le acercó, cauteloso, pero dejando ver su preocupación:
-Señor, ¿usted no vio pasar a alguien diferente… o sea, a un desconocido? –le preguntó, contagiado de su estilo ambiguo.
El hombre se quedó pensativo. Pareció recordar algo, hasta que respondió:
-Sí… Pasaron algunos desconocidos… pero eran los de siempre.
Greivin suspiró para sus adentros, como quien dice, y siguió su camino, arrastrando sus ánimos cada vez más escasos.
Cuando de repente, en una vuelta del camino, encontró algo aún más sorprendente que el reloj: unos pantalones de hombre, también ellos ni muy baratos ni muy caros, tirados en el monte, pero sin desgarros ni roturas; era raro, abandonados, pero intactos. Greivin se agachó y los juntó del suelo. Extrañado, dobló los pantalones y siguió andando con ellos bajo el brazo, pero no ya por el camino, sino internándose en el potrero frente al cual los había encontrado.
El terreno empezaba a descender, claramente hacia la rivera de un riachuelo protegido por una hilera de árboles que ya se empezaba a ver a unos treinta metros. El ganado lechero que ahí pastaba se quedó mirando a Greivin, a quien sólo se le pasó el susto cuando tuvo certeza de que eran vacas y no toros. Siguiendo la bajada, algo blanco y resplandeciente llamó su atención. Cuando se acercó, encontró la camisa blanca que, sin duda, había alguna vez acompañado a los pantalones que acababa de encontrar. La cosa lo intrigaba pero no lo asustaba ni le daba señales de peligro, pues también la camisa estaba intacta, sin señales de violencia. Más divertido que otra cosa, siguió esa especie de pistas misteriosas y juguetonas.
Hasta que al fin, al llegar a la orilla del río, distinguió a lo lejos a quien de seguro era el dueño de aquellas prendas: semidesnudo, con sólo camiseta y medias, sentado en una piedra en mitad del agua, estaba un hombre quieto, quieto como una estatua.
Greivin se acercó hasta él, siguiendo la rivera. En este breve trayecto, aún tuvo tiempo de ver los zapatos y los calzoncillos desperdigados por ahí.
-¡Señor, oiga, señor!
Nada.
-¡Ey, señor!
Después de varios llamados, el hombre al fin se giró muy lentamente a mirar a Greivin, a quien ya tenía a escasos dos metros. Pero esto no cambió nada. Era como si mirara desde otro mundo. Estaba totalmente ido.
Greivin se metió al riachuelo sin descalzarse. Temió que le hombre se asustara, pero no se inmutó.
-¿Esto es suyo? –le preguntó enseñándole el reloj.
El hombre, sin mediar palabra, cogió el reloj y empezó a golpearse los hombros con él, como si de un látigo se tratara.
-¡Nooo! –Greivin lo detuvo-. Venga, salgamos de aquí, que se va a resfriar.
Entonces el hombre reaccionó. Se sacudió como alejando a Greivin y empezó a decir, desesperado pero sin levantar la voz:
-Penitenciagite, penitenciagite. –decía una y otra vez, como en una letanía-: Penitenciagite, penitenciagite.
Greivin algo de latín entendía, por un par de cursos de la universidad. Pero no hacía falta saber latín para entender que aquel hombre hablaba de arrepentimiento, de penitencia y su gesto indicaba que deseaba castigarse.
-Ya pasó, ya pasó –se le ocurrió decirle a Greivin, tranquilizándolo. Y de algo sirvió, pues el hombre se dejó conducir hasta la orilla del río.
-¿Quiere que lo lleve a su casa? Vístase y lo acompaño… ¿Usted es de por aquí?
-Cartago delenda est –murmuró el hombre y también esta frase la repitió varias veces-: Cartago delenda est, Cartago delenda est…
Se veía totalmente desvalido, pálido y con los labios amoratados del frío.
-Tome, vístase –insistió Greivin ofreciéndole el pantalón.
Pero el hombre tenía la mirada cada vez más extraviada y asustada, como si escuchara voces terribles dentro de él. Estaba a punto de tener un ataque psicótico. Greivin, tratando de adelantarse al colapso, pensó en preguntarle por algo que le evocara algo de calor y paz. Con calculada suavidad maternal, tratando de enganchar en la mente de aquel loco, le dijo:
-Vamos y lo llevo donde su mamá. ¿Adónde está su mamá?
Pero Greivin no pudo ni terminar la frase, que tuvo un efecto de pólvora en el disturbado nudista. Salió corriendo por el potrero, vociferando:
-Mater profanada est! Mater profanada est!
Greivin salió corriendo tras él, bajo las miradas impávidas de las vacas. Cuando ya le iba a dar alcance, el hombre se lanzó sobre una enorme y humeante boñiga y comenzó a retorcerse en ella hasta quedar embadurnado por completo.
“Ay, Dios mío –se dijo Greivin-, a mí quién me tiene. Pensar que yo en este momento podría estar viendo tele en mi casa”.
Pero no había terminado de decirse esta frase, cuando al lanzar los pantalones hallados al suelo para rescatar al loco, vio salir unos papeles de los bolsillos. Greivin los recogió y los examinó, mientras el otro seguía a sus anchas dándose un baño terapéutico de boñiga.
Los papeles eran recortes de periódico algo antiguos, cortados como con bisturí y
doblados con meticulosidad, claro resultado de una mente maniática y obsesiva.

Leyó
LA “VESTICIÓN”. Cientos de ojos se fijaron en el cura párroco de Cartago, Jorge Calvo, quien colocó el vestido a “La Negrita”. El sacerdote concluyó poco antes del mediodía la selección del vestido que protege el atavío de oro y piedras preciosas que cubre a la imagen de la Vírgen durante el resto del año.
(Periódico La Repùblica , 30 de julio de 1997).
Peregrinos y devoción en Cartago. No importó la lluvia, el frío, el cansancio y la interminable cuesta del cerro Ochomogo. Miles de peregrinos caminaron ayer con un montón de promesas encima para verterlas en el altar de la Virgen de Los Ángeles.”
Cura elimina tradición de vestidos para La Negrita.-
(Periódico La Prensa Libre, 30 de julio de 1977).
¨Virgen de los Angeles usará uno que cofecciónarán las monjas. Periódico La Nación, 30 de julio de 1977. Decenas de personas le hacían trajecitos a la Negrita

Virgen de los Ángeles usará uno que confeccionarán las monjas.-
(Periódico La Nación, 30 de julio de 1977).
Párroco alega que ‘vestición’ retrasa oficios religiosos del 1.° de agosto– Fernando Gutiérrez C. Corresponsal en Cartago.Este 1.° de agosto, la Virgen de los Ángeles no se probará los centenares de vestidos que los feligreses solían confeccionarle como prueba de su devoción y gratitud. La tradición, conocida popularmente como la “vestición” y que data desde 1980, la eliminó el párroco de la basílica de Nuestra Señora de Los Ángeles, Jorge Eddy Solórzano, quien adujo que retrasa mucho los oficios religiosos que se llevan a cabo ese día. Este año, el vestido para La Negrita se escogerá entre tres modelos que harán tres congregaciones de monjas, ya seleccionadas.
Monseñor José Francisco Ulloa, obispo de Cartago, apoyó la medida pues dijo que se dedicaban dos meses a recibir, escoger y devolver los trajecitos. Según Ulloa, en lugar de la ceremonia de “vestición”, este año se hará una bendición de todos los atuendos que lleven los devotos. Agregó: “Esperamos que el cambio sea bien recibido por los fieles católicos, especialmente en este país de tanta devoción mariana, pero también estamos abiertos a valorar si esta nueva decisión es la mejor”.
El año anterior, los devotos de la Virgen, procedentes de todo el país, llevaron 1.200 vestiditos al santuario nacional en Cartago. Si bien la tradición comenzó formalmente hace 27 años, fue en 1950 cuando la imagen vistió su primer traje de tela. Antes lucía un atuendo hecho en oro.
Devoción. Muchas de las personas que llevaban los trajes lo hacían con el propósito de pagar una promesa o pedir un milagro a la Patrona de Costa Rica.La actividad se realizaba siempre el 1.° de agosto, a las 10 a. m. , en el templete de la basílica.Después de la ceremonia, católicos de todo el país regresaban a sus hogares con la satisfacción de haber honrado, con una confección propia, a la Madre de Jesús.
“Se está poniendo en vilo la fe de las personas”, consideró Alba Muñoz, vecina de San Blas, Cartago. “Yo, a pesar de ser guanacasteca, siempre he participado. Se está maltratando la fe. “Todos los años le regalo un vestido y con ellos he visto muchos milagros. No nos van a quitar ese legado; por favor, no”, recalcó. De igual forma reaccionó Luis Vargas Ramírez, de Pavas, San José, quien consideró la “vestición” como una de las tradiciones más auténticas. “Es una lástima, me ha dolido mucho”, manifestó. Otros fieles, como Marina Benitez, vecina de León XIII, Tibás, respaldó la medida.“Yo siempre he pensado en tanta gente que hace vestidos, tanta gente que se pulía y solo escogían uno…”, declaró. Colaboraron Emilia Mora y Yendri Miranda.

Las frases en latín que había dicho, más una ojeada a los recortes, llevaron a Greivin a sospechar que aquel hombre había enloquecido por el robo de la Virgen.

26

Sin dejar de abrazar a la muñequita de piedra Paola busca algo que le sirva para abrigar a la nueva amiga. –Porque ¿somos amigas verdad? Y seguro que tenés tanto o más frío que yo. Mirá aquí hay un papel de cigarro, y aquí otro. No es dorado, pero plateado te puede quedar bien y la bolsa la abrimos y la doblamos… Paola se sienta en el suelo y con toda la paciencia del mundo, a esas horas despierto en su mitad occidental y lejano en cualquiera de sus movimientos diarios, empieza a construir un vestido para la pequeña escultura de la virgen. De sus manos poco a poco salen pedazos de papel que van conformando un faldón abierto por detrás, con pechera plateada perfectamente planchada por sus dedos y un pequeño velo encapuchado de alguna hoja perdida y seca, similar a un encaje de fibra vegetal fosilizada. – Así te ves linda virgencita, como para ir a la iglesia a hacer la primera comunión o a casarse…pero ya sé, ya sé, no me digas nada que no soy tonta, las vírgenes no se casan, mi abuela me lo dijo, se entregan al mundo y a Dios. Pero como estamos jugando podemos hacer que… ta,ta,tata, ta,ta,tata.
Paola se pone de pie y hace que marcha con la imagen de la virgen de frente. Sonríe por un segundo y después queda en medio de la bodega quieta. – No, no quiero acordarme de nada Mamá, porque de qué me sirve si ninguno de ustedes, y ni siquiera Fabián, que es tan mañoso pueden encontrarme aquí. Mamá, Te quiero Mami, Papi, Abue. ¡Mamá me estoy orinando que hago! Paola se queda viendo a la Virgen unos segundos mientras las lagrimas con voluntad férrea se abstienen de salir. -Ya no estoy llorando Mami. ¿Ves? Ni una sola. Ya soy grande. Paola respira, saca el pecho y se dirige a una esquina. Allí barre con el pie el suelo oscuro y con la gracia de una princesa medieval se acuclilla. La virgen la acompaña puesta sobre la orilla del comedero y vestida ahora de gala.
– Ya sé, juguemos a que le ponemos nombre al niño – dice Paola mirando la imagen. Pero que no sea niño Dios verdad, ese ya no se vale. Paola sonríe con tristeza y se levanta. Toma a la negrita para acunarla y se acerca a los tablones mal pegados de la pared donde esta la puerta con la cadena y el candado.
– Juguemos en el bosque mientras que el lobo no está. Juguemos en el bosque, mientras que el lobo no está-. Casi canta pero más bien susurra, poniendo atención a los espacios que quedan libres entre tablón y tablón. De pronto una idea se apodera de su mente ¿Podrá pasar ella por ahí?

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