“Milagros Sueltos” Entrega final

28 05 2008

P.

Bambolea las pequeñas piernas sentada en el sillón imaginándose ser del tamaño de su madre. Ser grande, ¡cuánto desea ser grande!

Paola no puede creer que la hayan dejado sola con la abuela, mientras que Fabián, su hermano mayor, solo por un año más de vida, y sus papás, siempre tan complacientes con él y no con ella, cierran la puerta principal, para dar inicio a su participación en la caminata anual de los peregrinos hasta la ciudad de Cartago, hogar de la Virgen de Los Ángeles.

Por las calles de San José durante ese primero de agosto desfila toda suerte de romeros, que desde todos los rincones del país caminan con promesas por cumplir o favores por conceder.

Ella lo sabe muy bien porque han salido en la tele y todo el mundo habla de eso, y tampoco hay que ser grande para reconocer que se trata de todas esas gentes que pasan en frente de su calle con mochilas y sombreros para el sol.

Pero las cosas no se van a quedar así, pensó Paola enrabiada de los pies a la cabeza, sintiendo cómo una espiral de hormigas se le subía a la coronilla, lo que le sucedía cada vez que montaba en cólera. Hizo un nudo con la boca y levantó la barbilla, gesto que presidió la absoluta certeza de que también ella iría.

No le importaba ir sola, tampoco en ese momento cayó en cuenta de que acababan de sonar en el reloj de la sala las seis campanadas vespertinas.

Ciega de ira y resuelta a emprender la romería, tomó el suéter azul que usaba en la escuela como parte de su uniforme y, aprovechando que su abuela estaba en la cocina, se lanzó a la calle a toda prisa.

Paola camina y todavía no puede creer que no la hayan querido llevar a ella también a la romería. ¡Si ya tenía diez años! Ya no era ningún bebé y se lo demostraría a sus papás y a su hermano. Ya verían, seguro que llegaba ella antes, ya verían…

Paola nunca había hecho semejante caminata, ni siquiera sabía cómo salir de la ciudad de San José en dirección a Cartago y, mucho menos, cómo llegar hasta la Basílica de Nuestra Señora de Los Ángeles, madre de todos los patriarcas de Costa Rica y gran cumplidora de encargos, pero empezó a caminar con la energía de una niña de diez años en dirección a donde todos caminaban; el este, el lugar contrario a donde se estaba ocultando el Sol justo en ese momento.

Agosto en San José tenía la magia de dar respiros veraneros, alejando los aguaceros con intermitencia desconocida por todos los pronósticos del clima, radiales, televisivos y escritos en la prensa.

La noche inició cálida su aparición en las calles repletas de gente que en parejas, en grupos y a solas, caminaba cantando, rezando, hablando, riendo o respirando en silencio.

El espíritu de Paola se fue amansando conforme las avenidas dejaban los barrios para adentrarse en otra suerte de calles más angostas y alejadas de todo su mundo conocido. A ambos lados de estas calles empezó a ver ventas de comida, de refrescos y agua, de recuerdos de la Virgen en forma de muñequitas de piedra oscura, cubiertas con un manto que parecía bordado con oro. También vio baterías de baños justo en el momento en que recordó que no llevaba dinero, y tampoco el celular que le habían regalado para el cumpleaños por cualquier emergencia. Todavía no tenía ganas de ir al baño pero ¿y si le daban? No importa. Aguantaría. Aguantaría con tal de ver la cara que haría Fabián cuando la viera a ella, su dizque hermanita menor, frente al altar de la Virgen.

Paola dejó de ver los cientos de zapatos que se movían delante de sus ojos, porque la oscuridad de la noche le pedía ver hacia lo lejos.

El viento que merodeaba en los cerros del Ochomogo empezó a rondar a los romeros moviendo con suavidad los árboles que bordeaban esa parte del camino. Se cerró el suéter hasta el cuello. Un par de muchachos pasó a su lado corriendo y casi la botan. Qué raro, pensó, ¿por qué corren si esto es una romería? ¿No debería ir todo el mundo prometiendo ser mejor, como le había dicho su abuela?

¿Es que no me voy a encontrar ninguna cara conocida en toda esta caminata, ninguna amiga o compañera de la escuela?

Conforme la calle se empinaba empezó a sentir sed, pero allí ya estaba segura de que entre ese montón de gente no había tubos de agua como en su escuela, así que empezó a buscar a la Cruz Roja. Por la conversación en el almuerzo en su casa, cuando todavía no sabía que ella no iría, supo que tendrían puestos de socorro.

No tardó mucho en ver la bandera y luego la tienda. Se acercó a pedir agua. Un hombre con un casco y una gabacha blanca le preguntó que con quién venía y ella, sin pensarlo dos veces, dijo que sola, pero que sus papás iban adelante. Le regalaron agua embotellada y unos sobrecitos con ungüento para los dolores musculares. ¿Falta mucho?, preguntó. El hombre se sonrió y le tocó con cariño la cabeza mirando con complicidad a otro joven que también vestía con gabacha y que, en ese momento pasaba una tira de hule rojo muy apretada por el brazo descubierto de una señora. -Solo subir esta montaña, -le contestaron- del otro lado está Cartago.

Miró la cuesta que se alargaba a un lado de la autopista, iluminada por múltiples líneas fosforescentes por el continuo tránsito nocturno. La espiral de hormigas de su cabeza ha desaparecido de pronto y más que retar a sus padres, ahora piensa que lo más bonito que le podía ocurrir, sería verlos entre las primeras filas de gente que va alcanzando. Un sudor frío avanzó por su cuerpo cubriéndola desde la espalda hasta las manos. Ese abrazo dado por su mamá, y que ahora recordaba en ese momento, podría darle mucho ánimo. Se puso la capucha sobre la cabeza para que nadie la viera con los ojos mojados, y tomó un sorbo de agua de la botella.

Desde atrás su silueta pequeña se confunde con la muchedumbre. Es tan solo una niña pequeña con coraje; una prueba grande para la Virgen esa noche tan solicitada por todos.

Detrás de la niña que no va de la mano de nadie, un adulto empieza a caminar. No adelanta, no atrasa, no se desvía. Quiere seguir detrás de ese cuerpo menudo que observa desde hace rato. Sus manos están dando vueltas dentro de los bolsillos de la chaqueta. Los dedos buscan y encuentran varios chocolates.


D.

A pesar de las innegables atenciones con que agasajaba a sus huéspedes, doña Cloti anunció sin previo aviso que desde esa noche y hasta pasada la celebración de la Virgen, quedaban clausuradas las bebidas alcohólicas en la pensión. Sorprendido ante la inesperada noticia, en un tono displicente y seco, a Darío le salió del alma el comentario.

-¡Sinceramente, me parece que usted exagera, señora!

No se habría añadido nada más si no hubiera sido porque también a doña Cloti hacía días que le cosquilleaban en la lengua las ganas de reprender al inquilino por su extraño comportamiento. En su momento hasta le preparó un té de hierbas que ella misma había ido a escoger al mercado, porque pensaba que su aire taciturno era fruto de alguna debilidad física. Pero era engaño de ella, que le creyó, por su lindura y la apatía que mostraba por las cosas, más delicado y frágil de lo que era. A los pocos días sabía que el muchacho no sufría dolencia alguna. Bien que le sobraban fuerza y mala intención para regresar cada noche a las tantas, con los ojos que a ella se le figuraban como de poseído, abusando de su paciencia para abrir la cancela a cualquier hora; y ahora su forma de reaccionar ya era inadmisible. Su casa, donde se jactaba de dar un trato acogedor y familiar a todo el mundo, no era un lugar sólo para dormir. Esto lo reflejaban las postales y fotografías que numerosos huéspedes le enviaban a menudo, y a los que únicamente había pedido cumplir con las normas del decoro. ¡Y, pues!, si no le gustaba aceptar las tradiciones locales y qué pena para un español, podía ir a buscar la bebida a otra parte, porque, desde luego, las cervezas que ella sabía que guardaba en la nevera del cuarto, habían sido requisadas.

-Mire, doña Cloti, -quiso zanjar Darío, incorporándose de la silla donde había pretendido leer la prensa- parece que no me queda más remedio que someter mi libertad a la tiranía de sus creencias -y echando más leña al fuego al levantarse y darle la espalda para entrar en su cuarto a verificar la incautación, vino a sentenciar: – si este país quiere progreso, algún día tendrá que separar las cosas de Dios de las del César.

Rebufó la buena señora, más por lo que sintió como un gesto de desprecio que por las palabras dichas, hilvanó nuevamente sus argumentos e inclinando su cabeza contra la puerta del dormitorio, para que el joven le pudiera oír, dijo:

-Mejor haría usted si fuera menos grosero, muchacho, y defendiera valores cristianos. Más le valdría ir de peregrino, que aún está a tiempo, conocer las cosas buenas de este país y no andar con malas compañías. Que mientras otros turistas vienen sanamente a disfrutar de la naturaleza y de nuestro patrimonio, quién sabe en qué está usted metido. Vaya a conocer a nuestra patrona, a ver si con suerte le ilumina…

En tanto hablaba, Darío se iba liando un cigarrillo de marihuana. Si no podía eludir la situación, trataría al menos de rebajar su ansiedad. Aun con esas, enseguida se sintió molesto consigo mismo por no saber cómo hacerle frente y sin poder evitar seguir dándole cuerda a su fastidio por todo aquel asunto de la festividad de la Virgen, interrumpió la regañina de su casera:

-A las estatuas hay que guardarlas en los museos y dejarse de pamplinas, abuela, que lo que sobran en este planeta son los adoradores de imágenes y los ritos inútiles…

Y después silencio. Doña Cloti se queda muda, encerrada en el ojo de un huracán de ideas, a las que un sutil olor a marihuana, que comienza a extenderse, imprime más y más velocidad.

Era cierto que no había conocido prácticamente nada del país y ni siquiera de la ciudad. Sólo por casualidad había visitado, además de una galería de arte que acababan de inaugurar en una antigua vivienda de dos plantas próxima a la pensión, el Museo de Arte y Diseño Contemporáneo, del que admiró más las paredes que las obras expuestas, y el Museo del Oro, cuyos pasillos recorrió con la rapidez de un corredor de marcha. Tras casi una semana de vida josefina, sobre todo había callejeado, sin rumbo concreto y sin recordar, por casas bajas, algunas con un toque modernista, otras de madera con un lejano aire a Caribe, muy pocas ya de adobe con auténtica solera, y la mayoría cubiertas de rejas y alambres hasta un tejado de planchas de zinc que la humedad rápidamente teñía de colores oxidados…

No era su intención hacer aquel tipo de turismo, cámara en ristre, mapa en mano, que se dedica a hacer repertorio de los lugares citados en las guías, para sentirse satisfecho con el número de aciertos “sí, esto lo vi… y eso y aquello también…”. Su viaje, sin pretensiones, podía considerarse al centro de sí mismo, o tal vez al extrarradio de ninguna parte. En realidad poco parecía importarle el lugar donde estuviera y menos aun necesitaba pensar cuál era su objetivo, porque le ponía nervioso enfrentarse de plano ante el nihilismo que había empezado a materializarse en su cabeza, como una trepanación. Agarró su mochila y la petaca de ron que tuvo la previsión de llenar el día anterior, fuera de la vista de la casera, se enfundó su cazadora de cuero y una gorra y salió a la calle.

Los efectos de la droga habían conseguido al menos desacelerar sus latidos, bañarlo en una marea de olas que venían cargadas de sensaciones felices y se marchaban limpiándolo de autoengaños. Sin intentar racionalizar demasiado, las frases banales que de cuando en cuando desfilaban por su cerebro, le hacían creerse más lúcido de lo que estaba y lo hacían compasivo consigo mismo y con el mundo. Se proponía dejar de ser tan descreído, no de asuntos religiosos ni místicos, que eso le daba igual, sino de la gente. Había acumulado un sinnúmero de amigos y amigas a lo largo de sus veintitantos años, con los que nunca había llegado a nada más allá del disfrute momentáneo. Buen sexo y ya. No podía realmente llamarse a sí mismo el mejor amigo de nadie. ¿Por quién iba él a hacer un sacrificio voluntariamente?

-Tío, tienes que ser más flexible, abierto y darte un poco más… ¿Dar yo? Sí, tal vez, Darío, tendrías que darte, que entregar más de ti. Se hacía cábalas dialogando consigo mismo, pensando en lo desafortunado de su nombre o si encerraba alguna profecía que pronto fuera a cumplirse… Pero luego se desmentía a sí mismo cada intención, considerando que todo era una puta mierda, que el amor sería siempre algo incognoscible, no planificado y desde luego, nada por lo que hubiera que sacrificarse. Lo que le estaba faltando era una racioncita de sexo y limpiarse la cabeza de chorradas.

La noche se veía más agradable que otras pasadas. Acompañado de un cierto bullicio sordo en torno suyo, se sentía acompañado, aunque advirtió que iba a contracorriente. Todos subían y él bajaba. Mejor se detenía y veía a la gente pasar, irse para una procesión que no tenía ni remota idea de por dónde era. Fue a sentarse en el parque. Aquellos árboles enormes le causaban admiración, y el templete jónico en mitad de la plaza le parecía lo bastante decorativo como marco incomparable donde acomodarse. Frente a él, el gran teatro del mundo.

Se dispuso a observar. No parecía importarle que en realidad fuese él quien se estaba exponiendo a ser observado.

Un traguito de ron y volvió a guardar su petaca salvadora. Hacía incluso calor, más que otras noches, y se quitó la gorra, alborotándose el pelo en un gesto de experta coquetería. Rubio como era, no le gustaba que pareciera muy lacio. Luego dejó caer la chaqueta a su lado. Al hacerlo vio que un pedazo de papel muy fino sobresalía de uno de los bolsillos. Lo extrajo pensando en un papel de fumar, pero no era: descifró a la luz de las farolas la boca de carmín que alguien había dejado marcada encima. Ya recordaba y sonrió. Era el contenido del sobre que le habían dado, entre un ir y venir de personas ajenas, cuando acudió a la inauguración de la galería de arte. Se trataba de uno de esos sobres con una orla de trazos rojos, azules y blancos que él había identificado siempre con las misivas destinadas al extranjero. Cartas de largo recorrido que, necesariamente, multiplicaban las emociones en una aritmética proporcional a la distancia. Pero fue un sobre entregado en mano, una carta “para vos”, decía en el lugar del destinatario, por alguien que no conoció. Y si en aquel entonces no pudo descifrar su sentido, eso no descartaba la posibilidad de que sí tuviera un mensaje: ¿sería el beso de su amor verdadero?, ¿el zapatobeso perdido de una Cenicienta que tendría que ir conociendo, probando de boca en boca por toda Tiquicia?…

Rimando con esta consideración, la mirada de Darío recayó con ahínco progresivo en la de una mujer que se dirigía hacia donde él estaba, como si ya se conocieran. Su sonrisa, generosa y sincera, se perfilaba en ella con la sinuosidad de un horizonte que invitaba a ser visitado.


A.

Amelia sale de su condominio en Llorente de Tibás tan resuelta como cuando, vestida completamente de mezclilla y con un casco en su cabeza, da las órdenes a los operarios que instalan la estructura de “perlin” en el edificio de tres pisos que está a su cargo. Se pone su buzo de siempre, cómodo pero elegante, una pañoleta de flores acostumbrada a servir de bufanda alrededor de su larga cabellera, y se echa a la espalda un pequeño salveque con agua, uvas, galletas dulces y saladas, la llave, y en su billetera, la cédula y las consabidas flores de Santalucía junto a la plata. Son como las 8 de una oscura noche del primer día de agosto. Muchos van en la misma ruta, en grupos casi todos, pero ella se siente a gusto haciéndolo a su manera. Ya cumplió 35 años, sabe que su prestigio como arquitecta de estructuras modernas no está en discusión, pero arrastra, desde muy joven, el deseo insatisfecho de compartir su vida con un compañero permanente. Se ha entusiasmado varias veces, pero las cosas no pasaron a algo duradero. No le incomoda estar sola, no, más bien muchas veces lo disfruta, pero siempre creció con la creencia de que había nacido para compartir sus aventuras con alguien. Sin embargo, ese compañero no parece llegar nunca y a estas alturas empieza a cuestionarse la realidad de sus deseos.

Con su familia, un grupo unido de clase media creció respetando las tradiciones religiosas; los acompañaba a misa los domingos, rezaba el rosario en enero, durante los viernes de cuaresma solo comía pescado y ponía el portalito en diciembre. Sin embargo, cuando se fue a vivir sola, comprendió que todo eso lo hacía más por respetar a sus padres que porque verdaderamente creyera. En realidad no le hacían falta esas costumbres, y casi sin darse cuenta, dejó de practicarlas.

Pero con la Virgencita de Los Ángeles, esa pequeña negrita que se dejó encerrar en un gran vestido de oro, la cosa era diferente. No sabía ni por qué, a ella le tenía voluntad, y siempre le había llamado la atención que tanta gente le dedicara toda su fe. Alguna vez había ido con sus padres a la Basílica de Cartago a ver los exvotos de piernas, brazos, ojos y corazones que guindaban de todas las paredes y, sorprendida, reconoció que uno por uno habían sido llevados allí por la fuerte devoción de alguien…

Recientemente, la romería había comenzado a intrigarle como un fenómeno social. ¿Cómo podía ser que más de una cuarta parte de la población del país, esto es, más de un millón de personas, se movilizara hacia el mismo sitio en un mismo día?

Sin embargo, ella nunca había participado. En general, no creía en los milagros sino en los esfuerzos, y en lo que respecta a conseguir pareja, más bien se burlaba de las creencias de la gente, porque ya ella había atrapado varias veces el florido ramo de la novia, y hasta había ido a tocarle la cola al pez que carga San Rafael en la iglesia grande que queda en la montañas de Heredia…, y nada. Sin embargo, esta vez, quiso poner a prueba a la Negrita y se lanzó a la caminata combinando la osadía liberal de hacer sola el recorrido de noche, con la conservadora esperanza de lograr que su deseo le fuera concedido. Aunque en el fondo le asustaba la idea que el motivo de su promesa se hiciera repentinamente realidad. ¿Qué pensaría en adelante de los milagros?

Es cuando cruza por debajo del puente de Cinco Esquinas, uno de esos lugares “suaves” de la ciudad de San José, cuando comienza a percibir que las cosas tomarían rumbo suelto esa noche….

Un carro que pasa en sentido contrario por el mismo sitio, toca el pito justo debajo del puente, de la misma manera como lo hace alguna gente cuando quiere pedir que un deseo se le haga realidad. Una sensación de inminencia se apodera de Amelia, y la certeza de que algo importante va a pasar durante la noche ya no la abandona.

Cruza la intrincada Urbanización Tournon, junto a la gente que camina, -porque esa noche hay gente que camina por todos lados-, y por instinto, procura adentrarse en el Barrio Amón a través del puente antiguo y angosto que pasa sobre el río Torres, y que a principios del siglo pasado era el que le ponía límite a la alta sociedad de San José.

Hace unos años las alargadas ventanas rectangulares de las casas viejas de ese barrio, habían sido incorporadas por Amelia en sus diseños. Hoy la obsesionan los corredores. Esas áreas afuera o adentro de las casas que no son parte del interior, pero que tampoco pertenecen al exterior. Ella cree que los corredores pertenecen al mundo de los lugares “suaves” de las casas. Sitios en los que, cuando existen, transcurren y ocurren las magias de la vida.

Al ver la casa del los maestros Obregón Loría, recordó ese tipo de corredores internos frente a un patio que detrás de las puertas de dos hojas, como las de esta casa, siempre existen al final del zaguán. Después, observa el corredor externo pero con muro que tiene la casa de los Lehmann y en seguida, aparecen los corredores abiertos de la casa que hace rato se convirtió en la Alianza Francesa. Tendrá que añadir este concepto en su próximo trabajo, piensa. Finalmente, en diagonal, por la puerta entreabierta que hay cerca de la esquina, curiosea por dentro la estructura de aquella residencia con azulejos en cada una de sus ventanas, que tanto tiempo fue la Casa de Cultura Hispana.

Al llegar al Parque Morazán por la esquina noroeste, vuelve a sentir el encanto de los lugares abiertos. En ellos todo se expone, se torna translúcido, aunque sea de noche.

Desparramado en una de las banquetas alargadas que se ubican cerca del Templo de la Música, divisa desde lejos, lo que más tarde creería que solo fue una visión que inventó su mente. Lo empieza a ver desde que inicia el parque e inmediatamente se da cuenta de que él tampoco le quita los ojos de encima. La gente pasa, pero él está ahí, sentado, más bien pareciera que esperándola.

Cuando la cercanía es suficiente para que las voces se oigan, una sonrisa amplia y generosa de labios carnosos, aunque con el ceño fruncido y extrañado, le pregunta:

-¿Y tú vas también?

-Voy -contesta Amelia resuelta, aunque se ha detenido al llegar junto a él, como casi instintivamente se detiene también su respiración, mientras comprende que el acento castellano del muchacho no cuadra con su dorada apariencia.

-¿Alguna promesa?, -y en seguida, como si renunciara a entrar tan pronto en el misterio de ella,- ¿y vas sola?

-Voy -vuelve a contestar Amelia. Y para sus adentros piensa por un momento en su deseo, su promesa y los milagros. ¿Será que la Virgencita está jugando de ejecutiva hoy?

-¿No te importa que te acompañe? -dice Darío quien dándolo por un hecho, recoge su chaqueta, guarda la gorra en la mochila y, sin dejar de mirarla, sonríe mientras sostiene el papelito del beso y lo contrasta con los labios de Amelia. Como anillo al dedo, piensa, y deshaciéndose luego del fino papel, cuyo mensaje según su instinto ya ha sido descifrado, Darío le tiende la mano y Amelia la toma sin reparos.

Se colocan frente a frente, después él comienza a caminar para atrás como si conociera todas las rutas del mundo, mientras mueve su mano suelta como un maromero, y habla, y pregunta. Amelia tampoco puede dejar de mirarlo y sonreír como si hubiera sufrido un encantamiento. El torrente de hormonas que se precipita por sus venas avasalla cualquier otro mensaje y todo lo inverosímil comienza a revestirse de la más completa realidad.

-Te ves muy guapa -dice Darío, y, decidido finalmente pregunta- ¿puedo saber por qué vas?

Darío puede entender que la católica y no muy agraciada dueña de la pensión del barrio Aranjuez donde se aloja, no haga otra cosa más que encomendarse a la Virgen y hablar de promesas y romerías que justifiquen su rancia soltería, pero que esta mujer de cabello espeso y largo, de ojos oscuros y grandes como siempre imaginó que sería una mujer deseable, vaya sola en la noche a mendigar favores divinos, eso no le resulta para nada comprensible. Y quiere explorar con calma sus motivos y también, ya ni lo duda, las suavidades que intuye debajo de aquel buzo.

Amelia, con una voz que consume el doble de su aire habitual, contesta con decisión a las miles de preguntas de Darío:

-Lo hago porque quiero. Me llamo Amelia. ¿Y vos? No, soy soltera, soltera y sin compromiso -y sonríe él. Ella también.

-Y claro que me gustaría tomar algo con vos, pero hoy está todo cerrado.

Darío se abre la chaqueta y le muestra la petaca de cuero y la más triunfal de sus miradas.

-No, no importaría si me retraso un poco. Lo único es que a alguna hora tengo que ir a Cartago a pie, porque me lo prometí. Y claro que accedería a entrar en algún lugar… Mientras la gente sigue alrededor de ellos, porque esta noche hay gente que va y viene por todos lados.

Entonces, no resultó sorprendente que apenas unas cuadras más adelante, a la altura de donde antes estuvo la botica La Primavera, entre todos los piropos existentes y aquellas preguntas cuyas respuestas no urgían más de lo que urgía el abrazo, ante el primer letrero que con tenue luz indicaba “Abierto 24 horas”, ambos se precipitaran escaleras arriba.

Amelia ve a Darío sacar un fajo de billetes más grande de la cuenta para pagar el local y, por un segundo, se pregunta sobre el origen de ese extranjero y su dinero. Pero ya para ese momento el baile de los deseos está desbocado y corre agitado e irresistible por las venas de ambos cuerpos. No hay lugar para dudas cuando el deseo es transparente.

Prenden la luz porque la estancia está totalmente oscura y silenciosa. Los vidrios que dan a la calle están pintados de oscuro para ofrecer privacidad. Ninguno se interesa por la escasa decoración de la habitación. Ya a solas, Darío se coloca de nuevo frente a ella tomando sus dos manos y entonces Amelia lo recorre con sus ojos detenidamente, como si quisiera almacenarlo para siempre en su memoria y por ahora, vestirlo con una desnudez anticipada. Deja el salveque encima de la mesa mientras Darío rebusca la petaca de cuero que trae metida entre su chaqueta, bebe un sorbo y, acercándole el recipiente a la boca sedienta de Amelia, efectúa la pregunta que sobra:

-¿Quieres?

Con los labios aún mojados, ambos se entregan al primer beso, y a otro diferente después, y otro más allá, y otro, y otro, como solo ocurre en noches extrañas como esa, en que de pronto pareciese que dos desconocidos acaban de estrenar su propia boca…

Cuando Amelia despierta son las seis de la mañana.

Contrariamente a la mayoría de las veces que ha dormido acompañada, en las que al final cada uno acaba conquistando su propio pedazo de cama, esta vez descubre que aún se halla abrazada, diríase que con ternura. Disfruta un segundo más las recientes delicias nocturnas, pero reacciona rápidamente. Recuerda que tiene aún como 22 km por recorrer y si a algo tiene devoción, es a sus propias promesas. Ella tiene la decisión de caminar hasta Cartago y sin pensarlo dos veces reacciona.

Con cuidado se deshace de los brazos que la rodean. Rearma las partes dispersas de su buzo sobre su piel aún caliente, y sin hacer ruido, esta vez desliza la bufanda por debajo del cabello para amarrarlo de alguna manera. Encuentra las medias, los tenis, los pantalones, deja unas uvas dulces sobre la almohada, y con la misma seguridad con que le dijo a ese extranjero de un mundo lejano “voy”, vuelve con una sonrisa satisfecha a decirse para sus adentros: voy.

¡Ella sabe de sobra la forma de hacer eternos los buenos momentos como esos…! Después de vivirlos a plenitud, no hay más que dejarlos allí, donde aún no se han pegado a las necesidades cotidianas de mañana. Le encanta la idea de que esas magias que conmueven las rutinas y las alocan, queden por siempre atrapadas detrás de alguna puerta. Por eso no le da reparo seguir. A lo que verdaderamente le teme es a quedarse.

Sale con rapidez y toma la calle paralela a la Avenida Central, por donde curiosamente no camina nadie, y se dirige hacia Chelles. Necesita un café.
G.

“Llamamos milagro a aquello cuya explicación racional no hemos encontrado aún”, resuena la frase en la memoria de Greivin, mientras ve distraído las imágenes de la romería en la tele. Cuántas veces -recuerda- en su adolescencia fue caminando a Cartago para pedirle a la Virgen un milagro: que se le quitaran las espinillas, aumentar de estatura, echar un poco de pelo y poder comprarse una buena moto. Pero el milagro nunca se dio.

-¿Matamoros? -la voz de su jefe en la línea telefónica lo sacó de esos recuerdos.

-A la orden.

-Mirá, necesito que me saqués de un apuro. Es que se desapareció la chiquita de mi concuña… está histérica, no hace ni dos horas y está como loca, vieja necia, pero yo le debo plata a mi cuñado… y en fin… que le dije que iba a mandar al mejor investigador a mis órdenes porque yo no podía y nada iba a hacer ahí, vos tampoco, pero bueno, apuntá que te doy la dirección.

-Yo sé dónde es.

-¿Cómo?

-Diay sí, ¿no se acuerda?, el año pasado, con el pleito que tuvieron con los vecinos, usté me mandó a mí, ¿se acuerda?

-A la puta, sí es cierto -su jefe chasquea la lengua, preocupado. Pero en eso suelta una risilla burlona-: Mirá, ponete anteojos oscuros, quitate ese bigotillo de rata y andá a ver si la podés dejar más tranquila, que yo no me quiero aparecer por esa casa. Bueno, mañana hablamos. Vieja loca… -aún escucha Greivin que masculla su jefe antes de colgar.

“Porque ahora que me dieron la cédula tica -está diciendo en la tele una joven con fuerte acento nicaragüense- la Virgencita de los Ángeles es también patrona mía, lo que no entiendo es por qué los colombianos vienen y dicen que…”.

Greivin apaga la tele de mal humor. El infeliz de su jefe. La estupidez humana. “La salvaje indiferencia y el feroz silencio de Dios”, recordó la frase mientras se cambiaba para salir.

Se fue andando, entre los ríos de gente que llevaban la misma dirección que él. Hermosa noche, como para creer en los milagros.

-¿Quién? -una voz de anciana al otro lado de la puerta se niega a abrir.

-Greivin Matamoros, de Inspecciones del OIJ.

La puerta se abre y Greivin nota cómo unos ojos lo miran despectivos de arriba abajo.

-El del OIJ -le dice la anciana a alguien en el interior, sin invitarlo a pasar, y está a punto de cerrarle la puerta en la cara.

-Que pase, que pase -dice una voz femenina y cansada.

Entra Greivin y antes de girar a la derecha, aún tiene tiempo de mirar su bigotillo en un espejo puesto en la entrada. Qué mal gusto… los espejos en las entradas. Y tener que mirar la propia imagen al entrar a una casa como si…

De nuevo sus cavilaciones quedaron truncadas. Ahí estaba la histérica, muy distinta a como la imaginaba y a como le anunció su jefe que la encontraría. Estaba rígida, casi esculpida en el sofá de la sala, con la mirada luminosa de tanto llorar. “¡Qué hermosa puede volver a una mujer el sufrimiento!”, piensa Greivin acercándose. Y le da la impresión de que cuando llegue a su lado, ella se va a echar hacia atrás para que él se acueste sobre ella y la proteja, la resguarde del dolor. Le pareció estar a punto de hacerlo y, avergonzado, se rascó la nariz.

La recordaba gritona, grosera, insultando a través de la cerca a los vecinos y haciéndoles gestos obscenos con las manos, mientras que él y su jefe trataban de sujetarla. Ahora el dolor la había envuelto en un aura mística; pelazo y ojazos negros rodeando la cara de una mujer ya madura, ya parida. Una mujer que sabe que esta vez la cosa es en serio.

-Vea, muchacho, le agradezco mucho que viniera, pero…

Con suavidad, mirándolo con la misma indiferencia con que uno mira a un camarero para pedirle la cuenta, la diosa madre le dice que no sé qué malentendido, que no se preocupe, que ya buscarán ellos a un profesional, pues evidentemente el cuñado de su marido no entiende la dimensión del problema y nunca la ha tomado en serio. Cree que estoy loca, y gracias, muchacho, le agradezco mucho que haya venido, pero por favor déjenos, ya tenemos bastante con lo que está pasando, sólo nos faltaría ponernos a responder preguntas y a hacer café para cuanto patasvueltas nos manden del OIJ…

Dijo esto último y se interrumpió, pero tampoco se inmutó demasiado, no estaba ella para protocolos.

-Creo que su hija está en peligro, un peligro verdadero -fue la respuesta de Greivin. No se lo explicó a la mujer, pero había visto la verdad del peligro en los ojos de ella. Confiaba en su intuición pero sobre todo en la intuición de una madre. Era una histérica, gritona y vulgar, pero esta vez algo muy profundo le decía que su hija estaba en peligro, y esa comunicación llegaba hasta Greivin. Era parte de sus habilidades percibir esos mensajes; era parte de un oficio que Greivin había cultivado desde muy jovencito, antes de saber que un día sería una de sus herramientas de trabajo.

-¿Ustedes cuántos son? -preguntó Greivin, mientras echaba una ojeada a su alrededor, y aprovechando el silencio algo respetuoso de ella ante la frase de él, de que creía en la gravedad de la situación.

-Cuatro.

-¿A quién no está contando?

-¿Cómo?

-¿La abuela no vive con ustedes?

-Claro… ¡Ah, bueno, sí!… Cinco.

-¿Nunca ven tele todos juntos?

-¿Cómo? -la mujer lo miró con verdadero hartazgo.

-Que si nunca se sientan a ver tele todos juntos, los cinco.

-Bueno, a veces, yo qué sé…

-Porque sólo hay sitio para cuatro personas… Parece que siempre se queda alguien por fuera…

La mujer lo miró molesta, pero impresionada. Greivin cambió de tema, quitándoles importancia a todas sus anteriores observaciones.

-Entonces dice la abuela que nadie entró, que no oyó nada, ni gritos ni mucho menos…-medio preguntó, medio afirmó, Greivin. La madre niega cansada. Él continuó -la chiquita se fue porque quiso…

La madre lo mira molesta, a punto de mandarlo al carajo, pero desiste y afirma cuando dice:

-Es lo que yo creo. Creo que Paola se escapó.

-Ah, por eso usté está tan afectada. Paola se escapó porque se había peleado con usté… Diay, estará harta de que nunca la tengan en cuenta…

Ahora sí parece que la madre se va a abalanzar al cuello de Greivin. Él sigue, prepotente:

-Sólo hay cuatro sitios para ver tele… Sólo hay cuatro sillas en el comedor… Me parece que siempre hay alguien que tiene que estar jalando una silla y no creo que sea la abuela ni ése -dice Greivin señalando una gran foto del hijo mayor que preside la sala.

-Saber por qué se escapó Paola no va a hacer que aparezca -dice la madre y sólo le faltó añadir “pedazo de imbécil”.

Greivin la mira, sonríe y sin levantar la voz le dice:

-Cómo se nota que usted nunca ha tenido que usar la cabeza… Ventajas de no tener las patas vueltas, supongo, cómo yo, que sí tengo que…

-¡Pero usted quién se cree que es! ¡Hortensia, Hortensia! -llama a la abuela y se pone de pie-. Ya mismo llamo al cuñado de mi marido a poner una queja. ¡Ya puede ir buscándose otro trabajo!

-Eso iba a hacer… -dijo Greivin pero la otra no lo oyó, porque en ese momento entró la abuela gritando alarmada -¿qué pasa, qué pasa?, -rosario en mano, con cuidado de no perder la cuenta de la plegaria.

La madre se pone a llorar y en su cara empieza a aflorar la histérica gritona que Greivin recordaba.

-Paola se fue porque en esta casa nadie le pone atención. Porque en esta casa ella es mantequilla -le dice Greivin rotundo, a la cara.

-¿Pero cómo puede ser esto? ¡Venir a decirle eso a una familia que está pasando por lo que nosotros estamos pasando! ¡Váyase de mi casa!

-Sí, sí, ya me voy. Y por favor ponga esa queja en el OIJ. Ojalá me echen y así me pagan más que si renuncio.

-¡María Santísima! -exclama la abuela.

-Sí, sí, recen, recen. Si no tienen un buen detective, van a necesitar un milagro.

Greivin se disponía a marcharse cuando ve a Paola en una foto familiar. Coge la foto en sus manos y se queda en silencio, conmovido. Aunque sabe que no va a servir de nada, le dice convencido a la madre:

-Creo que Paola se fue para llamar la atención. Creo que en este momento no hay nada que esté deseando más que estar con usted. Donde sea que esté escondida, está deseando que la encuentren. De eso estoy seguro.

Estas palabras parecen llenar de esperanzas a la madre. Pero entonces Greivin añade:

-Habría que salir a buscarla ya mismo, pero yo no lo pienso hacer y el OIJ menos, porque se esperan a que pasen cuarenta y ocho horas… Por eso siempre encuentran a la gente cuando ya es demasiado tarde: usted me entiende.

Greivin se encamina a la puerta. Pero se detiene para decir:

-Por cierto, si a usted le diera la gana contar cuál fue el último pleito que tuvo con su hija sería de gran ayuda. Eso y tener dinero para pagar un buen detective.

-¡Yo nunca me peleo con mi chiquita! -grita la madre, furiosa.

Greivin se encoge de hombros, mostrando la más absoluta indiferencia. Antes de salir, dice:

-Me extraña. Se nota que es una carajilla con carácter. Como usted.


R.

Renato hunde las manos en los bolsillos del pantalón y sus dedos atraviesan un hueco, …dos huecos, …tres huecos, …hasta que atrapan una moneda de cien pesos: sobreviviente invicta de mejores tiempos.

-Otro trago doble, Beto -pidió Renato peinando su melena que le caía en la cara.

-Con este ya me debés tres mil pesos. ¿Tenés con qué pagar? -indagó Beto.

-Me extraña, Betico ¿Cuándo te he dejado un perro amarrado? -dijo Renato abriendo sus ojotes de comadreja al acecho.

Beto arrugó la cara como no queriendo entrar en detalles y siguió con otros clientes.

Renato miró alrededor buscando una víctima: necesitaba pescar a un samaritano idiota que le pagara la cuenta. El chinchorro estaba lleno de borrachos. ¡Y cómo no! La ley seca por el 2 de agosto le dio a Beto la gran idea de vender guaro de contrabando a escondidas en el galerón de su patio. Entre horcones podridos que sostenían un techo de tejas mal acomodadas, bebían contrabando a más no poder, carteristas, tachadores, vendedores de crack, proxenetas, putas y demás crema y nata de San Benito del Bajo. Remojaban su desesperanza en alcohol.

Definitivamente, pensó Renato, aquí no hay cara en qué persignarse… y lamentó no haber acompañado a su amigo Richard a vender birras en la romería. Algo de plata tendría en la bolsa; o por lo menos, las birras serían gratis.

¡Qué jodedera eso de la romería!, pensó Renato. Toda esa gente caminando no sé cuántos kilómetros de kilómetros por una promesa.

Esa carajada debe de ser como jugar lotería: pueden ir tres millones en romería pero sólo unos pocos son favorecidos con un milagro.

Eso es justo lo que necesito yo en este momento, siguió cavilando, un milagro para pagar estos tragos. ¡A ver, Virgencita de los Ángeles, repárame para pagar esta cuentilla y me voy trotando descalzo de aquí hasta Cartago.

Renato bailoteó sus ojos con una sonrisa incrédula y empujó el trago doble hasta el fondo de su garganta… y en ese mismo instante… ¡una idea milagrosa!

Empezó a tambalearse hasta parecer que perdía el equilibrio y se fue de espaldas contra uno de los horcones que se partió en dos. Un pedazo del techo se vino abajo.

Cayó Renato y la gente caminaba de un lado a otro como hormiguero alborotado. Algunos se tocaban una herida en la cabeza que les dejó la lluvia de tejas. Otros lanzaban maldiciones contra Renato.

-Ya este carajo está muy borracho -sentenció Beto- que pague y que alguien lo saque de aquí.

Dos ayudantes de Beto lo alzaron y lo sentaron en un rincón hasta que se le pasara la borrachera. Pero Renato aprovechó el momento y empezó a decir a voces: ¡Se me apareció la Virgen de los Ángeles! ¡Se me apareció la Virgen! Está muy enojada con todo este despelote. ¡Arrepiéntanse!

Renato pensó que en unos cuantos minutos su plan daría resultado: molestaría tanto con esa majadería que, finalmente, lo mandarían a sacar sin pagar la cuenta.

-La Virgencita está muy enojada, partida de vagos, buenos para nada. Quiere su arrepentimiento. Quiere que todos vayan de rodillas hasta Cartago.

Los dos ayudantes de Beto lo agarraron de los brazos para sacarlo, pero en la puerta se encontraron de frente con la esposa de Beto que venía entrando.

-Desapareció la Virgen de los Ángeles. Acaban de avisar por la televisión. ¡Desapareció! Nadie sabe dónde está -dijo la esposa de Beto con su cara desencajada.

Todos en el galerón voltearon a mirar a Renato como si miraran un ángel caído del cielo.

Renato pensó, ¡Aquí está mi milagro! y miró alrededor las caras de asombro de todos. Con voz retumbante de profeta, dijo -¡Se lo dije!


A.M.

Llega como siempre más temprano de la cuenta a la boca de La Sabana. Faltando quince minutos para las cinco de la mañana, Ana María se para junto a la estatua de León Cortés en espera de las otras compañeras para iniciar la romería del 2 de agosto.

Todo empezó a principios de marzo cuando recibió un telefonazo de Margarita Bermúdez, amiga de juventud y a quien había dejado de ver por muchos años; era una entusiasta organizadora de actividades para “conocer muchachos” como ella decía. Su casa fue el centro de reunión obligatorio para todos los jóvenes recién graduados, que regresaban al país o de extranjeros que venían en busca de fortuna. Por supuesto también llegaban todas las muchachas de buen ver. De ahí salieron bastantes matrimonios, fue inolvidable el de un músico español que vino con un conjunto llamado Los Churumbeles y que hizo furor aquí en Costa Rica. La serenata que le llevó a su novia con toda la orquesta fue algo espectacular. Sin embargo, Ana María no tuvo tanta suerte, aunque conoció algunos buenos prospectos, como decían, ninguno la pidió en matrimonio. Total, Margarita volvió a aparecer con una oferta tentadora: -Ana María -le dijo- te llamo porque estoy organizando un grupo de veteranas para volver a hacer la romería como aquellas a las que íbamos todos los años en agosto para visitar a la Negrita, no me digas que no, estamos desde ahora entrenando caminata en las instalaciones de la Universidad.

Ana María no supo cómo negarse a pesar de la edad y decidió ir todos los días a las seis de la mañana para entrenarse y le gustó, porque se encontró con un grupo de la tercera edad muy agradable.

Y ahí está parada junto a los leones de León Cortés para emprender la caminata que llevará a cinco muchachas de sesenta para arriba, hasta la basílica de Los Ángeles, porque las demás fueron desertando.

Esta vez no se hizo el conjunto de pantalón y chaqueta como solía hacerlo en aquellos años. Viene de blue jeans, sudadera, tenis, sombrero de ala ancha, pañuelo anudado al cuello y salveque a la espalda, además de 67 años, cabello blanco y una cuantas arrugas.

Antes de iniciar la caminata, el grupo se toma de las manos en círculo y oran en silencio pidiéndole a la Virgencita protección, porque ahora no va el carro con las mamás detrás para cuidarlas.

Ana María observa el Paseo Colón y piensa que es otra cosa, lleno de edificios disparejos en su modernidad, perdiéndose por su culpa todas aquellas casas con los grandes y hermosos jardines, los árboles a cada lado de las aceras y el obelisco en medio, dándole un aire señorial y majestuoso. Recuerda ¡cómo lo caminó! para economizarse los quince céntimos del camión y poder comprar helados Pinto frente al costado de la Catedral, en un galerón de piso de tierra donde vendían los más deliciosos helados de mora, natilla y los capuchinos de crema bañados de chocolate. Estos eran un lujo para los domingos después de misa.

Vienen caminando a buen ritmo, todavía está un poco oscuro cuando llegan cerca del hospital San Juan de Dios. Sienten un frío intenso que les sube por las piernas y un escalofrío que les recorre todo el cuerpo poniéndoles la piel de gallina, tanto así que se quedan paradas para dejar pasar a una monja que viene caminando despacio casi sin tocar el suelo, de hábito blanco con azul y un enorme sombrero de pico adornando su cabeza. En sus manos trae una imagen de la Negrita, brillante como si fuera una luz. Se vuelven para verla y ya no está. Asustadas se miran sin poder hablar.

-Qué raro -dice Ana María con voz temblorosa- no sabía que habían vuelto esas monjas al hospital.

-Estoy helada y no es para menos a esas monjas no las veo desde hace miles de años, sigamos porque se nos hace tarde -responde Margarita.

Las cinco continúan sin querer decir que están bien asustadas.

La Macha McCormick toma a Ana María del brazo y le dice: -¡Qué diferente está todo! ¿Verdad? Tenía años de no venir por el Mercado Central, aquí no ha cambiado mucho, sólo que ahora te pueden asaltar y matar, antes sólo te tocaban la nalga o soltaban un piropo.

-Oigan, muchachas, lo que están diciendo por radio -grita Margarita, que como siempre va delante de todas- dicen que desapareció la Virgen.

Corren hasta un chinamo donde tienen la radio a todo volumen y escuchan la noticia así como a la gente contando lo sucedido.

-Vamos a ver las pizarras de Monumental, -acata decir Ana María- ante tanta conmoción.

¿Cómo no se habían enterado antes de semejante noticia? En el caso de Ana María, no escuchó las noticias de la noche porque se acostó temprano para salir de madrugada, y por el camino tampoco oyeron nada. Es extraño que no sonaran las sirenas de los principales diarios, comentan entre ellas, como se acostumbraba para dar noticias importantes, ¡Todo es tan distinto ahora!

-¿Y si la monja que topamos quería decir algo? ¿Por qué llevaba una imagen de la Virgen, o más bien era una lámpara en sus manos? -se dice Ana María muy asustada como para responderse.

Apuran el paso y ahí están con caras de locas, pues ninguna sabía que la radio Monumental la habían quitado y por supuesto desaparecieron las pizarras; sin embargo, al igual que ellas, se había acercado gente en busca de noticias. En los periódicos pudieron leer que desde la noche anterior La Negrita estaba perdida. Anonadadas se hacen un puño en la esquina del Banco Central preguntándose qué van a hacer ahora.

Y esa gente que caminaba con un fin y esa otra que andaba por ahí se arremolinan en los ventanales de un comercio, para escuchar las noticias que dan por televisión y no saben qué hacer. Por un instante todo se queda inmóvil: la vendedora de chances con la boca abierta, el ciego del acordeón pela los ojos y se agarra las orejas para escuchar, el tilichero enmudeció, el carterista dejó su mano quieta junto a la cartera de la mujer que cayó desmayada.

De repente se oye a un hombre que grita: -¡vamos, vamos todos a buscar a la Negrita, no la podemos perder!

Y la masa entera de gente empieza a caminar hermanada. Sin importar para dónde iba antes, ahora toditos van para Cartago. Alguien empieza a rezar el rosario y todos responden a una sola voz.

Los propósitos de Ana María y sus compañeras han cambiado, ella venía pidiéndole a la Virgencita ayuda para que sus hijas dejen de ser tan indiferentes y que hagan a un lado sus resentimientos, pero ahora le pide también para que aparezca su imagen. Recuerda con lágrimas en los ojos aquella otra vez, cuando la habían robado para venderla. El estómago se le encoge del miedo, revive aquellos días cuando las monjas del colegio las hicieron sentir culpables como si fueran ellas las ladronas.

De repente, la Macha McCormick completamente desmadejada se cuelga fuertemente de Ana María diciendo que se siente muy mal. Entre todas la llevan a Chelles para sentarla y darle algo de beber, mientras se agarra el pecho fuertemente. En eso, se acerca una muchacha para ayudar y con su celular pide una ambulancia. Resulta ser Amelia, la sobrina de Mencha.


P.

El chocolate que recibe del hombre Paola se lo come sin malicia, él le ha dicho que está cumpliendo una promesa, porque su hijita, allá en Guápiles, había sido operada recientemente con éxito y las promesas siempre se debían cumplir. Paola se le queda viendo un segundo mientras le cuenta la historia de la hijita. Le da las gracias y continúa caminando, pero el hombre sigue al lado, camina a su mismo ritmo con una sonrisa quieta, sin dejar de atilintar una larga bufanda negra con las manos hechas un puño y cubiertas por guantes de lana, y eso empieza a ponerla incómoda. Paola camina entonces más rápido y el hombre también lo hace.

-¿Quiere que la acompañe, chiquita? No está bien que alguien tan pequeñita y bonita ande sola entre tanta gente extraña -le dice, mientras se agacha acercándole la boca a la nuca lo más posible. El aliento del hombre, mezcla de tabaco y chicharrón, le da asco y el pánico empieza a apoderarse de su mente. Ese hombre es… siente fuego en su corazón …un malo. Uno como los que su mamá le había dicho que podía acercársele cualquier día, y del que tenía que alejarse corriendo.

Ya arriba del cerro del Ochomogo, Paola tiene frío y empieza a buscar con desesperación alguna cara conocida. En ese momento ya no camina, trota, corretea, finalmente corre, hasta dar con las patas blancas de un caballo altísimo estacionado a un lado de la calle. Se detiene y mira hacia arriba. Sobre el lomo del animal, veteado de café con leche, un hombre con botas brillantes, sombrero de pita blanco y chaqueta de cuero cerrada hasta el pescuezo, toma de una botella y habla por un celular. Un segundo es suficiente para que decida pedirle al caballista que la encamine porque, como le explica lo más rápido que puede, sus papás van más adelante, y ella quedó rezagada por ir al baño. Paola señala la larga fila de gente por entrar a las baterías sanitarias. El caballista la mira y mueve la cabeza negativamente.

-Por favor -le dice Paola, sin querer ver para atrás.

-Ya no me jodás más -le dice el caballista al interlocutor del celular- ya sé que tengo que entregar el exvoto apenas llegue, qué vieja más necia, no ves que también es hijo mío. Jumas, sí ¿y qué? Pero estoy aquí arreándome el culo desde Liberia y arriesgando la salud de mi yegua más fina, así que vaya cerrando la boquita.

El caballista pulsó una tecla del aparato dando por terminada la comunicación y le dijo a Paola que se subiera. Guardó la botella, la agarró del brazo y la sentó en las enormes ancas del animal, detrás de él. El caballo reanudó el paso.

-Vamos, ya falta poco, Candy, -le dijo al animal, acariciándole la crin.

Paola respiró con calma porque pensó estar a salvo, mientras era encaminada por el caballista sobre ese animal que parecía un gigantesco peluche de caramelo, como el de las fábulas de Ponybarby y que ojalá la llevara volando, igual que en la tele, en ese mismo momento hasta donde estaban sus papás. Pero todo lo contrario a volar, duraron una eternidad subiendo las últimas cuestas, sin cruzarse una palabra en todo el trayecto. Del otro lado estaba el Valle del Guarco con sus luces encendidas y derramadas hacia el volcán Irazú y hacia el río Reventazón. Allá están la Basílica -pensó Paola- y mi familia. Ya casi llego.

Nunca había visto a un hombre borracho pero se imaginó, por la manera como se movía el caballista sobre el animal, que él lo estaba y que en realidad era el caballo el que lo llevaba, pero supuso que eso a la Virgen no debía importarle.

El caballo relinchó de pronto meneando la larga cola de pony de juguete y el caballista como respuesta y como si le leyera el pensamiento, dijo:

-¿Necesitamos una parada técnica, verdad Candy? El caballo se fue ladeando hasta conseguir, cerca de las márgenes de lo que quedó del río Reventado, después de la erupción de 1963 y el baño de ceniza, encontrar un lugar con árboles suficientes para agarrar ramas con el hocico y masticarlas, mientras vaciaba sus riñones; como también empezó a hacer su dueño, quien se había apeado y buscaba con prisa un tronco sobre el que orinar de espaldas a la gente, que a esas alturas era muchísima. Paola pensó que era un buen momento para que ella también se bajara y continuara más rápido sola. De seguro que al hombre de los chocolates ya no se lo toparía más, y Cartago se encontraba solo a unas cuantas cuadras.

-¡Ah! Yo creo que allí está mi papá, sí, ¡es aquel que va allá! -le dice al caballista emocionada,- bájeme, bájeme por favor para que me de tiempo de… El caballista termina de hacer lo suyo, se asegura la posición de la enorme hebilla debajo de la panza y la baja. Suena de nuevo su celular. Sin decir nada, deja que la niña se vaya como llegó. Mueve, de la misma manera que lo hizo ya antes, la cabeza negativamente y saca la botella de la mochila. Toma varios tragos y contesta:

-Alóóó, juemialma, ¡¡pero que vieja más necia!!

Paola de verdad cree haber visto a su padre. Corre entusiasmada y llega al molote de gente, donde una cabeza similar a la pelona de su papi, grita algo sobre la Virgen de los Ángeles. Todos gritan pero ella no entiende lo que dicen… ¿Qué le pasó algo a la virgen? La figura del que parece su padre alza los brazos y da media vuelta en dirección a donde ella se encuentra. -¡Papi, papi! -grita Paola. Pero ya le ha visto la cara al hombre y no es su padre ni su papi. Solo un extraño más.

Son miles las personas que se encuentran en ese lugar. Unos siguen la marcha y otros se detienen haciéndose preguntas entre sí. El alboroto es enorme y es en ese momento que Paola siente sobre su cara una bufanda negra que le cae encima y la cubre por completo. No puede ver y le cuesta respirar.

-Te vas a morir de frío, chiquita, no ves que así tan enfermita ni la Virgen de Los Ángeles te va a poder salvar. Venga con papi, que aquí tengo otro chocolate para calentarla…, -dice el hombre que la abraza a la fuerza, y habla en voz alta, como para explicarle a alguien, por qué lleva en ese momento y casi a rastras, antes de lograr levantarla en vilo, a una niña con la cara cubierta en medio de una multitud que ni los vuelve a ver.

-¡Está perdida!, ¡está perdida! -grita el hombre que Paola confundió con su padre a lo lejos.


G.

“Como dijo Osama Bin Laden: corran ahora como pollos sin cabeza”, resuena el recuerdo dentro de Greivin, sentado en la Plaza de la Cultura, viendo a la gente ir de un lado para otro comentando la desaparición de la Virgen. Apenas se le está empezando a bajar la rabia con que salió de la casa de la niña desaparecida. “El destino es el carácter” dice un viejo dicho, y el carácter de Greivin podría resumirse en una palabra: orgullo.

Es la cuarta vez que se roban a la Virgen en ciento cincuenta años. Pero esta vez no cree Greivin que sea un robo por dinero. Nadie se roba la figurita de piedra rodeada de oros en plena romería por codicia, ni mucho menos por necesidad. Sólo un verdadero sociópata se deleita con robarse el ícono más querido de la gente el mismo día de la multitudinaria romería. De hecho, -cavila Greivin- el ícono debe de estar a muy buen resguardo. No hay que temer que le arranquen los oros para fundirlos; quien sea que haya robado la imagen en esta fecha debe de estar acariciándola con sus manos mientras disfruta mirando las imágenes del desconcierto en la televisión.

Y muy probablemente es un hombre. Los psicópatas, los violadores, los asesinos en serie, suelen ser hombres. Las mujeres tienen otras maneras de volverse locas. Ellas más bien se autolaceran, vociferan, se desnudan por las calles… Hasta la fecha…

-¿Matamoros? -otra vez el celular lo sacó de sus divagaciones. Otra vez era su jefe. Pero esta vez Greivin no respondió “a la orden”.

Su jefe llamaba para decirle que “idiay, güevón”, en lugar de tranquilizar a la loca la había alborotado, que cómo se le ocurría, que qué era aquello y que ahora había que abrirle a Greivin una investigación interna por las quejas de la vieja.

-La cosa va a ser más complicada que eso -respondió Greivin.

-¿Cómo, qué pasó? -preguntó su jefe alarmado.

-La loca va a tener que poner una denuncia directamente contra el OIJ, porque Greivin Miguel Matamoros renunció. Está renunciando en este instante.

-Seás necio, güevón… -aún oye que dice su jefe, con su altanería de siempre. Pero Greivin le cuelga, dejándolo con la palabra en la boca.

Fue una de las acciones más catárticas de su vida; esa y la que sucedería al día después. La catarsis trae buenas rachas. Uno debería vivir siempre imitando al héroe de uno mismo; imitando la propia vida soñada, esa que todos llevamos en paralelo y en secreto y que…

Teléfono, otra vez, llamando a Greivin a tierra.

-¡Aló!

¡La loca! Era la loca, ahora con tonito dócil y arrepentido. Se podría decir que llamaba “a pedirle cacao”. Había llamado a su concuño que, en efecto y como pronosticó Greivin, no le había hecho caso y poco le faltó para recetarle un tranquilizante y echarse a dormir.

Pero una loca desesperada puede ser muy intuitiva. Así que a pesar de la pinta de Greivin, de sus piernas cortas y algo torcidas, de su bigotillo incipiente, de sus medias blancas embutidas en mocasines negros, la loca había entendido que Greivin conocía su oficio, que era un muchacho listo y que era su única esperanza.

Llamaba a pedirle dos cosas: disculpas, por un lado, y su ayuda, por otro. Le confesó que sí había peleado con su hijita, no sabía por qué no había querido decírselo, pero sí había peleado y no la había dejado ir a la romería con ellos, con su marido y su hijo mayor.

-O sea que Paola se fue a la romería -dijo Greivin como lo más obvio.

-Sí… Eso creemos… -dijo la madre sin atreverse a ser tan enfática como él. Pero le confesó que, de hecho, su marido se había puesto a hacer la romería al revés, convencido de que encontraría a Paola de camino.

¡Qué voz tenía!, se deleitaba Greivin escuchándola al teléfono. ¡Cómo le gustaban las mujeres hechas y derechas! Quién sabe qué atavismos tendría él por ahí, quizás demasiadas películas porno baratas en su adolescencia, pero su cúspide erótica era una mujer que pasara de los cuarenta, una madraza con las carnes ya maduras. Mientras ella hablaba la recordó hierática, en el sofá, cual escultura de madre sufriente, aquellos ojos negros, aquellas nalgotas en las que Greivin con facilidad desaparecería…

Pero su ensoñación se ve truncada de golpe por lo que ella está diciendo. Cuidando hábilmente sus palabras, la madraza erótica de sus sueños le está dando por donde más le duele, y le está diciendo que con la pinta que él tiene quién va a confiar en él, pero que ahora es su única esperanza.

-De viaje se ve que usted es un muchacho inteligente y, más bien, gracias a Dios nosotros tenemos patas en el OIJ, porque si no imagínese que…

-Señora, ya no trabajo en el OIJ -la interrumpe Greivin.

-¿Cómo? Ay, Dios mío, ¡no me diga! ¿Qué pasó? ¿Lo echaron? ¡Fue culpa mía!

-No, no, no. Yo mismito renuncié. Y no fue por culpa suya, ¡fue gracias a usted! -y tuvo ganas de añadir con desprecio, para humillarla: “Si se acuesta conmigo le encuentro a su hija”, pero en lugar de eso le dijo: -trate de aprovechar el robo de la Virgen. Esa sí es su única esperanza. Vaya a La Extra y dígales que la Virgen le dijo que sólo va a volver a su sitio cuando aparezca su hija.

Pero la madre no entendió en ese momento ni nunca la genialidad de esa propuesta. Pensó que Greivin, resentido, se estaba burlando de ella.

Pero no. Greivin, herido, cuando terminó de hablar con ella se hizo un juramento a sí mismo: encontraría a esa niña, viva o muerta.

.


R.

A las 11 de la noche el silencio es tan grande en Cartago -sobre todo en esas calles que van de la iglesia de los Capuchinos al San Luis Gonzaga- que siempre parece que la noche va a ser eterna, pensó Rosario mientras cerraba con sigilo la puerta de su casa. Lo hizo con sumo cuidado, halando la puerta muy despacio, apenas respirando. No vaya a ser que Juan Fernando despierte y me pregunte por qué estoy saliendo a esta hora, cuando ni siquiera los panaderos del taller de la otra cuadra, frente a la Iglesia, han empezado a poner el pan de horno. Las once de la noche es una hora extraña, no pertenece a la medianoche y menos a la madrugada, decía papá, y creo que tenía razón, reflexionó Rosario, apenas un momento, mientras el frío de la noche le pegaba en la cara y sus manos tocaban la llave de metal grande, en el fondo de su bolso. Afuera, la bruma era tan espesa que no le permitía ver diez pasos adelante. Justo como en los tiempos de antes, pensó.

Rosario apresuró el paso. Sólo tenía dos, a lo más tres horas. A las cuatro y media Juan Fernando siempre despertaba y, además, algunas vecinas, las más viejas, encendían las luces para chorrear el café, y empezaban a asomarse de vez en cuando por las ventanas o a abrir la puerta de los amplios corredores para sentarse en alguna mecedora con el tazón hirviendo. Le tomaría unos veinte minutos de caminata llegar desde su casa hasta la Basílica, pero allí no habría problema. Los romeros más adelantados ya habían empezado a llegar desde los días anteriores y no iba a tener problema en mezclarse con ellos, además vestía como una romera más, y no sería llamativa para nadie. Después, le tomaría unos treinta minutos ir a la puerta de atrás, esconderse un segundo detrás de la cuarta columna de la Basílica y abrir la puerta que lleva hasta los pasadizos de atrás que convergen con el altar. El resto sería fácil. Sólo caminar unos 20 ó 25 pasos, y hacer lo que tenía que hacer. La noche era fría y solo oía sus pasos, resonando entre la niebla.

-¿Querés que cierre la cortina, Juan Fernando?

-No, dejala un poco abierta, que necesito aire. Vos sabés que me gusta dormir con las ventanas bien abiertas y es muy tarde, y mañana necesito madrugar.

-Bien, ¿pero te gustaría un vaso de agua o un té? -insistió Rosario mientras se miraba al espejo del tocador de la habitación, apenas de reojo, y trataba de adivinar las formas de su propio cuerpo, detrás de la bata de dormir blanca.

Era una mujer morena, de enormes ojos negros, alta, ni delgada ni gruesa, de pechos grandes. Tenía un pequeño lunar debajo de los labios, y cuando sonreía la cara se iluminaba, a pesar de que no tenía los dientes perfectos. El cuarto diente lo tenía montado sobre el quinto, pero nadie lo sabía, sólo ella y un par de dentistas ocasionales. Sabía que no era nada fea. Desde que tenía quince años los hombres la miraban en forma insistente. Esa misma mañana, antes de tomar la ducha, hizo algo inusual: se desnudó frente al espejo y observó cuidadosamente su cuerpo. Había pensado que, a sus 40 años, todavía era una mujer hermosa. Desde hace muchos días sentía como un hervor en el cuerpo, una mezcla de excitación apagada y tristeza. Cerró el pestillo de la puerta y de pie, frente al espejo ovalado, empezó a acariciarse el cuello y los pechos, y a tocarse el halo de los pezones oscuros, hasta que, sobresaltada, retiró sus manos, asustada de lo que acaba de hacer. Ella lo tenía muy claro desde niña. Nadie podía tocar su cuerpo, absolutamente nadie, ni ella misma, sólo su esposo el día que se casara.

Pero ese era el problema: el día de casarse llegó hace mucho, exactamente ocho años antes, cuando cumplió los 32, el 6 de junio de 1999. Las encomiendas a San Antonio habían funcionado después de varios años de esfuerzos y espera. No porque no le faltaran novios, no. Rosario Coto Fernández era un mujer bonita, pero todos los novios le habían salido informales, no tenían fundamento, como le decía su tía Evangelina, Tina. Y Rosario los rechazaba, o los ahuyentaba. “Vos sos una mujer buena, Rosario, le decía su tía, y lo que necesitás es un hombre formal, humilde y trabajador, ojalá de Cartago, ojalá de este mismo barrio. Esos de San José, como el tal Antonio, o aquel millonarito Montealegre, ¿cómo se llamaba?, Manuel, o Enrique, no, esos no valen la pena. Esos te quieren sólo para jugar con vos, Rosarito”.

Quizá las admoniciones de la tía habían sido verdaderas. O quizá de tanto oírlo, ella se había creído el cuento de que cualquiera que no fuera de Cartago y del mismo barrio, iba a ser un bandido, un oportunista y que sólo se aprovecharía de ella y de su cuerpo. Lo cierto es que todo había fracasado y Juan Fernando fue su última opción. No estaba segura, porque todo era confuso, y la idea del cuerpo y del pecado le generó muchos problemas e indecisiones. No sólo su madre, sino también sus seis tías abuelas, le habían metido en la cabeza desde niña que “el cuerpo es un altar”, y que debía ser consagrado a su marido.

Y por consagrarlo, y esperar al marido, se le fue pasando la vida. Cuando cumplió treinta años, en 1997, todavía seguía soltera y un buen día, en una fiesta de familia, apareció Juan Fernando, un primo lejano que acababa de salir del Seminario Mayor, y que había renunciado a sus intenciones de hacerse sacerdote para dedicarse a trabajar como contador en La Mutual y, el resto del tiempo, hacer lo que más deseaba en el mundo: el estudio y la adoración de la Virgen María y la Virgen de los Ángeles. Juan Fernando era flaco, tímido, tenía espinillas en la cara y siempre estaba sonándose la nariz. Esa tarde apenas conversaron. Sin embargo, todas las tías abuelas coincidieron, era el candidato perfecto. Era un cartago, muy religioso, era del barrio de los capuchinos, hijo de Chindo, el zapatero de toda la vida. De inmediato empezó la confabulación familiar y todas empezaron a rezarle a San Antonio y a tender celadas, para que Rosario y Juan Fernando se encontraran. Que un té aquí, que una reunión en el City Garden allá. En fin, empezaron a conocerse y Rosario se encontró una mañana de domingo en el altar de la Basílica de Los Ángeles, ni más ni menos, a las once de la mañana, casándose con Juan Fernando. Esa mañana cantaron el Ave María de Schubert y Rosario pudo ver con el rabillo del ojo la cara de Juan Fernando, extasiado ante al altar, transido, con los ojos llorosos de alegría.

No hubo luna de miel ni noche nupcial. Juan Fernando le dijo que una noche especial como esa, ambos debían rezar y ofrendarle a la Virgen de Los Ángeles el matrimonio y la vida en común. Que ambos serían dos ciervos de la Virgen y que esa era la única forma de llegar a la divinidad. Pasó mucho tiempo, y sólo una vez, hacia el sexto o sétimo mes de matrimonio, una noche de sábado, tuvieron algo parecido al sexo. Poco después de acostarse ella decidió quitarse el camisón de dormir, y se acercó a Juan Fernando, y lo empezó a besar y acariciar. Juan Fernando tembló y la abrazó y se dieron algunos besos, tímidos y pequeños. Cuando Rosario consiguió excitarlo, se sentó encima de él para que la penetrara (más por intuición que por conocimiento, pues nunca nadie le había explicado mucho) y esos 40 desgarrantes segundos fueron el único sexo que hubo en esos diez años, y terminaron mal, muy mal, con Juan Fernando temblando y los ojos llorosos y en trance, con un ataque cercano a la epilepsia, y Rosario, desolada, sin saber aún si continuaba virgen o no. A la semana siguiente ya dormían en camas separadas.

-Bien, pero querés un vaso de agua o un té antes de dormir -insistió Rosario, todavía frente al tocador de la habitación- quizá te ayude a conciliar el sueño.

-No, dejame así. Sólo quiero dormir. Vos sabés que mañana tengo que madrugar porque empiezan las novenas marianas a las cinco de la mañana, y yo las dirijo. Somos quince personas y quiero que estemos todos listos y purificados para el próximo 2 de agosto, y sólo nos falta un mes. La Negrita quiere que estemos todos puros.

-Pero vos no tenés que purificarte más, Juan Fernando. Vos sos incapaz de hacerle daño a nadie.

-No, el diablo nos acecha todos los días, Rosario -le dijo Juan Fernando desde la cama, cubierto por sus cobijas blancas, apenas iluminado por la luz oblicua que entraba del baño, justo al lado de la cama de Rosario- y la Virgen, la única que protegió a Jesús en Getsemaní, y luego en el Monte Calvario, es también la única que me puede salvar de no caer en el pecado y en el fuego eterno.

-Pero, Fernando, si vos sos bueno como un pan, nunca has tocado cinco centavos de nadie en La Mutual, vas a misa todas las mañanas y rezás dos rosarios por la noche, visitás a tu madre todos los días al final de la tarde. ¿Cómo podés decir que tenés que salvarte del fuego eterno?

-Siempre hay que protegerse, Rosario, uno nunca sabe.

Hubo un silencio largo. Pasado un par de minutos, Rosario, le dijo -Juan Fernando, vos creés que mañana en la noche que es sábado, podamos dormir un rato abrazados, sólo media hora. Fijate que me hace falta sentirme abrazada.

Hubo otro silencio, un poco más corto: -Imposible, vos sabés que en este próximo mes estoy en etapa de purificación y La Negrita nos quiere a todos limpios y transparentes.

-Pero vos y yo somos esposos, Juan Fernando. La propia Biblia dice que es bueno que los esposos estén juntos. Y además sólo te estoy pidiendo que nos abracemos una media hora, mientras vemos la televisión, o vemos el limonero que está junto a la ventana. Nada más, no te estoy pidiendo más.

-Imposible, Rosario. En este mes es imposible. Tengo que estar muy puro para nuestra Señora. Quizá más adelante, después del 2 de agosto.

Hubo otro silencio, mientras Rosario pensaba que tenía ocho años de oír lo mismo; siempre, quizá más adelante, después. Y se le estaba yendo la vida, le pasaban los años y, no sólo nadie la acariciaba ni la besaba sino, además, no tenía hijos. De esta manera nunca iba a tener un hijo y, un buen día, la vida le habría pasado.

-Buenas noches, Juan Fernando -le dijo quedamente, mientras cerraba la puerta de la habitación.

-Buenas noches.

Rosario caminó unos pocos pasos hacia el zaguán que da al pequeño patio interior de la casa y vio el limonero, y el pequeño árbol de acacias que está justo al lado. Luego miró al pedazo de cielo, por encima de los techos y las canoas, y pudo sentir el frío de la noche. Un pedazo de Luna se recortaba sobre el azul oscuro. Rosario cerró los ojos y, de repente, empezó a llorar, lenta y silenciosamente, con una tristeza honda y antigua que le salía del alma, de la sangre, o de algún lado. Empezó a llorar como no había llorado desde niña.


R.

Nadie se atrevió a hablar más en el bar clandestino de Beto. Ni el calor de la noche derretía ese algo helado que les paralizaba la lengua.

Ahí estaban, la crema y nata de San Benito del Bajo. Aunque nadie lo dijera, todos pensaban que un extraño designio los había agrupado, tal vez para llevárselos al infierno, tal vez para ser testigos de algo maravilloso.

Renato los miraba de reojo desde su rincón, con sus manos entrelazadas fingiendo rezar:

Mandrake, el tachador de carros. Dicen que odia a las mujeres porque su madre lo dejó abandonado.

Viruela, la travesti. Tiene granos hasta en el culo. Eternamente enamorada de un hombre casado que le pega cuando quiere.

Carmela, la que prostituye jovencitas. Siempre solloza cada vez que entrega a una.

Jupa´e Tuerca, el jovencillo amante de Beto. Todos saben que él lo mantiene.

Dora, la esposa de Beto. Desde los siete años ayudaba a su mamá a vender marihuana. Ahora trabaja como conserje en el colegio y les vende a los estudiantes.

Y por último, Rataseca: diestro como ninguno con su cuchillo. Cercena tripas humanas por encargo, por venganza o por placer.

Había otros esa noche en el bar clandestino, pero estos son los que podríamos llamar la primera división.

Y por supuesto, no podía faltar Renacuajo, el nombre de batalla de Renato. Conocía las llagas de todos y las suyas propias muy bien. En ese instante, mientras fingía rezar, se asemejaba a una mantis religiosa; ese insecto maravilloso que disfraza su ataque con una sublime plegaria al cielo.

Fue, finalmente, Rataseca el que decidió romper el silencio, Sacó su pico de lora y se acercó a Renato.

-¿Y vos creés que yo soy idiota? -le dijo en voz baja mientras presionaba su garganta con el cuchillo- ni la Virgen ni ningún santo van a asomar su cara en esta sucursal del pizuicas. Y mucho menos aparecérsele a un bicho malo como vos.

-Dice la Virgen -le murmuró Renato- que vamos a partes iguales los tres.

Rataseca sintió el impulso de atravesarle el pescuezo, pero recordó que sus negocios no andaban bien. No entendía qué pasaba. Ya nadie mandaba a acuchillar a nadie. Los sicarios colombianos que han llegado a Costa Rica son mucha competencia. Trabajo de calidad, barato y sin complicaciones: una bala puede cobrar la deuda pendiente a veinte metros de distancia.

Rataseca no es un delincuente cualquiera. Fue a la universidad. Quería ser médico, pero no soportó a aquellos hijitos de papi adoradores hasta de la mierda que cagaban.

Abandonó la universidad por principios y porque ya lo relacionaban con la carajilla que habían violado entre los bambúes.

Recordó la última vez que vio los edificios de la universidad como castillos de ensueño derritiéndose por su odio. Y recordó que bebió de esa agua y le supo igual que cualquier otra. Como también aquel curita que le metía las manos entre el pantalón a cambio de darle una bolsa de arroz a su mamá. Un segundo fue suficiente para que renovara el odio.

Dejó en paz sus recuerdos; su cara de piel de lagarto se contrajo exprimiendo razones para dar el sí, y miró las caras alrededor abotagadas de alcohol y crack esperando un veredicto. Boquiabiertos. Esperanzados en una ilusión que les devolviera la fe en sí mismos.

Rataseca tiró el puñal al centro del patio y cayó de rodillas junto a Renato.

-El cuchillo me quemó las manos -dijo con un tono dramático entre sollozos.

Las dudas se derritieron como se derretía el hielo en los vasos y fueron cayendo uno por uno: Viruela, Mandrake, Jupa´e Tuerca, Beto, Monstruo, Zampámela y Almuerzo.

Renato se puso de pie y dio la primera instrucción a los nuevos creyentes: la Virgen quería una gruta ahí mismo, en el patio de Beto.

Todos salieron a buscar piedras por el camino. Pequeñas piedras. Grandes piedras. Cualquier piedra. Cuanto más grande la culpa, más grande la piedra.

Viruela cargó una pequeña y la tiró por otra más grande. Se decidió a cargar dos: una por ella y otra por el macho de sus quebrantos.

Todas las manos de cartón se repujaron de tierra. Desde hacía muchos años esas manos no hacían otra cosa que acarrear desgracia.

Había que recoger dinero para las velas, para las flores, para la Virgen.

Ella es una dama acostumbrada a lo suntuoso: vestido de oro, piecitas de plata por las promesas, mantos de seda y altares de mármol.

Dora trajo sus dos manteles blancos de encaje para el altar improvisado…¡y quién sabe!, más adelante hasta un canal de televisión en San Benito del Bajo. La misión de gringos que ayuda a los pobres en el barrio, a lo mejor podían conseguir los aparatos rebajados de precio.

Viruela recordó aquella tonada que cantaba en el corito de niñas antes de que descubrieran que tenía pinga: ¡Dios te salve, salve María! ¡Llena eres de gracia! No se acordaba de más pero la Virgen entendería.

Había que recoger dinero y dárselo a Renato.

-¿Cómo es la Virgen, Renato?

-Es sonriente con naricita pequeña y morenita como un confite.

-¡Dios te salve, salve María! ¡Llena eres de gracia!

Mandrake y Rataseca vaciaron sus bolsillos. Beto entregó la mitad de la venta del contrabando. Sólo hacía falta una cosa: la Virgen.

Mandrake se ofreció a ir de casa en casa para conseguir una …por las buenas o por las malas. Caminó por las calles tocando puertas. Eran las doce de la noche. Algunas luces se encendieron como se encendía su alma.

Mientras Mandrake tocaba puertas, Viruela cantaba y Dora rezaba, Renato contaba en un rincón el dinero de la recolecta.


P.

Paola desaparece de la romería como una página que se vuelve y se deja atrás para que sean otras las letras y los personajes de la historia que por delante se narra. Ella sigue ahora su propia romería personal sin que sepa nada del hombre que la lleva en alzas, cubierta por una bufanda negra que huele horrible y que la ahoga y que la hace patalear con fuerza primero, durante todo el tiempo que es capaz de hacerlo, y luego, como peso muerto que cuelga de un gancho desde que le amarró los pies. Siente que su cabeza le va a estallar por la presión de la posición hacia abajo, y los golpes de los pasos del hombre, replicándole en el cerebro y en el corazón, palpitante y atormentado en ese momento por el miedo más profundo.

Hace rato se cansó de tratar de gritar. Cada vez que lo hace, la tela se le mete en la garganta y la ahoga.

Cerró entonces la boca. No podía hacer nada. El olor de los eucaliptos y el pasto la hizo imaginar que atravesaban algún potrero. Poco a poco dejó de oír voces humanas y carros ¿Por allí no había luces o sería que con la bufanda no alcanzaba a adivinar ningún reflejo? Una vaca mugió repetidas veces. Después el silencio y la respiración del hombre que caminaba a toda prisa, con su presa como premio, fue todo lo que oyó por un buen rato.

Si antes había empezado a caminar hasta la Virgen por pura rabia y para dejar callados a sus papás y a su hermano, ahora se arrepentía. “¡Perdón, perdón, soy una tonta desobediente, una egoísta, una…!” Las lágrimas y los mocos goteaban por igual de la carita enrojecida de Paola. “Papi, mami, no me abandonen, no me dejen aquí sola con este loco horrible… hagan algo, estoy tan arrepentida, encuéntrenme por favor, se lo pido…”

El hombre empezó a caminar más despacio, a ella se le hizo eterno el tiempo, mucho más de la hora que en realidad duraron, hasta llegar a aquel lugar oscuro y húmedo. Cuando la descargó contra el suelo, la hierba estaba mojada y solo se oía el refluir de un río montaña abajo.

Con la cara tapada y los pies amarrados, Paola oye cómo el hombre mueve una cadena y abre una puerta. Se acerca a ella, le quita la bufanda de la cara y le desamarra los pies sin dejar de tenerla del brazo por la fuerza.

-Entre, chiquita, -le dice- adentro hay agua. Se me queda muy quietecita hasta que yo vuelva. Oyó. Hasta que yo vuelva -recalcó.

Antes de irse el hombre se quita los guantes de lana y se acerca.

-Quietecita, mamita. -Le aprieta la cara con las manos. Paola está paralizada, quiere vomitar pero no puede. El aliento del hombre que ahora puede ver bien, tiene el mismo olor de la caca que pasa por el caño roto frente a su casa, y los dedos de las manos, sucios, parecen serpientes tatuadas con aros y escamas. Lo peor son las uñas, largas y esmaltadas de rojo, que trata de meter en su boca. Ahora sí, el vómito le sale de la garganta como una fuente y el hombre se hace a un lado.

-Cochina, cochina, papi después le va a pegar por esto.

De pronto la cara del hombre cambia. Los ojos enrojecidos empiezan a salirse de las órbitas enmarcadas por oscuras ojeras. Con la mirada detenida en un mundo del que solo él tiene la llave, saca la lengua para mostrarle un aro que guinda de la punta. Queda así unos segundos. Después se ríe y retrocede. Dándole la espalda a la niña para hacer algo que ella no puede ver bien. Saca una candela del saco, la enciende en el suelo y luego una cuchara que empieza a calentar con la llama. Parece que aspira. Unos minutos después, cuando ha terminado, se pone de nuevo los guantes de lana.

Paola termina de vomitar sintiendo que su cuerpo tirita como en los días en que había enfermado de sarampión. Una parte de ella sabe que el camino de regreso a su casa queda cada vez más perdido en medio de su corta vida. Ya no puede tenerse en pie. Cae como una pluma sobre el suelo terroso de lo que parece una bodega o gallinero abandonado. Cierra los ojos y se desvanece.

Fueron solo jirones las imágenes que pasaban por sus sueños. Soñó que se montaba en un barco muy grande y que su madre estaba en el muelle tratando de decirle algo que ella no podía oír, porque el mar las separaba cada vez más.

A las horas, la sed la despertó con el paladar pegado a la lengua. Miró alrededor y estaba sola. El hombre finalmente se había ido. Se arrastró hasta donde estaba el agua y tomó toda la que pudo. La puerta tenía una cadena con un candado puesto.

Le dolía el cuerpo, le dolía la cabeza y el frío pasaba rápido el liviano suéter escolar, hasta dar con la piel, perforándola, para encontrar del otro lado de la carne, los desnudos huesos con todo su desamparo.

Primero en silencio con la frente pegada a uno de los tablones de la puerta, luego en voz alta, empieza a rezar. Por una rendija trata de ver sombras o perfiles entre la oscuridad. Solo unas luciérnagas rompen la negra noche con sus candelillas.

-Padre nuestro, que estás en los cielos…Virgen María, Virgen de Los Ángeles, te pido por lo que más quieras que me perdones por la desobediencia y me ayudes, hoy que es tu día, hoy que estoy sola en este mundo, que solo te tengo a ti para hacerle frente a este horrible monstruo (Paola reza tuteando como le enseñaron en el catecismo, y recuerda las manos y las uñas del hombre)…acuérdate de mí. No he sido tan mala, tú lo sabes, no miento, no robo no…- Paola llora pero no se mueve, sigue observando entre la rendija los bultos de los árboles y una pequeña estrella que se estaciona en el pedazo de cielo que puede ver.

-Dueña y Señora del universo y de la misericordia, porque así te nombra mi abuela, ayúdame y ruega por mí. Te prometo ser buena como nunca, ayudar en todo, no hablar mal de nadie, querer a mis papás y a mi hermano. ¡Sálvame! Acompáñame, Virgencita, en esta oscuridad y en este terror que siento. ¡Te lo pido, te lo suplico, por favor!

Los ojos de Paola son como espejos vidriosos que miran a un tiempo detenido. Dilatados y empapados en lágrimas, tratan con toda el alma, de no estar allí, ni ser de la niña que son, en vísperas de lo peor sin que nadie esté ahí para defenderla. Las manos, aferradas a los tablones tampoco quieren estar ahí, encerradas indefinidamente a la espera de un verdugo que quite una cadena y entre.

De pronto un imperceptible olor empezó a cambiar el aire de la bodega, de aguas podridas y humedad, a flores, a lavanda, a rosas. Conforme subía y tomaba las paredes y el techo, la luz también fue cambiando de oscuras sombras a tenue azul verdoso, cada vez más claro, hasta iluminar toda la estancia como si cuatro grandes cirios encendieran las esquinas. Paola con la boca abierta estaba viendo lo que muy pocas personas en esta vida llegan a ver: la imagen, grande y luminosa le hablaba directo a su corazón.

-Aquí estoy, mi princesita. Ya no llores. No vas a estar sola nunca más.

Paola sintió en ese momento que su corazón se abría para siempre en un abrazo agradecido. Cayó de rodillas con los brazos abiertos, dejándose atravesar por los rayos de luz inmaculada que lanzaba la hermosa aparición de la Virgen morena. La reina de los pardos.

R.

Rosario llega a la Plaza de la Basílica de los Ángeles de Cartago justo a las 11:48 p.m., la víspera de la celebración de la romería.

Esa era la hora exacta que marcaba su pequeño reloj de pulsera. El aire frío lo sentía en los huesos. Miró unos segundos hacia arriba, con la mirada indeterminada, antes de hacer lo que tenía que hacer. En lo alto, la noche era clara y no había nubes en el cielo, sólo un azul profundo que se mezclaba con la oscuridad. El universo parecía abierto, inmenso, y el color azul-noche, brillante, misterioso e intenso, le pareció el color que justo debería de tener la eternidad. Al menos, así eran las noches de las estampitas religiosas de su infancia. En ese instante, Rosario pensó que, desde las inmarcesibles alturas, la ciudad de Cartago, su Basílica y su plaza, deberían de ser apenas un pequeño y diminuto punto en el universo. Apenas un accidente, una nimiedad. Habrá lugares más importantes en el mundo que esta ciudad y esta plaza, lugares donde hay guerras y hay gente que muere, y cosas tremendas suceden. Y en Cartago casi no sucede nada. Quizá esta noche Dios esté mirando para otro lado, se dijo Rosario a sí misma. Y, con todas sus fuerzas y todo su corazón, deseó que fuera así.

A pesar de faltar aún veinticuatro, veintiséis horas para la madrugada que conmemoraba la aparición de la Negrita de los Ángeles, el 2 de agosto de 1635, a aquella niña campesina llamada Juana Pereira, ya había muchos romeros adelantados frente al atrio de la Basílica, en los alrededores de la Iglesia, unos conversando, otros tomando café, otros arremolinados en pequeños grupos, otros acercándose al altar del templo, algunos de hinojos en su marcha hasta el sagrario, persignándose, diciendo oraciones, rezando rosarios, haciendo peticiones a la Negrita, en muchos de los infinitos ritos que los años y las décadas han ido sumando.

Rosario era una más de la multitud. Vestía igual que muchos de los otros miles de romeros que venían por distintos caminos del país en dirección a la Basílica, con su pantalón de mezclilla azul, una sudadera de color negro, y una mochila gris. Al llegar al centro de la plaza, una acción refleja la hizo ver hacia atrás, como si alguien la estuviera siguiendo. El corazón le latía fuerte en el pecho, y tuvo que respirar hondo y serenarse. Después de mirar en derredor con calma, se percató de que todo el mundo se parecía a ella: todos eran romeros con chaquetas, pantalones de mezclilla y mochilas al hombro.

Poco a poco, su respiración empezó a pacificarse y se fue acercando a la parte de atrás de la Basílica, justo en la parte inversa a la fuente de agua bendita de la gruta, en la cual la mismísima Virgen se le apareció a la niña Juanita. De esa manera, caminó hasta la quinta columna trasera de la Basílica, justo al lado de una pequeña puerta que conduce a la primera sacristía. Se trata de una puerta que pocos conocen, sólo los más allegados a la Basílica: los jardineros, los sacristanes y los asistentes de obras.

Rosario conocía bien los pasadizos del lugar porque desde hacía doce años era parte del Grupo de Vestidoras de la Virgen, ese orgulloso grupo de mujeres que hacía el cambio o la “muda” de la Negrita. Y, justamente, esa mañana a ella le tocaría hacer la penúltima “muda”, un vestido color amarillo y rojo preparado por la “vestidora oficial”, nombrada hace algunos años para sustituir a las miles de ¨vestidoras¨ y ¨vestidores¨ que le enviaban cientos de pequeños vestidos y túnicas desde todos los lugares del país e, incluso, del exterior.

Rápidamente Rosario abrió y cerró la puerta y se dirigió a la entrecámara que está justo detrás del Sagrario, una pequeña habitación que se utiliza para guardar algunos objetos litúrgicos durante el año y que -en estos días- se lleva a la Negrita durante una media hora, para prepararla para el día que se inicia. Durante esa media hora, las “vestidoras” hacen el cambio del vestido y le cuelgan algunos adornos, pequeñas guirnaldas de flores, que se reciben también como regalo de algunas floristerías de Cartago y de otros lugares.

El procedimiento fue rápido. Rosario tomó la figura de la Negrita que estaba sobre una pequeña placa de metal, cubierta por unos velos, y la guardó en su mochila de ¨romera¨, dejando únicamente la muda de oro vacía en el altar.

Nuevamente, salió por la puerta de metal negra, junto a la quinta columna trasera de la Basílica. Mucho más simple de lo pensado. Ya todo estaba consumado. Al salir, sintió el aire frío de la madrugada golpeándole nuevamente las mejillas.

Rosario se confundió entre los romeros nocturnos que estaban junto a la fuente de agua, y todavía tuvo tiempo de acercarse a uno de los pozos y hundir su mano en el agua bendita y persignarse, cerrando los ojos. El corazón le latía fuertemente, queriéndosele salir del pecho, justo como un caballo desbocado. Poco a poco, respiró con más calma y empezó a caminar por la acera, primero despacio, después un poco más rápido, de regreso a su casa en el Barrio de los Capuchinos. Mientras caminaba, empezó a llorar levemente, con lágrimas internas, con una mezcla indescriptible de rabia, de tristeza, pero también de miedo. En su mochila llevaba, ni más ni menos, que a la Virgen de Los Ángeles.

A.

Amelia nota que la calle, con la claridad de la mañana, luce diferente a la noche anterior. Además, ella, más que avanzar, se devuelve, pero sabe que ese café caliente con un tanto de leche resulta imprescindible para amanecer.

Apenas se acerca a Chilles, nota que el añejo bullicio de “luz prendida toda la noche” que caracteriza al lugar, está acompañado de algo más. Descubre de repente que no solo su noche estuvo llena de acontecimientos.

Su mente todavía está confusa y su cuerpo flota, como andando de puntillas para que no se rompa el hechizo. Desde que pone los pies en la puerta queda capturada por la pantalla de la televisión en la que un camarógrafo que corre con su lente hacia ella, anuncia los últimos avances en relación con la noticia del momento.

“Directamente desde el lugar de los hechos, les traemos los últimos informes sobre la desaparición de la imagen de la Virgen de los Ángeles en la Basílica de Cartago…”

“Como veníamos informando desde la medianoche, en el mismo momento en que acababan de ocurrir los acontecimientos y sobre los cuales hemos mantenido una cobertura directa y en vivo, les confirmamos que ha desaparecido la imagen de la Virgen de Los Ángeles y hasta el momento nadie ha dado explicaciones a este hecho. Las cámaras de “Noticias Especiales” se encontraban anoche en la Basílica cubriendo la llegada de los romeros que ingresaban a la iglesia, cuando de pronto, en el instante en que nuestro camarógrafo intentó llevar hasta sus hogares la vívida imagen de la Virgen, acercando su lente hasta las profundidades de su encierro de oro, descubrimos nosotros al mismo tiempo que ustedes, nuestros televidentes, la sorpresiva noticia de que allí no había nada más que ¡la vestimenta! Y así, de primeros y en vivo, trasmitimos a ustedes en aquel momento, la inquietante realidad de que la Virgencita de Los Ángeles nuevamente había desaparecido, justamente hoy, día en que tantos viajeros de todos los rincones del país acuden a su casa a rendirle homenaje, a cumplirle promesas, a hacerle peticiones”.

“No obstante, los miles y miles de romeros continúan su marcha y siguen arribando a la iglesia. Oigamos lo que opinan algunos de ellos…”

El cerebro de Amelia aterriza tan abruptamente como su cuerpo sobre la primera silla que encuentra libre. Mientras todas las miradas del lugar, incluso la de la salonera con delantal redondo de vuelos, estaban concentradas en la pantalla, las más diversas emociones comienzan a apropiarse de Amelia. Y entonces, ahora ¿quien irá a concederme mi deseo, si ya no hay virgen?, fue la primera tontera que se le ocurrió pensar. ¿Qué caso tiene seguir la travesía? Aunque de inmediato, la tranquiliza la idea de que si algo de creencia existe dentro de ella está segura de que va más allá de la simple figura de piedra colocada en aquel altar. De por sí que muchas veces ha oído decir que lo que tienen expuesto es una copia… Sin embargo, se siente desconcertada. El rato parece decidido a sacarla de balance. Flota aún en las dimensiones “suaves” que los viajes a esos mundos placenteros de la compañía dejan sobre su piel. Sabe que persistirán por los momentos siguientes, y algunos, lo harán para toda la vida… Pero también razona que su decisión fue la correcta. ¿Qué mayor eternidad podría tener ese mágico rato, que pertenecer al mundo de los recuerdos? ¿Qué más que un buen sitio en su memoria podría ofrecerle a ese extranjero del que no supo nada más que era bueno para capturar el goce completo de la vida por una noche y compartirlo?

Siguen las noticias: “De diferentes rincones del país llegan informes de que la Virgen está haciendo apariciones. Los romeros se niegan a suspender su viaje y la fe en los milagros parece haberse echado a la calle. Entrevistan a una mujer que dice creer más ahora que antes que su Virgencita sabrá concederle el milagro que espera. Y que si todos van allá, a su casa, van a lograr el milagro de que de la misma manera que desapareció, aparezca”.

Amelia estaba clara de que para ajustarse a sus planes luego de la “inesperada demora” que ocasionaron los hechos de la noche anterior, no va a bastar con tomarse un café y seguir, que tendrá que digerir un poco tantas inusitadas emociones para volver a sentirse cómoda, pero de ahí a que el símbolo de su decisión para ese día haya desaparecido, hay un gran trecho. El abismo sobre el que habrá que tejer un puente se le figura monumental. Y además todavía está sin desayunar. Pide el deseado café con leche y un plato de pinto con huevos y tortilla.

Todo está revuelto dentro de su cabeza. ¿Y si fuera que el Darío que acabo de dejar atrás era mi milagro? piensa Amelia. ¿Y con esa soltura que lo dejé pasar? ¿Qué será lo que en verdad le estoy pidiendo a la Virgencita que me haga realidad?

De repente, un tumulto y un griterío que se producen en la mesa de a la par, interrumpen la elaborada confusión de Amelia.

-¡Que una señora se desmayó! ¡Que dicen que vio una aparición de la Virgen! -gritan.

Más práctica de la cuenta al presentir la emergencia, Amelia reacciona como un resorte y corre hacia el grupo de gente prendiendo el celular que traía en la bolsa de su buzo. Ya con el 911 remarcando en su teléfono, descubre que entre el grupo de asustadas señoras que rodean a la que se ha descompuesto se encuentra su tía Mencha.

-¿Qué pasó? ¿Qué pasó? -pregunta Amelia.

-M‘hijita, esto sí es un milagro que aparezcás vos aquí! -reacciona la tía Mencha al descubrir a Amelia- que veníamos caminando todas nosotras en grupo y de pronto la Macha McCormick se nos fue al suelo, y parece inconsciente.

-Acaba de ocurrir una emergencia aquí en Chelles. Una señora perdió el conocimiento. ¿Podría ayudarnos con una ambulancia? -reacciona Amelia ante la voz que en su celular contesta.

-Hay un puesto de la Cruz Roja al pie de Cuesta de Moras. Ya le aviso para que vayan para allá.

Amelia trasmite el recado a las angustiadas señoras, abraza a su tía en señal de apoyo y decide pagar su café. Apura el último sorbo que quedaba en la taza, y ve el resto de pinto que se acabó enfriando sobre la mesa.

En la tele, de momento, entrevistan a alguien que, todo sofocado “afirma que la Virgen se acaba de aparecer en una gruta en San Benito del Bajo…, y que en pocos minutos trasmitirán desde el lugar de los hechos, porque una móvil se está desplazando hacia el lugar”.

Se escucha la sirena, Mencha vuelve sus ojos a su sobrina y la próxima vez que se percata de su situación, Amelia va sentada en la ambulancia junto a su tía y otra de las señoras, acompañando a la Macha McCormick rumbo hacia el Calderón Guardia. Durante la atención, el joven doctor que venía en la ambulancia había dirigido todas sus preguntas sobre lo que había pasado, a Amelia, que aunque ajena a los hechos, parecía la única persona ecuánime del lugar. En el proceso sus miradas se encontraron y se localizaron mutuamente. Él era alto, vestía ese característico uniforme de los internos, y mostraba una barba sin hacer que indicaba las horas continuas de trabajo que tenía encima. Al recibir los cuidados del doctor, rápidamente la señora desmayada comenzó a recuperar su lucidez e insistía en que había visto a la Virgen. Desconcertado el doctor, que se había colocado en la ambulancia justo al lado de Amelia, acerca su cara al oído de ella y le comenta:

-Es la tercera persona en la noche que atiendo y me dice lo mismo… ¡He visto aparecer a la Virgen! ¿Será tan fuerte el efecto psicológico de una situación como esta? ¿Estaremos todos tan deseosos de milagros? -Por mi parte, -añade el doctor impregnado del pragmatismo por el que había escogido esa profesión-, más me preocupan los informes que nos han llegado del puesto de Tres Ríos, donde dicen que quien de verdad ha desaparecido es una niña de 10 años. ¡Y todos siguen rumbo a Cartago!

-Yo también voy para allá -es lo único que atina a decir Amelia, aunque a la vez respira profundo y bajando la cabeza comparte el sentimiento del doctor, sin evitar que su cara exprese el tumulto de pensamientos encontrados que se agolpan en su cerebro. Cuatro millones de personas hacen drama por radio y televisión por una virgen de piedra que ha desaparecido, ¡increíble y se supone que estaba súper segura! Miles como ella caminan por las calles persiguiendo milagros y nadie repara en que una verdadera virgen de carne y hueso, es la que ya no aparece. ¡No entiende nada de lo que le está pasando por dentro! Salió de su casa convencida de que podría caminar sola hacia Cartago, y sin saber por qué, un buen poco de horas después no ha partido aún de San José, y después de pasar una noche que más pareciera una ilusión, se encuentra montada en una ambulancia acompañando a alguien que no conoce, rumbo al hospital oyendo las filosofías de un consecuente doctor. Definitivamente a la vida no se le pueden prever sus rumbos ni sus matices.

Todo lo que ocurre después son las escenas típicas de un hospital. Entrada apresurada, médicos y enfermeras atendiendo la situación, y una puerta que deja a los acompañantes completamente por fuera de la escena. Después del desconcierto natural, las presentaciones del caso que hace la tía Mencha y las preguntas del por qué y gracias a Dios (gracias a la Virgencita dirás, corrige Amelia) estabas allí; Amelia encuentra espacio para las tres. No acababan de sentarse cuando aparece de nuevo ante la puerta el joven doctor buscando, parecía, la cabellera larga de Amelia. Ella, al igual que todos los que están sentados en esa sala, había permanecido con la atención fija en aquella puerta que se traga a los pacientes, por lo que rápidamente sus miradas se conectan de nuevo. Las tres mujeres acuden y el doctor les explica que la señora ya está estable, que fue un preinfarto asociado a una crisis nerviosa, por lo que debe permanecer en observación por las siguientes 24 horas. Sugiere que sus dos amigas, la tía Mencha y la otra señora ingresen al cuarto donde la han ubicado, avisen a sus familiares y se turnen para acompañarla por el resto del día.

Amelia se sorprende de haber sido excluida del asunto de la misma forma extraña en que había sido comprometida, pero en cierta manera siente un gran alivio, y antes de que las señoras acaben de ingresar, despedirse y agradecer, el doctor se vuelve nuevamente hacia ella y le propone:

-Salgo de inmediato camino hacia Tres Ríos en la misma ambulancia en que vinimos. ¿Quiere que la encamine?

Sin pensarlo y sin dudarlo, Amelia contesta de nuevo:

-Voy.

Ya para ese momento son las 8 de la mañana. Amelia se reacomoda el pelo trenzándolo de nuevo con su bufanda y sin pensarlo dos veces sigue al doctor. Ahora se montan en la parte delantera de la ambulancia y casi sin darse cuenta entablan una amena conversación, que va y viene entre miradas algo más que cercanas.

Al iniciar el recorrido, por la mente de Amelia se revuelven muchas emociones: las imágenes de Darío, aquel que no era más que un desconocido pero que a su vez parecía conocer exactamente la forma de emocionarla, sus originales peticiones a la Virgen desaparecida, y esos recientes ojos del doctor. ¿Y si su milagro estuviera allí, entre los sucesos de este viaje? ¿Cómo hará para saberlo? Conforme el tiempo va pasando, lo único que le resulta claro es que ella va, que debe seguir, que tiene que llegar a allá.

Al detenerse la ambulancia en el parque de Tres Ríos, una persona que está esperando al doctor se acerca a la puerta. Amelia se queda mirando al recién llegado con detenimiento. No le caben dudas, esa persona no puede ser otro que Greivin, aquel filósofo soñador compañero en el curso de Repertorio de Historia del Arte unos años atrás. Instantáneamente comienza a acordarse de las largas conversadas que se pegaban después de clase, tomándose a veces un café, a veces una cerveza, sobre temas que a nadie más le interesaban en aquel momento. A ella le encantaba su compañía, le parecía alguien tremendamente original; sin embargo, al acabar el curso se desapareció y nunca más había vuelto a saber de él. Lo reconoce pero a su vez lo nota diferente. No podría decirse que su físico ha cambiado, siempre menudo, con ese bigote que no pasa de ser una sombra… pero su expresión es fuerte ahora, ¿madura? Qué ganas de hablarle, de saludarlo, pero parece tan concentrado en lo que tiene que decirle al doctor que aún no se ha percatado de que ella está allí. Está segura de que la reconocerá de inmediato.

Amelia, que venía en el asiento central, empuja suavemente al doctor para bajarse de la ambulancia, y se sorprende al escuchar que Greivin requiere de la experiencia de Javier en aspectos forenses. En ese momento Greivin repara en ella y sorprendido también de encontrarla allí, interrumpe sus palabras y dibuja con un par de arrugas un signo de pregunta en su cara:

-¡Amelia! Ha rato! ¿Cómo estás? ¿Qué hacés aquí?

Amelia se acerca para dejar que el brazo de Grevin la rodee por los hombros y la atraiga lateralmente hacia sí. Disfrutando de ese característico saludo que recordaba muy bien, le contesta:

-Por lo que acabo de oír, algo muy diferente de lo que hacés vos. ¿Cómo estás? ¡Qué gusto verte!

-Igual, igual. Se te ve muy bien -dice Greivin mientras no deja de examinarla.

-¿Se conocen? -interviene el doctor- ¡Qué mundito más pequeño este!

-De los tiempos de la U, imaginate vos, hace miles de años -aclara Amelia volviendo a ver al doctor, pero sin apartarse mucho de Greivin, como demostrando con el cuerpo, que la confianza de los años viejos pesaba más.

-¿Para dónde vas, qué hacés aquí? -insiste Greivin.

-Voy -se sorprende Amelia contestando nuevamente y señalando con su mano la ruta de los romeros.- ¡Es que tengo que llegar a alguna hora a Cartago!

-Necesito un café explicativo, reacciona Greivin. Aquí, aquí en este chinamo, señalando una mesa de madera con los bancos vacíos que se encontraba enfrente, donde una señora revolvía con gusto los sobros de la olla con pinto.

-¿Viene con nosotros?, le pregunta Greivin al doctor.

A este le resultó fácil comprender que sobraba y argumentó que tenía que regresar. Ya le había dado los detalles que Greivin necesitaba, y en señal de despedida le ofreció su número de celular. Greivin comenzó a anotarlo y a su vez le brindó el suyo. Instintivamente Amelia sacó su teléfono y los anotó también.

Percatándose de la acción de Amelia, el doctor, adelantado como siempre en sus comentarios y buscando no despedirse del todo de aquellos ojos con los que tanto acababa de entretenerse, le dice:

-¿Me regalás el tuyo también? Tal vez te pueda informar del estado de la señora algún día de estos…

A Amelia, con el rostro sonrojado al saberse pillada no le queda más que, nuevamente, sonreírle al doctor y darle el número. Ahora fue Greivin el que usó de nuevo su pantalla y bromeó para todos:

No teníamos celulares en aquellos tiempos.

A.M.

Después del tumulto en la esquina de Chelles, porque a alguien se le ocurrió decir que había una señora en éxtasis recibiendo un mensaje de la Virgen y que llegara la ambulancia para llevarse a la Macha, a Mencha y a su sobrina, Ana María y Berta continuaron con la promesa de caminar hasta Cartago, ahora con la intención de que la Virgen ayude a encontrar su propia imagen.

Parada en la esquina, Ana María queda por unos momentos mirando esa avenida que prácticamente atraviesa la ciudad y piensa que también, al igual que el Paseo Colón, cada vez tiene menos personalidad, no es que antes tuviera mucha, pero había edificios que la engalanaban un poco, los que quedan los han tapado o reformado en la parte de abajo, con ventanales o añadidos, que se suponen modernos sin que rimen unos con otros, y que la han convertido en un verdadero mamotreto. Ahora la calle es de adoquines y no circulan carros, pero las aceras continúan disparejas de losetas casi iguales a las que ella caminó de joven, con altos tacones y las mejores galas en aquellas tardes cuando era casi una obligación social venir a dar vueltas a su alrededor. Las mujeres bajaban por la acera derecha viniendo de este a oeste y subían por la otra, una y otra vez, entre semana después de las cinco de la tarde y los domingos después del cine. Eso se puso de moda cuando ya las vueltas en el parque Central perdieron novedad. Iban para ver a los muchachos que se paraban en su mayoría en las afueras del Petit Trianon, un café-bar en la esquina del cine Variedades o pasaban en sus carros para dar cuerda ¡Cuántos pestañeos y miradas lánguidas se lanzaban unos a las otras! ¡Qué palpitar de corazones al cruzarse las miradas!

-Ana María, -dice Berta- tenemos que seguir.

Trata de rezar el rosario conforme avanza, pero empieza a repasar su vida. Suspira diciéndose: -Las locuras que se hacen cuando se está joven, ¿verdad, Virgencita? A pesar de la insistencia de mamá, metí cabeza enamorándome con esa ilusión de chiquilla. ¿Cómo no lo iba a hacer? Roberto era el sueño de todas las muchachas en esa época. Llegó con su convertible blanco, como un muchacho Marlboro, así exactamente. Vestido de vaquero gringo, venía de estudiar agronomía en una universidad de Texas, verlo en diciembre montado a caballo para el tope era algo así como de película. Total que caí redonda y recién salida de bachiller me casé, continúa divagando Ana María, ¿Por qué cambió tanto? Bueno, lo sé, sin tragos era amable, cortés, caballeroso, pero, en cuanto tomaba se convertía en un energúmeno. ¡Qué decepción en la luna de miel! Ahí recibí los primeros golpes y callé y lo perdoné ante sus promesas. Qué orgullo más tonto, aguanté tantos años, o tal vez temor de darle la razón a mamá. Allá en la finca donde vivimos toda una vida, las golpizas que recibía eran terribles y yo en silencio.

-¡Virgencita mía!, -se dice- sin tu ayuda no sé qué hubiera hecho. A ver, voy a empezar a rezar para olvidarme y continuar caminando.

Esta romería no es como las otras, las personas avanzan como ovejas sin pastor, porque aunque unas vienen por el vacilón y otras por devoción, el ambiente está raro. ¡Se siente que falta algo! Mucha gente ahora se está devolviendo al saber que ya la Virgen no está en el lugar de siempre. Ana María desea gritarles que ella no nos abandona, que es su imagen la que no se encuentra, pero calla por temor de que no la entiendan.

Camina cabizbaja, a paso moderado para avanzar con la compañera que también viene calladita. De nuevo los recuerdos llegan…ahora le parece mentira que aguantara tanto tiempo, veintitrés años de angustias, tapándole sus borracheras, infidelidades y groserías hasta que enviudó.

-¡Virgencita! -murmura entre dientes- intercede para que mis hijas entiendan que nunca las abandoné, ellas no me perdonan que las mandáramos tan chiquitas a vivir con los abuelos, justo cuando empezaron la escuela. Nunca supieron la verdad de su papá, quien siempre me cobró el no haberle dado un varón y por eso me trajo uno. Un día se apareció con un niñito y sin más explicaciones me dijo que teníamos que criarlo, porque era su hijo Carlos Roberto. Después me enteré de que era el fruto de sus amores con una mujer que tenía en la otra finca de la montaña donde yo tenía prohibido ir. Y me dio tanta lástima el chiquito que lo acepté, las criaturas no tienen la culpa de los errores de los mayores, pero por supuesto, eso también me lo reprochan las muchachas.

El timbre del celular interrumpe sus pensamientos; es una amiga que sabe que ella vendría a la romería, para decirle que aquí anda perdida la hijita de unos vecinos y envía su foto para pedirle que ayude a buscarla. Inmediatamente lo comenta con Berta y siente una gran tristeza al ver esa gente que camina sin saber nada de esa pequeña. Y vuelve a golpearla el pasado cuando vino como loca a San José para buscar a Martita, que entonces se había escapado de la escuela. Corrió por las calles hasta encontrarla acurrucada bajo un árbol del parque España, llorando porque una compañera le dijo que ella no la quería. Había escuchado a la mamá comentar que pobres criaturitas abandonadas, porque ella prefería estar con el sinvergüenza del marido y no con ellas. ¡Cómo le costó tranquilizarla! Reparó un poco el daño cuando las llevó a Disneylandia en las vacaciones donde pasaron muy felices y unidas; pero de tonta al regreso se fue de nuevo a la finca con Roberto. Nunca encontró fuerzas para dejarlo.

De nuevo pone atención para buscar a la niñita y al ver a una llorando sentada a la orilla de la carretera corre pensando que es la perdida, cuando ve que una señora la llama para llevársela de la mano.

-¡Qué barbaridad! ¿En qué momento avanzó la mañana? -comenta en voz alta acercándose al parque de Tres Ríos, donde se sienta para tomar un cafecito caliente en un chinamo de esos que ponen a la orilla del camino. Aprovecha para llamar preguntando por la Macha, la tienen en observación, sufrió un pre-infarto, ya está toda la familia en el hospital. Se siente un poco más tranquila.

Reanuda la marcha, empieza el rosario de nuevo. Pero, otra vez sigue con el telele de los recuerdos. Trata de concentrase sin lograrlo. Ahí está Roberto en su caballo haciéndole señas para que monte a la grupa. De novios le encantaba ir bien abrazada de su cintura.


D.

Como una mariposa alcoholizada, la sonrisa de Darío aún se prendía de sus labios con la forma del último beso que recibió de Amelia. Antes de abrir los ojos buscó en las sábanas su olor. Era el mejor monumento que había podido visitar durante todo su viaje, ella y su olor.

Supuso que ya era de día. Los cristales pintados de la ventana dejaban apenas entrar una leve claridad rojiza que daba un aspecto dramático al cuarto en el que habían pasado la noche. Tras los tabiques oía el murmullo de una cisterna llenándose de agua e imaginó que su apasionada compañera de sueños, aquella deliciosa mujer se encontraba en el baño. Extendió su mano por encima de la almohada cómplice, aún sin voluntad de pensar y dos uvas se deslizaron hasta sus dedos. Reconoció al tacto la fruta y perezosa, lascivamente, con naturalidad de fauno, se la llevó a la boca y la saboreó. Luego, las ganas de orinar lo impulsaron a levantarse. Optó sin embargo por aguardar un momento a que se desocupase el lavabo y se quedó sentado en un lado de la cama, de espaldas a la vidriera. Todos sus sentidos se habían despertado y se notaba con fuerzas para cambiar el estado de ánimo que le había acompañado durante los días precedentes.

Había cesado el rumor de tuberías. Su figura desnuda se difuminaba como en una aureola de humo rosado, en medio de un silencio que comenzaba a acomodarse con familiaridad por las esquinas. Los efectos de todo lo que había tomado la noche anterior se habían desvanecido, pero la fantasía de que podría iniciar con Amelia una relación que lo sacase un poco de su indolencia, le refrescaba la nuca. -Si lo intento con ella y funciona, tal vez -se decía, sintiéndose exagerar, dolido por el recuerdo- ya no sea preciso regresar a España. ¿Y para qué? ¿Qué me va a quedar allí una vez que mi madre venda la casa y se vaya para Copenhague?

En aquel espacio demasiado oscuro el excesivo silencio pesaba cada vez más, promoviendo la sospecha. – ¿Y si…se ha marchado a la maldita procesión?

Con el corazón súbitamente encogido por el temor, se dirigió hacia la manilla de la puerta del baño, que descendió sin resistencia a la presión de su puño. El espejo frente a él, algo roído en los bordes por un óxido ubicuo, le agrandaba el vacío del cuarto devolviéndole reflejada, cómo único objeto animado, la sorpresa de su rostro. No había cortinas en la ducha. -¡Coño!, ¡Mecagüenlá…! -exclamó en voz alta.

Él siempre había dado por supuesto que el amor era un disfrute momentáneo, que se justificaba sólo mientras hubiera deseo. Y la amistad algo que sucede por mera coincidencia de querer tomar una copa juntos en un bar. Ni siquiera podría acordarse de los nombres de todas las personas con las que había mantenido relaciones sexuales en los últimos cinco años… Pero ahora le había apetecido dedicarse a Amelia, quien en efecto se había marchado sin decirle nada: la primera mujer con la que había fantaseado la posibilidad de creerse algo más y la primera que lo dejaba. -¿Por qué seré tan estúpido?- se reprochaba Darío llevándose las manos a la boca, sin acabar de digerirlo. ¿Acaso pensaba que la vida iba a cambiar porque él decidiera, a todo esto sin mencionarlo ni por un momento, que este encuentro erótico, a diferencia de todos los anteriores, iría más allá?

Herido en su vanidad, se resistía a aceptar lo que por otra parte le parecía evidente: la mentada romería era para Amelia más importante que lo que él, en unas horas de entrega física total, había podido ofrecerle. Ella se lo había dicho, sí, pero no podía creer, por el entusiasmo con el que se había dejado seducir, que realmente fuera a cumplir su palabra. ¿Qué será -se preguntaba Darío, buscando excusas para no sufrir- como cinco años mayor que yo? Una mezcla de rabia, autorreproche y confusión agitaba su habitual escepticismo y dejadez.

Aquel lugar no ofrecía desayunos y, aunque de otra forma hubiera sido, Darío no tenía el estómago para nada. Se echó a la calle aun más perdido que el día en que decidió comprar el billete de avión para Costa Rica. Entonces lo empujaba la convicción de que si su madre llegaba a vender la casa familiar, tal y como les había anunciado a él y a sus dos hermanos mayores, no quedaría nada que lo vinculara afectivamente con ninguna parte. La casa donde había crecido era su único referente vital. Pero no se atrevió a reclamarle nada, como de costumbre, haciéndose el fuerte, el independiente. Su madre argumentaba que ya todos eran mayores y que podían hacer de su vida lo que quisieran. Antes que encontrarse sola, rodeada de recuerdos, ella prefería reclamar también para sí este derecho a vivir su vida. Así pues, había decidido invertir los réditos que le ofrecía su negocio de compraventa de antigüedades e instalarse en una casa más a su medida en Dinamarca, confiando la gestión a un socio y viajando a España sólo cuando fuera necesario.

Ahora Darío tenía la necesidad de fumar, pero no le quedaba ningún cigarrillo y tampoco tenía papel para liarse la poca marihuana que le quedaba. El papelillo del beso se lo había llevado Amelia ¿Se sentía solo? En todo caso ahora veía hasta qué punto su vida se había construido sobre no dichos, cuando no sobre malos entendidos. Porque no le había dicho nada de lo esencial, sólo palabras bonitas para encender su deseo. Tampoco le quedaba ron. Le importaba parecer que no le importaba. Así se había pasado la vida, fingiendo no necesitar lo que realmente le afectaba, sintiéndose siempre impotente para construir por sí mismo un puente que lo pudiera unir sentimentalmente a su madre -¿Voy a llorar? ¿Seré gilipollas?- pensaba. Su madre nunca atendió mucho a sus lágrimas de niño demasiado acostumbrado a quererlo todo. Blanca, hermosa y fría como los inviernos de su tierra natal, ella le permitía tener lo que quería, pero no le daba ninguna muestra de extraordinario afecto. Tal vez por eso su padre se había suicidado cuando él apenas contaba tres años. O tal vez no, porque ¿qué sabía él de su padre? Que pintaba, y que pintaba poco. Nunca alcanzó a leer ninguna carta suya de las que la mamá conservaba escondidas en el desván de la casa. Únicamente le pertenecía el retrato que le hizo cuando comenzaba a dar sus primeros pasos: un niño de espaldas, desnudo, regordete y rubio como un querubín, apoyado en el quicio de una puerta imaginaria, entrando en un espacio desenfocado, sin objetos, sin camino… Esa era la visión que su padre le había legado: iría construyendo el camino con sus propios pasos en mitad de un mundo vacío, sin nadie más. ¿Y un camino para llegar a dónde? Los ojos de Darío brillaban más de lo habitual.

Dudó entre devolverse a la pensión, donde doña Cloti sin duda estaría haciéndose preguntas sobre su ausencia durante toda la noche, o… buscar a Amelia en la romería y comprobar si sí o si no había razones para creer. Y optó por lo segundo, convenciéndose de que en circunstancias normales posiblemente la arquitecta no le hubiera dejado. Las cosas podían ser simples y él debía dejar de tomarse por el ombligo del mundo.

Para acertar con la dirección sólo tenía que seguir a la gente con vestimenta deportiva, mochila, gorra y gafas de sol, que aún continuaba afluyendo. Y se dio cuenta de que contaba con todos esos elementos para camuflarse como uno más entre los romeros.

Al poco de caminar había conseguido acompasar su marcha a la de un grupo de muchachas que iba a buen ritmo delante de él. Sin el aliciente religioso, ni siquiera turístico, Darío se tomaba la marcha como una gimnasia útil para mantenerse en forma, sobre todo, como una última esperanza para hacer de su paso por Costa Rica algo más que una insípida escala de ese viaje a ninguna parte que había emprendido.

Muy pronto se enteró del rumor. Al principio se extrañó, contagiado por la curiosidad que el hecho despertaba en todo el mundo. Él no sentía ningún espanto y hasta le pareció gracioso que fuera a suceder algo así, robarse la imagen de la Virgen justo el día en que discutía con doña Cloti sobre el uso que se debía dar a las estatuas. ¿Qué pensaría la pobre señora? En todo caso, con este acontecimiento ya no se iba a preocupar tanto de su ausencia, no siendo que se lo imaginara detrás de la desaparición de la imagen, traficando para algún anticuario conocido de su mamá.

Su arranque de humor, sin embargo, duró sólo el tiempo que tardó en recordar que él no estaba allí por la Virgen, sino por volver a encontrarse con Amelia, en la esperanza de que ella se echaría en sus brazos en cuanto lo viera… Y también por el miedo a caer en la evidencia de su imparable soledad, por la constancia del recuerdo de una madre que le había facilitado casi todo, menos el calor profundo de una caricia espontánea… Esto último le resultaba demasiado cursi para ser pensado y lo borró enseguida de sus reflexiones.

Entre lo uno y lo otro no había abierto la boca en mucho rato. El grupo de muchachas que inicialmente tomó como referencia para caminar, había quedado atrás. A la altura de un pequeño supermercado que encontró abierto, pudo comprar una botella de yogur y un paquetito de galletas. Más adelante, en un pequeño chinamo, pudo completar su desayuno con un poco de café chorreado, algo suave para lo que él acostumbraba.

-¿Queda mucho para la Basílica de Cartago? -preguntó como un niño que se impacienta. Había pasado un buen rato procurando distraerse con nada, porque cada atisbo de razonamiento le conducía sin remedio a un desolador paisaje, en el que no siempre los matices conseguían alegrar el conjunto.

En esas estaba cuando reparó de pronto en el ceño fruncido de un adolescente desgreñado que, con paso decidido, arrancaba a caminar deprisa hacia él, pero sin perder de vista a un par de señoras distraídas que caminaban delante con parsimonia, conversando. Casi instintivamente, al tiempo que una de ellas caía al suelo como consecuencia del empujón que había recibido, llevándose las manos al cuello, extendió su pierna con la intención de detener al agresor. Y aunque este pudo evitar tropezar con él, no así que lo agarrase por el suéter y lo aprisionara con ambos brazos, sin dejarle apenas respirar. El joven ladrón, asustado y nervioso, habiendo soltado ya la cadena de oro que le quitó a la mujer, dudaba entre pelear o protegerse, advirtiendo que Darío era más fuerte que él, pero consiguió zafarse con un puntapié que le propinó con el talón y se echó a correr por entre unos matorrales cercanos. Al poco, como animal de montaña, había desaparecido ante las miradas atónitas de los que alcanzaron a ver la escena.

Darío, recogiendo del suelo sus gafas caídas, se acercó aprisa para ayudar a la mujer que, sentada en el suelo y aturdida aún, lo miraba boquiabierta viendo que le devolvían su joya.

-¿Se encuentra bien, abuela? Ese chaval le robó la cadena, vamos, le ayudo ¡arriba!

Una vez pasado el susto, la señora y su amiga se presentaron. No sabían cómo agradecerle su gentileza, que no por amable encontraban menos arriesgada. Por niño que fuera el ladrón, muy bien podría haber sacado un puñal e incluso un arma de fuego. Darío sólo sonreía, incrédulo y satisfecho también de su acción, que le había proporcionado una buena dosis de adrenalina. Sólo que mientras la agredida le contaba que era abogada y formulaba enseguida las preguntas esperables acerca de la identidad de quien le había ayudado, este reparaba en un puesto de la Cruz Roja que quedaba más adelante y donde, junto a un señor algo desgarbado y bajito, había creído identificar a Amelia.

Por un momento pensó que ya todo estaba resuelto. Sólo aguardaba a que Amelia se girase un poco hacia donde él estaba para lanzarle un guiño y una sonrisa. Tal y como lo esperaba, Amelia se volvió hacia él, retuvo la mirada unos segundos y luego se devolvió a la posición inicial, sin pestañear siquiera ante sus gestos de simpatía. Al contrario, como si al descubrirlo hubiera desechado la idea de entablar cualquier diálogo o tener que dar explicaciones, prefiriendo continuar con su vida. Esa impresión le bastó para que le pareciera otra persona, menos seductora, menos mujer, menos misteriosa. No se reanudó la magia de la noche anterior y ni mucho menos le vino corriendo a abrazar por haberse molestado en seguirla. Simplemente había actuado como si no lo conociera. ¿O sería que el otro señor era su marido?

Y mientras esto ocurría en la cabeza de Darío, Ana María, la abogada, no se cansaba de esperar de él respuestas más allá de los monosílabos con que mantenía una aparente normalidad, extrañándose de ver la sonrisa del lindo muchacho transformarse progresivamente en una mueca.

Con una excusa insustancial dejó casi con la palabra en la boca a las señoras y salió en dirección opuesta a donde se encontraba Amelia. Estaba ofuscado y sin voluntad para afrontar un agravio como el que fabulaba en su cabeza. Una intersección próxima le sirvió para perderla de vista, obcecadamente, con la misma fácil espontaneidad con la que se habían encontrado, como si el azar hiciera y deshiciera a su antojo y lo utilizara a él de marioneta. La profecía de su padre se seguía cumpliendo: puso de nuevo rumbo a ninguna parte.


R.

San Benito del Bajo cuelga de una montaña al sur del Valle Central. Ese lugar cercano al San José de remiendos que no aparece en las guías turísticas ni en las estampas de almanaque.

Todavía algunas flores de itabo se arriman a los caminos, y jardineras colgantes en las ventanas, disimulan el herrumbre en la esperanza de los habitantes.

Con retazos de madera y hojalata los pioneros de San Benito levantaron sus ranchos. Apelmazaron con sus pies errantes la tierra y colgaron su desconsuelo en las paredes.

Si a alguien se le hubiera ocurrido antes hacer aparecer a la Virgen por aquí, otra sería tal vez la historia de San Benito. No tenían santos, ni ángeles, ni vírgenes las dos veces que llegó la policía a desalojarlos. Resistieron y reclamaron a la patria el trato de hijos bastardos. Corrieron mejor suerte que otros precarios porque se estaba en vísperas de elecciones presidenciales. Para esas épocas todos los bastardos, mientras sean votantes, vuelven a ser hijos reconocidos y amados. Así llegaron un tendido eléctrico y tres pajillas de agua para todas las familias. Así llegaron el lastre para los caminos torcidos y las primeras casas prefabricadas. Lo que nunca llegó fue su reconocimiento de ciudadanos y su deseo de pertenencia: las dos comunidades más cercanas se negaban a compartir sus servicios de autobuses con ellos. Reclamaron en las alcaldías y amenazaron con huelgas si los sanbeniteños se sentaban a su lado. Los de Aquí decían que San Benito del Bajo pertenecía a la jurisdicción de los de Allá; y los de Allá tiraban de vuelta la pelota y decían que era de Aquí. Algunos no soportaron el rechazo y se fueron; otros enraizaron en esa tierra como la mala hierba que se corta y vuelve a crecer. La desesperación agudiza el ingenio y las estrategias de sobrevivencia empezaron: vendieron los vidrios de las ventanas, los servicios sanitarios, la madera de las paredes divisorias. La pertenencia y el alivio del desconsuelo eran sólo un espejismo que se desvanecía en los platos vacíos. Frente a uno de esos platos vacíos creció Renato. Muy temprano aprendió que su plato y sus bolsillos se llenaban haciendo lo que fuera, vendiendo cualquier cosa que hubiera tomado de cualquier parte.

Alguna vez su abuela lo mandó a vender empanadas pero los más grandes se burlaban de él. Dejó de vender empanadas. ¿Quién quiere matarse caminando por cuatro pesos si se pueden hacer buenos negocios, como los grandes? En San Benito del Bajo se podía negociar con la misma facilidad una muchachita virgen, una plancha y una paca de marihuana. Fermentaron su desarraigo y lo trasmutaban en rencor todas las mañanas. Un rencor que, como el alcohol, suaviza su amargo conforme se mezcla con la sangre.

Pero ahora son noticia: La Virgen de los Ángeles los ha puesto en boca de locutores y en las páginas de los periódicos. La promesa que las viejas negociaron en sus rezos miles de veces se había cumplido,…o eso creían. La gente de San Benito estaba tan contenta de ser buena, que quien se atreviera a cuestionar la aparición, sería aplastado con una lluvia de insultos.

Llegaron los primeros periodistas y preguntaron a Renato:

-¿Qué fue lo que vio? ¿Usted puede hablar con la Virgen? -preguntó el periodista todavía con la risilla sarcástica en sus labios.

-Sí. Ella me ha dicho que está aquí para oír todas las cosas que quieren pedirle.

Tres cámaras de televisión rodearon a Renato. El tumulto de gente se abalanzó sobre él.

-Dígale a la Virgen que me saque a mi hija del crack.

-Una cocina nueva, eso es todo lo que yo quiero.

-Que por favor me den la cita en el Seguro Social para este año.

-Que ese desgraciado de mi esposo deje a la otra.

El reflejo de la luz en los lentes de la cámara encandilaron a Renato; cerró sus ojos y algunos decían: está llorando. Seguro la Virgen le está hablando.

Nunca antes Renato había sentido eso; era como poseer un espejo tornasol en el que todo el que se mire, verá lo que él quiera que vea. Y él es dueño único de ese espejo mágico.


G.

“Amelia, Amelia”, paladea Greivin para sus adentros su nombre, mientras comparte un café con ella. “Una mujer que se llama así está destinada al amor… o a los amores, más bien, que no es para nada lo mismo”, sigue cavilando mientras la observa.

Pero como siempre, Greivin está pensando en varias cosas a la vez, pues es la única manera en que puede concentrarse. Dejando su mente divagar y perderse en diversas direcciones es que llega a algún puerto. Así que mientras Amelia, con ojos chispeantes, habla con él, Greivin trata de digerir lo que le dijo el médico forense.

Tres niñas habían sido raptadas, violadas y asesinadas en los últimos cinco años por esa zona de Tres Ríos; las tres, víctimas del mismo verdugo, según todos los indicios y pruebas: huellas digitales, pruebas de ADN, marcas de la mordida del agresor, restos de estupefacientes en los cadáveres de las niñas… Según le dijo el forense, esto era lo poco que sabían con certeza: era un hombre de unos 45 años a la fecha de hoy, de complexión fuerte, que llevaba las uñas largas, al menos en los momentos de sus tres agresiones. No llevaba armas de ningún tipo, o no se valía de ellas para sus asesinatos, que en los tres casos había ejecutado con sus manos, estrangulando a las víctimas.

Por su parte, como ex investigador del OIJ, había otra cosa que Greivin sabía: éste es el tipo de crimen más difícil de resolver, el de los psicópatas. ¿Por qué?, porque no hay móvil, actúan por puro placer. Entonces puede ser cualquiera; es decir, nadie tiene motivos, no hay motivos que señalen a alguien.

Lo que sí queda descartado en el caso de un crimen psicopático, son los familiares cercanos, lo que en Costa Rica equivale a descartar a los “sospechosos habituales”: el noventa por ciento de los crímenes y actos de violencia son intrafamiliares. Bueno, parece que ese no fue el caso de la pequeña Paola… a la cual Greivin desearía encontrar con vida, pero ya casi no tiene esperanza de eso.

Amelia está animada. “Caray -piensa Greivin- qué maravillas puede hacer el paso de quince años sobre una jovencita creída y esnob”. Ella habla y habla, recordando viejos tiempos, mientras él aprovecha para pensar en sus asuntos y disfrutar de aquellos ojazos. Ah, qué diferentes de los de antes: hay en ellos algo como un sosiego, una sensualidad tranquila y asumida…

-¿Qué te pasó ahí? -le pregunta Greivin de pronto, señalándole el cuello con la barbilla.

-¿Dónde? -dice Amelia desconcertada, tapándose con una mano ahí donde señaló Greivin.

-Ahí mismo -le responde él y deja salir una sonrisa maliciosa.

-¿Qué tengo?

-Bueno, en los tiempos de la U le decíamos “chupetazo”. No sé si ahora se le sigue diciendo así.

Ella rió, desenvuelta, aunque no pudo evitar un leve gesto de pudor. Greivin se decepcionó un poco: así que esa era la plácida sensualidad que leía en los ojos de ella: que acababa de tener una noche de pasión, de seguro hacía muy poco, pues no se había siquiera visto el moratón que le empezaba a surgir y que en unas horas sería más llamativo. “Bueno, al menos ya no es una calienta calzoncillos”, pensó Greivin.

Esa era la imagen que tenía de Amelia en la U: una muchachilla capaz de coquetear hasta con los hombres pintados en los libros, pero que, hasta donde él sabía, no se acostaba con ninguno. Greivin recuerda algunos chistes que al respecto hacían los compañeros; no él, porque nunca fue suficientemente sociable o parte de ningún grupo, como para bromear de ese modo.

Ah, sí, Amelia era además una muchachilla desdeñosa; se le notaban los viajes, la familia, los estudios, el mundo que tenía; se le notaba que para ella la universidad era como seguir en el colegio -recordó Greivin- mientras que él ahorraba cada céntimo para poder pagarse los estudios…

¿Me está coqueteando? Greivin no está seguro, pero le parece que mientras él se pierde en recuerdos de hace años, Amelia le está coqueteando. Pero no. Eso es imposible…

-¡Viejo asqueroso!

Una mujer, desde una mesa cercana, repite: “¡Viejo asqueroso!”, viendo la tele. Los clientes del café se han ido aglomerando alrededor del aparato. El camarero sube el volumen con el control remoto. En la pantalla hay un hombre, totalmente aturdido, diciendo que él estuvo con la niña perdida poco antes de que desapareciera. Dice que él la llevó un trecho de la romería en su caballo, pero que de repente, la niña gritó “allá va mi papá”, se bajó del caballo y se fue al encuentro de su familia.

Dicho esto, el hombre se pone a llorar ante las cámaras, en una mezcla etílica de remordimientos: ah, si el hubiera sabido que esa chiquita iba sola, que se había escapado… pensar que él era el último que la había visto…

La mujer que hacía un rato exclamó “viejo asqueroso” estaba ahora callada y arrepentida: la verdad era bastante obvia de que ese romero caballista era un pobre hombre que más bien había pecado de buenazo.

La periodista de la tele está dándole una nota melodramática al momento, cuando Greivin se pone de pie de un salto. Tiene que marcharse de inmediato.

Amelia se queda extrañada. A Greivin le da la impresión de que quiere acompañarlo. Súbitamente la ve de nuevo como una muchachilla, pero ahora desamparada… Sí, como si Amelia siguiera siendo una chiquilla inmadura pero ahora no tiene el cuerpo ni la energía de una chiquilla…

Mientras Greivin rebusca en sus bolsillos para pagar la cuenta, Amelia saca un billete y dice que ella invita. Greivin se queda sorprendido. Y agradecido. Se acerca a ella para despedirse con un beso (¡cómo lo intimidaba eso hace quince años!) y nota el maravilloso olor del perfume cuando no está recién puesto, cuando viene desde el día anterior… Así que la noche de pasión de Amelia había sido apenas hacía unas horas… y no en su casa… “Por eso me invita, piensa Greivin, por eso me ve con esos ojos sensuales: porque está feliz, satisfecha”.

-Adiós, y cualquier día te llamo -le dice Greivin antes de marcharse, por hacerse el fuerte, para fingirse seguro, saliendo a toda prisa del lugar.

En la calle lo invade cierta tristeza, una tristeza que hace años no saboreaba, una tristeza apagada, como la frustración que sintió durante toda su breve etapa universitaria.

“Soy un estúpido -piensa- Amelia no me estaba coqueteando. ¿Cómo pude siquiera pensarlo? Podríamos naufragar y caer juntos en una isla desierta, y aún así seguro que se sentaría a hablarme como amigo y pedirme consejo para conquistar al orangután dominante de la isla…”.

Cuando se subió a su viejo Hyundai destartalado, iba aún despechado pensando: “Mujeres como ella nunca serán mías”. Pero antes de naufragar en serio en la frustración y la nostalgia, Greivin volvió a pensar en aquello que lo tenía en movimiento: “Vamos a ver qué me cuenta el del caballo… Seguro que a él tampoco le hacen caso las mujeres…”.

Y se alejó a toda velocidad hacia Ochomogo.

A.M.

Todavía medio confusa por el susto que recibió con eso de que la quisieron robar, Ana María sigue con su mirada al joven que le ayudó y comenta con su compañera sobre la actitud de este. Se siente un poco defraudada porque esperaba poder pagarle de alguna manera su gentileza -¿Qué vamos a hacer? Así es ahora la gente joven, vive como en otro mundo. ¡Qué Dios lo bendiga! ¡Virgencita, protégelo de todo mal! Bueno, por lo menos tiene mi tarjeta por si necesita algo, la verdad es que cuando yo estuve en su país mucha gente me ayudó. ¡Qué tiempos! Sólo a mí se me ocurre irme a terminar los estudios de abogacía a España, fue una linda experiencia, pero cómo me criticaron mis hijas, para ellas yo estaba muy vieja para meterme a estudiar. Lo hice después de enviudar y verdaderamente ha sido un gran aliciente. -¡Si contara mis aventuras en Europa podría escribir un libro! -se dice Ana María al tiempo de continuar la caminata agarrada del brazo de Berta. Poco a poco van saliendo de Tres Ríos para enfilarse hacia Ochomogo. Juntas empiezan a rezar el rosario, cuando las interrumpe el celular de Ana María. Al contestarlo se empieza a quedar lívida y casi no atina a responder; es su hija, la que vive en Estados Unidos, quien le dice:

-¡Mamá!, la llamé a la casa y Chepita me contó que usted anda de romería ¿Cómo se le ocurre? Es una locura ¡Cuidado le pasa algo!

-Desde cuándo está tan preocupada por mí -piensa Ana María- y continúa escuchando a la otra, que le comunica que quiere venir para Costa Rica el domingo y le pregunta si la puede recibir en su casa.

Ana María sólo atina a responder: -Claro, mi hijita, aquí la espero.

Al cortarse la comunicación abruptamente porque no entra el celular, Ana María lo mira sin creer lo que acaba de escuchar y sin pensar, exclama: -¡Milagro! ¡Es un milagro! Y cae de rodillas para darle gracias a la Virgen por su intercesión, ¡La llamó su hija! y ¡Viene para su casa! Siente que es un verdadero milagro. Berta se queda muda, no entiende qué está pasando porque empieza la gente a acercarse y todos dicen -¡Un milagro! ¡Hubo un milagro!- Aunque nadie sabe qué fue lo que pasó, entonces empiezan las suposiciones -“dicen que esa señora que cayó de rodillas fue curada de una terrible enfermedad”.- “Esa señora de rodillas recibió por celular un llamado de la Virgen”. -“No, parece que le sanaron al hijo que estaba muriendo y por eso ella vino a pedirle a la Virgen por él”. En fin, que se suelta toda clase de rumores y por supuesto aparecen los medios.

“Aquí, transmitiendo en directo desde El Alto de Ochomogo, como ustedes pueden ver a mis espaldas se encuentra una romera de rodillas, acaba de recibir un milagro, vamos a acercarnos para entrevistarla y escuchar de viva voz este acontecimiento.

-Mailen, Mailen, ¿me escucha? Aquí desde el estudio central.

-Sí, la escucho.

-Trate de acercarse porque esta es una primicia. Creo que es el primer milagro, por lo menos en la romería. Le doy el pase.

Y vemos enfocada por las cámaras a Ana María de rodillas, con las manos tapando su cara. No se ha dado cuenta del alboroto que está ocasionando. Prácticamente paralizó el tránsito de romeros, todo el mundo quiere saber lo que está pasando.

-Estamos en vivo y en directo para darles a ustedes la noticia del milagro que aparentemente acaba de suceder aquí, en medio de la romería. -Señora, señora -le dice la periodista a Berta que está asustadísima- usted viene con la romera, díganos qué sucedió.

-No sé -atina a responder Berta con voz temblorosa- veníamos rezando el rosario cuando sonó el celular de Ana María y ella contestó, se puso pálida y cayó de rodillas.

-Pero, ¿qué le dijeron? ¿Usted escuchó algo?

-No, no escuché nada. No le puedo decir qué pasó.

-Parece que la romera padece de una enfermedad incurable, ¿Cree usted que fue sanada? ¿Que la llamada que recibió es del médico informándole de su curación?

-Mailín, Mailín, ¿me escucha?-desde el estudio central interrumpen a la periodista- Trate de averiguar el apellido de la romera y el nombre del médico.

-Un momentito -expresa Berta- tengo entendido que Ana María no padece de ninguna enfermedad. Sus apellidos son Hotmann González.

-Tenemos el nombre completo de la romera que acaba de recibir un milagro: Ana María Hotmann González, vamos ahora a acercarnos a ella para que nos cuente qué sucedió.

-¡Ana María, Ana María!, estamos aquí en vivo para que nos cuente de esa maravillosa experiencia -le dice la periodista acercando el micrófono hasta casi metérselo entre las manos, y tocándola en el hombro, Ana María no se inmuta parece que está en trance, como dice la periodista.

-La romera del milagro se encuentra en trance. Damos el pase al estudio central que tiene otras noticias que informar, nosotros continuaremos aquí para transmitir el momento en que la romera se recupere y llevarles sus impresiones en vivo y en directo.

-Gracias, Mailín, estaremos en contacto. Es verdaderamente emocionante poder transmitirles a ustedes los primeros resultados de esta romería. Parece que se ha dado un auténtico milagro.

Y Ana María sin enterarse de nada permanece arrodillada, porque siente que verdaderamente ha recibido el milagro que había pedido, porque además de que su hija le comunicó que vendría, la notó preocupada por ella.

-Gracias, Virgencita, no tengo cómo pagarte por esto, desde ahora te prometo que voy a dedicarme a extender tu devoción. Ahora, sólo me queda pedirte que nos ayudes a encontrar tu imagen. Diciendo esto en voz baja, Ana María se endereza para quedarse con la boca abierta ante el gentío que la rodea y los gritos y aplausos de todos. Ella no sabe lo que ha ocasionado cuando ve a una periodista que viene corriendo, mira a Berta que no tiene tiempo de explicarle.

-Ana María, Ana María -grita la periodista- Aló, estudio central, pido el pase, ya despertó la romera del milagro y voy a entrevistarla.

-¿Qué está pasando? -pregunta Ana María ante la avalancha que se le viene encima. De repente se ve con un micrófono prácticamente incrustado en su nariz. Primero desconcertada y luego con gran aplomo toma el micrófono, porque ve la oportunidad de empezar a difundir lo que acaba de prometer y dice: -¡Sí, sí! Recibí un milagro, no lo puedo negar, la Virgen escuchó mis ruegos. Recomiendo a todas las personas que pidan con fe a la Virgencita de Los Angeles, que recen mucho, porque estoy segura de que ella cuida de este pueblo y va a interceder ante Dios nuestro Señor por todos nosotros. Por eso estoy segura de que Ella nos ayudará a encontrar su imagen.

Dicho esto, entregó el micrófono y empezó a caminar seguida de Berta y toda la gente que la volvió a aplaudir.

-Mailín, Mailín -se escucha por el micrófono- no la deje irse, pregúntele por el milagro. ¿Qué fue lo que le sucedió?”

La periodista emprende carrera para alcanzar a Ana María, pero esta se pierde entre la multitud.


D.

Tras preguntar por dónde se regresaba más fácilmente a San José, alguien le indicó que, un poco más adelante, podría cruzar hasta la pista, donde con seguridad tendría mayores posibilidades de encontrar un transporte de vuelta a la ciudad. Aprovechando la coyuntura evitó aproximarse al lugar donde Amelia, totalmente ajena a su presencia, seguía conversando. Darío se las ingenió para obtener un cigarrillo. Luego continuó con paso acelerado hasta llegar a la desviación. A la entrada del túnel que se abría bajo la carretera rasgó el papel del cigarro con la lengua y sacó de sus vaqueros los últimos hilos de marihuana que le quedaban. El lugar parecía lo suficientemente alejado del gentío, y con discreción y célere habilidad se lió un purito.

Después de dos o tres haladas, no pudo menos que reparar en la figura voluminosa y extraña de un hombre que se apareció al otro lado del túnel intentando arrancar una vieja motocicleta. Como también fumaba, le llamó la atención que llevase guantes. A aquella hora lucía el Sol y no había necesidad de abrigarse. Conforme se aproximaba hacia él, disimulando, reparó también con asombro en las pronunciadas ojeras, de un gris oscuro, que rodeaban su mirada. Cuando estuvo más cerca, con una media sonrisa, el tipo le soltó entre dientes:

-Deme cuatro rojos y aguántese aquí machito.

Relacionando enseguida el color rojo con los billetes de mil colones, Darío sacó su cartera del bolsillo del pantalón, mientras los ojos enrojecidos de su acompañante se entornaban para seguir con astucia de zorro sus movimientos.

.-Una libra está bueno, mae -le dijo, mientras adivinaba el contenido de la cartera a pesar de las precauciones del machito para no abrirla demasiado. Darío, de nuevo sin entender del todo, extrajo un billete de diez mil y se lo entregó sin convicción. Aquel puño cerrándose al agarrar el dinero y la media sonrisa que apenas esbozó el otro, acentuaban la figura de un hombre realmente brutal, una imagen que cualquier director de cine hubiera descartado para el papel de un estrangulador o un violador de niñas, por puro cliché.

El extranjero siguió con desconfianza aquella espalda maloliente que lo tenía atarantado hasta que, al cabo de unos cuantos escalones de tierra prensada, se detuvieron un poco más arriba, frente a la puerta de un tugurio. A pesar de los golpes nadie atendió a su presencia. Con la mirada fija más abajo y sin dirigirle la palabra, el hombre regresó sobre sus pasos y se perdió de vista en una cuesta del camino. Considerando que había dejado allí su moto, Darío no creyó que existiera el riesgo de que fuera a desaparecer con el dinero y, sobre una piedra, se sentó a esperar frente a la casa.

Un poco más abajo el panorama era bien distinto. Parecía que no sólo todo el gentío de ocupación dudosa de San Benito, sino curiosos de la ciudad y hasta la prensa, se habían dado cita frente a la soda de la dizque plaza, por lo general desocupada. Una fila de rezanderas salía por la puerta de la bodeguita, como si el agua se hubiera convertido en guaro y lo anduvieran regalando. Sin pedir permiso a nadie se personó en el interior y se fue directo a su negocio. Pero no consiguió nada. Ya fueran las leyes de Dios o las del mercado, en ese lugar se había convertido el mal en bien y ya nadie pasaba géneros prohibidos, al menos no de la especie que él buscaba. Y venir de tan lejos para nada, ¡jueputa! -rumió insatisfecho- eso sí que no.

Darío se levantó al verlo aparecer de nuevo como cuervo monumental. Enseguida podría largarse.

-Hay un pichazo de gente allá abajo -le dijo suavizando la voz, como dándole a entender que para su negocio era mejor guardar un sigilo total, y retirarse un poco de la vista de quien pudiera aparecer.

Encaminándose hacia la parte posterior de aquella casa, que era un remiendo de rejas, chapas y alambre, no había nada sino el zanjón que servía de botadero. El corazón de Darío comenzó a palpitar aceleradamente. Aunque no había sido demasiado prudente durante los pocos días que había estado conociendo la noche josefina, como si nada pudiera pasarle así se metiera donde fuese, aquello certificaba que se encontraba fuera de lugar. Y tan evidente como en efecto parecía, tras observar hipnotizado cómo el camello se quitaba uno de los guantes, no tardó en ver brillar, junto a unas llamativas uñas pintadas de un color oscuro, el filo de una navaja.

-Machito, jueputa, deme todo eso que tiene ahí.

Nunca había sentido de forma tan intensa la necesidad de controlar el miedo. Ni tampoco nunca había tragado con mayor dificultad el aire que respiraba. Más pálido de lo que se veía habitualmente, Darío extendió su billetera. En el mismo gesto de ir a entregársela, en vez de medir hasta el menor gesto para salir ileso, tomó impulso y desplegó una fuerte patada con la que a duras penas llegó a la panzota de su asaltante. Estaba tan cagado que no se había aproximado lo suficiente. Y ya no se trataba aquí de aquel muchachito al que amedrentó horas antes en la romería. Ahora su jueguito de superhéroe le podía costar más caro de lo que podría pagar con dinero. El golpe apenas hizo recular un paso al atracador, a quien aquella posturita de karate mal hilvanada, le resultó más hilarante que molesta. La risa hizo que se sujetara la barriga haciendo que su pie tropezara sobre una baldosa que sobresalía del piso de tierra batida. Perdió el equilibrio y de la manera más disparatada cayó hacia atrás con la contundencia de un saco de papas.

Darío había quedado paralizado del susto y, como si no supiera bien lo que estaba pasando, se quedó mirándolo sin reaccionar. Oyó el chasquido seco, como de una nuez al partirse, de la cabeza al chocar contra el suelo. Súbitamente helados, los ojos que enmarcaban aquellas ojeras de piel de sapo no hacían presagiar una buena caída. Advirtió que la tierra se teñía de un rojo más oscuro bajo su nuca y se aproximó con nerviosismo. No creyó necesario comprobar que estaba muerto.


P.

“Los cielos son preciosos, Virgencita, y todo el mundo, si se amara así, sería un paraíso” -susurró Paola extasiada por la visión amorosa de la Virgen que la envolvía en perfume y abrazo y abrazo y perfume en medio de un cielo infinitamente sereno, como el de sus postales de primera comunión. Cruzó las manos sobre el pecho y cerró los ojos deseando viajar de nuevo de la mano de la divina señora por el corazón del mundo. Ya no sentía frío alguno y el suelo terroso se había convertido en un mullido colchón donde descansar. Libre la mente del oscuro encierro, del tenebroso y solitario sitio donde se encontraba, sin mayor luz que sus ojos abiertos a los milagros y sin otra compañía que la Negrita de Los Ángeles, para quien quisiera creerlo y tener la misma fe que tenía Paola.

El hombre que olía a caca se había ido en búsqueda de más piedra para él y de más tortura para la víctima, como parte del ritual de sus perversas movilizaciones psicológicas. Nada le gustaba más que causar espanto y dolor en los seres indefensos, así que unas horas de incertidumbre en la niña serían una delicia a su retorno.

Mientras, a oscuras, la niña bautizada con el nombre de Paola, con el pálpito mínimo, con la sangre calma, soñaba y sonreía envuelta en la noche solitaria y helada de la finca Las Hortensias. El miedo y el terror del encierro se mantenían del otro lado de los tablones de la bodega como invisibles monstruos de la oscuridad, que acosaban a la espera de que el manto protector dejara de iluminar la mente de Paola.

Ni siquiera se dio cuenta cuando unas horas después, casi bordeando la madrugada, una sombra masculina con gorro y poncho plástico, se acerca sigilosamente y saca de una mochila pequeña una bolsa, para dejarla caer entre el hueco de un viejo comedero para gallinas. La sombra se queda ahí unos instantes sin decir nada, de cuclillas, reza y se persigna varias veces sin dejar de ver el paquete, luego se va corriendo.

No es hasta que la luz de la mañana penetra las rendijas de la madera, que Paola despierta, y a pesar de lo adolorido del cuerpo por la humedad, el frío y el sufrimiento, se pone en pie, y se da cuenta realmente de dónde está. La montaña huele a musgo y los árboles de eucalipto, altísimos, susurran a las nubes con el viento, que sigue su camino entre pastos y hortensias enormes. Nunca había oído tantos ruidos de pájaros, de patos, de… Paola camina alrededor de la bodega y en un cajón de madera ve una bolsa. Una bolsa que antes no estaba. Paola se acerca de prisa creyendo que es comida y la abre.

Una pequeña muñeca de piedra, vestida como una virgen cargando a un niño, le sonríe. Paola la toma como si fuera efectivamente una muñeca, una verdadera muñeca a quien cantarle canciones de cuna. Está feliz, ahora tiene con quién jugar y olvidar el hambre.

A.

Cuando por fin Amelia queda sola y decide dar el primer paso rumbo a Cartago, la sensación de estar atravesando una “zona suave” la vuelve a inundar. La mañana está algo avanzada y comienza a hacer calor, y a pesar de que a estas alturas aún no se sabe nada de la Virgen, como se pudo enterar por la tele, mientras tomaba café con Greivin, muchos de los romeros siguen su camino.

Al principio el cerebro de Amelia, en correspondencia con la gran cantidad de eventos y gentes que han atravesado sus últimas horas, reacciona aturdido ante el entorno y se dedica a observar. Cruza uno de los puentes de los tres ríos que se supone que deben existir por allí, para que el lugar merezca el nombre, y a ambos lados comienzan a aparecer casas viejas. Casas viejas con grandes jardines que dicen que esa ruta no es nueva, que como conexión entre la capital y la antigua metrópoli ha existido desde hace mucho tiempo. Algunos de los chinameros que han pasado en vela, vendiendo agua y cajetas “mechudas” comienzan a recoger sus toldos. Tristemente, Amelia también descubre que la irremediable basura se esparce por todo lado, como si constituyera una señal de existencia de los humanos…

Le impresiona la simple y práctica forma de las construcciones. Cemento o madera, puertas y ventanas simétricamente distribuidas. Tal vez lo que se puede recuperar de las casas de este sitio, nuevamente piensa Amelia, es la presencia de corredores en el frente de las puertas. Amplios, con plantas, pisos lustrosos y sillas de madera. Un espacio de ingreso, de descanso, de ver pasar. Los observa y se refuerza en Amelia la grata sensación que le producen.

Poquito a poco el exterior se va recogiendo, y camino a Ochomogo las orillas de la carretera se transforman en algo más verde y menos poblado. La Carpintera se apropia de la derecha, y corre, como todos los días, recortando el cielo con su borde de dos picos, uno alto y otro menor, con el potrero de pinos cerca de la cúspide y mucho bosque por todo el resto. Amelia la observa y regresa como por encanto al misterio y los secretos de la montaña donde de niña durmió en el campamento de las escouts. Y mediante su infancia y los recuerdos, comienza a acercarse a ella misma.

Deja de ver el paisaje y se concentra en la gente. Ve que algunos van rezando el rosario. Una señora joven, más joven de lo esperable para que cargue el rosario de la abuela, va pasando cuentas entre sus dedos mientras sus labios murmuran algo. Podría imaginarla eficiente e invisible en el escritorio de alguna oficina, pero ahora va allí, con sus hijos, desde su intimidad y sus creencias, rezando. Y Amelia, no la comprende.

En el maltrecho pick-up, lleno de pipas abiertas y vacías de agua, el muchacho que las bajó de la palmera, las peló y abrió con energía para ofrecer con qué saciar la sed, se ha quedado dormido, profundamente dormido, entregando sus sueños al curioso colchón de cáscaras redondas.

De pronto se percata de que a su lado va alguien comiendo. Viste uno de esos jeans que no son ni largos ni cortos, una camiseta floja que cubre ese “pasadito de bueno” que tiene alrededor de la cintura, y tenis. Al mismo ritmo que marca el paso, saborea la pieza de pollo envuelta en tortilla que acaba de comprar. Difícil es imaginar qué es lo que lo empuja a caminar, pero va. Junto a él, la señora a quien es obvio que ya le duelen los pies, también gruesa y algo más avejentada que él, camina casi de puntillas para que ni la oigan. También, va una pareja de jóvenes que empujan con cara de agradecimiento el coche de su pequeño nacido en el último año… Amelia los observa a todos. No le resultan claros los motivos de cada uno, y además, ¡le parecen tan distintos! Así que comienza a analizar la situación. Y como le ocurre con frecuencia, deja que sean los razonamientos y las explicaciones los que acaben de darles el toque final a los acontecimientos que le ocurren. Aunque algunas cosas sean sencillamente hechos que pasan, ella necesita llenar de sentido todos los momentos… Es la forma a la que se ha acostumbrado a vivir.

Es interesante, piensa. A estas alturas ya todos sabemos que vamos caminando a encontrar una iglesia sin Virgen. Y sin embargo todos seguimos. Supongo que es que en el fondo estamos convencidos de que eso que llamamos Virgen es algo que está dentro nuestro, y no necesariamente en la imagen. Y ¿qué habrá pasado con esa niña de la que hablaban Greivin y el doctor? Fue muy bueno ver a dos personas tan diferentes respondiendo a un evento de este tipo con tanta decisión, se le ocurre pensar. No es importante encontrar una Virgen de piedra o curar los desmayos que producen los milagros. Lo que vale es recuperar a una niña perdida. Los admiro a ambos por eso. ¿Por qué será que la vida ante unas cosas pareciera que tiene el guión preescrito para que la lección se caiga por su propio peso, y para otras lo que parece más bien es que nos deja “la tarea para llevar a la casa”?

Con sus reflexiones Amelia comienza a sumergirse en su espacio interno, hasta el punto que de pronto se descubre pensando afectuosamente en Greivin. En Greivin y en ella misma. ¿Qué reflejo de ella recuperaba él con su cercanía? Porque los minutos que habían pasado hace un rato en Tres Ríos habían sido breves pero repentinamente se le figuraron hondos. Algo inesperado pareció asomarse entre tanta añoranza. Es cierto que en la U nunca lo consideró su posible pareja, porque en aquellos tiempos para ella eran fundamentales las “maripositas en el estómago”, y de fijo que Greivin no era la fuente de ellas. En aquel entonces lo catalogaba como esa entrañable compañía, con quien siempre “arreglaba el mundo”. Lo curioso fue que de pronto desapareció y ella no hizo nada para impedirlo ni buscarlo. Lo dejó alejarse. Sin embargo, estaba clara de que ahora sus valoraciones eran diferentes. ¿Cómo se relacionaría ahora con él? Sabía bastante más de los capítulos siguientes a “las maripositas” y de lo efímero de las locuras como las vividas con el español guapo. Sí, porque de fijo que lo de anoche no podría calificarse de otra manera más que como locura, porque ¿a dónde más podría llegar algo así? Sin darse cuenta, su cerebro había brincado a otro tema. Pero, ¿por qué pasó la historia con Darío? ¿Qué sentido tendrá en su vida? Y es que había que reconocer que ese encuentro tuvo ángel, como decía su mamá. ¡Fue tan lleno de magia! Es más, comienza Amelia casi a hablarse en voz alta a sí misma, “la verdad es que ¡todavía floto! Debo aceptar que me resultó imposible resistirme a invadir el cielo… Porque así fue. Darío. Suena poderoso ese nombre. Definitivamente no fue un rato común y corriente. La intensidad de la reciente compañía, esa sensación de sentirse compartiendo el instante sin límite alguno, se precipita en la escena nuevamente y la remueve. Piensa en la posible edad de Darío, ¿30, 35? Por ahí, no más. Su experiencia de conquistador daría para confundir, pero el peculiar afecto expresado durante la noche parecía nuevo, inventado por primera vez en ese momento. Cierra los ojos. Sus pasos siguen acompasados marcando la ruta hasta que por fin, el raciocinio acude diligente a su encuentro. ¡No se vale naufragar en el mar prohibido de las emociones!, se regaña a sí misma. Esas no duran, lo perdurable debe ser diferente. Y rápidamente ante ese miedo primitivo a comprometerse que la ha acompañado involuntariamente, regresa al puerto seguro que representa la distancia y, de esta manera, la huida de la mañana le queda totalmente justificada. Amelia respira, pero el camino sigue. De pronto debe reconocer que está frente a una completa contradicción.

“A ver, a ver, a ver”, se reprende a sí misma Amelia. “Esto se está poniendo medio espeso. ¿Cómo es eso de que las cosas que hago momento a momento son diferentes de las que a la larga deseo? ¿No es que estoy convencida de que solo en el tanto en que todos los instantes sean intensos e importantes, al compilarlos podré sentir que he tenido una vida plena? Pero ¿implicará esto eventos y gentes diferentes a cada momento? ¿No me va llegar nunca nada permanente?”

Ya para este momento el mundo exterior ha desaparecido completamente y Amelia desfila a sus anchas por sus adentros. La inmediatez y lo perdurable debaten con vehemencia. Las coincidencias y los esfuerzos se enfrentan cara a cara. Amelia revisa ejemplos, repasa situaciones, imagina otras realidades. “O sea, por un lado, decido hacer la romería hasta Cartago para pedirle a la Virgencita una pareja permanente, y por otro, paso una noche estupenda con un desconocido, pero sin el menor reparo me escabullo de cualquier posible relación posterior con él. ¿Por qué? Ni siquiera le dejé mi número ni le pregunté donde hallarlo. Y si se hubiera esperado a que Darío despertara, ¿qué habría pasado? ¿Por qué habré rechazado de plano su cercanía? ¿Por extranjero? ¿Por maravilloso? ¿De qué se tratan estas inconsistencias? Y por otro lado, no sería muy agradable compartir la vida con alguien como el doctor, por ejemplo? Siempre encontrándole el gusto al momento, riéndose, divirtiéndose… O Greivin, ¿por qué nunca pensó en él como compañero de esta aventura? Grandes ideales detrás de causas justas. ¿No sería interesante que su vida se viera enmarcada por un compañero así? O sea, no es que las circunstancias no se han dado. Allí están. ¿Será más bien miedo a tomar la decisión de construir algo cotidiano lo que tengo?, acaba por fin preguntándose Amelia.

El camino sigue y paso a paso Amelia descubre que hasta el tan ansiado afecto perdurable, comienza milagrosamente a pertenecer al mundo de sus decisiones. Hay unas cosas que pasan, es cierto, pero en su mayoría el vivir es un asunto de decisiones…

Sonríe sola y se percata de que entrar en contacto con su asustada intimidad, es el milagro irrenunciable de su romería.

R.

Renato cayó agotado sobre una silla. Aprovechó un momento en que la gente se distrajo viendo en la televisión los reportajes sobre la aparición de la Virgen en San Benito. Por primera vez llegaban reporteros no a cubrir una persecución o un allanamiento por drogas, sino a hablar del privilegio de ser escogidos por la Virgen para su nueva casa.

Las ojeras de Renato recordaban esa larga noche en que nadie durmió. Apilaron piedra tras piedra hasta levantar la gruta. Era un monumento a su esperanza que durmió muchos años en algún cajón de las abuelas.

El único a disgusto era Beto. Se sentía halagado de que la Virgen escogiera su patio para aparecerse, pero aún tenía tres garrafas de guaro que no se habían vendido. Hasta que entrada la mañana alguien gritó: Hay que celebrar. No todos los días se aparece una Virgen por aquí. Y la venta del contrabando se reanudó. ¡Claro! Mejor motivo de celebración no podía haber y seguramente el guaro ya estaría bendito, así que había que cobrarlo unos pesos más caro.

Renato, escondido detrás de la gruta había escuchado los sollozos de la gente hablándole a la Virgen, ¡quién podría imaginar que adentro de esas almas sin destino hubiera tantos anhelos! Anhelar ser también hijos del cielo, eso era el fondo de todas sus peticiones. Renato se enterneció como pocas veces lo hacía. Si de verdad tuviera ese poder de hablar con la Virgen, le pediría hacer realidad los deseos de los niños que llegaban a rezar. Ellos son los únicos que realmente pueden ver con bondad a la Virgen.

Un hombre interrumpió las cavilaciones de Renato para comprarle droga. Le dijo que venía desde Tres Ríos con un cliente extranjero y que necesitaba algo de zoncha y piedra para matizar. A Renato le parecía conocido pero no lograba recordar su apodo. Alguna vez lo vio en los callejones oscuros de San Benito ofreciendo droga a las chiquillas.

Ese hombre no podía creer lo que estaba viendo en el patio de Beto: cantos, rezos y aleluyas en un lugar donde antes se vendía el pecado como baratija de mercado persa.

-La Virgen me ha llamado a ser su mensajero, así que ya no estoy en el negocio -le dijo Renato. El hombre oscuro creyó que lo estaba vacilando. Insistió pero obtuvo la misma respuesta; así que no tendría más remedio que volver con las manos vacías donde su cliente lo esperaba.

Al rato Renato logró escabullirse de la multitud y de los periodistas y subía las gradas de tierra hasta su covacha. Aún resonaban en su cabeza las peticiones a la Virgen que le confió la muchedumbre. Harían falta siete vírgenes más para cumplir todas esas demandas. Si anotara las solicitudes, seguramente la lista empezaría en San Benito y recorrería los quince kilómetros hasta Cartago.

Ahora entendía por qué tantos predicadores se veían en las pantallas de televisión y se oían en los radios y en los parques: la gente tiene hambre de milagros o de cualquier cosa que los haga creer que esta vida se merece vivir, que hay algo más allá de la imperfección humana. Y lo más importante, están dispuestos a dar dinero a cambio.

Cada barrio en los alrededores de San Benito tenía por lo menos dos o tres iglesias milagrosas. Todas proclamaban milagros instantáneos: “El Faro de Luz”, “Las Llagas de Cristo”, “La Fuente de Agua Viva”, “Milagros de Amor”.

Todas tienen nombres que impresionan. Pero ahora se jodieron -pensó- porque les cagué el negocio. La mía tiene el sello de calidad, es la legítima patroncita de los pobres, es la “mamá de los tomates”. Ningún faro ni ninguna agua viva la van a banquiar. Donde quiera que esté, Virgencita, siguió cavilando Renato, quédese ahí. Péguese un buen raid. Dese unas vacaciones que las tiene bien merecidas.

Mientras saboreaba sus delirios, pensó que necesitaba un nombre como las otras iglesias: ¿Qué tal “La Rosa de Renato”?; no, eso suena muy aplayado. Tal vez algo más de impacto: “El Dragón Come Pecados de Renato”; ese suena a película de karatecas chinos. No importa el nombre, concluyó, lo importante es que hay muchos fieles. Palpó en sus bolsillos el puño de monedas de la última recolecta y por fin, frente a su camón, se dejó caer.´

Repentinamente, un ardor empezó a subirle por las piernas. Las monedas en su bolsillo eran metal candente que le quemaba la piel. El ardor le subió hasta la frente. Todo quemaba como hoguera en el centro del infierno.

-Devolvé toda esa plata, Renacuajo. Con la fe no se juega -oyó que le decían. Renato daba vueltas y vueltas en la cama buscando de dónde venía la voz.

-Por tu culpa estoy penando. No me hagás sufrir más -Volvió a escuchar. Esta vez reconoció la voz: era su abuela. Él no sabía dónde estaba pero era su abuela.

No sentía miedo. Más bien le daba rabia oír su voz otra vez. ¿A qué venía esta regañada? ¿No estaba tranquila en su tumba? Siempre con sus habladitas de la honestidad y la resignación. Todavía viva la abuela, después de agarrarle a patadas la cocina, le gritó que de eso no se comía. Que los pobres que son honestos se mueren de hambre. Y ahora volvía con ese rosario de majaderías. Podía aparecerse con los siete demonios del infierno si le daba la gana y eso no iba a cambiarlo. Este mundo es de los vivos. Los tontos se pasan golpeándose el pecho frente a imágenes de piedra que nunca los oirán. Los milagros sólo son consuelo de pendejos.

Dos bestias, mitad demonios, mitad abuela, lo jalaban de las orejas y acercaban sus fauces hediondas a azufre. Vomitaban ceniza y piedras candentes. Renato gritaba desesperado pero nadie lo escuchaba. La sábana lo mecía. Era un muñequito de hojas secas a punto de consumirse en la hoguera.

-¡Sos un grandísimo huevón! -oyó que le decía una voz cavernosa. Renato sacudió la cara y se palpó las monedas en el bolsillo que sintió frías como sus manos. Frente a él, de pie, Rataseca sonreía tratando de levantarlo. Para su alivio, la abuela se había esfumado en el humo de un sueño, aunque su corazón aun resentía la regañada en una palpitación trepidante.

-Estuviste buenísimo con los de la televisión -continuó Rataseca- hasta yo casi me trago el cuento. Dividamos la harina y todo tuanis.

Renato ajustó sus ojos a la mañana y confrontó a Rataseca. Él sabía que su socio no tenía seso para los negocios. No podía mirar a futuro como él. Quiso hacerle entender que ese era su capital de inversión, que a un futuro cercano la iglesia de Renato sería la mezquita de los pobres de San José. Como aquellos profetas visionarios de la Biblia, él veía pueblos invocando su nombre.

Rataseca sólo quería una noche de parranda con su parte de la recolecta. ¿A quién le interesaba ser profeta o predicador?

-Yo creo que te la fumaste muy verde -dijo Rataseca.

-¿Esa jupota la tenés de adorno? ¿No entendés que esto es un negociazo? -dijo Renato.

-Yo quiero mi parte ya, sino, te echo al agua. Quiero ver cómo te guinda de los huevos ese montón de gente cabriada -dijo Rataseca.

-¿Y vos no estás también en la jugada? A vos también te guindan de los huevos -dijo Renato.

La cosa se puso más candente que la aprobación del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Renato veía las perspectivas de enriquecimiento personal muy claras, y la inversión era poca: sólo había que convencer a los ingenuos. Rataseca se rascaba su cabezota tratando de entender pero no entendía; para él, esa devoción repentina a la Virgen era sólo una moda pasajera; cuando la gente se diera cuenta de que era un timo, realmente podrían colgarlos de los huevos.

Llegaron a un punto muerto de negociación y Rataseca decidió ir a echarse una miada en el caño de atrás.

Renato seguía sintiendo en el ambiente un olorcillo extraño; ese olor a flores de muerto que hay en las funerarias. La abuela se había ido pero había dejado su aroma. La abuela Chana era persistente y tozuda como pocas mujeres, cuando se le metía algo entre teta y teta, no descansaba hasta conseguirlo. Él sabía que iba a volver. Pero quien volvió fue Rataseca con la cara pálida y el pantalón todo miado.

-¡Hay un muerto ahí atrás! ¡Jueputa, Renato! ¡Te echaste a un maje y lo dejaste tirado en el caño!

Ambos fueron a confirmar: un hombre con un golpe en la cabeza estaba tirado en la zanja. Lo examinaron y, efectivamente, no tenía señales de vida.

Renato lo reconoció: era el mismo tipo que quería comprarle droga en la gruta.

-¡A la puta! ¡Ahora sí nos jodimos! Este muerto me lo van a clavar a mí y se acabó mi carrera de iluminado -gimió Renato.

-¿Nos jodimos? -protestó Rataseca- ese muerto es tuyo, estaba en tu rancho.

Renato apeló a la ley de solidaridad entre maleantes: la bronca era de los dos o él lo acusaba ante la policía. Ante principios tan contundentes, Rataseca no tuvo más opción que asumir como suyo el problema.

Renato no podía explicarse cómo llegó ese cadáver ahí hasta que recordó el sueño con la abuela: ¡vieja hijueputa!, pensó, vos lo dejaste ahí para joderme por lo de la Virgen.

Un grupo de personas que habían llegado de otros barrios, enteradas de la noticia de la aparición, querían ver a Renato y subían las escaleras de tierra, como quien sube las escaleras del cielo, para encontrarse con la Gracia Divina. Venían cantando a la Virgen. Algunos de ellos pertenecían al equipo de fútbol del barrio. Querían que la Virgen los ayudara para llegar a segundas divisiones. Después de todo no sólo los futbolistas de la Selección Nacional tenían derecho a consagrarle sus patas a la Virgencita.

AM.

Conforme avanza, Ana María recibe toda clase de demostraciones: las gentes se le acercan para verla y tomarle fotos, otras tratan de tocarla o darle la mano o pedirle que interceda por ellas mientras murmuran es “la señora del milagro”. Tanta atención la perturba bastante, no sabe qué hacer y sólo acata a apresurar el paso.

De repente, una jovencita viene corriendo y le entrega su bebé pidiéndole ayuda para que la Virgencita se lo cure. -Es que tiene días de estar malito, no quiere comer nada -le dice la muchacha llorando. Al recibirlo en sus brazos, Ana María exclama: -Pero, ¡por Dios! Este chiquito está hirviendo en calentura y parece deshidratado, corramos al puesto de la Cruz Roja. Corrieron. Ahí coinciden con lo dicho por Ana María, que aprovecha un rinconcito de la carpa para cambiarse la sudadera por una camiseta que trae en su salveque e intercambiar con la cruzrojista el sombrero, por una gorra azul. De esa manera podrá pasar inadvertida. Al salir busca a Berta pero no la ve por ninguna parte, aunque no le hace mucha gracia continuar sola, no se preocupa mucho porque ya habían planeado que en caso de perderse, se encontrarían en la casa de las primas por la calle principal de Cartago.

-¡Madrecita mía! Ya me hiciste un milagro y no debería hacerte más peticiones, pero por favor no desampares a ese bebecito y que aparezcan la chiquita que se perdió y tu imagen -murmura Ana María. Y continúa diciéndose: -Estoy segura de que Martita viene para algo bueno. Sería lindo que también Ilse apareciera, pero, ¡perdón, Virgencita! Te estoy pidiendo mucho ¿verdad? Entonces recuerda la vez que se le ocurrió visitar a esta otra hija. Al marido de Ilse lo habían trasladado a Frankfurt, y cuando arribó a esa ciudad desde Madrid, y fue a saludarlos, para su sorpresa la recibieron con una actitud bastante indiferente y fría, tanto así, que Ana María tomó la taza de té que le ofrecieron y se despidió rápidamente. Ni su hija ni el yerno, le pidieron que se quedara. Tampoco conoció a los nietos, porque andaban en un campamento de verano. Llegó al hotel muy triste y pasó encerrada varios días con la esperanza de que la llamaran, pero fue en vano. Recapacitando, decidió aprovechar que se encontraba cerca del pueblo del abuelo para ir a conocer unos familiares. ¡Cómo hablé en alemán con ellos! Por dicha papá siempre insistió en que aprendiera esa lengua. Virgencita pido para que intercedas por él, por su descanso eterno.

Ana María no puede detener una lágrima que baja por su mejilla, el recuerdo de su papá siempre la pone nostálgica. Recuerda cómo se opuso a su relación con Roberto, pero ante su cabezonada y enamoramiento, no tuvo más opción que ceder, era la hijita de su corazón. ¡Todo lo que tuvo que inventar después para que él no se diera cuenta de las barbaridades de su marido! Todavía se estremece al recordar cuando su papá se presentó de improviso en la finca, como si lo hubiera sabido, al día siguiente de una tremenda golpiza. Ella se lo ocultó diciendo que se había caído del caballo, pero siempre estuvo segura de que él no le creyó. Se la trajo para San José, la cuidó con inmensa ternura y le rogó que se quedara con ellos, pero tampoco le hizo caso, sabía que su marido era capaz de hacer un escándalo.

Pasaron varios años para que su papá le volviera a hablar, cuando ella venía a San José, se encerraba en su despacho o regresaba tarde del hospital. No fue hasta que su mamá enfermó de gravedad y entre los dos la cuidaron hasta su muerte, que él volvió a hablarle y nunca comentó nada de lo pasado. -¡Oh, papá! -piensa- siempre entregado a los demás, ¡creo que no ha habido un médico que lo iguale! ¿Qué hubiera pasado, papito, de haberte hecho caso? ¿Vos crees que mis hijas se hubieran portado diferentes conmigo? Tal vez ahora no estarían tan resentidas por haberlas traído tan chiquitas a tu casa. Yo sé -murmura entre dientes- que se agravó más cuando se enteraron de que su papá había heredado todas las fincas a ese mierdoso, hijo putativo, cómo le decían con desprecio. Por más que traté de persuadirlas, se la emprendieron conmigo, a pesar de que ellas recibieron una buena herencia. Otra vez fui la culpable. Yo nunca quise contarles de las cosas de su papá, de sus maltratos y golpes. Por más que trato de entender por qué permití todos esos abusos, no encuentro respuesta, o ¿será que no quiero tenerla? Yo no podía administrar esas tierras en aquel momento y ellas no creo que estuvieran dispuestas a hacerlo. Ese muchacho ha sabido manejar muy bien toda su herencia y al final de las cosechas me participa de las ganancias.

Aunque Ana María nunca volvió a la finca; sabe que Carlos Roberto mantiene impecable la casa vieja y siempre dice que se la va a llevar a vivir allí, cuando esté viejita para cuidarla como ella lo hizo con él.

-Parece mentira pero ha sido mejor hijo que Martita e Ilse. ¡No quiero pensar así, Virgencita!, porque has intercedido para hacerme el milagro de traer a una de ellas, en su voz sentí que me quiere. ¡Gracias, Madrecita! Ya no voy a pensar más, ahorita te prometo que me pongo a rezar en serio ese rosario que he venido interrumpiendo.

Por un instante detiene su caminar, se recuesta al muro de una casa y reacciona dándose cuenta de que ya entró a Cartago. ¿En qué momento lo hizo? Venía ensimismada en sus pensamientos. Se queda mirando la calle que se le hace desconocida y se asusta, observa a los otros romeros que vienen por la misma ruta y decide seguirlos todavía algo desconcertada.

-¡No te digo!, Virgencita, si seré despistada -dice en voz baja- estoy acostumbrada a entrar en carro por la otra calle, pero claro, está también lleva a la Basílica. Voy a sentarme un ratito en esa grada para tomar agua, hasta ahora no me doy cuenta de la sed y el hambre que traigo.

Abre el salveque y saca un sándwich bastante aplastado y caliente como el agua que bebe, ella tan meticulosa arruga la nariz pero se lo come con ganas, se acuerda de que lo metió en la bolsa plática para evitar el peso si lo traía en una cajita. Y se dice: -¡Madrecita! ¿Qué ha pasado con tu imagen? Es capaz que ya está de vuelta en el altar y ni cuenta me he dado. Voy a apurarme para llegar a verla, porque espero que se encuentre allí, aunque sé que no es necesario, Ella estará allá y aquí y en todas partes. Acomoda el salveque en su espalda persignándose mientras se pone de pie con bastante dificultad, tanto que se sienta nuevamente para masajear sus piernas. Preocupada por el fuerte dolor de pantorrillas y cintura, decide volver a pararse para continuar antes de que un calambre se lo impida. Sabe que no puede fallar, hay un milagro ya cumplido de por medio. Alza su mirada y ve al otro lado de la calle, entrando por un quicio de puerta oscuro, a una monja que se vuelve fijando sus ojos en los de ella y ambas sonríen. Decide cruzar la calle y pedirle que le permita usar un baño, no se había percatado de las ganas que tenía de orinar. Toca la puerta varias veces, pero no abren. Una señora vecina se asoma por su ventana y le explica que allí no vive nadie desde hace varios años y muy amable le ofrece el servicio. Ana María acepta y cuando está en el baño recuerda a la otra monja que vieron por el Paseo Colón y cómo llevaba en las manos una imagen de la virgen, y siente un escalofrío a pesar de estar sudando por el calor casi del mediodía. Perpleja se mira al espejo y dice en voz alta: -¡Madre mía! ¡Estoy alucinando! ¿Será el cansancio? Entonces se lava la cara con abundante agua fría, la seca y se pone filtro solar. Por un instante se observa demacrada y vieja, pero reacciona pensando que ella no se siente así y sale rápidamente, agradece a la señora su ayuda y vuelve a la calle para avanzar con paso lento hacia la Basílica.

G.

Greivin se entrevistó con el pobre caballista cuando los medios de comunicación y el molote general se lo permitieron. Una media hora, habrían hablado. El buen hombre estaba dispuesto a contarle su historia a cualquiera, ¡deseaba hacerlo!, como si con eso pudiera enmendar un poco el pasado. Ni siquiera le preguntó quién era ni con qué derecho se atrevía a interrogarlo. Greivin, por su parte, trató de seguir el consejo de los maestros: hacer preguntas aunque parezcan absurdas, escuchar los detalles que dicen los otros aunque parezcan irrelevantes o inconducentes.

Pero ahora Greivin estaba sentado en una piedra a la orilla de la carretera de Ochomogo, mirando los zapatos de los romeros, sintiéndose en un callejón sin salida. “De algún modo todo tiene sentido”, pensaba embotado. Pero esto no lograba sino ofuscarlo más: “Aquí y ahora todo tiene un sentido y yo no soy capaz de verlo”, pensó exasperado, recorriendo con la mirada los suaves montes de Ochomogo.

Qué feos le parecieron… Se quedó pensando en eso: ¿por qué le parecían tan feos de repente? Se detuvo a analizar lo que desde dentro hacía que le parecieran hasta siniestros… Este era el último lugar en que Paola había sido vista con vida. Fotos de la niña estaban saliendo constantemente en la televisión y nadie decía haberla visto. Eso era lo horrible; quizás el criminal había pasado cerca de esa piedra en que él estaba sentado ahora, con la pequeña Paola secuestrada. A Cartago no la llevó, claro… sería meterse en la boca del lobo… ¿A San José…? Puede ser. El criminal pilló a Paola en Ochomogo y lo más sensato era sacarla de la multitud, alejarse con ella…

Greivin miró de nuevo los cerros de Ochomogo y se imaginó a un hombre grande huyendo por ahí con la niña. Por eso le parecían tan feos ahora esos montes. Pero claro: eso era una ensoñación, no una pista.

No resolvería el caso. No podría. Estaba lejos de las posibilidades de un simple humano. Tal vez si tuviera perros, helicópteros, cien hombres a su mando… O sea, si Paola fuera la hija del Presidente de Estados Unidos y él, el jefe del FBI.

¿Qué hacer ahora? Estaba desempleado, recordó. Por un momento pensó en bajar a Cartago, siguiendo la corriente. Pero él mismo se rió de ese absurdo impulso. Deseaba huir de la gente. En eso se parecía él al psicópata que buscaba. Se puso de pie, tomó aire y decidió dar un paseo saliéndose de la carretera para alejarse de la gente, hacia las laderas de Ochomogo. Así echó a andar hacia los cerros, por un camino sin asfaltar montes arriba, más por deambular y pasear su desazón que por tener una idea en mente.

Cuando ya dejaba la carretera y el río de gente atrás, aún pensó: “Se me olvidó preguntarle al caballista por qué iba a Cartago, cuál era su petición por esta romería”. De repente sintió deseos de poder saber los favores que iba a pedir o a agradecer cada uno de los romeros. Recordó a una señora que había salido en la tele hacía unas horas, porque se le había hecho un milagro. ¿Qué sería, a qué llamaría ella “milagro”? Y estaba pensando “¿qué le estaría pidiendo Amelia a la Virgen?, cuando un objeto en el suelo llamó su atención. Era un reloj de hombre. Un reloj nada barato, no de lujo, pero de cierto precio. Lo curioso es que no parecía que se hubiera desprendido por rotura, sino que estaba en perfecto estado, ahí, en el suelo, a la orilla del camino. Greivin se lo echó en el bolsillo y siguió andando.

Un hombre mayor estaba sentado en el corredor de su casa, mirando hacia el camino de grava. Greivin se acercó a hablarle. Lo saludó y le preguntó si pasaba mucha gente por ahí. El hombre lo miró extrañado y su respuesta fue literalmente:

-No… Bueno, sí… Más o menos. Pasa gente. No mucha. Pero a veces.

Greivin le enseñó el reloj y le preguntó si no sabía de quién podría ser. El hombre miró a Greivin aun más extrañado.

-Diay… de alguien que iría muy precisado-, bromeó al fin. Pero se notaba que le incomodaba que Greivin extendiera el reloj ante sus ojos, como si le estuviera poniendo enfrente un fajo de billetes.

-¿Por aquí es tranquilo? -le preguntó Greivin. A lo que el hombre:

-Diay… más o menos… ya no como antes… Sí, tranquilo.

Greivin se le acercó, cauteloso, pero dejando ver su preocupación:

-Señor, ¿usted no vio pasar a alguien diferente… o sea, a un desconocido? -le preguntó, contagiado de su estilo ambiguo.

El hombre se quedó pensativo. Pareció recordar algo, hasta que respondió:

-Sí… Pasaron algunos desconocidos… pero eran los de siempre.

Greivin suspiró para sus adentros, como quien dice, y siguió su camino, arrastrando sus ánimos cada vez más escasos.

Cuando de repente, en una vuelta del camino, encontró algo aun más sorprendente que el reloj: unos pantalones de hombre, también ellos ni muy baratos ni muy caros, tirados en el monte, pero sin desgarros ni roturas; era raro, abandonados, pero intactos. Greivin se agachó y los juntó del suelo. Extrañado, dobló los pantalones y siguió andando con ellos bajo el brazo, pero no ya por el camino, sino internándose en el potrero frente al cual los había encontrado.

El terreno empezaba a descender, claramente hacia la rivera de un riachuelo protegido por una hilera de árboles que ya se empezaba a ver a unos treinta metros. El ganado lechero que ahí pastaba se quedó mirando a Greivin, a quien sólo se le pasó el susto cuando tuvo certeza de que eran vacas y no toros. Siguiendo la bajada, algo blanco y resplandeciente llamó su atención. Cuando se acercó, encontró la camisa blanca que, sin duda, había alguna vez acompañado a los pantalones que acababa de encontrar. La cosa lo intrigaba pero no lo asustaba ni le daba señales de peligro, pues también la camisa estaba intacta, sin marcas de violencia. Más divertido que otra cosa, siguió esa especie de pistas misteriosas y juguetonas.

Hasta que al fin, al llegar a la orilla del río, distinguió a lo lejos a quien de seguro era el dueño de aquellas prendas: semidesnudo, con sólo camiseta y medias, sentado en una piedra en mitad del agua, estaba un hombre quieto, quieto como una estatua.

Greivin se acercó hasta él, siguiendo la rivera. En este breve trayecto, aún tuvo tiempo de ver los zapatos y los calzoncillos desperdigados por ahí.

-¡Señor, oiga, señor!

Nada.

-¡Ey, señor!

Después de varios llamados, el hombre al fin se giró muy lentamente a mirar a Greivin, a quien ya tenía a escasos dos metros. Pero esto no cambió nada. Era como si mirara desde otro mundo. Estaba totalmente ido.

Greivin se metió al riachuelo sin descalzarse. Temió que le hombre se asustara, pero no se inmutó.

-¿Esto es suyo? -le preguntó enseñándole el reloj.

El hombre, sin mediar palabra, cogió el reloj y empezó a golpearse los hombros con él, como si de un látigo se tratara.

-¡Nooo! -Greivin lo detuvo-. Venga, salgamos de aquí, que se va a resfriar.

Entonces el hombre reaccionó. Se sacudió como alejando a Greivin y empezó a decir, desesperado pero sin levantar la voz:

-Penitenciagite, penitenciagite -decía una y otra vez, como en una letanía-: Penitenciagite, penitenciagite.

Greivin algo de latín entendía, por un par de cursos de la universidad. Pero no hacía falta saber latín para entender que aquel hombre hablaba de arrepentimiento, de penitencia y su gesto indicaba que deseaba castigarse.

-Ya pasó, ya pasó -se le ocurrió a Greivin decirle, tranquilizándolo. Y de algo sirvió, pues el hombre se dejó conducir hasta la orilla del río.

-¿Quiere que lo lleve a su casa? Vístase y lo acompaño… ¿Usted es de por aquí?

-Cartago delenda est -murmuró el hombre y también esta frase la repitió varias veces-: Cartago delenda est, Cartago delenda est…

Se veía totalmente desvalido, pálido y con los labios amoratados del frío.

-Tome, vístase -insistió Greivin ofreciéndole el pantalón.

Pero el hombre tenía la mirada cada vez más extraviada y asustada, como si escuchara voces terribles dentro de él. Greivin, tratando de adelantarse al colapso, pensó en preguntarle por algo que le evocara calor y paz. Con calculada suavidad maternal, tratando de enganchar en la mente de aquel loco, le dijo:

-Vamos y lo llevo donde su mamá. ¿Adónde está su mamá?

Pero Greivin no pudo ni terminar la frase, que tuvo un efecto de pólvora en el disturbado nudista. Salió corriendo por el potrero, vociferando:

-Mater profanada est! Mater profanada est!

Greivin salió corriendo tras él, bajo las miradas impávidas de las vacas. Cuando ya le iba a dar alcance, el hombre se lanzó sobre una enorme y humeante boñiga y comenzó a retorcerse en ella hasta quedar embadurnado por completo.

“Ay, Dios mío -se dijo Greivin-, a mí quién me tiene. Pensar que yo en este momento podría estar viendo tele en mi casa”.

Pero no había terminado de decirse esta frase, cuando al lanzar los pantalones hallados al suelo para salvar al loco, vio salir unos papeles de los bolsillos. Greivin los recogió y los examinó, mientras el otro seguía a sus anchas dándose un baño terapéutico de boñiga.

Los papeles eran recortes de periódico algo antiguos, cortados como con bisturí y

doblados con meticulosidad, claro resultado de una mente maniática y obsesiva.

Leyó:

“La Vestición”. Cientos de ojos se fijaron en el cura párroco de Cartago, Jorge Calvo, quien colocó el vestido a “La Negrita”. El sacerdote concluyó poco antes del mediodía la selección del vestido que protege el atavío de oro y piedras preciosas que cubre a la imagen de la Virgen durante el resto del año.

(Periódico La Repùblica , 30 de julio de 1997).

Peregrinos y devoción en Cartago. No importaron la lluvia, el frío, el cansancio y la interminable cuesta del cerro Ochomogo. Miles de peregrinos caminaron ayer con un montón de promesas encima para verterlas en el altar de la Virgen de Los Ángeles”.

Cura elimina tradición de vestidos para La Negrita.

(Periódico La Prensa Libre, 30 de julio de 1977).

Virgen de los Ángeles usará uno que confeccionarán las monjas.

(Periódico La Nación, 30 de julio de 1977).

Párroco alega que ‘vestición’ retrasa oficios religiosos del 1° de agosto. Fernando Gutiérrez C. Corresponsal en Cartago. Este 1° de agosto, la Virgen de los Ángeles no se probará los centenares de vestidos que los feligreses solían confeccionarle como prueba de su devoción y gratitud. La tradición, conocida popularmente como la “vestición” y que data desde 1980, la eliminó el párroco de la basílica de Nuestra Señora de Los Ángeles, Jorge Eddy Solórzano, quien adujo que retrasa mucho los oficios religiosos que se llevan a cabo ese día. Este año, el vestido para La Negrita se escogerá entre tres modelos que harán tres congregaciones de monjas, ya seleccionadas.

Monseñor José Francisco Ulloa, obispo de Cartago, apoyó la medida pues dijo que se dedicaban dos meses a recibir, escoger y devolver los trajecitos. Según Ulloa, en lugar de la ceremonia de “vestición”, este año se hará una bendición de todos los atuendos que lleven los devotos. Agregó: “Esperamos que el cambio sea bien recibido por los fieles católicos, especialmente en este país de tanta devoción mariana, pero también estamos abiertos a valorar si esta nueva decisión es la mejor”.

El año anterior, los devotos de la Virgen, procedentes de todo el país, llevaron 1.200 vestiditos al santuario nacional en Cartago. Si bien la tradición comenzó formalmente hace 27 años, fue en 1950 cuando la imagen vistió su primer traje de tela. Antes lucía un atuendo hecho en oro.

Devoción. Muchas de las personas que llevaban los trajes lo hacían con el propósito de pagar una promesa o pedir un milagro a la Patrona de Costa Rica.

La actividad se realizaba siempre el 1° de agosto, a las 10 a.m., en el templete de la Basílica. Después de la ceremonia, católicos de todo el país regresaban a sus hogares con la satisfacción de haber honrado, con una confección propia, a la Madre de Jesús.

“Se está poniendo en vilo la fe de las personas”, consideró Alba Muñoz, vecina de San Blas, Cartago. “Yo, a pesar de ser guanacasteca, siempre he participado. Se está maltratando la fe. “Todos los años le regalo un vestido y con ellos he visto muchos milagros. No nos van a quitar ese legado; por favor, no”, recalcó. De igual forma reaccionó Luis Vargas Ramírez, de Pavas, San José, quien consideró la “vestición” como una de las tradiciones más auténticas. “Es una lástima, me ha dolido mucho”, manifestó. Otros fieles, como Marina Benítez, vecina de León XIII, Tibás, respaldaron la medida. “Yo siempre he pensado en tanta gente que hace vestidos, tanta gente que se pulía y solo escogían uno…”, declaró. Colaboraron Emilia Mora y Yendri Miranda.

Las frases en latín que había dicho, más una ojeada a los recortes, llevaron a Greivin a sospechar que aquel hombre había enloquecido por el robo de la Virgen.

P.

Sin dejar de abrazar a la muñequita de piedra, Paola busca algo que le sirva para abrigar a la nueva amiga. -Porque ¿somos amigas, verdad? Y seguro que tenés tanto o más frío que yo. Mirá aquí hay un papel de cigarro, y aquí otro. No es dorado, pero plateado te puede quedar bien y la bolsa la abrimos y la doblamos… Paola se sienta en el suelo y con toda la paciencia del mundo, a esas horas despierto en su mitad occidental y lejano en cualquiera de sus movimientos diarios, empieza a construir un vestido para la pequeña escultura de la Virgen. De sus manos poco a poco salen pedazos de papel que van conformando un faldón abierto por detrás, con pechera plateada perfectamente planchada por sus dedos y un pequeño velo encapuchado de alguna hoja perdida y seca, similar a un encaje de fibra vegetal fosilizada. -Así te ves linda, Virgencita, como para ir a la iglesia a hacer la primera comunión o a casarse…pero ya sé, ya sé, no me digás nada que no soy tonta, las vírgenes no se casan, mi abuela me lo dijo, se entregan a Dios. Pero como estamos jugando podemos hacer que… ta,ta,tataaa, ta,ta,tataaa.

Paola se pone de pie y hace que marcha con la imagen de la Virgen de frente. Sonríe por un segundo y después queda en medio de la bodega quieta. -No, no quiero acordarme de nada, mamá, porque de qué me sirve si ninguno de ustedes, y ni siquiera Fabián, que es tan mañoso pueden encontrarme aquí. Mamá. Te quiero, mami, papi, abue. ¡Mamá, me estoy orinando!, ¿qué hago? Paola se queda viendo a la Virgen unos segundos mientras las lágrimas con voluntad férrea se abstienen de salir. -Ya no estoy llorando, mami. ¿Ves? Ni una sola. Ya soy grande. Paola respira, saca el pecho y se dirige a una esquina. Allí barre con el pie el suelo oscuro y con la gracia de una princesa medieval se acuclilla. La Virgen la acompaña puesta sobre la orilla del comedero y vestida ahora de gala.

-Ya sé, juguemos a que le ponemos nombre al niño -dice Paola mirando la imagen. Pero que no sea niño Dios, verdad, ese ya no se vale. Paola sonríe con tristeza y se levanta. Toma a la Negrita para acunarla y se acerca a los tablones mal pegados de la pared donde están la puerta con la cadena y el candado.

-Juguemos en el bosque mientras que el lobo no está. Juguemos en el bosque, mientras que el lobo no está-. Casi canta pero más bien susurra, poniendo atención a los espacios que quedan libres entre tablón y tablón. De pronto una idea se apodera de su mente. ¿Podrá pasar ella por ahí?

D.

Tenía que pensar algo rápido. No había nadie alrededor y creyó que era mejor alejarse de allí cuanto antes. ¿Pero cómo se iría? Estaba junto a la moto y se le ocurrió que podría llevársela prestada, aunque resultara imprudente, porque ¿y si descubrían sus huellas? Tendría que evitarlo a toda costa, así como borrar las que seguramente había dejado impresas en los barrotes del asiento trasero cuando venían. Ejecutando su propio consejo y superando el mismo asco que había debido tragarse poco antes, a las espaldas de semejante puerco, volvió para buscar los guantes del difunto y las llaves de la moto. Cuando estuviera más cerca de la ciudad podría dejarla botada en cualquier lado. Lo importante era no dejar huellas y pensar en desaparecer de allí.

A una velocidad de histeria, mientras descendía nuevamente las gradas para subirse a la moto, se enderezó las gafas y tras atusarse el cabello se enfundó la gorra. Suponía que ello le ayudaba a ocultarse. Por suerte consiguió arrancarla al primer intento. No sabía dónde estaba, pero por la posición del Sol, a pesar de estar oculto tras de unas nubes que habían venido para quedarse, más o menos se orientaba. San José quedaba a la derecha, hacia el oeste. Suponía que debía continuar por ese mismo camino adelante, aunque probablemente ello le obligaba a pasar por delante de las casas, más abajo. Si fingía normalidad y no se detenía… cruzó los dedos. ¿Qué podría imaginar la gente viendo por allí a un desconocido, rubio, bien vestido, en una vieja motocicleta? Las piernas le temblaban -¡Dios!, ¡qué mieeeerda!- exclamó en voz alta. Si seguía los caminos más estrechos y poco transitados por los que había venido, de seguro que se iba a perder. Era mejor tomar por las calles más anchas y tratar de deducir por el asfalto, la publicidad o las luces, cuál era la que tenía salida a la carretera. Por eso decidió que no importaba adentrarse un poco hasta lo que pudiera ser el pueblo. En ese momento, avanzando ya en aquella dirección, un par de mujeres se le aparecieron en el camino. Debía ignorarlas; aunque lo siguieran con la mirada, él haría como si no pasara nada.

-Eh, muchacho -le gritó una de ellas justo al pasar a su lado- creo que se le cayó algo atrás.

Darío, superando de nuevo la taquicardia que le oprimía el pecho, no tuvo más remedio que verificar rápidamente y, en efecto, echó en falta su cartera. Regresó por donde había venido y enseguida la encontró. Pero, azorado como estaba, no sabía si era oportuno agradecerle a la señora o callarse. Si reconocía su acento y le identificaba como español, luego sería más fácil localizarlo. Ya se imaginaba su foto en los periódicos y los titulares: español mata a costarricense en un asunto de drogas. Y el muerto, quién sabe si sería vecino del pueblo… y luego vendrían a lincharlo. Había visto cosas terribles relacionadas con la justicia popular.

Decidió dedicarle una medio sonrisa fugaz a la mujer que le había advertido y pasó rápido de largo sin abrir la boca. Luego, trató de evitar el lugar donde parecía que se acumulaba todo el vecindario y se encontró inopinadamente con una calle asfaltada y un carro que pasaba.

¿Y si era mejor denunciar lo ocurrido? ¿Qué sería más conveniente para él, jugársela a que nadie lo asociara con el muerto, o pasar el trago de confesar a la policía y que se verificara que fue un accidente? Aquellas señoras y otras personas del pueblo lo habían visto llegar del lugar donde, antes o después, alguien iba a encontrar el cuerpo de aquel hombre. En realidad era un delincuente que intentó asaltarlo. Pero ¿quedaría bastante claro que había sido un accidente? Se acordó de pronto de la abogada a la que horas antes había ayudado en la romería y supuso que podría consultarle su caso. Era demasiado fuerte ir contando una historia semejante, pero no veía otra opción. También en la mochila llevaba el libro de viaje donde aparecía el número de la Embajada de España. Pero en un día feriado no creyó que nadie fuera a ocuparse de él. Llamaría a la abogada, aunque sólo fuera para que le asesorase y le ayudara a tomar la decisión correcta.

Más adelante, una cabina de teléfono en la puerta de una soda de carretera le hizo frenar bruscamente. Se quitó un guante para poder sacar la tarjeta de Ana María y tragando saliva para aclararse la voz, digitó su número de celular murmurando como si rezara. -¿Qué puedo decirle? ¿Cómo empiezo a hablar sobre semejante marrón?- Pero fue escuchar el aló de Ana María y ponerse a relatar nerviosamente lo principal de lo sucedido. No le iba a contar que fue a buscar droga, ¿para qué complicarse más? sólo que el tipo lo había querido asaltar y al empujarlo y caer se mató.

La abogada le planteó que un principio legal es considerar inocente a toda persona hasta que no se pruebe lo contrario. Y luego le preguntó directamente si se consideraba culpable. Darío respondía un poco atropelladamente, que no, claro, cómo iba él a matar a nadie, y que no lo conocía, que lo había querido asaltar cuando le dijo que le llevara hasta la ciudad. Y entre su confusa reconstrucción de la historia y que no hablaba en voz muy alta, Ana María prefirió decirle que llegara a Cartago, al restaurante de la plaza de la Basílica donde ella lo estaría esperando. Podía preguntar por el lugar, pues era muy conocido; La Puerta del Sol. Sólo conversando personalmente ella le podía aconsejar mejor y acaso amarrarían todos los cabos. Colgó.

La nuez de la garganta le pesaba como una lápida. Ahora debía de nuevo ponerse a buscar el camino de Cartago. Sin duda se trataba de la peor pesadilla de su vida. Entre las emociones de la noche y el periplo de aquella mañana funesta se encontraba al borde del colapso nervioso.

La vida de aquel muchacho, bonito y elegante, siempre fue tranquila. Incluso en sus pasiones no hubo nunca patetismo alguno. Precisamente contra eso tenía que luchar, contra la inercia familiar que obligaba a enterrar bajo mil candados cualquier atisbo de emoción que pudiera aflorar en forma de arruga. Pero ahora estaba vuelto del revés. Había querido trascender el sexo para llegar a amar y se encontraba menospreciado. Había querido relajarse y olvidar, y lo que sucedió fue que se cargó involuntariamente a un hombre y que aquello ya nunca más saldría de su cabeza. No le resultaba tan fácil adaptarse a cualquier parte del mundo, como él ingenuamente había tenido la intención de hacer, comprándose de forma impulsiva aquellas vacaciones en Centroamérica. De fijo que ya no se podría quedar en Costa Rica, como unas horas antes había llegado a imaginar. Pensar que lo podrían encerrar en una prisión por homicidio involuntario y tenencia de drogas, lo tenía revuelto.

Bajando la colina se encontró de nuevo con una bifurcación. Sabía que debía ir hacia el este, por lo que escogió el camino de la derecha. Cuando al fin encontró una señalización, confirmó que andaba en lo cierto y siguió adelante. En poco menos de quince minutos ya estaba entrando en Cartago. Lo intuía por la cantidad de gente que se veía delante de él. Alegrándose de que la gasolina le hubiera bastado para llegar, aparcó la moto en una perpendicular y tirando los guantes a la cuneta, se echó a caminar como si fuera el último romero. De hecho llegaría entre los últimos, o más bien cuando ya finalizada la misa, la gente comenzara a regresar a San José.

Al poco de haber preguntado no tardó en identificar el restaurante donde se había dado cita con Ana María.

P.

El movimiento de las ramas y no los pasos, hicieron que su corazón empezara a palpitar a toda prisa. Alguien se acercaba y sin duda no podría ser nadie más que el hombre malo que volvía por ella, con su aliento de caca, sus ojos desorbitados y sus uñas asquerosas. Ahora sí, los pasos eran claros. Paola pensó por un segundo, más quieta que una escultura, en todo lo que le podría pasar cuando el hombre ya estuviera allí y abriera el candado. No, ella no se iba a quedar de brazos cruzados. Empezó a ver cada detalle de la bodega buscando, pensando, calculando. Sí, antes se iría, y solo una oportunidad tenía en ese momento de lograrlo. No podía fallar. Movió la cabeza un par de veces con rapidez para darse ánimo antes de tomar a la Virgen con fuerza contra su pecho. Con paso firme se acercó al abandonado comedero, que atravesaba la pared desde afuera. Eran pocos los centímetros libres, pero tenían que ser suficientes. Se agachó, haciéndose lo más que pudo un ovillo en sí misma, hasta topar la frente con el agujero.

Cuando Paola pasó la cabeza supo que el cuerpo también pasaría. Muy despacio, con la fuerza de los brazos apoyando los codos contra el suelo, llegó a la altura de la cintura arrastrándose, un par de empujones más y allí estaban las rodillas. Un pie, luego el otro, un breve pero intenso suspiro, y de nuevo el aire y la luz imperceptible de un amanecer en el valle Central a su izquierda, y en el valle del Guarco, a su derecha. Un amanecer que bordeaba los círculos del infierno que aún tenía a sus espaldas. Correr, correr montaña abajo a lo que le dieran los pulmones y su debilidad. A lo que le diera su sed y su frío, ya que el suéter azul de la escuela lo había dejado allí, en el pesebre sin padre, sin vaca, ni burro. En el doloroso pesebre donde había acunado a su muñequita de piedra, a su Virgencita de los Ángeles, porque claro que sabía que era ella, ninguna otra virgen iba a hacerle el milagro ese dos de agosto de aparecerse y acompañarla en su infortunio. Un par de sombras la hizo detenerse. Se quedó quieta, como bulto inmóvil pegado a un tronco. Solo su corazón seguía latiendo como animal asustado, pero las sombras no se dieron cuenta de su presencia, siguieron hacia arriba hasta la bodega.

Paola siguió corriendo cada vez con más facilidad conforme la luz mostraba los árboles, las piedras, las cercas de alambre de púas, los trillos y los grupos de arbustos enfilados a lo largo de un caudal de agua, que lograba oír cada vez con mayor claridad. Agua, necesitaba tanto beber agua. Dejó de correr. Fueron necesarios bastantes minutos para que su respiración se regulara y sus pulmones dejaran desesperados de expandirse en busca de aire. Encontró una bajada embarrialada por donde las vacas abrevaban. Con cuidado, agarrándose de las ramas de un sauce llorón, llegó hasta la orilla. Dejó a la imagen de la Virgen sobre una piedra y tomó agua como lo haría cualquier animalito, una y otra vez, hasta que se sintió satisfecha. Después se sentó a descansar un rato tratando de poner en orden sus ideas, pero su estómago, que con el agua empezaba a estar relajado, le pidió comida cantando con todas sus tripas. ¿Desde cuándo no comía? ¿Que podría comer ella por allí? Después de un rato, la luz de la mañana hizo su aparición con todo su esplendor y las brumas de la noche definitivamente se perdieron entre el agua. Paola tomó a la Virgen y volvió a subir hasta lo que ahora veía con claridad, un repasto de altas matas muy pegadas entre sí. Caminó por la orilla hasta dar con un portón que en su extremo izquierdo tenía un paso estrecho. Entró. Del otro lado una especie de solar campesino le alegró el ánimo. Aunque no había casa a donde acudir por ayuda, había árboles con naranjas, guayabas y varios racimos de bananos unos verdes y otros maduros.

¡Qué maravilla! Comida, oíste, pancita, comida, oíste, Virgencita, comida; bueno seguro que vos ya sabías y me trajiste por aquí por eso. Vamos a comer y después… y después seguimos caminando hacia allá… La niña señala con su nariz una dirección que solo ella entiende mientras se acerca a los frutales. ¡Pero si hay fresas! ¡También hay fresas!

Conforme Paola dispone las naranjas, las guayabas, las fresas y los bananos en el suelo, debajo de los vástagos, se imagina que está frente a una mesa servida en una preciosa sala de un palacio de sueños. Los bananos son pan recién horneado del mejor, las guayabas pedacitos de carne guisada con tomate, su comida preferida. Las naranjas, papas calientes rebosantes de mantequilla y las fresas…pues fresas, su fruta preferida. Hambrienta come con una sonrisa en los labios hasta quedar repleta. Finalmente el cansancio la hace recostarse por completo en el suelo a donde ha puesto muy junto a ella a la Virgen. Es suficiente un segundo para que se quede dormida, sin sentir ninguna de las hormiguillas que le andan por las medias.

La despertó la sensación de que alguien le jalaba el dedo pequeño de su mano. Abrió los ojos y el pelo blanco de la pequeña y anciana figura no le dio miedo; todo lo contrario, una sonrisa salió de la boca de las dos de inmediato.

-Hola, -le dice Paola a la viejita que se ayudaba con dos bastones a estar de pie.

-Hola, niña preciosa, ¿estás jugando en el bosque solita?

-Sí y no, porque estoy con ella. Paola le extiende sin malicia la imagen de la Virgen.

-La viejita observa con cuidado la imagen y abre mucho los ojos. -Ya veo -contesta- con semejante compañía nadie puede sentirse solo.

-Ella me salvó -Paola cambia el tono y se levanta- me salvó de un lobo horrible.

– Gracias a Dios que estás bien entonces, bueno, gracias a ella… pero, ¿sabés que tenés que llevarla de vuelta a su casa, verdad?

-Yo me la encontré…

-Eso no importa, lo que importa ahora es ponerla a ella en su lugar.

-Pero yo no sé cómo llegar ahí.

-Muy fácil: ¿ves aquel señor que está allá? Es mi hijo y con gusto te lleva en su camión que, aunque viejo y feo como yo, funciona muy bien.

-Usted no es fea aunque sí …vieja.

-Gracias por la sinceridad…y ¿no te llamas Juana Pereira, de casualidad?

-No, me llamo Paola.

-Paola…pues encantada, Paola, veo que comiste hasta fresas. Me alegra que alguien además de nosotros las disfrute. Yo me llamo Oti.

Sin moverse la anciana silbó y el hombre que apareció en la loma hizo un gesto y desapareció, para volver unos minutos después con un pequeño camión rojo y destartalado.

Empezaron a caminar hacia el camión, la anciana con dificultad y Paola con la Negrita agarrada con fuerza, ahora que sabía que su muñequita tenía que seguir cuidando de todos y no solo de ella.

Sin saber por qué al despedirse Paola se acerca a la viejita y le da un abrazo. Un par de lágrimas le avisa que ha vuelto al mundo normal. La anciana hace lo mismo. La abraza, la bendice en la frente y se la encomienda a su hijo.

G. JF.

“Si este está loco y yo voy siguiéndolo, más loco estoy yo”, se decía Sancho Panza siguiendo a Don Quijote y se decía también Greivin siguiendo al loco nudista montes adentro.

El baño de boñiga lo había sosegado un poco, se había quedado mudo y algo dócil. Greivin logró que se pusiera los pantalones y, con cuidado de no volver a mencionar a la madre, insistió en que el loco lo dirigiera a su casa… Bueno, o eso creyó Greivin al principio, pero muy pronto perdió la esperanza. ¿Adónde lo llevaría aquel hombre? En lugar de volver al camino, se había alejado aun más por la rivera del río, internándose en zonas empantanadas y llenas de maleza.

Pero el loco parecía dirigirse con toda certeza hacia un lugar determinado; no andaba al azar, y Greivin pensó que en todo caso alguna pista le daría acerca de quién era aquel tipo y cómo poder devolverlo a su casa, a su familia o al psiquiátrico del que se hubiera escapado.

Al fin, al cabo de un rato de andar, quedaron frente a una especie de bodega o casucha de madera, visiblemente abandonada, aunque no por ello falta de cadenas y candados, custodiando su única puerta y unas ventanas de madera también cerradas con esmero.

El loco se giró a mirar a Greivin y sin decir nada se limitó a señalar vehementemente la casucha. Greivin se acercó a escudriñar, pero no oyó nada ni nada llamó especialmente su atención. Trató de disimular su decepción y de pensar lo más rápido posible qué estrategia podía usar, para llevar a aquel hombre hasta el puesto de la Cruz Roja de Ochomogo.

-Venga, vayamos a mi casa a tomarnos una aguadulce bien rica -le dijo paternal y calculador.

Pero el hombre insistía en señalar la casucha. Greivin suspiró y se acercó a la puerta viendo a ver si había algún modo de abrirla. Dio media vuelta dispuesto a retirarse, cuando el loco empezó a darse de golpes contra la puerta, intentando desesperado abrirla.

-Ay, Diossss -suspiró Greivin.

Tomó al loco por los hombros con cuidado de no embarrarse mucho él de la inmundicia del otro, y como un padre complaciente, se dio a la tarea de forzar la puerta, ya sin saber muy bien por qué, o bueno, por esa extraña lógica en la que entra uno que se pone a seguir a un loco.

Tampoco fue cosa del otro mundo. Una patada bien dada con sus patas vueltas, y el candado saltó con todo y marco podrido de madera.

Y adentro: nada. En medio de la oscuridad, sólo se distinguían algunos chunches viejos y podridos y murciélagos desvelados en mitad del día.

Pero el loquito empezó a aullar, desesperado.

-¡La Virgen, La Virgen, la Virgen! Se fue, se fue… ¡No está!

“Ya le agarró otra vez el camote”, se dijo Greivin y empezó a considerar si darle un buen moquetazo al loco, para noquearlo y bajarlo arrastrado hasta la Cruz Roja de Ochomogo. Pero en eso, algo llamó la atención de Greivin.

Parecía una prenda de ropa, ¡era una prenda de ropa! Greivin se inclina y junta del suelo un pequeño suéter azul. Lo gira para examinarlo. Cuando ve las letras que están en la espalda, Greivin siente como si le hubieran dado una descarga eléctrica por toda la espina dorsal: “Paola”, dicen cinco letras juntas: Paola.

Entonces mira al loco con otros ojos. Algo no le calza pero está claro: ese loco habla de Paola cuando habla de la Virgen, ese loco sabe que la niña está -estuvo- ahí. Greivin se abalanza y lo agarra por el cuello, sabe que es inútil, que es un contrasentido, pero actúa desesperado.

-¿Dónde está, dónde está la chiquita?

El loco no puede hablar, claro, Greivin lo suelta y repite, a gritos:

-¿Dónde está la chiquita?

-La chiquita… La chiquita… La chiquita… -Ahora sí, Juan Fernando logra desbloquearse e imagina dentro de su mente todo su recorrido anterior. La imagen de la Virgen lanzada por Rosario a su cama. Su sobresalto, su pavor, la decisión de guardarla en un bulto para llevarla hasta la finca de sus primas, donde desde hacía años nadie iba, para darse tiempo mientras pensaba qué hacer… ¿Devolverla o quedársela y hacer un altar privado solo para él…, solo para él?

Greivin intenta tranquilizarse y recordar que no puede mantener un diálogo normal con el loco. Así que tratando de sonsacarlo, le dice:

-Dígame dónde está la Virgen…

-¡Estaba aquí! ¡Estaba aquí! ¡Estaba aquí!

Otra vez el loco empieza a dar saltos y gritos y Greivin vuelve a perder la paciencia, y lo vuelve a agarrar por el cuello:

-¡Pero ya no está aquí! ¿Adónde está ahora? Decime o te arranco la nariz.

El loco se echa a llorar. Greivin se da cuenta del absurdo de todo. Lo suelta y el pobre hombre se hace un ovillo en el suelo.

Greivin le da una patada a una madera que tapa una ventana, para que entre algo de luz y seguir buscando pistas. Pero sigue sin encontrar nada más. Sólo aquel suéter que sostiene en sus manos temblorosas.

-En mi cama… La Virgen estaba en mi cama… En mi casa… La Virgen…

-¿Cómo?

Greivin oye lo que murmura el loco.

-No fui yo… No fui yo… Estaba en mi cama…

Desesperado, Greivin toma aire y lo más manipulador posible, como un papá cariñoso, le dice:

-Vamos y lo llevo a su casa.

¡Y le salió la jugada! El loco, como un niño pequeño, dijo que sí con la cabeza y se puso de pie, dispuesto a volver a casa.

Antes de marcharse, con el corazón hecho un puño, Greivin le echa una ojeada más a la bodega. Piensa si debería llamar al OIJ ya mismo. Pero decide seguir adelante él solo con la única pista que tiene.


AM. D.

Nuevamente el celular interrumpe sus pensamientos, al principio no sabe quién le habla, al otro lado escucha una voz agitada y nerviosa, al fin la reconoce por el acento. -¡Muchacho! ¿El español? Hábleme más despacio que no entiendo -le dice Ana María.

Este le cuenta algo de un homicidio. Al principio no le queda claro cómo está el asunto, pero poco a poco va entendiendo.

-¡Mire!, primero dígame su nombre y segundo preste atención.

Ana María toma un respiro, rápidamente trata de repasar lo que se acuerda del Código Penal mientras escucha todo el cuento, ella no conoce mucho de ese tema y se siente un poco asustada.

-A ver, Darío, por lo que me cuenta usted no tenía intención de matar al otro, ¿verdad? Porque de ser así podemos alegar que no hubo dolo. En este momento no sé que otra cosa decirle, debo tener un panorama más claro de la situación. -Espere, escúcheme con calma. ¿Dónde está? ¿Cómo que no sabe? Entonces trate de ver cómo venirse para Cartago, no hable con nadie. No, ¡por Dios! Que no lo vean los periodistas, por ningún motivo haga declaraciones sin estar con un abogado. Hagamos una cosa, veámonos en esta ciudad, en La Puerta del Sol. No se enoje no lo estoy embromando, por un momento olvide que usted no es de aquí. Es un restaurante al costado norte del parque frente a la Basílica. No, no se va a perder, toda la gente aquí sabe dónde queda ese lugar. Dejemos de hablar y véngase lo más rápido que pueda, no tengo la menor idea de la distancia porque no sé donde está usted y no me da ninguna pista para orientarlo. ¡Por favor!, tranquilícese y póngase en camino, no perdamos el tiempo. ¡Ah! Y cuando llegue no se desespere si me tiene que esperar, no se mueva de ahí, espéreme lo que sea necesario. No se preocupe ya veremos lo que se debe hacer.

Al fin logra convencer a Darío y ahora sólo queda esperar que pueda llegar sin problemas al lugar señalado. Después de esa llamada, ella siente que las piernas le flaquean, un temblor recorre todo su cuerpo. -¡Virgencita! Ahora sí que me la pusiste difícil, ese muchacho fue mi salvador y ahora debo ayudarlo, pero, ¿Cómo? Yo no soy abogada penalista. Por un momento pierde el ritmo de su marcha, sin embargo se repone y llama a una colega especialista en el campo, escucha las explicaciones de esta y respira más alivianada. -¡Gracias, Madrecita del Cielo! Yo sé que vos no me vas a abandonar. Aunque tiene sus dudas, piensa si no se estará metiendo en problemas, pues un asunto es escuchar lo que ese muchacho le cuenta y otra, la verdad de todo. -¡Mi Dios! y ¿si es culpable? Recuerda la reacción que tuvo Darío después del incidente con lo de su presunto robo, cuando tumbó primero al atacante para defenderla a ella y después fue más bien como si se sintiera molesto de haberla ayudado, y con costos recibió las muestras de su agradecimiento. -Viéndolo bien, hasta fue un poco descortés la manera como se alejó -continúa diciéndose Ana María- Virgencita, ¿No estaré metiéndome en un berenjenal? No me queda más que empezar a planear una estrategia porque tengo un compromiso. Ella sabe que debe tratar de hacer lo mejor posible y decide caminar más aprisa para llegar a tiempo al lugar donde se citó con Darío.

¡Por fin!, Virgencita, pude llegar para darte gracias por toda tu ayuda de ahora y siempre -musita Ana María- en la fila que la lleva dentro de la iglesia. Observa la devoción de la gente y de cómo alguna se va poniendo más seria conforme ingresa al lugar. Pregunta si ya apareció la imagen y todas las respuestas son negativas y tristes. -¡Se imagina! -dice una señora con lágrimas en sus ojos- venir hasta aquí y no encontrarla. Ana María le pasa un brazo por los hombros y le dice en voz alta: -Recuerde que Ella está con nosotros aquí y donde estemos, es su imagen la que falta, sintamos Su Divina Presencia escuchando nuestras peticiones. Y la señora responde: -¡Amén! y que Dios la bendiga por eso tan bonito. Al entrar al templo busca con la mirada un rinconcito donde poder aislarse, es casi imposible por el gentío; sin embargo, logra llegar hasta una columna donde se apoya y con los ojos cerrados se persigna para orar: -Primero te doy gracias de nuevo, Madrecita mía, por todas tus bondades, me has acompañado en los buenos o los malos tiempos, no sé qué hubiera hecho sin tu ayuda. Siempre has respondido a mis peticiones, no tengo palabras para agradecerte. Queda en silencio sintiendo una paz interior como pocas veces.

Pierde la noción del tiempo hasta que un empujón la vuelve a la realidad. Asustada mira el reloj y se dice: -¡Dios mío! Cuánto tiempo ha pasado, parece mentira y, tratando de salir rápido, piensa en el muchacho español que podría estarla esperando; sin embargo, no puede avanzar como quisiera, debe dejarse llevar por las personas que van abandonado la iglesia. Siente la brisa fresca que la recibe, el tiempo se ha puesto un poco oscuro, a pesar de que apenas empieza la tarde. Apurando el paso se encamina a La Puerta del Sol.

-¡Virgencita! Otra vez te pido que vengas en mi ayuda, intercede para que Diosito me ilumine y pueda ayudar a este muchacho que ojalá sea inocente.

A la entrada del restaurante observa el lugar, no ve a Darío, pero sí una mesa desocupada y prácticamente se abalanza hacia esta para no perderla. Llama al mesero y pide una cerveza bien fría y mientras la saborea observa el lugar tratando de recordar las facciones del muchacho, quien se aproxima a su mesa al tiempo que hace señas al mesero para pedir una cerveza, toma asiento e inmediatamente empieza a narrar todo lo sucedido. Ana María lo interrumpe varias veces haciéndole preguntas y tomándole la mano la dice:

-Escúcheme, no nos enredemos más. De acuerdo con lo que me ha contado y de como yo veo los hechos, le voy a dar una explicación breve: primero, usted no tuvo intención de matar a ese individuo; segundo, por tanto no hay dolo, como le dije antes; tercero, usted alega que nadie lo vio discutir con el imputado; cuarto, tuvo cuidado de dejar la moto en un sitio solitario y limpiar bien sus huellas. En conclusión, si fuera del caso, se puede alegar homicidio no culposo; sin embargo, mi consejo profesional es que se vaya calladito y lo más rápido posible a su tierra, sin hacer más comentarios ni contarle nada a nadie. Usted tiene su conciencia tranquila.

Hablan en voz baja y en un momento dado Ana María levanta la vista y a quien ve es a Amelia, que se acerca saludándola. Cuando los quiere presentar la cara de estupor que pone esta y la forma en que él se levanta para recibirla, la deja con la palabra en la boca. Ante esta situación y sintiéndose como liberada, Ana María decide poner punto final a la conversación con Darío. Siente que ya cumplió con él y poniéndose de pie, se despide al tiempo que le repite al joven: -recuerde, Darío, la decisión es suya. Y se aleja tan rápido como sus piernas se lo permiten dejándolos solos.

A.

Es al enfrentar la vieja arquitectura que conforma Cartago, que poco a poco Amelia retorna a la realidad.

De pronto se da cuenta de que la avenida es más estrecha, la gente más abundante, y los corredores pegan con las aceras y los caños profundos. De un lado está el viejo fortín, y del otro el mercado y la línea del tren. No falta mucho para encontrarse la gran plaza que antecede a la Basílica.

Amelia saca las uvas restantes que trae en el salveque, disfruta su sabor en la boca y se acerca a una de las esquinas de la plaza. Hay gente por todas partes y se da cuenta de que por cualquiera de los lados, la multitud misma conduce hacia la entrada de la Iglesia. Se detiene un momento para comprender que afuera la gente que canta está participando de una misa. Es la celebración más importante del año para la Iglesia Católica. Había leído en un reportaje que para esta oportunidad, todos los curas del país son convocados a participar. Amelia dirige la mirada hacia el sitio desde donde está saliendo la música y efectivamente allí están, todos vestidos con sotanas blancas, iguales, sin importar su rango ni su edad, cantando fuerte, afinado, como solo los años de práctica y disciplina en los seminarios lo permiten.

Ya está allí, y sin pensarlo dos veces se deja arrastrar por la multitud hacia el interior de la Basílica, la que a pesar de la inmensa concurrencia que la rodea, sigue imponente, recogiendo entre sus paredes la fuerza de ese coro, que de alguna manera extraña inflama el alma. Frente a la puerta ve que hay dos filas, una lateral para los que como ella deciden entrar caminando y la del centro, en la que el recorrido completo dentro del templo se hace de rodillas. Luego de ingresar y comenzar a acostumbrarse a la grandeza de las partes altas de la iglesia, de permitir que el espíritu se acomode a ese canto de alabanza que resuena en todo el sitio y al olor a incienso, Amelia queda impresionada por la fila que entra de rodillas. El pasillo es ancho así que van varias a la vez. Son cientos los devotos que van hincados, cada uno en lo suyo pero a la vez unido al ritmo del que va adelante y del que va atrás. Una rodilla adelante y luego la otra que la alcanza. Todos al unísono: el que va primero y el que sigue y el que sigue como si fuera una coreografía ensayada. En silencio, en una actitud de humildad y valentía que conmueve, cada uno acaba el último tramo de su romería de rodillas… Con los ojos humedecidos Amelia observa. Aferra su mirada a un agricultor, que con sus manos toscas sostiene el sombrero que se ha retirado de la cabeza al hincarse y lo acompaña a lo largo de todo su recorrido, hasta llegar a los pies del altar vacío.

En ese momento la respuesta a todos los porqués de los diferentes romeros le llega nítida: no es por la virgen, no es por alguna razón en concreto, no es por cumplirle a alguien que cada uno va hasta allá. Es por ese rato propio que se experimenta durante la travesía. Es por esa vivencia interior que se logra aun imbuidos entre el bullicio de la multitud. Es por esa sensación de ser único y a la vez de pertenecer a un universo que respira unido…

Amelia se queda un rato más recostada a una de las columnas para estabilizar sus emociones, y cuando sus labios esbozan una sonrisa de tranquilidad, empuja su cabellera para atrás, e inicia, según ella, el retorno.

Ya afuera, decide comprarse una botella de agua y se dirige a La Puerta del Sol. Apenas entra, Amelia descubre que tiene hambre y ganas de sentarse, por lo que comienza a buscar un sitio. Entre la cantidad de gente que come y habla, Amelia distingue de frente a ella, a la amiga de su tía, la que había decidido seguir caminando cuando el desmayo en Chelles, y a su lado, una silla vacía. Instintivamente se acerca, y aunque parece conversar concentradamente con alguien de pelo rubio que está de espaldas, rompiendo su propio silencio de varias horas, se acerca a ella y la interrumpe:

-¿Cómo le acabó de ir, doña Ana María? ¿Sabe algo de su amiga?

Al oír esa voz, el muchacho que está de espaldas se levanta y se da la vuelta, y realmente sería difícil establecer cuál de los dos es el más sorprendido.

D. A. AM.

Tanto por el consejo de Ana María como por convicción propia, Darío estaba creyendo, en efecto, que lo más oportuno era desaparecer del país cuanto antes. Pero la llegada inesperada de Amelia y su forma de saludarlo y de hablar, como si nada de lo que él había creído ver en Tres Ríos hubiera ocurrido, lo tenían bloqueado. Se daba cuenta de que su reacción en la mañana había sido precipitada. No quería hablar de ello por temor a parecer demasiado inseguro, lo que para él equivalía a hacer el ridículo. Y aun tenía menos ganas de volver a referirse a lo que acababa de contarle a la abogada. Por eso dejó que esta vez fuera Amelia quien, como mecanismo para atenuar la sorpresa mutua, rompiera el silencio preguntando.

-Y entonces, al final de cuentas ¿viniste vos también?

-Ya lo ves…

-¿Y cuánto duraste? ¿Te cansaste mucho?…-Amelia formulaba las preguntas obvias que generan siempre los encuentros que, por más que se anhelen, no se esperan.

Sin esmerarse demasiado en contestar, la mirada de Darío no dejaba de reconocerla de extremo a extremo. Como primera impresión Amelia sentía que de aquel modo le estaba reprochando que lo hubiera dejado solo al salir en la mañana. Pero Darío estaba ya lejos de aquella primera reacción suya al no encontrarla en el cuarto y simplemente buscaba la forma de acomodar los diferentes estados de ánimo en su cabeza.

Mientras pensaba en qué decirle, se distrajo por un instante en las noticias que pasaban por la televisión del restaurante.

En un contexto en el que todos los presentes continuaban en vilo mirando tele, con la esperanza de que se anunciase al fin el paradero de la Negrita, su distracción no parecía extraña. Una reportera joven, micrófono en mano, sujetándose un pequeño auricular por el que recibía el sonido de su emisora, hacía movimientos de cabeza bastante teatrales para anticipar la gravedad de una noticia de última hora, a la que daban paso desde los noticiarios del Canal 9.

“-…los últimos acontecimientos. En este lugar como ustedes pueden observar a mis espaldas se ha levantando una gruta de piedras para cumplir con la solicitud que supuestamente le hizo la Virgen al vidente.

-Mailín, aquí desde el estudio central- , ¿ya confirmó que ese vidente existe?…

-Así es, doña Mili. El hombre que está en cámara y viene bajando las gradas es el vidente. Y este hombre, según lo informan las personas que lo acompañaban en sus rezos, acaba de realizar un milagro. Ese niñito que traen en brazos estaba en una silla de ruedas y nos han informado que tomado de las manos del vidente dio unos pasos… ¡Señora, señora!, usted es la abuela del niño, díganos qué pasó.

-¡Ay!, Diosito, ¡idiay! Es que ese señor lo curó, curó a mi nietecito -dice la vieja con la voz entrecortada y bañada en lágrimas.

-A ver, chiquito, cuéntenos ¿qué pasó? ¿Qué fue lo que usted sintió? -pregunta la periodista al niño asustado mientras le acerca el micrófono animándolo a hablar – Díganos, qué le pasó, ¿Cómo te llamás? ¿Desde cuándo no podés caminar? ¿Es verdad que ahora si podés hacerlo? A ver, ponelo en el suelo a ver si camina… En ese momento se atraviesa una mujer ante las cámaras pegando gritos y diciendo que en el zanjón hay un muerto. La periodista se le pone atrás tratando de alcanzarla mientras le grita.

-Señora, señora, ¿cómo se llama usted? Y, díganos, ¿qué ha pasado?…

-¡Ah, diay!, me llamo Asunción García, y es que yo estaba con mi chiquita… y fuimos al zanjón que está allá para hacer una necesidad cuando vimos a un hombre ahí tirado… y nos asustamos.

-Pero, doña Asunción, por qué decía que está muerto, ¿usted lo vio bien?

-Diay, es que le hablamos y le tiramos piedritas y el hombre ni se movió ni nada ¡Ay! ¡Qué susto! -continúa diciendo la mujer mientras trata de acomodarse el pelo ante las cámaras.

-Mailín, trate de averiguar de quién es el cuerpo.

El movimiento de la cámara siguiendo a la periodista al caminar junto a una agitada doña Asunción, todos en rumbo hacia donde se encontraba el cadáver, atrajo la atención de muchos de los peregrinos que estaban en el restaurante, junto a la Basílica, a la espera de novedades. Poco después, la pantalla de televisión muestra el cuerpo de un hombre que yace boca arriba, con los pantalones medio caídos y una gabardina negra toda enrollada.

-Doña Mili, estoy preguntando a las gentes pero nadie parece conocerlo. Voy a dar el pase al estudio central. mientras esperamos a que vengan las autoridades correspondientes. Desde San Benito el Bajo informó para ustedes Mailín Soto.

Mientras todo esto sucedía Amelia también miraba a Darío. Viéndolo así, absorto como estaba en la pantalla del televisor, no le reconocía ni rastro de las sonrisas que había guardado como recuerdo de una noche mágica. Era como estar descubriendo a otra persona, como si la luz del día le permitiera intuir mejor los maltrechos afectos del niño que aprisionaba aquel gran cuerpo. Y en el fondo, a pesar de los esfuerzos por parecer natural, Amelia dudaba de que la distracción de Darío con el noticiario fuera por causa de la misma curiosidad que alimentaba la preocupación del gentío. Más bien, durante el diálogo que sostuvieron antes de dejar actuar sin trabas a las hormonas, él había insistido en lo poco que lo atraían los asuntos religiosos. Por eso mismo tampoco era muy normal que se lo hubiera encontrado precisamente con Ana María, una amiga de su tía y una mujer de lo más creyente. ¿De qué estarían hablando? ¿Qué habría pasado entre ellos?

-Me vine a la romería para buscarte -intervino al fin Darío volviéndose a mirar fijamente a Amelia. Y los ojos de ella se abrieron más, pues no tenía palabras para reaccionar ante esta confesión.

-Y como supongo que te lo estarás preguntando- continuó- te diré que me topé con Ana María, porque casi le roban la cadena de oro justo delante de mí. De pura chiripa yo estaba pasando a su lado y casi atrapo al chaval que le dio el tirón, pero finalmente se me escapó. Ana María se cayó al suelo, le ayudé…y ya ves… así fue como conocí a Ana María… ¡Lo que también es casualidad es que vosotras os conociérais!

-Sí, la vida está hecha de casualidades -atinó a decir Amelia, no con mucho convencimiento y, sobre todo, confundida.

La pretensión de Darío era, sintiéndose internamente desprotegido ante ella, distraer a Amelia. Temía confesarle cosas que no iban a beneficiar la imagen que se había esforzado en construir. Echando mano a sus mañas de seducción, que lo habían convertido en un experto en no decir lo fundamental, sin faltar por ello a la verdad, continuó hablando del incidente del asalto y luego del robo de la Virgen. Así, al referirse con convicción a un hecho que Amelia podría verificar más tarde hablando con la amiga de su tía, sintió que lo estaba consiguiendo. Al menos la conversación contaba ya con suficientes hechos de interés que postergaban la necesidad de hablar de lo que realmente le inquietaba.

Por su parte Amelia se notaba extraña. Le había dado tantas vueltas a su huida de Darío en la mañana y, durante su larga caminata, había sido tan claro el descubrimiento de su propio miedo interno a comprometerse con algo duradero, que encontrarse de nuevo con él la tenía conmocionada. ¿Sería la señal de que era el momento de comenzar a tomar verdaderas decisiones para afrontar sus temores? Además, de primera entrada, le acababa de confesar que estaba allí porque venía tras ella… por más que su actitud era tan diferente a la de la noche. Captaba que algo raro sin duda estaba pasando. Lo que escuchaba no era lo que entendía. En una fracción de segundo los ojos del muchacho, a pesar de su gran entrenamiento en el delicioso arte de encantar, habían dejado escapar el temor y la fragilidad que lo inundaban en ese momento. La intimidad disfrutada apenas unas horas antes los había expuesto demasiado el uno al otro, y aún quedaban brechas por las que las ocultas emociones conseguían rezumar a la superficie… No obstante, las palabras que salían de la boca de Darío seguían refiriéndose constantemente a otra cosa. Tras una pausa, procurando recrear la solemnidad que convenía, al fin le anunció que había tomado la decisión de marcharse ya de Costa Rica.

¡Ahora sí que Amelia se quedó pasmada! Primero le decía que venía tras ella y acto seguido le informaba de que se iba del país de inmediato. Definitivamente que una sola noche, por más cierta que resulte la empatía vivida, no es suficiente para conocer a una persona -pensó Amelia. Al mismo tiempo, no podía dejar de advertir, bajo la aparente firmeza de la decisión de Darío, a un niño indefenso ante un temor inconfesado o, cuanto menos, a un adulto obviando la inconsistencia de sus deseos. Por eso sólo acertó a mover la cabeza como gesto de incomprensión y, con palabras suaves, como se les habla a los chiquitos muy tímidos, le preguntó las razones.

La postura afectuosa de Amelia lo atrapó en un peloteo de sensaciones contradictorias. Tampoco sabía qué decir. Ante la forma acogedora que tenía la arquitecta de mirarlo, su acentuada tranquilidad al preguntarle por qué se marchaba tan pronto y algo de la química que había actuado desde el primer instante en que se vieron, temió poner en riesgo su propósito. Sugirió que ellos siempre podrían encontrarse de nuevo en cualquier lugar, ya fuera en Europa, donde Amelia proyectase realizar algún postgrado, o en América, donde él imaginaba que su profesión le brindaría buenas oportunidades. Finalmente, silenciosas pero de forma irreprimible, se le escaparon unas lágrimas que, producto del miedo, en aquella puesta en escena parecían encubrir el dolor de la despedida. Y la abrazó, para no mirarla. Como un mago de la manipulación, Darío no faltaba tampoco a la verdad en esta ocasión. Porque le dolía despedirse de Amelia, decir adiós al sueño que él mismo había tejido y desmadejado tan rápidamente.

Ante el silencio que ahora habían construido entre ellos unas lágrimas oportunas, la imagen del televisor retomó de nuevo la noticia del muerto de San Benito y los distrajo. El hombre a quien él había quitado los guantes, dándolo por muerto detrás de una casa, aparecía en segundo plano, tendido en el suelo y con los pantalones ligeramente bajados, mientras la joven reportera volvía a gesticular sujetándose el articular y señalando la escena. Darío, que ya asumía como próxima su detención como sospechoso, arqueó las cejas y se quedó paralizado. Ni siquiera reparó en la mano de Amelia cuando, de la manera más tierna, le enjugó la humedad de sus mejillas.

“-Estamos aquí en San Benito El Bajo para llevar a ustedes las últimas noticias. Como hemos venido reportando en este barrio, los lugareños se han dado a la tarea de levantar una gruta de piedras traídas por cada uno de ellos para cumplir con la supuesta solicitud que La Virgen hizo al vidente, vecino de este lugar y conocido por todos como Renato y a quien califican como una persona poco comunicativa, pendenciero… Su abuela lo crió…

-Un momento, Mailín, ¿qué pasó con el muerto?

-Efectivamente, doña Mili, en el zanjón que estamos mostrando en este momento, se encontró el cuerpo de un supuesto muerto. Como podrá ver ya se hizo de forma diligente el correspondiente levantamiento por parte de las autoridades. Vamos a entrevistar a una de estas autoridades.

-Señor, señor, díganos qué pasó. Estamos en vivo desde San Benito el Bajo.

-Buenas, efectivamente hemos procedido a hacer el levantamiento de un cuerpo masculino de unos cuarenta y cinco a cincuenta años, que presenta un golpe a nivel occipital derecho y que no ofrece signos compatibles con la vida.

-Mailín, Mailín, pregúntele si se sabe quién es el muerto y de qué murió.

-Dígame cómo fue que sucedió la supuesta muerte del sujeto.

-Bueno, aparentemente el occiso debe de haber caído por el zanjón y recibió un fuerte golpe que aparentemente le produjo la muerte. No, todavía no sabemos de quién se trata, no portaba documentos.

-Por el momento así está la situación en este lugar. Damos el pase al estudio central.

-Gracias, Mailín. Efectivamente en San Benito El Bajo, donde aparentemente se han venido dando manifestaciones de la Virgen, se encontró el cuerpo de un hombre. Desconocemos las causas del deceso. Estaremos informando”.

Las imágenes que habían mostrado no dejaban lugar a dudas de que se trataba del mismo individuo. Pero los cambios en la puesta en escena habían desconcertado a Darío que, además de seguir atento a una noticia que le concernía demasiado directamente sin que nadie allí pudiera sospecharlo, podía de esa manera evitar la mirada tranquila, consoladora, pero inquisitiva, de Amelia.

-¡Qué muerte tan tonta!, ¿no? Mira que caerse y desnucarse por ir a cagar…- Al español le temblaba un poco la voz mientras advertía una luz de esperanza en la forma en que se estaban presentando los hechos, como fortuitos y sin llantos de familiares ni amigos. Pero ¿cómo habría llegado hasta la zanja?, se preguntaba. Si la policía seguía convencida de que había sido un accidente, como en verdad lo fue, y dado que nadie parecía haberlo identificado aún, posiblemente no habría cargos. Aunque mejor no tentar al diablo esperando hasta que se comprobara. No le dio tiempo, sin embargo, a decirle a Amelia que debía regresar a San José cuando esta se adelantó y le propuso devolverse juntos. Sin poder negarse, intentando sonreír pero siempre taciturno, Darío pidió la cuenta y se incorporó.

-¿Vamos en bus o tomamos un taxi?

-Mejor un taxi, si no te importa. Estoy realmente hecho polvo.

-Sí, yo también estoy que no me siento los pies… ¿Para dónde vas? No creo que sea directo a tomar el avión -dijo Amelia con ironía-. Vivo en Tibás. ¿Querés que vayamos allá un rato y conversamos más tranquilos? O si no querés conversar, simplemente nos tomamos algo y descansamos. Ella misma, aunque cansada y confundida, sobre todo no quería que el reencuentro terminara tan pronto y sin llegar a ningún lado -Te ofrezco … bueno, lo que tenga. Creo que me queda un roncito muy rico o si preferís podríamos hacer espaguetis.

Al igual que la noche anterior, era como si la decisión entre ambos hubiera sido tomada antes de ser formulada la pregunta y, al poco, ya venían sentados en el asiento de atrás de un taxi, no tan distantes como lo estarían dos desconocidos, pero sin decirse nada.

Aproximándose a San José, Darío no dejaba de recorrer con los ojos, grises como el cielo, las faldas de unas colinas próximas que ahora, por desgracia, le resultaban familiares. Y dos horas más tarde estaba durmiendo en el sofá en casa de Amelia, con los pies desnudos. A pesar de haberse bebido casi media botella de ron no se había referido ni por un momento al accidente que constituía su principal preocupación. El estrés, el cansancio acumulado y las emociones lo habían agotado por completo. Y la anfitriona disfrutaba viéndolo así, como un hombre desprevenido volviéndose pequeño. Lo dejó dormir y, mientras lavaba los platos que acababan de usar, prendió el radio de la cocina.

“Exámenes forenses apuntan a que la identidad del cuerpo encontrado esta mañana en las gradas de San Benito del Bajo podría corresponder a la del mismo psicópata que en los últimos dos años ha venido sembrando el terror en la zona de Tres Ríos, donde habría secuestrado y dado muerte a tres niñas. Román Agüero, alias Uñas Negras, ha sido asimismo reconocido por varios indigentes de la ciudad, que lo acusan de agresiones. A pesar de los datos con que hasta el momento cuenta la policía y por los que cabría sospechar un ajuste de cuentas, no se ha desmentido que la causa de la muerte haya sido accidental. Asimismo su desaparición no ha sido denunciada, no existe reclamación del cadáver y no se le conoce ningún familiar o amigo”.


R.

Cuando Rataseca ve llegar al grupo de gente a la covacha cantando y sonriendo, con un fervor que le sale por los ojos, comprende que Renato estaba en otras: de verdad aquello podría convertirse en un gran negocio. Su socio tenía un talento especial. Sus manos parecían dejar estelas de luz cuando se agitaban. Además su melena desordenada le daba un aire de profeta de película de Semana Santa. Niños, ancianos y jóvenes lo escuchan boquiabiertos. Les habla del sueño que acaba de tener con la Virgen. En ese sueño, en lugar de querubines rubios, la Virgen estaba rodeada de niños descalzos y sucios. No tenía un traje de oro, sólo un vestido y un chal de lana sencillo. Le dijo que vendrían mejores días para San Benito del Bajo: casas de cemento, calles y aceras como Dios manda…y el equipo del barrio llegaría a segundas divisiones. Pero antes, la Dama de Voz Dulce, como la llamaba Renato, quería que le construyeran una iglesia.

¿Cómo no dejarse envolver por ese cálido ensueño? Era la promesa de una vida mejor que ha bajado a la Tierra.

El equipo de fútbol entregó la mitad de sus ahorros. Todos se acercaron a dar lo poquito que tenían. Qué importan las riquezas de este mundo cuando se tiene la Gran Promesa Divina.

Renato se acercó a un niño en silla de ruedas que, acompañado por una vieja, esperaba el turno para pedirle que intercediera por él. Era muy claro su deseo; estaba escrito en los ojos del niño y de la vieja, que lo miraba con una gran dulzura. Ella apretujaba un pañuelo sucio entre sus manos, como un rosario estrujado de plegarias.

-Mi chiquito va a rehabilitación después de que un carro lo atropelló, pero no mejora. Yo no quiero que se quede en esa silla por el resto de su vida -le dijo la vieja.

En los ojos de la anciana Renato recordó a su abuela Chana cuando era buena. Ella tenía momentos duros, pero también sabía ser dulce y prepararle sopita de tacacos, que él recogía de los cercos; y la preparaba con todo el amor del mundo porque sabía que a su nieto le encantaba. Eran esos pocos momentos en que había paz entre ellos. Esos momentos en que Renato olvidaba cuando ella, furiosa, le quebraba un palo de escoba en la espalda, reprendiéndolo. Renato cerró los ojos y puso su mano sobre el muchacho, pero a diferencia de otras veces, esta vez sintió como una corriente eléctrica que le subía por la espalda.

-Su nieto va a caminar muy pronto -le dijo a la anciana con una voz que no sentía suya. Como si alguien hubiera hablado por medio de él. La vieja no pudo retener sus lágrimas…, igual que la abuela Chana cuando se volvía dulce y amorosa.

Renato fue regalado a su abuela apenas tuvo un año de edad. Era el séptimo hijo de sus padres y ya no lo podían mantener. La abuela Chana sólo un hijo pudo tener, así que lo recibió como un regalo del cielo, que la acompañaría en su vejez.

Sesenta años pesan en el alma; sobre todo si la vida se ha desgarrado en jirones en la empacadora de la Compañía Bananera anclada en Golfito. Así conseguía la abuela Chana el sustento: aguantando la hinchazón de sus pies en las jornadas de lavado y empacado del banano. Cuando la Compañía Bananera abandonó Golfito, ella se vino a San José buscando trabajo. No tuvo más remedio. Renato era toda su esperanza. Todas las noches en sus rezos se lo recomendaba a la Virgen de los Ángeles. Por eso, tal vez, descargaba su ira contra él cuando daba un mal paso. Lo castigaba sin piedad golpeándolo con lo que tuviera a mano. Lo único que consiguió, fue fermentar en el corazón de Renato un rencor del tamaño de la catedral y por eso la abandonó, harto de sus castigos.

Pero en momentos de calma, la abuela era bondadosa con él. Cuando liberaba su corazón de la ira, jugaba con él y reía sus travesuras.

Una vez que Renato se cayó de un árbol y estuvo varios días sin poder caminar, ella consiguió dinero y le preparó la sopa de tacacos para que se repusiera.

Renato, tirado en su cama con el pie hinchado, tenía miedo de caminar hasta que ella lo levantó y lo animó a dar unos pasos. Ese recuerdo lo había acompañado toda la vida. Por eso la vieja, con su niño en silla de ruedas, pidiéndole un milagro, lo conmovió profundamente. Hacía años que no sentía eso. Miró los ojos del niño y recordó su miedo a caminar. Lo tomó de las manos y con su mirada firme, lo incitó a que se levantara de la silla. Los demás, alrededor, apenas respiraban. El niño sonrió, se levantó de la silla y dio unos pasos hasta caer en el piso de tierra. Pero aún en el suelo, soltaba carcajadas que rebotaban en todas las latas de zinc de las paredes y el techo. Renato comprendía su risa: era la celebración de saber que podría hacerlo,… no ahora, pero podría hacerlo. Eso es lo que necesitaba: un soplo de esperanza que se llevara el miedo.

La vieja se hincó y le besó las manos a Renato. Él estaba aturdido, no entendía qué había pasado. No sabía si todo aquello lo hizo él o su abuela en espíritu que lo seguía jodiendo, o la mismita Virgen de los Ángeles que quiso darle una lección. Sintió, repentinamente un gran deseo de quedarse solo y mandó a todos a rezarle a la Virgen en la gruta. Rataseca también se quedó sin palabras y prefirió bajar con la multitud hasta la gruta.

Renato mantenía una extraña mueca en su rostro. Se miró en el pedazo de espejo que colgaba del palo central de la covacha y vio el mismo brillo en los ojos que tenía el niño cuando dio sus pasos.

-¡Dejate de pendejadas, renacuajo! -se dijo a sí mismo- ese carajillo sólo tenía miedo de caminar. Sólo ocupaba un empujoncillo.

Pero sus pensamientos no lograban recomponerle la cara desencajada. Hasta ese momento comprendió el sueño que tuvo con la abuela Chana. Ella buscaba su perdón. Quería que recordara las cosas buenas con ella. Renato recogió su melena y vio en el espejo las manos de la abuela peinándolo para que saliera a vender empanadas. Oyó el susurro de sus rezos siempre que lo despedía…, entonces le dio su perdón y sintió mil demonios abandonando su pecho.

-¿Esto es un milagro? -se preguntó- ¿Serán esas cosas que pasan aunque uno cree que jamás podrán pasar?

Se tiró en su cama a mirar los rayitos de luz que se filtraban por los agujeros de las latas de zinc…como cuando era niño y creía en los milagros.


G. R. J F.

A Greivin no le costó mucho encontrar las llaves en el bolsillo del pantalón de Juan Fernando.

Abrió la puerta sin dejar de sostenerlo, pues se encontraba casi inconsciente, mientras lo reconfortaba con frases que a é mismo le sorprendió tener almacenadas en su memoria y, a duras penas, atravesó la salita diciendo en voz alta -Hola, ¿hay alguien?

Se trataba de aguantar el peso quieto de pie, o avanzar hasta encontrar una cama donde dejar al hombre para que cómodamente terminara de expiar su gran culpa. Decidió lo segundo, así que continuó hasta una puerta que vio medio abierta al fondo.

Greivin entró a la alcoba de Juan Fernando y Rosario, cargando el bulto de su propio dueño a duras penas. La habitación era amplia y despejada de adornos. Una cama grande cubierta por una colcha blanca, tejida y coronada con largos cordones que llegaban casi hasta el suelo, figuraba como único mueble. Nada de espejos. En la pared, santificando la estancia, un crucifijo enorme anunciaba que hasta allí mandaba el territorio de los cielos, y más abajo, respetando la jerarquía religiosa, una estampa de tamaño natural de la patrona de Costa Rica.

Con mucho esfuerzo, cargó en vilo a Juan Fernando y lo tiró en la cama. De repente, detrás de él, oyó una puerta que de improviso se abría y de inmediato una voz de mujer que acalló un pequeño grito y susurró un ¡santa maría!

Grevin se volvió y la impresión que quedó grabada en sus pupilas fue tan mortal, para un humano demasiado humano como él, que no pudo dejar de exclamar entre dientes -Dios mío, mamacita -en voz muy baja, por aquello del respeto a las desconocidas.

Sí. Allí estaba Rosario en ropa interior saliendo del baño. Una ropa interior antigua y decentísima pero que no ocultaba sus piernas largas y hermosas de angelota morena, su ombligo perfectamente hundido en medio de la estrecha cintura y sus pechos grandes y firmes, como una modelo de las revistas del tiempo de antes, una especie de Sofía Loren o Claudia Cardinale a la cartaginesa. Greivin se quedó paralizado, sin respiración, boquiabierto ante la mujer semidesnuda.

Rosario no se percataba de nada, ni de su casi total desnudez. Exaltada por la súbita aparición en la cama de Juan Fernando, sólo atinó a correr hacia su marido para comprobar que no estaba muerto, e inclinó su cuerpo para oír su respiración, agachándose sin malicia sobre su fustán transparente. Greivin seguía paralizado, absolutamente hipnotizado. Toda su rapidez mental de buen hijo de la calle, su viveza y su astucia de hijo de la pobreza peleadora de las barriadas de Desampa Abajo y de Los Guido, se vieron totalmente ofuscadas, y no salía ninguna palabra de su boca. Atónito, extasiado, sólo atinaba a mirar las piernas hermosotas y desnudas que el fustán transparente no escondía, y el perfil de los pechos llenos y rotundos de la mujer que estaba a su lado, y que el recatado brassier no lograba ocultar en forma alguna.

Sobre el cuerpo inconsciente de Juan Fernando, la medio desnuda Rosario, como la Lollobrígida en la mejor de sus poses antes de ser comida por un león del coliseo, empezó a llorar desconsoladamente. Y así por varios minutos. Qué hermosa puede volver a una mujer el sufrimiento, reconoció por enésima vez en la vida Greivin.

Es bien sabido, sin embargo, que el llanto de las mujeres genera efectos muy distintos en los hombres, según el caso. En los mojigatos, tímidos o timoratos, provoca un efecto inhibidor o de miedo, incapaces estos de manejar esa explosión de sentimientos y de pasiones que vienen acompañadas con el llanto. Allí justo se acobardan. En los audaces y emprendedores, por el contrario, el llanto de la mujer es como un “ábrete, sésamo”, una trompeta en el desierto, la oportunidad o el llamado para penetrar a terrenos ignotos, con la bandera en la mano, y así conquistar nuevas cimas. Greivin era del segundo tipo de hombres. Bastó el llanto de Rosario para sacarlo de su trance y darle nuevos bríos.

Justo después de que Rosario empezó a derramar sus lagrimones sobre el marido inconsciente, el atónito Grevin recuperó el habla y, con ella, recuperó también la inteligencia vivaracha de toda la vida. Se acercó a la mujer y le dijo quedamente, – ya, ya está; que todo está bien, señora. Vea, mamita, que todo va a estar bien; no se preocupe-, y cosas por el estilo, mientras empezaba a abrazarla, y acariciarle la cabeza, muy ladinamente, justo como hace uno con un niño cuando está desconsolado. Al abrazarla, Greivin metía su nariz en la nuca de la mujer y procuraba aspirar su aroma, mitad jabón, mitad perfume natural de mujer hermosa y sana. Y le encantaba lo que olía. Pero ahora ya no estaba atónito, ni estupefacto. Su mente astuta y mañosa de quien ha crecido en la calle, acostumbrado a cantinear mujeres de todo linaje y calaje, más bien duras de pelar (maestras, enfermeras, dependientas de sodas y restaurante, empleadas domésticas, operarias de fábricas de maquila y zonas francas, viudas montaraces, divorciadas rocallosas, y muchos otros etcéteras), sabía cuáles palabras tenía que usar en ese momento. Y las usó a la perfección, como un tribuno romano ante la muchedumbre.

-Vea, mamita, no se preocupe. Él está bien, sólo está drogado y dormirá por unas 6 ó 7 horas, dijo que la Virgen estaba en su cama ¿Qué quiso decir? -le preguntó Greivin, mientras Rosario se incorporaba y se sentaba en un pequeño sillón otomano, justo al lado de la cama.

-¿La Virgen? Entonces, ¿usted sabe que yo la robé? -dijo Rosario, enjugándose las lágrimas, y abriendo los ojos enormes. Todavía estaba semidesnuda, en ropa interior, pero no se percataba del hecho…

-No, no sabía que fue usted. Pero no importa Y, además, no es necesario que yo ni usted le digamos a nadie que usted tuvo que ver en el hecho, -le dijo a la bella mujer el detective Grevin Matamoros Oconitrillo, ex oficial de la OIJ, que en ese momento se tocaba el bigotito y la miraba en forma inquisitiva- sólo tengo una curiosidad, señora, ¿me puede contar cómo fue y por qué lo hizo?

Hubo un silencio largo. Rosario lo miró fijamente y empezaron a salirle, de nuevo, lagrimones por los grandes ojos negros. Greivin conocía exactamente ese tipo de llanto y qué hacer en estos casos.

-Venga, señora, no se ponga así, venga que le preparo un tecito, o le doy un vaso de agua y me cuenta la historia tranquila, -y Rosario se dejó llevar por Greivin fuera del aposento.

Antes de salir de la habitación, Rosario, todavía llorosa, se percató por vez primera en los últimos diez minutos de que estaba en ropa interior frente a un extraño y alcanzó, apenada, a recoger una bata que estaba en una silla, al lado de la puerta, y se cubrió totalmente.

-Disculpe, señor, por estar vestida así. Estaba saliendo del baño cuando usted llegó -dijo, apenada.

-Me llamo Greivin, no me diga señor. Y no se preocupe por nada. Siéntese aquí en la sala mientras le traigo un vasito de agua, y me cuenta tranquila -y el detective, ágil, moviéndose como un felino, aprovechó para cerrar la puerta de la habitación

-Por cierto, ¿cómo se llama usted?

-Rosario -dijo ella mirando para el piso, como tratando de buscar las palabras. Hubo un breve silencio mientras Greivin iba a la cocina y le traía un vaso con agua, y se lo dio a beber. El detective, astuto y confianzudo, se sentó al lado de ella en el sofá, y le acariciaba la cabeza como a un niño, mientras le daba a beber un nuevo trago.

Rosario empezó, poco a poco, a contarle toda su rabia, todos sus despechos, sus muchos años de matrimonio fracasado. De dentro le salía un dolor grande, una frustración de más de una década, en la cual había privaciones, novenarios a la virgen, toda una eternidad de beatería, de remilgos, -y por dentro, sabe usted, Greivin yo me siento una mujer todavía, tengo mis sueños, mis necesidades, y se me estaba yendo la vida. Por eso robé a la Virgen, desesperada -le dijo finalmente.

Allí estaba, de repente, Rosario contándole los detalles más íntimos y ocultos de su vida, los que ni siquiera le contaba al padre Coto en el confesionario, describiéndoselos en ese momento con pelos y señales, ni más ni menos que a Greivin Matamoros Oconotrillo, ex oficial de la OIJ, orgullo de Decampa Abajo y de Los Guido, quien se acariciaba el bigotito con una mano y con la otra acariciaba la cabeza de la mujer, que transida seguía contando su vida.

-Siga, Rosario, siga, mamita, cuénteme todo, que en la vida es bueno decir las cosas.

Y pasó lo que tenía que pasar. Mientras Rosario hablaba, Greivin sagaz como felino en la sabana africana, agazapado, esperando el momento preciso para saltar sobre su presa, le acariciaba la cabeza, primero, y después la nuca a la mujer hermosa que seguía contando sus cuitas y sus secretos más íntimos.

Poco a poco, la bata se había abierto accidentalmente y Greivin le puso un brazo sobre los hombros y le dijo – tranquila Rosario, abráceme tranquila, desahóguese-, y de repente sus dos bocas se acercaron, y Greivin puso una de sus manos sobre las soberbias piernas morenas de la mujer que ahora sí se ofrecían, la bata abierta, el fustán hecho a un lado, y el famoso detective de los barrios de sur de San José empezó a acariciar a la Rosario-Sofía Loren-Lollobrígida cartaginesa, a acariciarla dulcemente en las piernas, hacia arriba y hacia abajo, después en el sexo, en los pechos, a la hermosa mujer morena que empezaba a revolverse de puro placer, con un intenso placer que nunca en la vida había sentido, algo así, pensó, justo en el momento que Greivin le quitaba toda la ropa y se abandonaba ya del todo, algo así deben de ser los placeres del cielo, o tal vez los placeres del infierno. Pero ya no importaba, sólo esa alegría absoluta que sentía todo su cuerpo cuando Greivin, entendido en esos menesteres, la hacía suya.

Hora y media después, el detective Greivin Matamoros Oconitrillo, salía de la casa No. 422 del Barrio de los Capuchinos de Cartago con la satisfacción del deber cumplido. Aunque todavía no había recuperado a la niña Paola, de la cual tenía por lo menos ya el suéter azul y la vergüenza de haberse distraído tanto, sí había hecho feliz a una mujer. Para un día, era un buen balance, pensó Greivin, y sintió unos deseos inmensos de tomarse un trago de un buen, buen güisqui, nada de cacique ni imperialitas. Greivin encendió un cigarrillo y se fue en busca de su Hyundai, que estaba justo a la vuelta de la cuadra. Al exhalar la primera bocanada de humo, sonrió y se afiló el pequeño bigotito dirigiéndose a la Basílica casi por inercia.

Una hora después, la puerta de la casa No. 422 del Barrio de los Capuchinos se abrió de nuevo. Era Rosario. Con un pantalón de mezclilla, una chaqueta negra (los mismos que había usado antes para ir a la Basílica en busca de la Negrita). Se había echado un salveque al hombro con alguna ropa, y cuatro mil dólares. Sus ahorros de toda la vida. Iba con el pelo recogido y una recatada sonrisa. ¿Y si había quedado embarazada? Se dirigía a la estación de buses. En el bolsillo del pantalón, tenía una dirección de una casa frente al mar en Puerto Viejo de Limón. Cerró los ojos. Volvió a sonreír. Sabía que su vida, a partir de ese momento, iba a ser muy distinta.

La sombra de Juan Fernando quedaba junto a su cuerpo, en la cama que de ahora en adelante compartiría solo con su verdadero amor.

Pasaría algún tiempo antes de que Greivin Matamoros Oconitrillo escogiera a la reina de su casa, aunque en realidad lo escogieron a él como siempre ocurría. Con ella tuvo seis hijas. El varoncito no tuvo el apellido Matamoros, porque su padre fue un empresario turístico muy renombrado de la provincia de Limón.


P.

Como todavía hay mucha gente en la Basílica cuando llega, nadie nota que pasa entre las bancas con la imagen de la Virgen abrazada. Con determinación Paola se sienta casi enfrente del altar y mira sus pies, sus zapatos sucios, le gusta ver cómo se bambolean los pies, unos minutos antes de empezar a despedirse en silencio de su compañera de romería. Porque ahora sí podía decir que lo logró, que había conseguido llegar hasta Cartago sola.

Ahora, Virgencita, tendré que ver cómo me devuelvo sin ti. Gracias, gracias. Paola besa la imagen varias veces. Gracias por tu compañía. Cuídate mucho para que nos puedas cuidar a todos. Y amén como dice mi abuela…y mi mamá.

El recuerdo de su casa la hizo poder dejar a la Virgen en la hincadera y empezar a caminar hacia fuera sin volver a ver para atrás ni una sola vez.

Ya en las escalinatas que dan a la plaza, un hombre se le acerca y le pregunta.

-¿Vos sos Paola o es un milagro lo que tengo ante mis ojos? -Y de inmediato saca del bolsillo una foto y se la da sin darle tiempo a que salga corriendo- me la dio tu mamá ¿ves?…y la voy a llamar ya mismo para que hable con vos.

Paola duda y se aleja unos pasos del hombre de bigotillo y zapatos raros, mientras ve su propia foto, en la que Fabián la está pellizcando por detrás para que arrugue la cara y salga fea…

-Doña…, soy Greivin -Paola oye que dice- sí, sí, óigame, que como lo prometido es deuda aquí le paso a su hija -y le dio el celular.

Ya en el trayecto de regreso a su casa le devolvería el suéter.


AM.

Al salir de La Puerta del Sol, Ana María se siente bastante cansada, ha sido un día de muchas emociones desde que salió de la boca de La Sabana rumbo a la romería. Acaba de dejar al muchacho español con su breve explicación. De acuerdo con los hechos que este presentó, se siente tranquila porque piensa que hizo lo correcto en la forma como analizó la situación y su posible solución.

-Bueno, ahora le queda a Darío decidir lo que va a hacer -se dice- ¡pobrecillo este españolito, tamaño susto se pegó! Estos muchachos vienen de paseo buscando aventuras y terminan metidos en tortas.

A paso lento por el dolor de piernas y cintura que se acrecienta cada vez más, empieza a caminar. El celular suena, lo busca impaciente, ¿Por qué será que siempre se va al fondo de la cartera o del salveque en este caso? ¿A qué horas se lo ocurrió meterlo ahí? Al fin logra encontrarlo justo en el momento. Es su hija llamando nuevamente.

-Mamá, no voy a poder llegar -le dice entre sollozos- tengo que confesarle que estoy en un albergue de mujeres sin pasaporte y sin dinero.

-¿Cómo? ¿Qué pasó, mi hijita? -responde Ana María bastante alarmada.

-La verdad es que Allan me golpeó y me echó de la casa. Los vecinos llamaron al 911 que vino en mi auxilio, estuve varios días en el hospital y allí me recomendaron no volver a la casa y se encargaron de llevarme al albergue. ¡Estoy muy mal! No de los golpes sino de sentirme tan desamparada. Después de decir esto, Marta se suelta en llanto.

Al escucharla, su madre sólo acata decirle: -¿Por qué? Mientras un cúmulo de emociones se le viene encima, revive su vida y enfurece porque no es justo que su hija pase por lo mismo.

-¡Mamá!, por una tontería, no encontró la gorra para jugar golf y se puso violento, pero esta vez yo también me le fui encima y fue peor, ¡ya no puedo más! ¡Me siento mal!…

-¡Ah no, mi hijita!, ¡esas cosas no se aguantan! -grita la madre, tanto así que las gentes a su alrededor la miran interrogantes. Sentándose en una grada le dice:

-Mire, Martita, ¿Por qué usted permitió esas cosas, esos abusos? Jamás, jamás…

-Mamá, no me regañe, usted no tiene derecho a decirme nada, yo vi cómo la trataba papá. Allan es una buena persona, él me quiere, el pobre no tiene la culpa cambió desde que regresó de esa guerra.

-¡No, no!, escuche bien, sé que no tengo derecho a decirle nada, tampoco la estoy regañando. Pero usted es una persona y yo soy otra, somos de tiempos diferentes, ahora ustedes tienen la ventaja de que hay leyes para protegerse. Yo acepté muy tarde que las mujeres nunca debemos permitir que nos maltraten y menos disculpar a quien lo haga. Le prometo que mañana mismo hago lo imposible para ir a buscarla, por favor, no se mueva de donde está, por ningún motivo abandone ese albergue. ¿La puedo llamar cuando llegue a la casa? Tenga la seguridad de que no le voy a fallar.

-Por favor, mamá, la necesito, sólo usted sabe cómo puede ayudarme. Le voy a dar el teléfono, pero no sé si permiten llamadas -responde Martita.

De repente esta recuerda a los nietos y pregunta: -¿Y los niños dónde están?

-No se preocupe, ellos están en el campamento de verano con sus primos. Llamé a Ilse para que no los mande.

Ana María guarda en el celular el número que le da la hija, mientras las lágrimas ruedan por sus mejillas. El teléfono está casi sin batería y aunque no quisiera dejar de hablar, no tiene más remedio que despedirse apresuradamente con la promesa hecha.

-¡No, Virgencita! ¿Cómo es posible? A mis hijas, ¡no! -se dice Ana María -¡Cómo sufrimos por los hijos! y ¡cómo nos duele cuando ellos sufren! ¡Ay!, Virgencita mía, vos lo sabes mejor que nadie. ¿Verdad?

Trata de ponerse de pie y no puede, una persona la ayuda. Tambaleante, totalmente desorientada se apoya en una pared, su cabeza es un caos. Se siente terriblemente sola y no sabe qué hacer. De sus labios ya no salen ruegos ni oraciones. Mira la calle sin saber dónde se encuentra, después de un rato, logra darse cuenta de que está en la calle real de la ciudad y recuerda a las primas. Siente cierto alivio y se encamina a casa de estas, quienes la reciben con grandes muestras de alegría por las noticias que habían escuchado del milagro. Pero, cuando la ven demudada y llorando, se asustan. La sientan en un sillón de la sala y una de ellas corre a prepararle un té. Ante el alboroto se acercan Berta y los otros familiares para escuchar todo el relato de Ana María, quien al final se cuestiona dónde estuvo el milagro. Cuando la más viejita de las primas dice: -El milagro es que Martita se comunicó con usted y le pidió ayuda. Todos guardan silencio.

En ese momento entra a la sala otro de los primos diciendo: -Ya está todo arreglado, mientras ustedes hablaban yo hice las reservaciones por internet y sale mañana al medio día para Miami. Ahorita cuando esté más calmada la llevo a su casa.

-No te preocupés por plata, yo tengo dolaritos aquí guardados -le dice otra.

Ana María no sabe cómo agradecer tanta atención, así es la familia, siempre dispuesta a ayudar.

Mientras se aleja de Cartago, en el carro de su primo, piensa en todos los acontecimientos del día y sabe que lleva en sí misma el maltrato que sufrió y el de su hija, pero tiene la certeza de que ahora será diferente, su Martita no está sola, cuenta con ella. Y musita en voz baja:

-¡Gracias!

R.

Si no se fugaba de su casa cuanto antes, Rosario ya no se largaría nunca. Al ir a cerrar la puerta de su casa, tuvo un extraño espejismo: como que se vio, ahí dentro, dentro de su oscura casa, la casa en que había malgastado casi 10 años de su vida, y se tuvo miedo: vio a una Rosario amargada y censuradora que la miraba marcharse, y entonces entendió que estaba huyendo de sí misma. “Salada usted que se queda ahí”, le dijo mentalmente al espejismo de Rosario y esto le hizo gracia, y con una leve risa y un nudo en el estómago cerró la puerta y echó a andar por su archiconocido Cartago.

Entonces, igual que la madrugada en que había empezado su liberación, volvió a mirar el cielo y de nuevo le pareció que tenía el color de la eternidad, sólo que ahora esa eternidad sería suya. En un gesto mecánico, miró la hora en su relojito de pulsera, y en eso decidió que no le gustaba aquel reloj ni mucho menos aquel horrible anillo dorado, su anillo de matrimonio. Se los quitó y en cuanto pudo se los dio a un mendigo, que se quedó consternado. “Se los acabo de quitar a una vieja beata. Déjeselos usted, que los necesita más”, le dijo y siguió su camino. ¿Su camino?, ¿qué camino? No sabía para adónde iba.

En esto, sucedió algo que la dejó paralizada del susto.

Empezaron a sonar las campanas de todas las iglesias a la vez. En un segundo Rosario sintió que todo Cartago vendría por ella, como en los tiempos de la Inquisición. Pero se sosegó como pudo y, aunque con mucha dificultad, logró acercarse a un grupo de ancianos que estaban reunidos en corrillo en la acera, para averiguar el por qué de las campanas. “¡Por la Virgencita!”, le dijeron, y Rosario tragó saliva. Seguía sin entender… Sólo atinó a preguntar torpemente: “¿Por la Virgen?”. Entonces se enteró de que había reaparecido.

Lo que le faltaba oír a Rosario. Fue como si el Cielo se abriera, como si el mismísimo Dios Padre Celestial la estuviera empujando a liberarse, a dejar atrás todo aquel oscurantismo que había arruinado los mejores años de su vida. ¿Los mejores años? ¡Qué va!, esos estaban por venir, como le había dicho aquel ángel que había llegado a su casa, porque ya estaba totalmente convencida de que aquel muchachillo que había venido a liberarla era un ángel. Ay, Dios mío, ¿y si todo hubiera sido una especie de Anunciación? ¿Y si resulta que de verdad estoy embarazada? La frase “estoy embarazada” le sonó tan dulce, tan imposible para ella, que deseó con todas sus fuerzas que así fuera. Pero ese sí sería un milagro.

Iba con el estómago anudado de la emoción. Desde la adolescencia no sentía aquello: las famosas mariposas en el estómago. A la mente se le venían las imágenes de lo que había hecho con Marvin o Greivin o como se llamara; recordaba su boca recorriendo todo su cuerpo y sentía, con el recuerdo, como cuando un carro baja muy rápido una cuesta.

Las campanas de Cartago sonaban eufóricas y así iba ella, como sin tocar el suelo, viéndose desde el cielo, porque era tal su éxtasis que se desdobló, y se veía desde arriba, como los santos. Se vio mujer de pelo negro atravesando un Cartago enloquecido rumbo a una nueva vida.


R. R.

Aquella serenidad en el corazón era algo nuevo para Renato. Perdonar no era algo de todos los días para él.

Mientras escuchaba las latas de zinc golpeándose entre sí agitadas por un viento repentino, repasó su vida marcada de sobresaltos y huidas. De un escondite al otro abandonándose al azar del infortunio. Para él no había más que eso: el impulso irrefrenable de engatusar al prójimo con cualquier engaño. No importaba si era vender un aparato inservible o manipular la fe de los creyentes. Hasta ese momento todo era válido en su desbocada sobrevivencia. Pero ahora, había algo que se agitaba dentro de él provocándole un deseo intenso de ir al encuentro de otra parte de sí mismo. Una parte que quedó perdida en algún recoveco de la vida.

Después de que el niño que le suplicó un milagro con los ojos, dio unos pasos, Renato ya no sabía si su embuste de la parición de la Virgen era verdad o era mentira. Tal vez sí era cierto y la Virgen lo escogió a él precisamente por eso: por incrédulo. Su propia mentira, con la que había sacado la plata a los creyentes de San Benito, se había vuelto contra él. Todo lo que le pasó era extraño: el sueño con la abuela Chana, el perdón que le concedió por sus maltratos, el cadáver detrás de su covacha, el niño en silla de ruedas que caminó. Aquello que sólo era un negocio de oportunidad se había vuelto su infierno.

Su inquietud lo levantó de la cama y daba vueltas en su covacha rascándose la cabeza, buscando en los rincones, procurándose un alivio de algo que no sabía qué era.

Casi sin pensarlo tomó su chaqueta y salió a tomar una bocanada de aire para calmar su intranquilidad. Y caminó. Caminó sin saber adónde iba. Casi sin darse cuenta detuvo un taxi y le pidió que lo llevara a Cartago, a la Basílica de Cartago.

En el trayecto sintió varias veces el deseo de bajarse y abandonar ese extraño impulso, pero recordaba una vez que hizo el mismo viaje con su abuela siendo niño. En esa oportunidad no sabía adónde iba ni a qué. Ahora tampoco lo tenía muy claro pero el taxi continuaba avanzando, y sin darse cuenta ya estaba bajándose y pagando el viaje.

Cartago estaba lleno de policías. Uno en cada esquina. Eso lo puso nervioso. Además de que alguna gente lo miraba creyendo reconocer a aquel hombre que el día anterior apareció en la televisión porque se le había parecido la Virgen. Renato se hacía el desentendido y seguía caminando. Llegó hasta la pileta de agua bendita de la Basílica y recordó cuando su abuela lo mojó con esa agua “para que fuera un hombre de bien”.

En las palabras sueltas y los murmullos alrededor descubrió su propia inquietud: era la esperanza. Tener esperanza en algo. Era lo mismo que movió a la gente de San Benito del Bajo a creerle: la esperanza. Hasta ahora no se había dado cuenta de lo que esa palabra podía encerrar. La misma palabra que mantuvo a su abuela luchando tantos años.

-¡Qué carajo! -pensó- ¿y qué putas hago yo con la esperanza en el bolsillo? Esa vara no se come, no se negocia, ni se fuma.

Un murmullo creciente le interrumpió su disertación filosófica: ¡Ya apareció la Virgen! ¡Apareció en la Basílica!

Aquello era como una fiesta de fin de año, como un reventón de risas del volcán Irazú. La gente se abrazaba, gritaba, se hincaba y rezaba. Todo lo que pasó había calado en su corazón de cuero curtido, y sintió envidia de todas las personas que lanzaban mariposas de fraternidad al aire.

Recordó la sentencia de Rataseca: cuando toda la gente de San Benito descubriera que las había engañado con una falsa aparición de la Virgen, lo iban a guindar de los huevos.

Renato dio gracias de no estar en San Benito. Podía imaginar a todos buscándolo para lincharlo.

-Bueno -siguió cavilando- por un día supieron lo que era la esperanza y eso me lo deben a mí.

Una mujer con un vestido anticuado, deseosa de abrazar a alguien, se abalanzó sobre él.

Largo rato permaneció así hasta que se desprendió con una sonrisa de disculpa y las mejillas sonrosadas.

-Perdone, me dejé llevar por la emoción -le dijo ella.

-Tranquila. Este es un día para dejarse llevar por lo que uno sienta -le dijo Renato con una risa galante y siguió caminando. Confrontaba las caras que le sonreían y él terminó sonriendo también. Dejó de un lado sus divagaciones y simplemente dejó que el deseo de sonreír bajara a sus piernas y se adueñara de todo su cuerpo. Sin darse cuenta, estaba bailando entre la multitud una especie de calipso suave que contagió a otros. Recordó los días que vivió en las playas del Caribe y quiso estar ahí otra vez.

-¿Por qué no? No puedo volver a San Benito y necesito pensar mucho. A las playas de Puerto Viejo llegan muchas turistas en busca de compañía agradable. Podría cambiar su modus vivendi: la predicación por el turismo de atención personal.

Dejó atrás un grupo de fervientes seguidores de su calipso y se enrumbó hacia la parada de buses, según las indicaciones de un buen samaritano.

El recorrido por la carretera de Turrialba que va hacia Limón es mucho más extenso, pero en esos momentos no tenía prisa, sólo quería que aquel vaivén musical siguiera brincoteando en sus costillas.

Subió al bus y se sentó al lado de una mujer que también parecía llevar un sonsonete estrujado en su alma.

De súbito, saltó una frase de la boca de Renato: ¿Conoce usted Puerto Viejo?

-No. Y es un lugar que siempre he querido conocer- dijo Rosario fascinada – A veces pensaba que me iba a morir sin conocerlo; igual que muchas otras cosas.

-No, eso no puede ser -interrumpió Renato- Yo creo que hoy es un día para hacer todas esas cosas que siempre se han querido hacer.

-Sí. Eso mismo pienso yo -dijo Rosario con una sonrisa coqueta.

-¿Y qué va a hacer allá? -preguntó Renato.

-No sé. Allá decidiré -respondió Rosario.

-Yo también. Allá decidiré -dijo Renato mientras se acurrucaba en el asiento como un niño que invoca ensueños perdidos.

Los habitantes de San Benito del Bajo fueron los únicos en recibir con pesadumbre la noticia del regreso de la Virgen a Cartago.

El mismo cura párroco mandó a demoler la gruta improvisada en el patio de Beto.

El sueño había terminado. Los más optimistas pensaban que así son las cosas: lo bueno dura poco.

-Tal vez, la Virgen, se acordó, antes de irse de San Benito, dejar una bendición flotando en el aire -pensaron otros- y ahora la gente de San Benito sería un poco mejor.

Rataseca, poco después de la aparición de La Virgen, conoció a una nicaragüense emigrante con quien se fue a convivir. Se hizo cargo de sus tres críos y abandonó el negocio de cercenar tripas humanas; ahora cercena carne de res en una carnicería y no ha perdido su destreza con el cuchillo

Dora, la esposa de Beto, finalmente descubrió la predilección de su esposo por los jovencitos, así que lo dejó y se hizo monja. Dice que fue la Virgen quien, en un sueño, le mostró el camino para arrepentirse de sus pecados.

Beto y Jupa´e Tuerca siguieron como antes. Beto le paga sus estudios de Enfermería en una universidad privada y aunque tiene casi treinta años de diferencia, ambos creen firmemente que el amor no tiene edad.

Mandrake, el tachador de carros, se sacó la lotería y puso una venta de autos usados…a prueba de ladrones.

Carmela, la que prostituía jovencitas, terminó en la cárcel descontando una condena de ocho años por proxeneta. Aún reclama por qué la tienen encerrada, si lo que hacía era proporcionarles trabajo a esas muchachas. Algunas de las muchachas que ella inició se hicieron cargo de su negocio y de vez en cuando le envían dinero a la cárcel.

Viruela, la travesti, murió de sida. Su última voluntad fue que la enterraran en el patio donde apareció la Virgen; así que cada vez que los borrachos se reúnen a beber guaro de contrabando, hacen un brindis por ella que los acompaña en espíritu.

Y por último, Renato, hizo muy buenas relaciones con empresarios de la provincia de Limón y puso una agencia turística muy exitosa. Algunas veces visita la tumba de su abuela Chana para darle las gracias por enseñarle que la vida no es fácil y que los milagros existen.


A.

Amelia recorre el segundo piso de su apartamento y contempla satisfecha el nuevo espacio que ha agregado a su vida. Es un corredor interno de diseño propio que ha introducido una nueva dimensión a su ambiente. El espacio que se volvió imprescindible después de la romería. Es un sitio amplio pero acogedor, fresco, lleno de plantas que cuelgan y crecen con la luz directa que atraviesa el domo central que lo ilumina. Hay que cruzarlo para llegar a su cuarto pero también tiene unos cómodos sillones repletos de almohadones, porque también se ha convertido en su área de estar, donde el disfrute de cada respiración es lo más importante. Amelia lo sabe y sonríe por ello. Solo queda una pared a la que le cabría un cuadro. Lo ha logrado, ha construido su propio sitio “suave”, donde, está convencida, tienen cabida los milagros.

Tan acomodadas como las estructuras de su diseño, están por fin sus emociones.

Acaba de regar cuidadosamente las matas, y se sienta un rato a ojear el periódico. El reportaje que atrae su atención se llama “Milagros Sueltos” y en fotos y letras conmemora la pasada romería a Cartago: aparece la abogada amiga de su tía hincada a la vista de todos, el detective Matamoros que dio con la niña perdida, la gruta donde se encontró muerto el que se robó a la niña y mató a otras… Amelia recorre de nuevo su corredor con la mirada y sonríe. “Aquí faltan algunas fotos”, piensa. Vuelve a ver su reloj de pulsera y confirma que es la hora de irse. Su corazón se acelera, toma las llaves de su carro y se enrumba decidida en dirección a Alajuela.

D.

Los aeropuertos son casi siempre espacios extraños y fríos, lugares de transición con los que se hace difícil poder sentirse familiarizado. En la espera, casi todas las actividades que a cualquiera se le pueden ocurrir están relacionadas con las tiendas que uno tenga la suerte de encontrar abiertas y que sirven, en todo caso, como una potencial fuente de distracción.

Eran dos las ideas a las que Darío venía dándole vueltas, las dos que estaban, de alguna manera, vinculadas con el giro que conscientemente pretendía dar a su vida. Por una parte, la necesaria conquista de un nuevo espacio, acogedor y propio, ajeno ya a cualquier dependencia familiar, construido con la intimidad con la que el caracol fabrica su concha. Por otra, habiendo asimilado algunas de las últimas experiencias vividas, tenía la convicción de que una mayor disciplina para no sucumbir ante el reclamo de todo lo que se le ofrecía a la vista, le haría más feliz. Las dos intenciones eran novedosas para él. De hecho, hasta que su madre finalmente vendió la casa, no creyó que llegaría a sentir cómo es estar dependiendo en exclusiva de uno mismo. En toda su vida nunca había querido frecuentar la costumbre, ni dar valor a lo que tenía. Y por una razón similar, como le había resultado siempre fácil adquirir cosas, no las conservaba con demasiado apego, sorprendiendo en ocasiones a los demás con actos de una generosidad inesperada. Esto último incumbía también a sus relaciones personales.

Darío no se había tomado suficiente tiempo para llegar al aeropuerto y, lo peor, casi llega a discutir muy seriamente con la dependienta cuando esta le informó de que, por causa de la sobreventa de billetes, y porque su reserva no estaba confirmada, no podía garantizarle que encontrase asiento. Tal vez debía aguardar el próximo vuelo.

-¿Cómo que no está confirmada mi reserva, si ya pagué el billete? ¿O es que cree que cuando alguien desembolsa esta suma de dinero para viajar, está distraído o pensando si vendrá o no vendrá? Es como si yo voy a su casa y le quito de los armarios todo lo que compró en mi tienda para venderlo de nuevo con la excusa de que no lo está usando, ¿no le parece?

-La dependienta lo miraba con cara de no comprender.

Era razonable que estuviera nervioso. Algo así, además, lo enfrentaba ante la decisión: o tomaba el avión o se regresaba. Y en una de esas su vida podía dar un giro radical. No las tenía todas consigo; aunque quería acometer emprendimientos a más largo plazo y tomarse a sí mismo con mayor seriedad, no estaba aún seguro de ser capaz de construir, con la necesaria perseverancia y cariño, un mundo a su medida. Buscar en otro rincón del planeta un ambiente favorable donde las personas no cambiaran con las estaciones del año era la opción que había tomado, y tenía razones para creer que había madurado. Con la intención de calmar su ansiedad ante un viaje que amenazaba con no suceder, al menos no en la fecha prevista, decidió ir a refrescarse la cara en el lavabo de la sala de embarque. Advirtió que se le estaban acentuando las patas de gallo. La suerte de su cabello rubio era que no se le notaba ninguna cana.

-¡Señor!, – le dijo al fin la funcionaria al verlo salir de los lavabos- Tenga su tarjeta de embarque y pase deprisa. El avión va lleno y es usted el último.

En efecto, era el último. Fuera del pasillo por el que se dejó dirigir hasta la puerta del Boeing 747, dejaba a otros cuantos turistas furiosos por la situación creada ante la falta de plazas. Y dentro, una azafata con una gran sonrisa, le condujo hasta su asiento…

-¡Oh, vaya! Caballero, le han dado un número de asiento que ya está ocupado. Pero, no se preocupe -guiña ligeramente un ojo a Darío y prosigue-, casualmente queda un espacio libre en clase ejecutiva. Si el señor gusta me puede acompañar.

Darío no cabía en sí de su asombro, pues lo que a todas luces parecía deducirse del comportamiento de la auxiliar de vuelo, que justamente tenía encomendado el acompañamiento a la tripulación de clase ejecutiva, era que entre las dos azafatas se habían entendido para que él pudiera entrar en el avión y viajar así en el único lugar disponible. Y como más que nada lo agradecía, se vio obligado a conversar con la astuta azafata durante buena parte del vuelo y a compartir su dirección electrónica cuando el grado de simpatía alcanzado y las botellitas de champán que ella le ofreció, así lo dispusieron. -Tengo una casita en la playa, por si algún día de los que yo me quede te apetece venir- le dijo la muchacha, de treinta y pocos, morena, nada mal. Él como siempre sonrió.

Llegaban. Él había anticipado el número de vuelo y la hora y posiblemente lo irían a recoger, pero no tenía certeza de ello. Sólo una espera más para retirar la maleta, rezando por que no se hubiera quedado en tierra a la salida. En particular le importaba el único objeto de valor que traía dentro de su equipaje, aquel cuadro en que su padre lo había retratado dando sus primeros pasos, cuando tenía poco más de un año de vida y que por primera vez estaba dispuesto a compartir.

Finalmente Darío arrastró sus pocas pertenencias por los pasillos del aeropuerto de destino anhelando la llegada a una nueva casa. El personal de aduanas no le prestó demasiada atención cuando mostró su pasaporte, pero luego se dio cuenta de que no era la primera vez que entraba en Costa Rica y le preguntó: -¿Le gustó nuestro país?,- una pregunta banal a la que el español respondió también con una frase hecha alabando la belleza de los parques nacionales. El corazón latía deprisa y quería salir rápido del aeropuerto.

De entre la multitud de personas que aguardaban a la salida sobresalían algunos carteles que mostraban el nombre de algún pasajero. Él no sabía si Amelia había conseguido venir a buscarlo, pero en todo caso no podía dejar de leer todos los anuncios que se encontraba de camino, por si acaso alguna señal le estaba dirigida. Se acordó de su primer encuentro, del papelito con el beso y se sonrió de lo cursi que podía llegar a ser en ocasiones. Frente al último gran cristal que lo separaba de quienes esperaban afuera reconoció, por entre todas las cabezas, una sonrisa. Al poco, ambos extendían los brazos y dejaban que todo lo demás sucediera.


P.

Paola pasó revista a todos los de su casa. Su papá a la cabecera de la mesa con ese necio celular que sonaba a cada rato y que tanto odiaba su mamá, a su lado, vestida de azul, porque según ella la hacia verse más delgada y era el color adecuado para ir hasta Cartago, y que seguía hablando del superhéroe de Greivin Matamoros Oconitrillo, el mejor detective de toda Costa Rica que le había hecho el milagro de traerle de vuelta sana y salva su hijita del alma, a su pedacito de cielo y del que no tendría forma de pagarle todo lo que le debía en esta vida ni en la otra, por haberle devuelto, hacía exactamente un año, la noche que abrió esa puerta y allí estaba con su promesa cumplida. -Porque tal cual se lo había prometido, así se lo cumplía- le había dicho. ¿Cómo le iba a pagar? seguía diciendo a todos y a nadie mientras comían. Y junto a ella su hermano Fabián, que insistía en cambiarle el muslo de pollo de su plato por la pechuga que le había tocado a él, en un nuevo ejercicio déspota de negociación, y su abuelita, a la que no le gustaba que le dijeran anciana, al lado de su “hijito querido”, como le decía su mamá a su papá, cuando la suegra, esa anciana que mantenemos, no estaba presente, y que decía, -gracias a Dios y a la Virgen- después de cada exclamación de su nuera.

El muslo de pollo Paola lo sostuvo con firmeza dándose solo unos segundos de tiempo antes de comérselo triunfante. Ya le ganaba a su hermano en algunas luchas cotidianas. Ella era una sobreviviente y ya eso marcaba una diferencia con el resto, invisible pero absoluta. Solo ella sabía lo que era tener a un verdadero monstruo cerca, el mismo dragón que escupía palabrotas como fuego de todas las historias, el mismo demonio de todas las Biblias, el mismo miedo de todas las oscuridades y encierros.

Sobreviviente porque solo ella, acompañada de la fuerza de La Virgen, como si fuera su propia fuerza, había podido salvarse y salir fortalecida. Desconfiada sí, pero no desgraciada.

-Sos nuestro milagro Paola. -dijo su papá dirigiéndose de pronto hacia ella, con tono serio- Y eso en esta familia nunca lo vamos a olvidar, oíste, terquita.

-Eso quiere decir que esta vez sí voy con ustedes a la romería -dice Paola con aplomo. -Ya soy grande y no soy mantequilla.

El silencio dura solo un segundo.

-Yo me quedo a cuidar la casa, porque ¡con tanto asaltante! -dice la abuelita y de inmediato se levanta para empezar a recoger la mesa.

Paola sonríe y se mira los tenis, anda estrenando muda de pies a cabeza, luego los jeans, que aparentaban estar desteñidos con ácido, el sueño de todas sus compañeras, la camiseta lila con figuras de estrellas, preciosa. Las prensitas del pelo, la pulsera. Toda ella estaba estrenando ropa para la ocasión, como la muñequita de piedra también estrenaba allá en su casa.


Participantes:

Dorelia Barahona: Escritora, filósofa, guionista, pintora. Profesora de la Universidad de Costa Rica. Premio Juan Rulfo 1989 con su novela De que Manera te Olvido. Autora también de las novelas Retrato de Mujer en Terraza 1999 y Los Deseos del Mundo 2006. Premio Aportes a la Creatividad 2006 por su novela La Ruta de las Esferas 2008.

Pedro Pablo Viñuales: Doctor en Filología Hispánica. Master en Cooperación Internacional, Representante de la Agencia española de Cooperación Internacional para el Desarrollo en Costa Rica, fotógrafo y artista plástico.

Floria Bertsch: Agrónoma, Catedrática e investigadora en Ciencias del Suelo de La Universidad de Costa Rica. Cuentista.

Janina Bonilla: Master en Ciencias Antropológicas de la UNAM. Cuentista. Profesora e investigadora pensionada de la Universidad de Costa Rica.

Víctor Valdelomar: Actor, dramaturgo, director de Teatro, guionista.
Premio Nacional de Teatro “ Aquileo Echeverría” 1983.

Profesor en el Centro de Imagen del Instituto Nacional de Aprendizaje.

Catalina Murillo: Guionista en Costa Rica y Madrid. Graduada de la Escuela de Los Baños. Cuba. Autora de la novela Marzo Todopoderoso.

Jaime Ordóñez: Doctor en Derecho y Ciencias Políticas. Director de la Cátedra de Teoría del Estado de la Universidad de Costa Rica. Director del Observatorio de la Democracia en Centroamérica.